“Impertérrito” supone la vuelta al mundo de las viñetas de uno de sus grandes autores, Federico del Barrio. Desde sus comienzos en la revista “Madriz”, el autor ha destacado por una experimentación constante con el medio pero es a partir de “Relaciones” cuando descubrimos a su alter ego, Silvestre, dispuesto a romper la cuarta pared.

En “Impertérrito”, el autor continúa con el diálogo comenzado en el citado “Relaciones” y posteriormente ampliado en “Simple” con los elementos que conforman la obra, en general, y la página en particular. Un trabajo semiótico que se convierte en un juego cómplice con el lector. Hablamos de la obra y sus antecedentes con el autor.

¿Qué es “Impertérrito”?

Si te digo la verdad, no lo sé. Cuando hicimos la presentación en Madrid dije que no es una novela gráfica, sino más bien, una gráfica “novelada” o, sencillamente, contada. Contada, eso sí, en el lenguaje de las historietas de toda la vida, con personajes de toda la vida, con sus diálogos, sus monólogos y sus acciones. Pero dudo que esto sea una definición adecuada. Me cuesta mucho definir lo que hago. De lo que estoy seguro es que se trata de una celebración de los tebeos. Mientras que “Simple” mostraba cierto hartazgo con el medio, aquí hay una evidente admiración por él.

 ¿Cómo nace la obra?

Si no recuerdo mal, el primer impulso fue económico. En plena crisis, necesitaba aumentar mis ingresos de algún modo y pensé (ingenuamente) que produciendo un libro lo lograría. Pero cada vez que intentaba algo tropezaba con el mismo problema. Todo dibujo que yo convertía en personaje me parecía un fraude. Un aburrimiento mortal. Esta situación tenía su origen en “Simple”. Allí me encontré con que el protagonista (una especie de representante mío) se rebelaba contra el hecho, esencial en los tebeos, de asumir mis palabras y acatar mis órdenes y él, o sea yo, me decía a mí mismo que dejara de contar lo que me pasaba a mí, en mi vida o en mi mente, y empezara a contar lo que le pasaba a él. A lo que yo, como autor, contestaba que él era un simple monigote y los monigotes, como cualquier imagen, son incapaces de protagonizar nada por sí mismos. Y así terminaba “Simple”. Con el asunto de los personajes sin resolver. De manera que, antes de nada, tenía que solucionar este problema. Para hacerlo era imprescindible entender qué son las imágenes, conocerlas un poco más. Durante mucho tiempo he mantenido con ellas una relación de amo y esclavo. Las he cosificado, las he utilizado para mis fines sin prestarles la debida atención. Por suerte, mi trabajo habitual como dibujante empezó a devolverme esa mirada sobre las cosas y, especialmente, sobre los dibujos, que había perdido al estar concentrado sobre todo en lo literario. Así pues, me dediqué, tal como cuento en el prólogo, a observar. Y observé lo primero que tenía a mano. Un dibujo cualquiera que, por pura casualidad (que enseguida interpreté como una señal cósmica) había permanecido varios días sobre mi mesa de trabajo: el futuro Impertérrito.

Han pasado 20 años desde el nacimiento de Silvestre, ¿Cómo vives su regreso?

¡Ah! Pues con alegría. He logrado escapar de la  encerrona en que yo  mismo me había metido.

En “Relaciones” empiezas a jugar con la relación de elementos que integran la página del cómic y cómo se relacionan entre sí.

Dices bien. Empiezo a jugar. Hasta entonces me temo que me tomaba todo demasiado en serio. Sobre todo a mí mismo. Era muy joven.

Los personajes son conscientes de vivir en una forma de narración secuenciada y disfrutan haciéndonos partícipes de sus vivencias.

Digamos que, poco a poco, me voy poniendo en su lugar. Es un lugar lleno de cosas insólitas. Por ejemplo, todo es plano. Las ilusiones de profundidad no son más que eso: ilusiones, espejismos, falsedades. En aquel momento, y durante mucho tiempo después, buscaba la sinceridad absoluta. Pero los personajes eran aún muy literarios.

Mientras que en “Relaciones” los personajes se desenvuelven por el espacio en blanco intentando conquistarlo, en “Simple” utilizas una imagen que se repite, un personaje en la esquina inferior derecha de un rectángulo que se convierte en viñeta.

Por entonces estaba yo muy influido por el teatro. La viñeta podía entenderse como un escenario en el que podían suceder miles de cosas. La viñeta era capaz de albergar la infinitud. No recuerdo si en el hecho de estar el personaje sentado continuamente como un espectador dentro del mismo escenario quería yo imitar conscientemente a Tadeusz Kantor, al que admiraba, o fue algo inconsciente. En todo caso, fue un recurso que me permitió dar forma a lo que estaba oculto u olvidado en mí y ponerlo de manifiesto.

En “Simple”, Silvestre se convierte en personaje ante el que los cantos de sirena de la ficción se van mostrando, transmitiendo las dudas que acechan al creador.

