Carlos V y Solimán el Magnífico, dos emperadores que reinaron sobre tres continentes. Ambos heredaron territorios inmensos de sus antepasados y cada uno de ellos aspiró a la hegemonía mediterránea. No llegaron a conocerse personalmente pero a lo largo de su vida dieron múltiples muestras de recelar el uno del otro. Como es sabido, sus reinados marcaron el «Siglo de Oro» de sus respectivos imperios.

     Carlos V concentró en sus manos el patrimonio político de cuatro dinastías: Habsburgo, Borgoña, Aragón y Castilla. Fue el primer Habsburgo que gobernó en tres continentes y desde la abdicación de Carlomagno, en el siglo IX, la Europa cristiana no había visto un estado cristiano de tales dimensiones, si exceptuamos el Imperio Bizantino. Para mantener integrado el vasto sistema político de la Monarquía Católica se vio obligado a viajar durante toda su vida. Era un líder incansable dotado del don de las lenguas: llegó a hablar flamenco, francés, castellano e italiano.

     Kamuni Sultan Suleyman (Solimán el Legislador), Solimán II(1), más conocido como Solimán el Magnífico y llamado también en toda Europa «El gran Turco», era un hombre tremendamente polifacético. Era el sultán, pero también un gran legislador, hábil estratega militar, fino poeta, buen calígrafo, experto joyero y amante fiel de su esposa Roxelana, hasta el último día de su vida(2). Al igual que Carlos V dominaba varios idiomas perfectamente: el árabe, el persa, la lengua de chagatai(3) y el serbio. Como hizo el «emperador de romanos» dirigió personalmente sus ejércitos. De hecho, pasó más de diez años de su vida en campañas.

     Su llegada al poder fue ejemplar, ya que contrariamente a lo que era costumbre en la época, ocupó el trono pacíficamente, sin recurrir a guerras fratricidas. En su tiempo, el Imperio Otomano alcanzó su cenit de poder y esplendor, dándose además la circunstancia de que su mandato fue el más largo en 25 siglos de historia turca: 46 años. André Clot, como antes Toynbee, se refirió a su época como «Nizam-i Alem»; esto es la del orden mundial o de la «Pax Ottomana»(4). Casi consiguió convertir el Mediterráneo, en un «lago turco»(5).

     En cualquier caso ambos hubieron de enfrentarse a enemigos poderosísimos. Carlos V tuvo que luchar contra Kamuni Sultan Suleyman, Barbaros Hayneddin Pasa (Barbarroja), François I y el protestantismo inspirado por Martín Lutero. Por lo que se refiere a Kamuni, sus enemigos principales fueron los Safawíes persas y en Occidente el propio «Emperador de Romanos». Dado que los dos apostaron por la constitución de imperios universales, se vieron abocados a chocar brutalmente.

     El padre de Solimán, Yavuz Sultan Selim (Selim I) consiguió extender su imperio considerablemente en su breve reinado de ocho años, consiguiendo trasladar los límites desde el Mar Rojo, el mar de Umman y el Océano Indico hasta el Mediterráneo Occidental y el Golfo Pérsico, siendo de destacar que por estas fechas los otomanos tenían en su poder tres ciudades sagradas: La Meca, Medina y Jerusalén. De tal forma que a partir del año 1517, el imperio otomano se consideraba un Cihan devleti (estado mundial). Tras la toma del imperio mameluco por los turcos en 1517, desapareció una potencia afroasiática, quedando la Persia Sefawi como el estado más fuerte de Asia, la cual constituía la amenaza más seria para los turcos.

     Solimán cosechó sus primeros triunfos en occidente muy tempranamente. En 1521, sólo ocho meses después de la muerte de su padre tomó Belgrado. Así dejó patente su deseo de quebrar la frontera oriental de Carlos V y dejar expedito el camino hacia la Europa Central(6). Después, tras la victoria de Mohacs, en 1526, Solimán regresó a Constantinopla como «el conquistador de Hungría». Por aquel entonces ya había cambiado totalmente la correlación de fuerzas existentes en la Europa central y las fronteras otomanas llegaban hasta Austria y Eslovaquia. Con tan firme implantación europea, el Imperio Otomano llegó a constituir una pieza clave en el juego político de las potencias continentales.

