
LOS PERDIDOS EN LOS PASILLOS DE VALDECILLA

Eran las 19:40 de un martes de octubre y el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla ya bostezaba. En Información, Marisa apagaba el ordenador con el bolso al hombro.
Don Gregorio, 78, boina y bastón, venía a una “prueba de esfuerzo”. Reme, 54, bolso-maletín y una botella de contraste, iba a un TAC abdominal.
—Tercera planta, ascensor C, al fondo a la derecha —soltó Marisa con un dedo que apuntaba a dos sitios—. Si ven una puerta roja, no entren. Es el archivo.
Gregorio oyó “archivo” y “esfuerzo”. Reme oyó “derecha” y “rojo”. Lo de “ascensor C” se lo llevó el viento.
A las 20:15, Gregorio intentaba pedalear en un contenedor de plomo en Medicina Nuclear.
—Abuelo, que eso pesa 200 kilos y lleva pegatinas de radiactivo —le dijo el celador—. ¿Qué busca?
—El esfuerzo, hijo. Que me han dicho que me esfuerce. Y yo, si me esfuerzo, me esfuerzo.
A las 20:20, Reme entraba en Neonatología con la botella vacía y la cara verde.
—¿Es aquí lo del ayuno? —le preguntó a una matrona con un prematuro en brazos—. Porque esto sabía a anís y ahora me canta el estómago.
La matrona pulsó el botón rojo sin soltar al crío.
Y entonces apareció Esther.
Esther Ruiz, supervisora de noche. 58 años, zuecos que no hacen ruido y una coleta que impone más que un jefe de servicio. Llevaba tres cafés y un pinganillo que echaba humo: “Código Amarillo, planta 2. Un señor en Nuclear y una señora bebiendo potingues en Nidos”.
Esther no corrió. Esther apareció. Primero en Nuclear.
—Gregorio, cariño, el esfuerzo es en Cardio. Esto es para ver huesos, no para criar músculo. Venga, apóyese en mí.
Lo sacó de allí como quien rescata a un gato de un árbol.
Tres minutos después, en Neonatos.
—Reme, bonita. El contraste era para dentro, no para hacer fondo. Y esto son niños de 800 gramos, no tu TAC. Respira, que te llevo a Urgencias a que te miren.
Reme hipaba:
—Es que ponía “beber entero” …
—Ya. Y en mi casa pone “lejía no apta para consumo” y mi marido sigue vivo de milagro. Camina.
Se cruzaron los tres en el sótano -1, frente a la puerta roja de Archivo. Gregorio y Reme se miraron como si se reconocieran de otra vida.
—¿Usted también con Esther? —dijo él.
—Salvados por la campana… y por la coleta —contestó ella.
Esther abrió la puerta roja con su llave maestra. Dentro solo había historias clínicas muertas y olor a papel viejo.
—Aquí no hay pruebas, majos. Solo expedientes de gente que sí llegó a su cita. Mañana a las 8:00 los espero a los dos en la puerta de Cardio. Conmigo. Yo misma os llevo. Y como os volváis a perder, os ingresamos por tontos.
A las 21:45 los dejó en la calle, con un volante nuevo y un caramelo de eucalipto a cada uno.
Gregorio se ajustó la boina:
—Reme, mañana a las 8:00. Y si nos perdemos, que sea juntos.
—Con Esther de perro guía —dijo ella—, no nos perdemos ni queriendo.
Desde ese día, en Información hay un mapa plastificado y una nota de Esther: “Si es mayor de 70 o lleva botes raros, me llamáis. Ext. 2901. No me apagáis el ordenador en la cara”. Y Marisa ya no corre tanto.
JACA, Santander, junio 2026
