«Estar en contra de la inmigración irregular no significa estar en contra de los inmigrantes» / «¿Está el ciudadano al servicio del Estado autonómico o debe estar el Estado autonómico al servicio del ciudadano?» /»No es que Vox esté solo, es que solo queda Vox»
Mis queridos lectores: Nos volvemos a encontrar y, antes de nada, quiero agradecerles que sigan dedicando parte de su tiempo a leerme. Según me cuentan desde este medio de comunicación, cada día son ustedes más y mejores, algo que agradezco sinceramente.
En esta ocasión he querido dedicar unas líneas a una cuestión que me resulta especialmente curiosa: la búsqueda del centro político. ¿Por qué, cuando llegan las elecciones, parece que la mayor virtud a la que puede aspirar un partido político es la de ser de centro? Bueno, miento. No todos los partidos parecen tener esa aspiración. Los que se sientan a la izquierda del Congreso presumen abiertamente de ser de izquierdas. Lo proclaman, lo reivindican y, por supuesto, se presentan como progresistas. Sin embargo, buena parte de los que se sientan al otro lado del hemiciclo prefieren definirse como partidos de centro o centroderecha. Por lo visto, en España todos pueden ser de izquierdas, pero casi nadie quiere reconocer que es de derechas.
Y yo me pregunto: ¿por qué? Puedo entender que existan partidos políticos acomplejados, que tengan miedo a defender sus propias convicciones o que consideren electoralmente más rentable refugiarse en una posición “aparentemente moderada”. Lo entiendo, aunque no lo comparto. Durante décadas hemos asistido a un discurso político, cultural, educativo y mediático en el que, con demasiada frecuencia, ser de izquierdas se presenta como sinónimo de progreso y virtud, mientras que ser de derechas parece exigir una justificación permanente. Y algunos han terminado creyéndose ese relato.
Pero hay otra cuestión que me interesa todavía más. Quienes defendemos posiciones distintas a las de la izquierda nos encontramos a menudo con una curiosa estrategia: basta con discrepar de determinadas políticas para que inmediatamente nos sitúen en el extremo contrario. Si cuestionas alguna de sus medidas, eres extremista. Si criticas una ley, eres radical. Si no compartes una determinada interpretación de la realidad, automáticamente te colocan en el extremo opuesto. ¿Desde cuándo estar en contra de un extremo significa estar a favor del otro? Permítanme desarrollar esta reflexión a través de seis ejemplos.
1.- La legislación sobre violencia de género
Comencemos por una cuestión especialmente delicada: la legislación sobre violencia de género. El Gobierno ha defendido un modelo legislativo que, desde mi punto de vista, plantea cuestiones discutibles en materia de igualdad ante la ley y garantías jurídicas. Ahora bien, si yo cuestiono determinados aspectos de esa legislación, ¿significa que estoy en contra de proteger a las mujeres que sufren violencia? ¿Significa que defiendo que los hombres tengan privilegios legales o que las víctimas deban quedar desprotegidas?
Por supuesto que no.
Del mismo modo que no defendería una legislación que discriminase injustamente a las mujeres, tampoco considero razonable aceptar cualquier diferencia de tratamiento jurídico sin poder discutirla. Lo que defiendo es que la protección de las víctimas debe ser compatible con las garantías procesales, la presunción de inocencia y el respeto a los derechos fundamentales. Por tanto, cuestionar una determinada ley no significa situarse en el extremo contrario. Significa, sencillamente, cuestionar esa ley.
2.- La inmigración
Pasemos ahora a la inmigración. Hay quienes defienden políticas migratorias que, en mi opinión, favorecen el efecto llamada y no establecen mecanismos suficientemente eficaces para controlar la inmigración irregular. Pero, al parecer, basta con criticar esas políticas para que inmediatamente te acusen de estar en contra de la inmigración. ¿Acaso solo existen dos posibilidades? ¿O abrir las puertas sin suficiente control o cerrarlas absolutamente a todo el mundo? Yo no defiendo ninguna de las dos. Creo que la inmigración puede ser positiva y necesaria para un país, siempre que se produzca de manera legal, regulada y ordenada, con criterios que permitan garantizar tanto los derechos de quienes llegan como las obligaciones y capacidades del país que los recibe. Estar en contra de la inmigración irregular no significa estar en contra de los inmigrantes. Sin embargo, parece que para algunos resulta más sencillo colocar una etiqueta que discutir una propuesta. Y, una vez más, por rechazar un extremo pretenden situarnos en el otro.