     Su padre, Yavuz Sultan Selim, estando en el lecho de muerte, le dijo que él se había dirigido hacia Oriente, pero que le aconsejaba extender sus territorios hacia Occidente. De este modo, Solimán siempre tuvo su vista clavada en los territorios occidentales, aunque de hecho procuró seguir una política equilibrada entre el Este y el Oeste. Antes de emprender una campaña oriental, procuraba pactar con los estados occidentales y viceversa.

     Gracias a los éxitos de los hermanos Barbarroja el «mare nostrum» se fue convirtiendo en el «lago turco». Los otomanos conquistaron la isla de Rodas en 1522, la cual se había convertido anteriormente en el cuartel general de los piratas catalanes y malteses, quienes pretendían bloquear las comunicaciones turcas con Egipto. Los caballeros de San Juan opusieron una valiente resistencia a la conquista, pero finalmente tuvieron que capitular. Por su parte, la marina de Carlos V era hostilizada continuamente por los piratas turcos y berberiscos.

     La alianza entre Francia y los turcos provocó un nuevo equilibrio de fuerzas, que los historiadores otomanos han interpretado como «la quiebra de la unidad cristiana en Europa». La estrategia turca consistía en apoyar a toda la oposición de Carlos V, bien fuera Francia, los príncipes protestantes o los corsarios mediterráneos. En este sentido los privilegios comerciales que concedió Estambul a París tuvieron una enorme repercusión política porque sirvieron para romper la unidad católica.

     Con el asedio de Viena, Carlos V comprendió que la amenaza turca estaba cerca y existía un riesgo real de que se derrumbaran las puertas de su imperio. En aquellos momentos era prácticamente imposible una cruzada contra los enemigos de la fe católica. El plan de Solimán de ruptura de la unidad cristiana tuvo éxito. A Francia no le quedó más remedio que aliarse con «los infieles» y se mostró más interesada en defender sus intereses particulares que en participar en una cruzada.

     Ante la magnitud del poder carolino, los príncipes protestantes no dudaron en pedir auxilio al Sultán turco. Por otra parte Muharrem Çavus visitó varias partes de Europa como enviado de Solimán para garantizar que el sultán turco apoyaría a los príncipes protestantes. Una carta real (name-i humayum) de Solimán, fechada el 10 de mayo de 1552 manifestaba explícitamente que el elector de Sajonia, el duque de Prusia, Albert y los demás príncipes protestantes «no tenían nada que temer». Carlos V comprendió la trascendencia que podía llegar a alcanzar el entendimiento entre turcos y protestantes y en la Dieta de Augsburgo (3 de octubre de 1555) reconoció los derechos de los príncipes protestantes. Tres meses después se producía la abdicación del Emperador. Como ha escrito Hammer, la escisión entre la Alemania protestante y la España Católica fue, en parte, obra de Solimán. Gracias al imperio turco pudieron alcanzar los príncipes protestantes el reconocimiento de sus derechos(7).

     Ambas cabezas de imperio aspiraban a una hegemonía mundial y se esforzaban por destacar su superioridad. Alguna vez, ese afán de preeminencia les llevó al punto de caer en el ridículo de insultarse, bien directamente o bien a través de otros medios.

     La primera ocasión que encontró Solimán para humillar a Carlos V lo hizo por medio de una carta dirigida a su hermano Fernando. Justo después de la conquista de Güns (Gran), en 1532, buscó con ahínco un choque con el ejército de Fernando, pero éste rehuía el encuentro, como había hecho antes del asedio de Viena; entonces, el Sultán intentó provocar a su enemigo como antes su padre, Selim I, había provocado al Shah de Irán. En dicha carta se contiene el siguiente párrafo:

«Desde hace mucho tiempo se duda de tu virilidad. Dices que eres el valiente de la plaza, pero hasta ahora he marchado muchas veces contra ti y he utilizado tu propiedad a mi antojo. ¡Te falta la palabra de compromiso! ¡Y a tu hermano también! ¿No te da vergüenza por ello ante tus soldados e incluso ante tu mujer? Si eres varón, ven al encuentro»(8).