Estaba en lucha con la ficción. O las ficciones. Y, sin embargo, ahí estaba yo, formando parte de ellas. Mi propia biografía estaba puesta al servicio de continuar con el espectáculo. La función no podía detenerse. Había que seguir, como fuera, hasta el fin. Tenía que terminar el libro. En el largo epílogo menciono a Sherezade. Vi el paralelismo. Contar para no morir. Es un paralelismo exagerado, por supuesto. No me jugaba la vida, aunque sí el prestigio. Debía salir airoso del lío en que me había metido. Todo proyecto es un reto a uno mismo.

En “Simple” hay una engañosa sensación de sencillez porque intentas plasmar gráficamente las dudas que acechan al protagonista.

Lo que “Simple” tiene de sencillo es, además del título, la estructura narrativa y quizá algunas bromas elementales con las que me divertí en aquel momento. Por lo demás, representa un enfrentamiento a lo que, entonces, me preocupaba  y que podría resumirse en eso que podríamos llamar hiperficción, o falsificación continua de la realidad. No solo en las obras, sino también en la vida. En ese mundo engañoso, todo ha de ser puesto en cuestión. Incluso uno mismo. De ahí que reine la duda y solo la intuición o las corazonadas señalen el camino.

El tiempo tiene un papel decisivo, un tiempo que avanza en un espacio estático.

La cuestión del tiempo en historieta me parece apasionante. Es, evidentemente, un seudotiempo, o tiempo congelado. Un aspecto engañoso más de este medio. En realidad, el tiempo solo es del lector o del autor. En una historieta todo está dado de una vez, pero hacemos como si las cosas pasaran porque se da una sucesión de “momentos”. Pero lo que hay entre cada viñeta no es tiempo, sino espacio. Descodificamos espacio como tiempo. Y esto me asombra. Obviamos la persistencia del pasado como si, en el proceso de lectura, se hubiera volatilizado. Aunque siga ahí, presente. Todo esto es una obviedad para el lector de tebeos, pero, desde una cierta perspectiva, no deja de resultar fascinante.

 En “Impertérrito” da la sensación que integras el universo de “Relaciones” y “Simple” en una nueva vuelta de tuerca a la relación semiótica del medio con los elementos que lo componen.

Sigo en “Impertérrito” ese camino de la fascinación ante el propio lenguaje. Con sus maravillas y sus falsas apariencias. En este caso, traté de adentrarme, como te decía, en el problema de los personajes y, de pronto, me encontré con el problema de la sucesión. Nuevamente. Seguir pase lo que pase, aunque no pase nada o pase lo mismo. En el mundo de la historietas, como en el ajedrez, uno está obligado a mover pieza. Y la variación de una imagen, aunque sea mínima, se interpreta como continuación. Pero si lo idéntico se convierte en sucesivo, la historieta se estanca. El juego acaba. Igual que en ajedrez. Así pues, el proceso de incorporación de novedades es esencial. Salir de un estancamiento se convierte entonces en un ejercicio intelectual que merece la pena ser expuesto. En este libro, entre otras cosas, he tratado de mostrar los artificios que uno emplea para no dejar de jugar. Lo narrativo también es objeto de observación, aunque este campo no sea exclusivo de la historieta. Pero me interesa mucho lo que de específico pueda haber en la parte narrativa de este medio. Tengo entonces una fascinación doble, en relación a las historietas, tanto por lo visual como por lo literario.

Una imagen fija, un personaje monolítico, hace que las historias crezcan a su alrededor como si de un ídolo de la estatua de Pascua se tratará, generando una nueva mitología a su alrededor.

Es un superpoder de las imágenes. De esta y de cualquier otra que hubiera podido utilizar. Gracias al lenguaje de las historietas, toda imagen es una mutante en potencia. Puede convertirse en sujeto narrativo. La diferencia entre personajes consiste realmente en una mera diferencia gráfica. En este caso, para narrar la imagen, me vi obligado a introducir un pequeño ayudante, un robot que actúa como una sonda y permite al lector entrar en el interior del gran personaje, como si de un territorio desconocido se tratara. Esto me parecía muy divertido y generaba viñetas imprevisibles. Un mundo extraño, desde luego.

Si en “Simple” el protagonista ocupa siempre el mismo espacio y tamaño, en “Impertérrito” juegas con las escalas del original y la copia y como su representación gráfica afecta a la narración.

Ya en “Relaciones” había abordado la cuestión del contraste entre los tamaños de los personajes. Cada cual tiene su “cuerpo”, para decirlo en términos tipográficos. Pero claro, ser más o menos grande tiene consecuencias. Desde un punto de vista técnico, por ejemplo, tuve algunos problemas que me obligaron a utilizar el recurso del zoom (o zum) más de lo que me hubiera gustado. Por no hablar de las complejidades de la resolución digital, donde suelo perderme. La tipografía es una fuente de inspiración constante. Igual que una letra puede ser definida por una serie de variables, así me gustaría a mí poder definir a los personajes dependiendo de su tamaño, forma o situación espacial. Cada caracterización es, por sí misma, significativa. Y explorar este tipo de depuraciones siempre es excitante.

