El Capitán: El hábito hace al monje. Tiene todo el aspecto de ser un ejercicio de redención. Tras unos cuantos años buceando en las alcantarillas del fast-food cinematográfico, Schwentke regresa a su país con ganas de emprender un proyecto con sustancia, significativo.

Su elección termina siendo una de las peores: la 2a guerra mundial. Son tantos los fotogramas rodados entorno a ese tema, y desde los ángulos más varios y diversos, que uno se pregunta, ¿es posible decir algo más a propósito de una franja histórica tan tremendamente pisoteada? La respuesta del director sorprende por su frescura.

El blanco y negro da una señal errónea, como que busca acomodarse al molde de la elegancia impostada, no obstante ya desde los primeros minutos la narración da pruebas que no recorrerá derroteros trillados, ni en el estilo ni en el fondo, pues demuestra más inclinación por Bardamu que por Schindler.

Fase final de la II Guerra Mundial. Alemania está cercada, la caída del Reich de los mil años parece próxima. El clima es tan caótico que una de las principales preocupaciones de la población es el pillaje y la del ejército es las deserciones en masa.

Herold es otro soldado de tantos que merodea los campos en busca de cualquier cosa que poder echarse al gaznate. En un vehículo abandonado en circunstancias nada alegres halla un uniforme de capitán y al probárselo es descubierto por Freitag, otro soldado que acaba de salvar la vida de milagro.

El recién llegado lo confunde con un verdadero capitán. Al acudir después a una taberna, el establecimiento les ofrece asado y bebidas, son tratados como verdaderos huéspedes de honor.

En esa breve escena encontramos la clave de la obra entera. Ese mismo soldado que antes robada, ahora puede seguir comiendo sin pagar gracias solamente a un uniforme, fingir cierta actitud y dejar caer ciertas ideas.

Así, el uniforme se convierte en un símbolo de la irracionalidad inherente en el concepto de autoridad, de la relatividad de las acciones, de cómo una misma persona puede ser al mismo tiempo un canalla o una respetable figura gracias a una simple impresión. Entorno a todo ello se sostiene su infame campaña.

De ahí la progresión de este farsante asciende, su moral aumenta, se rodea de hombres igual de canallas y su figura adopta un aire cada vez más respetable y los crímenes aumentan en magnitud.

El momento en el que se ubica la obra es clave para mostrar la realidad última de un régimen nazi, que se comporta según su verdadera esencia cuando las máscaras de la civilización han caído y no hay falsos enemigos sobre los que proyectar las contradicciones de la mentalidad nacional.

Si bien algunos secundarios muestran reticencias con aspecto de formalidades y normas, basta que ese falso símbolo reafirme su autoridad e insista para que esas abstracciones se disuelvan y afloren el salvajismo y la brutalidad del colectivo. Es así como comprendemos que esa psicosis colectiva no fue tan accidental como el subterfugio histórico ha dado a entender.

Todo esto va apareciendo de forma muy graduada, las peores violencias son mostradas con la correspondiente crudeza, no hay buenos o malos; de hecho tanto víctimas como verdugos son alemanes, es una obra de 2a guerra mundial sin judíos ni yankis, los nazis no son una sola pieza, sino que se notan las diferencias entre las diferentes facciones.

Incluso me atrevería a decir que la narración construye una parábola acerca del destino Alemania. Herold representaría a ese ciudadano convencional, un cualquiera, que sin grandes convicciones termina embarcándose en una empresa colectiva, calamitosa y brutal, algo que él sólo sería incapaz de hacer.

Su penosa situación inicial, cuando es un vagabundo hambriento recién salido de la batalla, podría representar la situación de ruina de la República de Weimar. La salida a tanta miseria surge a través de ese macabro símbolo, que de forma irracional transmite seguridad y autoridad.

El fürher como el Dios omnipotente que todo lo justifica. Su fuerza surge de la convicción con la que actúa su personaje y sobre la amoralidad de sus acciones, capaz de las peores acciones por tal de salvar su existencia.

Semejante trayectoria sólo podría culminar en unos campos de prisioneros, símbolo del mal absoluto en el el siglo XX, dónde ocurren las más grandes atrocidades de la obra. Tras ello, lejos de producir una catarsis que libere la culpa, los bandidos empeoran y su megalomanía crece. No hay marcha atrás. Y las redenciones siempre serán aparentes.

Así, Schwentke sale airoso de una apuesta arriesgada, que si bien se acoge a ciertos tópicos puntuales del género, en verdad no lo hace por comodidad, sino para darle nueva vida y lanzar al aire ciertos interrogantes que proyecta sobre el presente.

El hecho que víctimas y verdugos sean de la misma nacionalidad elimina el maniqueísmo e incluso las causas históricas para abordar otros aspectos, ¿no será que ese capítulo histórico sigue ardiendo en las entrañas de la nación alemana? ¿Ha resuelto las contradicciones que laten en su seno? Todas las lecciones aprendidas entonces, ¿continúan teniendo vigencia? Porque el caso se basa en un hecho real mas, ¿no es cierto que casi cualquiera podría caer en esas mismos desmanes? Las respuestas no parecen claras y las que lo son, no suenan tranquilizadoras. Junto a «Hijo de Saúl», «El capitán» es una de las pocas ficciones de 2a guerra mundial de los últimos años que justifica plenamente su existencia e invita a algo más que abundar en los tópicos o exprimir unas pocas emociones epidérmicas.

Patxi Álvarez