     Pese a la provocación, las tropas de Fernando y de Carlos permanecieron ocultas y no se atrevieron a presentar batalla contra el turco. Poco después, en el año 1533, los turcos firmaron la paz con Fernando. Los embajadores de Austria llegaron a Constantinopla el 25 de mayo de 1533 y como símbolo de fidelidad llevaron las llaves de la fortaleza de Gran y se las entregaron al Gran Visir Ibrahim Pasa. Estas deliberaciones continuaron hasta el día 14 de julio. En una ocasión, durante una de estas conversaciones, el Gran Visir le preguntó a Cornelius, el enviado de Fernando, si había una carta de Carlos V. En la segunda deliberación con los representantes austríacos, el Gran Visir, Ibrahim Pasa, en el transcurso de un discurso que mostraba su grandeza, preguntó:

«¿Por qué España estaba peor cultivada de Francia?»(9).

     A esta pregunta respondió Cornelius que era más seca que Francia y mencionó los efectos que había tenido la reconquista sobre la agricultura, así como los perjuicios económicos de la expulsión de los judíos. Por lo demás le aclaró que los «españoles» eran más aficionados al manejo de las armas que de los arados y estaban obsesionados por el honor y la honra.

Resulta curiosa la metáfora que empleó el Gran Visir para explicar el funcionamiento de los sistemas políticos imperiales:

«El león es el más temible de los animales y no se le encanta por la fuerza sino con trucos y con la comida que le da su guardián. Este debe manejar un palo para atemorizarle y nadie, sino él, debe darle la comida. El monarca es como un león y los guardianes son sus consejeros y lugartenientes. El palo es el cetro de la verdad y de la justicia. Así pues, el monarca Carlos es también un león que necesita que le encanten de esta manera»

     Después de explicar el contenido de esta metáfora, el Gran Visir se refirió a los problemas que surgieron anteriormente entre los húngaros y los turcos, exponiendo los errores, que a su juicio, había cometido el rey de Hungría. En cuanto al asedio de Viena, el Gran Visir lo justificó, porque «Carlos V estaba amenazando a los turcos con hacerles la guerra desde Italia y mientras intentaba atraer a los de la secta de Lutero a su antigua fe. Pero llegó a Alemania y no pudo lograr nada». Además -añadió el Gran Visir- no es digno de un emperador empezar a hacer algo y no llevarlo a cabo, ni prometer algo y no cumplirlo»(10).

     Por su parte Carlos V envió una carta al Gran Visir, acerca de la cual este comentó:

«Esta carta no es una carta de un monarca prudente y moderado. Carlos V utiliza unos títulos en ella que no son suyos ¿Cómo se atreve a nombrarse rey de Jerusalén? ¿No sabe que el dueño de este país es el Sehinsah (monarca)? ¿Quiere robar al padisah (monarca) este país? ¿O escribiendo así quiere demostrar que le humilla? Se ha oído decir que los monarcas cristianos visitan Jerusalén disfrazados de mendigos ¿Piensa Carlos que se puede hacer rey de Jerusalén vestido de mendigo? Mira, aquí se titula a sí mismo ‘duque de Atenas’ cuando en realidad esto es un pequeño sancak (provincia) que ahora nos pertenece a nosotros. De forma distinta mi señor no necesita robar títulos, porque mi señor tiene muchos títulos que le pertenecen»(11).

     A la vista de estos reproches Cornelius justificó el uso de estos títulos por el emperador diciendo que los utilizaba «por costumbre». A lo cual respondió Ibrahim Pasa:

«Aparte de esto, Carlos compara a Fernando con mi señor. Es lógico que quiera a su hermano. Pero eso no exige que despiece a un gran padisah comparándolo con su hermano. Mi monarca tiene sancakbeyis (territorios) más fuertes y ricos que los de Fernando».

