Cada día, al llegar del trabajo a casa, mi padre le cantaba a mi madre, sin complejo de hacerlo mal, el inicio de la ronda de enamorados de LA DEL SOTO DEL PARRAL que decía “Ya estoy aquí, no te amohínes, mujer, que has de tener fe ciega en mí. Te quiero, mi moza garrida, segoviana de mi vida; sin ti no sé vivir… mi padre cambiaba lo de segoviana por andaluza (mi madre es de Huelva)…

Posiblemente ahí nazca mi amor por la música popular española y la defensa a ultranza que siempre he hecho de ella. Mi abuelo me dijo un día “niño fíate siempre de un hombre que cante pues el que canta no puede ser mala persona, aunque lo haga mal…”

Todos estos recuerdos me sirven para realizar una pequeña reflexión sobre un complejo que tienen los actuales santanderinos que les impide defender sus verdaderas tradiciones populares marineras y, por extensión cántabras, bajo el paraguas de una falsa y vulgar uniformidad mundial, que estandariza los gustos populares. Este complejo no existe en otras ciudades como Sevilla o Bilbao, en las que viví, al contrario en ambas ciudades se muestra orgullo por sus manifestaciones culturales propias.

La actuación de los medios de comunicación (radio y televisión) han impuesto durante las últimas décadas, modas y tendencias impulsadas por las industrias multinacionales de la cultura y sus campañas de mercadeo en manos de los países anglosajones y pocos se han mantenido impermeables a esta pretendida “modernidad”

Uno de los rasgos que caracterizan la identidad de un pueblo son sus manifestaciones populares, enraizadas en sus viejas tradiciones, así lo entendió Franco, impulsando la creación de los Coros y Danzas de cada región para rescatar los cantos y bailes de cada territorio promoviendo su difusión a través de los medios de comunicación e imponiendo la presencia del folclore en todas las manifestaciones festivas.

Los “luchadores” contra la dictadura asumieron también como enemigas estas manifestaciones, sin duda edulcoradas, de nuestras tradiciones populares y la “modernidad” acabó con ellas.

Con el paso de los años los medios de comunicación enterraron definitivamente nuestras tradiciones y tan solo unos pocos seguimos beligerantes en su defensa.

En mis tiempos mozos toqué el laud y la guitarra y canté romances, rumbas y sevillanas hasta que me trasladé a Bilbao, donde puse en marcha en 1989 un concurso de Bilbainadas que aún se celebra cada año, y a mi llegada a Cantabria me ocupé de aprender a tocar el rabel con Chema Puente, cantar tonada con Benito Diaz y… bueno el baile y la pandereta se me resistieron y decidí aparcarlo… siempre tuve claro que para amar algo, antes debes conocerlo, de cajón, si no conoces a una mujer nunca podrás amarla (perogrullo)

Y toda esta entradilla tan solo quiero utilizarla para denunciar públicamente y lamentar como en Cantabria y, especialmente, en Santander, nuestras tradiciones populares son pisoteadas por las administraciones y entes culturales que apuestan sistemáticamente por “la gran cultura clásica”, impuesta por las élites, o “la cultura rock o electrónica” impuesta por las multinacionales anglosajonas, a través de la promoción y programación repetitiva de vulgares y homogeneizadas melodías.

Quede claro que no critico la existencia y la programación de esas manifestaciones culturales homogeneizadas que te las encuentras en cualquier ciudad del globo, lo que quiero resaltar es el escaso apoyo a la divulgación y promoción de las manifestaciones propias de nuestras tradiciones populares…

Después de varios decenios de relegar nuestras manifestaciones culturales tradicionales, estas han perdido presencia y, lógicamente, los jóvenes, mayoritariamente, atraídos por la pretendida “modernidad” se han apartado de ellas estando ahora en manos de los mas viejos, salvo honrosas excepciones.

