La semana pasada nos sorprendieron unas declaraciones del Jefe de Gabinete del Presidente del Gobierno de Cantabria, Guillermo Blanco, al arrojar un velo de duda sobre la posibilidad de que SNIACE estuviera contaminando la ría de Suances. Posteriormente, la propia SNIACE ha demostrado que no es su responsabilidad, e incluso se reserva la posibilidad de emprender acciones legales contra quienes difamen por acusarles de vertidos a la ría.

Esta situación me ha hecho reflexionar sobre la situación de la industria en Cantabria y sobre la (falsa) elección entre industria y medio ambiente. No son pocas las ocasiones en que la posible instalación de una empresa industrial en Cantabria ha levantado la mayor de las polvaredas de organizaciones de diverso signo posicionándose en contra de su instalación. No hay que bucear mucho en las hemerotecas para encontrar casos de este tipo.

Durante gran parte del siglo XX, Cantabria mantuvo una historia industrial de primer orden que  comenzó a decaer a partir de los años 70. Fueron ciertas élites santanderinas las que a partir de los años 50 maniobraron para evitar que ciertas industrias se instalaran en Cantabria; no querían que su “patio de recreo” se afeara, preferían que su lugar de veraneo siguiera siendo tan natural y bonito como hasta entonces. La crisis de los 70 y la reconversión industrial de los 80 eliminó gran parte de la industria pesada de Cantabria, y fue a finales de siglo cuando diversos colectivos de carácter ecologista y conservacionista comenzaron a hacer mucho ruido contra algunos de los proyectos industriales que se pudieron iniciar en Cantabria.

Partimos de la base de que cualquier empresa debe cumplir la Ley, y particularmente la legislación medioambiental, que cada año es más y más rigurosa y exigente. A partir de dicha premisa, como sociedad, creo que no podemos permitirnos el lujo de pedir que tal o cual empresa deje de instalarse en Cantabria, siempre que cumpla la Ley (como no puede ser de otra manera). En ninguna cabeza cabe, en 2016, que las empresas no cumplan con la legislación. Y cuando no se cumpla debe ser la Administración competente la que tome cartas en el asunto para que se cumpla y sobre todo, estar vigilante para evitar que se produzcan incumplimientos.

Uno de los argumentos más manidos en contra de la instalación de nuevas industrias en Cantabria es que ahuyentaría turismo. Este argumento es muy cobarde, además de tramposo. Solo hay que comparar ambos empleos. El empleo relacionado con la hostelería es de baja cualificación, temporal, inestable, con cierto porcentaje de actividad irregular, mientras que el empleo industrial genera valor añadido, suele ser indefinido y a jornada completa, y además induce empleos indirectos (en algún sector de la industria cada empleo directo genera uno indirecto). Como último dato, el salario de la industria es prácticamente el doble que el de la hostelería.

Esta tribuna nos debe servir también para reflexionar sobre el modelo turístico de Cantabria. Cantabria nunca va a poder competir con Levante, Andalucía o las islas en el denominado turismo de “sol y playa” (que es el que menos ingresos genera, por cierto) por motivos obvios: el clima y las infraestructuras. Cantabria debe buscar un modelo de turismo de alto valor añadido, más especializado, que se pueda prolongar durante todo el año y que nos haga ser referente. Un turismo relacionado con la práctica deportiva (especialmente del golf, dada nuestra privilegiada comunicación con las islas Británicas), con la gastronomía, con todo lo relacionado con las espeleología y las cuevas (Altamira y Soplao como grandes insignias), el circuito museístico…

Respecto a la industria, estamos ante un fracaso que va camino de convertirse en secular. La zona del Besaya es un buen ejemplo de dicho fracaso. Y bien que me duele, porque es en Torrelavega donde vivo y donde acabo de ser padre. Y es mi mayor objetivo que me hijo pueda tener un futuro, si así lo desea, en la ciudad que le va a ver crecer.

Cantabria, como Sociedad, no puede perder más tiempo y debe afrontar su futuro inmediato. Debe elegir qué camino tomar. Y sobre todo, debe elegir a qué se quiere dedicar, de qué quiere vivir. Debe elegir su modelo productivo. Es por ello preciso, fundamental, que se elabore un verdadero Plan Industrial. Nada de Planes de Gobernanza, Invercantabrias y demás historias. Hay que elaborar un documento desde el mayor de los consensos, con generosidad y teniendo en cuenta a todas las partes (sindicatos, organizaciones empresariales, Universidad, sociedad civil). Y sobre todo, es fundamental que el Gobierno no juegue a ser empresario, ya que eso solo nos trae casos como el de GFB, Nestor Martin y demás desgracias.

Este Plan Industrial debe ser la palanca que detecte nuestras fortalezas como región y ponerlas a trabajar para buscar industrias que instalarse en Cantabria. Un tejido industrial potente genera sinergias y colaboraciones entre las diferentes empresas. Un tejido industrial potente hace de polo de atracción para instalar nuevas empresas y ayuda a que las existentes no quieran salir.

Hemos perdido muchos años, décadas incluso. Y no podemos permitirnos perder ni un minuto más. Es responsabilidad de nuestro Gobierno ponerse a trabajar en serio. Y hacerlo ya.

Álvaro Martín Quijano es Portavoz Adjunto de UPYD Cantabria