     Y luego dirigiéndose a Jerome de Zara, uno de los enviados, le dijo:

     «El beylerbeyi de Kara Amid (Diyarbakir), que es un pariente de tu hermano Nicola, tiene más territorios y gente que turey, le asisten 50.000 suvaris en la guerra, sus sipahis y sus timarlis son más que los de Fernando. Mi padisah tiene más de estos tipos de sancaks. Al Emperador Carlos debería darle vergüenza escribir una carta de tal naturaleza. Sin embargo la carta que el rey de Francia nos escribió durante la Campaña de Hungría, la firmó sólo como «rey de Francia». Era muy distinta a ésta y era verdaderamente real. Por eso, el gran padisah en su carta de respuesta no le consignó sus títulos y le escribió como si se dirigiera a un querido hermano suyo a fin de realzar el honor del rey de Francia. Igualmente Barbarroja recibió instrucciones para respetar al rey de Francia como al Gran Padisah.
     Carlos también puede convertirse en un gran emperador con tal de que firme la paz con nosotros. Si lo hace así, le presentaremos con aquellos títulos ante los reyes de Francia e Inglaterra, ante el Papa y ante los protestantes.
     Teniendo en cuenta que el Papa aún se acuerda del saco de Roma y del mal trato que recibió durante su detención, ¿Pensáis que la amistad que une a Carlos y al Papa es verdadera? Yo mismo me compré por 60.000 ducados uno de los diamondos que se le usurparon. Este diamondo -dijo al tiempo que mostraba el anillo de su dedo- lo tenía el rey de Francia cuando estaba prisionero, después me lo pasó ¿Cómo podéis pensar que el rey de Francia quiera a Carlos?».

     Tras pronunciar este largo discurso, Ibrahim Pasa se negó a devolver la carta de Carlos y dijo:

     «Si Carlos desea un tratado de paz, tenía que haber enviado un legado y así se podría firmar un tratado para tres meses, gracias al cual Barbarroja cesaría toda enemistad contra los cristianos durante ese tiempo».

     No obstante lo anterior, como Divan-i Humayun estaba preparando una campaña contra los persas, pactó la paz con los alemanes. Divan conocía el título de Fernando como «el rey de Bohemia y el archiduque de Austria», pero dejaba la Península Ibérica fuera del contrato. De este modo, sólo el hermano menor pudo alcanzar la paz. Pero así y todo Solimán no admitiría el acuerdo hasta que Fernando «no hiciera las paces con su amigo y aliado el rey de Francia y le devolviera los territorios que le había quitado». En lo referente a Carlos V, el tratado de paz especificaba que si no hubiera paz con el Emperador, el Estado otomano «quedaría en libertad de atacarle».

     Las dos campañas siguientes, la de Buda y Estergon, le dieron a los turcos la fama de «conquistadores de Europa Central». Así como mucha riqueza y la reputación de invictos ante las alianzas formadas por Carlos V.

     En 1545 (10 de noviembre) se firmó la paz entre Solimán y Fernando, que en un principio tendría una duración de año y medio. Pero luego, más tarde, se firmó el tratado de Estambul de 1547, que fue mucho más importante, porque fue suscrito por Carlos V y Solimán II. Carlos V lo firmó el 1 de agosto y Solimán el 8 de octubre. La ceremonia de firma tuvo lugar en el palacio de Rustem Pasa.

     Fernando reconoció por medio de este tratado las conquistas turcas en Hungría y los turcos por su parte le reconocieron como equivalente a «Vezir-i Azam» (Gran Visir), cargo que estaba inmediatamente después del Emperador en la jerarquía otomana. Por lo que se refiere a Carlos V firmó el tratado con el título de «emperador de Alemania» y «rey de España», pero en las cartas oficiales que enviara a la corte otomana, a la Sublime Puerta, no podría utilizar el título de Emperador y se consideraría sólo «el rey de España».

     De este modo, Carlos V tuvo que admitir el título de «rey de vilayet (provincia) de España» y admitió que el título de «emperador» sólo podría ser utilizado por el Sultán de los Turcos, puesto que era «el emperador del Mundo». Francia y la República de Venecia también reconocían íntegramente los artículos del tratado.