3.- El cambio climático y el medio ambiente
Otro ejemplo lo encontramos en el debate sobre el cambio climático. Para determinados sectores políticos, la política climática parece haberse convertido en una especie de religión, con sus dogmas, sus mandamientos y, por supuesto, sus herejes. Cualquier discrepancia respecto a las medidas que proponen se interpreta como una negación del problema o una falta absoluta de sensibilidad medioambiental. Pero ¿quién ha dicho que cuestionar una política climática significa estar en contra de proteger el medio ambiente? Por supuesto que considero necesario cuidar nuestros montes, nuestras costas, nuestros ríos y nuestras playas. Por supuesto que debemos combatir la contaminación y preservar nuestro patrimonio natural. Lo que no acepto es que todas las decisiones políticas adoptadas en nombre del cambio climático deban considerarse automáticamente acertadas o indiscutibles. Podemos debatir su eficacia, sus consecuencias económicas, su proporcionalidad y las alternativas disponibles. Yo tengo mis propias discrepancias sobre el alcance de determinadas políticas climáticas y sobre la capacidad que se atribuye a algunas medidas para “intervenir en la evolución del clima”. Pero esa discusión debe abordarse con argumentos y evidencias, no con descalificaciones. Porque proteger el medio ambiente no obliga a compartir cualquier propuesta de quienes dicen defenderlo. Y cuestionar sus decisiones tampoco significa desear un planeta contaminado.
Aunque, visto lo visto, algunos parecen pensar que no existe término medio.
4.- El Estado autonómico
Cuando éramos jóvenes nos explicaban que el Estado autonómico serviría para acercar la Administración al administrado. Esa era, al menos, una de las grandes promesas: una administración más próxima, eficaz y sensible a las necesidades de los ciudadanos. Sin embargo, con el paso de los años hemos asistido a un desarrollo del modelo autonómico que ha generado desigualdades, duplicidades administrativas y diferencias difíciles de justificar entre españoles. Convirtiéndose en una gran aportación económica para los partidos políticos y los sindicatos.
España no es constitucionalmente un Estado federal, pero considero que determinadas dinámicas políticas nos han ido aproximando a un funcionamiento cada vez más fragmentado. ¿Significa eso que yo quiera un Estado absolutamente centralista? No tengo ningún inconveniente en que existan administraciones autonómicas, provinciales o municipales. La descentralización puede ser perfectamente razonable cuando sirve para gestionar mejor los servicios públicos. Pero aquí está la cuestión fundamental: ¿está el ciudadano al servicio del Estado autonómico o debe estar el Estado autonómico al servicio del ciudadano? Porque parece que, en ocasiones, hemos olvidado para qué se crearon las administraciones.
Si determinadas competencias, como la sanidad, la educación o la vivienda, no están siendo gestionadas adecuadamente, ¿por qué no podemos plantearnos una revisión de su distribución e incluso, cuando proceda, su devolución al Gobierno central? No se trata de hacer más grande una administración ni de defender otra por una cuestión ideológica. Se trata de garantizar que los ciudadanos reciban unos servicios públicos adecuados, con independencia del territorio en el que residan. Por tanto, criticar el funcionamiento del Estado autonómico no significa querer eliminar cualquier forma de descentralización. Significa exigir que las instituciones cumplan la función para la que fueron concebidas.
Y eso, por mucho que algunos se empeñen, tampoco es situarse en el otro extremo.
5.- La memoria histórica y democrática
Llegamos ahora a otra cuestión especialmente sensible: la memoria histórica, posteriormente denominada memoria democrática. El Gobierno ha impulsado una interpretación del pasado que, con demasiada frecuencia, divide nuestra historia entre buenos y malos. Naturalmente, quienes defienden ese relato se presentan como herederos de los buenos, mientras que quienes cuestionamos determinados aspectos de sus políticas corremos el riesgo de ser situados entre los malos o, incluso, de ser considerados sus continuadores.
Resulta curioso que, tantos años después de la Guerra (in)Civil (1936 – 1939), porque desgraciadamente no ha sido la única contienda entre españoles pero es de la única de la que nos hablan, todavía se pretenda utilizar aquel enfrentamiento para clasificar políticamente a los españoles. Durante la Guerra Civil se cometieron atrocidades en ambos bandos. Y conocerlo, no nos da ninguna solución a los problemas que tenemos hoy en día. Lo que defiendo es la necesidad de estudiar y reconocer nuestra historia sin convertirla en un instrumento de enfrentamiento permanente entre los españoles. La Constitución de 1978 representó un gran acuerdo de convivencia entre ciudadanos con ideas y trayectorias políticas muy diferentes. No borró el pasado ni resolvió todas sus heridas, pero permitió construir un marco democrático común. Yo me pregunto si nuestros gobernantes pudieran presentar mejores resultados en otros ámbitos de su gestión, ¿dedicaríamos tanta atención a estas cuestiones? Una vez más, no estoy en el otro extremo.