En tu trayectoria el cómic ha tenido un peso, al igual que el teatro. En “Impertérrito” el diálogo entre las dos formas de expresión se hace más palpable con alusiones directas como Pirandello, autor de “Seis personajes en busca de autor”.

Encontré la frase de Pirandello, que cito en el libro literalmente, en su prólogo a “Seis personajes en busca de autor”. Es la que dice: “Todo fantasma, toda criatura artística, ha de poseer, para existir, un drama propio, es decir, un drama del que él sea personaje y gracias al cual él es personaje”. En un principio, había pensado dibujar un debate entre Pirandello, y otros personajes históricos acerca de la cuestión de los personajes, pero al final deseché la idea y me centré solo en él. Lo bueno que tienen las historietas es que puedes dar voz a todo el mundo, sea animal o cosa, vivo o muerto. Ciertamente el teatro ha examinado con detenimiento al personaje. Y me parece oportuno aprender de sus hallazgos. Creo que las aportaciones que provienen de otros campos, aparte del cine, pueden enriquecer nuestro medio.

El diálogo entre los personajes muestra la diatriba entre las artes consideradas nobles, como el teatro, y las consideradas populares como el cómic.

Bueno, este es un tema que siempre está latente. La vieja canción de “Apocalíticos e integrados”, de Umberto Eco. Y no decae. Al menos, en algunos ambientes. En fin, las cifras de ventas demuestran que muy populares ya no son las historietas. Algunas historietas europeas, claro. En todo caso, me gusta contradecir a los apocalípticos y a los integrados. Siempre la mesura es conveniente.

La mancha de pincel que conforma al protagonista se convierte en un paisaje por el que otros personajes se manejan para hablar de nuevo del tiempo y el espacio.

En algún momento me di cuenta de que ciertos grafismos semiconscientes, casi automáticos, son un material valioso para las historietas, del mismo modo que los sueños. Si tomamos esas imágenes como fondos, inevitablemente van a relacionarse con las figuras y a determinar de algún modo la peripecia. El paisaje suele ser un condicionante de la acción, esto lo vemos habitualmente en series y películas. Un paisaje abstracto, entonces, favorece el tratamiento de cuestiones abstractas.

Es curioso ver como en un momento “Silvestre” parece surgir para ocultar a Federico Del Barrio y en “Impertérrito” sucede lo contrario. “Silvestre” supone traernos a Federico Del Barrio como autor de nuevo.

Creo que mi modo personal de intervenir en historieta ya siempre estará marcado por “Silvestre”. Es lo que me anima a emprender proyectos. Esto no quiere decir que me niegue a participar como dibujante en obras colectivas, pero mi vocación es la exploración. Disfruto adentrándome en caminos que no sé a dónde conducen. En cierto modo, no he hecho otra cosa desde los tiempos de “Madriz”.

Las historias de Silvestre se han ido desperdigando en cabeceras como “Nosotros somos los muertos” o “La Resistencia”. ¿En algún momento veremos recopilado este material disperso?

Estaría bien. Aunque creo que una selección severa dejaría fuera bastantes piezas. Por eso, tal vez no sienta una necesidad imperiosa de reunir todo ese material. Pero, por supuesto, estoy abierto a ello.

Con “Tiempo que dura esta claridad” Reina de Cordelia acerca tu obra difícil de localizar a un público moderno. ¿Cómo viviste la recopilación de este material?

Como Elisa Gálvez dice en su prólogo, fue un regalo para ella. Había sido un libro concebido para ser publicado al finalizar “Madriz” en la editorial Casset y que iba a llamarse “Concierto”. Finalmente no vio la luz y hubo que esperar hasta ahora para hacerlo público. Ha sido como cerrar un ciclo por un lado y, al mismo tiempo, abrirlo por otro. Elisa y yo hemos vuelto a colaborar haciendo historietas, cosa que nos alegra a ambos.

¿Cómo ha sido acogida la obra?

No tengo noticias muy precisas, pero creo que, de momento, no nos haremos ricos.

 ¿Es “Impertérrito” el comienzo de una nueva aventura?

Eso espero. Espero encontrar cuanto antes otro tema que me atraiga tanto como ese.

 ¿Volverán Del Barrio o Silvestre a los cómics?

No creo que pueda prescindir de ellos. Esta es mi segunda lengua. De un modo u otro, siempre le seré fiel.

El contexto en el que empezaste a publicar y el actual han cambiado notablemente. ¿Cómo ves el momento que vive la viñeta en la actualidad?

Como siempre, noto una creatividad y una producción incesante. Y un nivel alto. Lo que me alegra. Sin embargo, no tengo una información muy precisa de todo lo que aparece. El volumen de publicaciones es asombroso.

¿Proyectos?

Siempre hay algo rondando. Nada, por ahora, concreto. Lo que me relaja mucho. Sigo expectante. Mi objetivo no es publicar por publicar, sino aportar trabajos que supongan alguna novedad.

Links de interés:

Entrevista a Federico del Barrio por su trayectoria.

Infame&Co