Un desgaste sin fin….

Un desgaste sin fin….

LA GUERRA – UN DESGASTE SIN FIN

Cuando Rusia lanzó su “operación especial” en febrero de 2022, algunos analistas occidentales pronosticaban el colapso ruso bajo el peso de las sanciones económicas y las pérdidas militares.

Todo lo contrario, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) en su informe Balance Militar 2026[1], dice: “hay pocos indicios de que Rusia pierda fuerza en su quinto año de conflicto”, aunque al mismo tiempo su avance territorial se ha ralentizado hasta convertirse en “el más lento de cualquier campaña ofensiva importante en la guerra moderna registrada”.

Esta contradicción aparente no es un accidente, sino el producto lógico de la transformación del conflicto en una guerra de desgaste donde el criterio de “victoria” tradicional —la captura de territorio o la derrota decisiva del enemigo— ha sido reemplazado por métricas más difusas: la capacidad de sostener la lucha por más tiempo que el adversario.

Según datos del Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW)[2], el ejército ruso capturó aproximadamente 3,600 kilómetros cuadrados durante todo 2024. En los primeros meses de 2026, ese ritmo se ha ralentizado, con un estancamiento territorial como nueva normalidad.

Según los expertos uno de los factores más decisivos en este estancamiento ha sido la revolución tecnológica en el uso de vehículos aéreos no tripulados (UAV). Ucrania ha transformado radicalmente su estrategia militar, desplazando tropas de la “zona de la muerte” —la franja de 40 kilómetros del frente— y reemplazándolas con sistemas de drones. Según Tim Willasey-Wisley, investigador del Royal United Services Institute (RUSI)[3], “hoy los drones son responsables de hasta el 80% de las bajas”.

El lanzamiento de drones contra objetivos en las provincias rusas, incluyendo los suburbios de Moscú, ha causado víctimas mortales y daños significativos a infraestructura energética.

Las cifras de bajas son objeto de disputa, pero todas las fuentes indican pérdidas masivas en ambos lados. Como señala David T. Pyne[4], exoficial del Estado Mayor del Ejército estadounidense, “al ritmo actual de bajas, es posible que Ucrania se quede sin tropas a finales de año”.

Esta sangría explica por qué ambos bandos han tenido que recurrir a medidas extraordinarias. Rusia depende cada vez más de convictos, contratistas extranjeros y voluntarios incentivados financieramente, mientras intenta evitar una movilización general que sería impopular internamente. Ucrania, por su parte, enfrenta un problema de deserciones masivas y una población exhausta que se resiste a acudir a filas.

El apoyo occidental a Ucrania no es ilimitado ni está exento de tensiones. La dependencia europea de Estados Unidos para inteligencia, vigilancia, reconocimiento (ISR) y capacidad de ataque en profundidad limita la autonomía operativa del continente. Como señala Ruben Stewart del IISS[5], “la principal vulnerabilidad europea es política: la incertidumbre sobre la reacción de Washington ante un incidente tipo Artículo 5”.

Según el IISS, Rusia destinó 186,000 millones de dólares a defensa en 2025, equivalente al 7.3% de su PIB. Más importante aún, el banco central ruso ha logrado “mantener operativa la maquinaria bélica” mediante controles de capital, tasas de interés elevadas y la reorientación del comercio hacia China, India y otros países no alineados. La economía rusa muestra “pocos signos de debilitamiento” en su capacidad para sostener el esfuerzo bélico.

Un factor que ha alterado el cálculo económico es la campaña ucraniana contra la infraestructura energética rusa. Como señala el profesor David Marples[6] de la Universidad de Alberta, “los drones ucranianos están golpeando las refinerías de petróleo rusas con regularidad, lo que es mucho más efectivo para desacelerar su economía que las sanciones”.

El 9 de mayo de 2026, durante el desfile del Día de la Victoria en la Plaza Roja, Putin declaró a los periodistas que “creo que la guerra está llegando a su fin”. Fue la primera declaración de este tipo en cuatro años de conflicto. El contexto de esta declaración es revelador. El desfile se celebró sin tanques ni lanzamisiles —retirados, según el Ministerio de Defensa, por “la situación operativa actual”— y solo después de que la Casa Blanca negociara un alto el fuego temporal que Zelenski estableció mediante un decreto explícito.

En el frente diplomático, la situación es de parálisis total. Desde febrero de 2026 no existen contactos directos de negociación significativos. Las posiciones son irreconciliables: Rusia exige el reconocimiento de sus anexiones territoriales y la neutralidad de Ucrania; Ucrania, insiste en la integridad territorial y la soberanía.

El papel de Estados Unidos en cualquier negociación futura es ambiguo. Aunque el presidente Trump ha expresado su deseo de poner fin al conflicto, continúa proporcionando 12,000 millones de dólares anuales en ayuda militar a Ucrania. Como señala Pyne, “todo lo que Trump tendría que hacer para forzar a Zelenski a hacer la paz es cortar toda la asistencia de seguridad estadounidense a Kíev, incluido el acceso a Starlink”. Que no lo haya hecho sugiere que la posición estadounidense es más compleja que el simple aislacionismo que algunos temían.

Un argumento central de este análisis es que el fin del conflicto en Ucrania no marcará el retorno a la normalidad, sino el comienzo de una fase potencialmente más peligrosa. Como argumentan Samuel Charap e Hiski Haukkala en Foreign Affairs[7], “un alto el fuego podría marcar el inicio de una era aún más peligrosa”.

La arquitectura de seguridad que evitó un conflicto directo entre Rusia y Occidente durante la Guerra Fría ha colapsado. El Consejo OTAN-Rusia fue suspendido y posteriormente abolido. Rusia se retiró del Consejo de Europa. La OSCE todavía existe técnicamente, pero ahora sirve como foro para condenas mutuas rituales. El comercio UE-Rusia se ha desplomado de 300,000 millones de dólares en 2021 a aproximadamente 80,000 millones en 2024.

En resumen, el conflicto ha entrado en una fase de desgaste mutuo donde el criterio de victoria tradicional —la derrota decisiva del enemigo— ha sido reemplazado por la capacidad de resistir por más tiempo.

Rusia no está ganando porque no ha logrado ninguno de sus objetivos originales: el cambio de régimen en Kíev, la “desnazificación” de Ucrania, o el establecimiento de un gobierno títere. Sin embargo, tampoco está perdiendo porque ha logrado consolidar el control sobre aproximadamente el 20% del territorio ucraniano, ha evitado el colapso económico, y ha transformado su economía hacia una base de guerra que puede sostener durante años.

Ucrania, ha logrado lo que muchos consideraban imposible: detener al segundo ejército del mundo, recuperar territorio, y desarrollar capacidades militares innovadoras. Pero el costo ha sido devastador, las pérdidas humanas son insostenibles, y la dependencia del apoyo occidental sigue siendo una vulnerabilidad estratégica.

El verdadero campo de batalla, quizás, no está en Donetsk o en Crimea, sino en la capacidad de las sociedades vinculadas en el conflicto para sostener la fatiga de la guerra, absorber el trauma, y mantener la cohesión interna. En esa guerra silenciosa, el resultado aún está por decidirse.

JACA, Santander, junio 2026

Referencias:

[1] https://www.iiss.org/publications/the-military-balance/

[2] https://understandingwar.org/

[3] https://www.rusi.org/

[4] https://nationalinterest.org/profile/david-t-pyne

[5] https://www.iiss.org/people/defence-and-military-analysis/ruben-stewart/

[6] https://apps.ualberta.ca/directory/person/dmarples

[7] https://www.foreignaffairs.com/russia/europes-next-war-charap-haukkala