6.- La educación
Y llegamos a la educación, una cuestión que considero fundamental para el futuro de cualquier sociedad. Llevamos más de treinta años encadenando reformas educativas, cambios legislativos y debates políticos sobre cómo debe organizarse la enseñanza. Sin embargo, tengo la impresión de que, entre tantas reformas, hemos ido relegando cuestiones que deberían ocupar un lugar prioritario: la adquisición de conocimientos, la evaluación del aprendizaje y la autoridad del profesor. Hoy parece que defender la exigencia académica, el esfuerzo o el respeto a los docentes es, para algunos, una postura anticuada. ¿Pero qué tiene de extremista pedir que los alumnos aprendan? ¿Desde cuándo evaluar los conocimientos adquiridos significa defender un modelo educativo autoritario?
Yo no estoy proponiendo regresar a una enseñanza basada exclusivamente en la memorización. No pretendo que los alumnos se limiten a recitar la lista de los reyes godos sin comprender lo que estudian. Pero tampoco considero razonable que la adquisición de conocimientos termine ocupando un tercer o cuarto plano dentro del sistema educativo. La educación debe formar ciudadanos capaces de razonar, comprender, cuestionar y desarrollar su propio criterio. Y para conseguirlo, primero deben adquirir conocimientos. Sin conocimientos difícilmente puede existir pensamiento crítico. Por eso, defender la autoridad del profesor, la evaluación y la exigencia no significa querer regresar a un sistema educativo del pasado. Significa recuperar aquello que considero esencial para que la enseñanza cumpla su verdadera función.
Y, nuevamente, rechazar este modelo simplista y lúdico, que ya ha demostrado su fracaso en el informe PISA, no significa defender su extremo contrario.
Después de estos seis ejemplos, volvamos a la pregunta con la que comenzábamos. ¿Por qué existe tanto empeño en situar a quienes discrepamos de determinadas políticas en el extremo contrario? Si cuestiono una ley, no significa que rechace la protección de quienes la necesitan. Si defiendo una inmigración regulada, no significa que esté en contra de los inmigrantes. Si discrepo de determinadas políticas climáticas, no significa que desprecie el medio ambiente. Del mismo modo, criticar el funcionamiento del Estado autonómico no me convierte en centralista, cuestionar las políticas de memoria democrática o reconocer algunos éxitos sociales del pasado no significa justificar el “antiguo régimen”, y defender una educación exigente no implica querer regresar a las aulas de hace cincuenta años.
Parece bastante sencillo de entender. Y, sin embargo, hay quienes se empeñan en presentarlo como si fuera una contradicción. Lo verdaderamente curioso es que, después de tantos esfuerzos por colocarnos en los extremos, resulta que nuestras propuestas no tienen por qué coincidir con ninguno de ellos. Resulta que algunos partidos llevan años buscando desesperadamente ese “centro”, proclamándolo en sus discursos y presentándolo como la mayor de las virtudes políticas, mientras que quienes no tenemos ningún interés en presumir de centristas terminamos, según esa misma lógica, ocupando el espacio que ellos tanto dicen buscar.
Pero yo no necesito definirme “de centro” para defender mis convicciones. Ni considero que la moderación consista en renunciar a las propias ideas por miedo a que alguien nos llame extremistas. Vuestros insultos son medallas que nos ponemos en el pecho. Porque una cosa es la firmeza y otra muy distinta el extremismo. Del mismo modo que una cosa es la moderación y otra la cobardía política. Y quizá ese sea uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: hemos terminado confundiendo la contundencia con la radicalidad y la ausencia de convicciones con la moderación. Al final, parece que lo importante ya no es lo que uno defiende, sino la etiqueta que otros deciden colocarle.
Pues bien, yo prefiero defender mis ideas abiertamente, sin complejos y sin necesidad de pedir permiso para discrepar. Y, como habrán podido observar ustedes a lo largo de mis artículos, considero que hoy existe un partido que, con sus aciertos y sus errores, se atreve a defender determinadas posiciones sin refugiarse permanentemente en esa búsqueda del centro y sin acomplejarse ante las etiquetas de sus adversarios. Ese partido es Vox. Por eso, cuando algunos nos dicen que Vox está solo, siempre recuerdo una frase que cada vez compartimos más personas: «No es que Vox esté solo, es que solo queda Vox».
Muchas gracias por seguir leyéndome.
Autoría: Este artículo ha sido escrito a dos manos por Carmen Soto Mendieta y Javier Soler-Espiauba.
La entrada Carmen Soto Mendieta y Javier Soler-Espiauba: «Buscando el centro» se publicó primero en CANTABRIA DIRECTA.
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Author: CD