Parte de culpa de ello tienen los propios núcleos cerrados que no han sabido evolucionar con el paso de los tiempos excepto en lo que se refiere a la nueva música bajo nuevas formas de fusión cultural.

Un ejemplo son los denominados trajes regionales que, a fuerza de querer conservar su ortodoxia, se han convertido en piezas de museo inasumibles en el siglo XXI por la juventud, pues supone un auténtico suplicio vestir como se hacía en el siglo XIX… aunque este tema requiere otra larga reflexión

El ejemplo más reciente del ninguneo que sufre nuestra cultura popular se dio en el acto de elección de presidente en el Parlamento de Cantabria. Ni PP, el partido mas votado, ni PRC, ni PSOE, ni Ciudadanos, hicieron la mínima referencia al tema, sorprendiéndome de forma muy positiva la exposición que Verónica Ordoñez de PODEMOS realizó y que transcribo por su importancia:  “En el grupo parlamentario de PODEMOS trabajaremos para proteger desde las instituciones públicas nuestro patrimonio cultural en todas sus manifestaciones, así como para garantizar el acceso a la cultura de toda la población. Las instituciones de Cantabria tienen que velar con más interés del que ha existido hasta hoy, por el mantenimiento de nuestras manifestaciones culturales autóctonas, nuestras tradiciones, nuestro patrimonio cultural, material e inmaterial. En resumen, la defensa de los valores culturales del pueblo cántabro, tal y como establece el artículo 30 de nuestro Estatuto de Autonomía”

Si repasamos las inversiones de la Consejería de Cultura o Educación, en apoyo a la investigación, desarrollo, promoción o realización de manifestaciones culturales podemos entender fácilmente el estado de las cosas. Solo migajas de estos presupuestos se destinan a la potenciación de nuestra cultura tradicional frente a ingentes presupuestos de apoyo a la cultura “clásica”, pop, rockera o electrónica…

Si repasamos el panorama de los medios de comunicación y analizamos el tiempo e interés que dedican al tema, sobran los comentarios… y todo ello por ese complejo que tienen los actuales políticos, fiel reflejo de la sociedad que les elije.

En 1997 puse en marcha un medio trató de impulsar lo nuestro y durante el primer lustro de la la última década del siglo XX hubo cierto resurgir pues muchos niños, al comprobar que podían salir en la radio y subir a los escenarios de las muestras infantiles que organizamos y, en definitiva, no sentirse “rarus” por desarrollar lo que sus abuelos les enseñaron, dieron un paso adelante surgiendo una generación de nuevos interpretes y compositores de lo nuestro pero la “incomprensión” de los políticos de turno acabó con el proyecto y aquel resurgir queda ya en el recuerdo. Aquellos niños ya tienen 30 años y no se ha generado una nueva generación de interpretes que asegure el futuro.

Por mi parte estoy dispuesto a poner en marcha aquel proyecto de radio que impulsó de forma definitiva nuestra cultura tradicional, con la experiencia que te dan lo errores cometidos, pero precisamente por estos errores cometidos no tengo prisa, la nueva/vieja radio puede esperar uno o dos años, no más.

El nuevo proyecto va a intentar poner en valor nuestras formas propias de expresión, no como las mejores ni las únicas, no de forma excluyente, pero sí como las nuestras, en igualdad de condiciones que otras que copan la promoción en los medios y los presupuestos en las administraciones de cultura, sin mirarnos al ombligo, pero cuidando de que no acumule pelusilla…

El complejo que los santanderinos tienen hacia sus tradiciones populares marineras y cántabras puede ser curado, tiene solución, tan solo necesita una acción decidida.

Hay que tener en cuenta que además de la orografía del territorio, las señas de identidad de los pueblos, se basan en el respeto y proyección de sus manifestaciones tradicionales y si estas se descuidan y desaparecen, la homogeneización impuesta por las industrias multinacionales de la cultura convierten las tierras en bellas postales y gentes de platico o plexsiglás (Resina sintética que tiene el aspecto del vidrio)