     Para el famoso historiador alemán, Hammer, puede considerarse este tratado como el sumun de poder al que llegaron los turcos en su Siglo de Oro. Con su firma el Imperio Otomano brilló en el campo político europeo sobre sus rivales más directos. La lucha interminable que habían librado sus monarcas durante 30 años cristalizó en un éxito rotundo en tiempos de Solimán.

     El monarca que citan las crónicas otomanas como «rey de España» es conocido hoy en la historiografía turca por su nombre francés: Charles V (Sarlken en turco). Los cronistas otomanos de los siglos XVI y XVII le designaban por su nombre de vez en cuando y más bien se referían a él como «Ispanya Krali», (el rey de España). La razón de este modo de actuar hay que buscarlo en el rechazo de Solimán al uso del título de «emperador» por parte de Carlos V. Más tarde, en la historiografía posterior aparece su nombre acompañado de ambos títulos. Se comprende, pues, que los súbditos del monarca que era el principal rival de Carlos le negasen el título de emperador, título que era equivalente al del propio Solimán.

     Debemos indicar también que el lenguaje que utilizaban, los historiadores, los poetas y los sabios contemporáneos de ambos personajes era claramente enemistoso. En «Suleymanname» (la historia de la conquista de Estergon y Istol «n» ir y Belgrado) de Sinan Cavus se refiere a Carlos V como «el rey maligno»(12).

     «Cuando la noticia de este pandemonium llegó al maligno rey de España…»

     De este modo, la lucha interminable por el trono del mundo se manifestaba en cualquier expresión política. Así, por ejemplo, tras la conquista del castillo de Beder, en el año 1538, Solimán mandó esculpir sobre un monumento la siguiente inscripción:

     «Soy el súbdito de Alá y soy el sultán en esta parte del mundo de mi propiedad, con la gracia de Alá soy la cabeza de ummet de Mahoma. La superioridad de Alá y los milagros de Mahoma me acompañan. Soy Solimán que hizo leer un hutbe en el nombre de la Meca y de Medina. Soy quien hace andar armadas en los mares de Europa, Magreb y la India. Soy el Shah de Bagdad, el Kaiser de los países bizantinos y el sultán de Egipto. Soy el Sultán que se apoderó de la corona y el trono del rey de Hungría y se las concedió a un humilde súbdito suyo. Voyvoda Petru se levantó pero la herradura de mi caballo le tumbó sobre el polvo y también conquisté los países de Bogdan»(13).

     Como es lógico, al mismo tiempo Carlos V manifestaba en sus documentos su aura de grandeza. En la Dieta de Worms, Carlos V pronunció el siguiente discurso:

     «Vosotros sabéis que yo desciendo de los emperadores cristianísimos de la noble nación alemana, de los reyes católicos de España y de los archiduques de Austria y Borgoña, los cuales fueron hasta su muerte hijos fieles de la Santa Iglesia de Roma. Y han sido todos ellos difusores de la Fe católica y sacros cánones, decretos y ordenamientos y loables costumbres, para honra de Dios, aumento de la Fe Católica y salud de las almas…»

     La carta de petición de alianza, o mejor dicho de auxilio, que envió la madre de Francisco I a Solimán dio otra oportunidad al rey «infiel» de humillar a un rey «cristiano». Solimán en su carta de respuesta al rey de Francia utiliza un tono prepotente:

     «Yo soy sultán de sultanes, el guía de los hakanes, la corona de los monarcas terrestres, la sombra de Alá en dos mundos, Sultán y Hakar del Mediterráneo, el Mar Negro, Rumeli, Anatolia, Karaman, Zulkadriye, Diyarbakir, Azerbaycan, Irán, Damasco, Egipto, la Meca, Medina, de todos los países árabes -que mis antepasados conquistaron con la fuerza de sus espadas- y muchos territorios que yo conquisté y el hijo de Beyazit Han del hijo de Selim Han: Sultán Suleyman Han. Tú eres el rey de la provincia de Francia»(14).

     Como puede comprobarse, los monarcas otomanos utilizaban todos sus títulos a la vez. Pero antes de seguir adelante expliquemos algunas cosas acerca de ellos. El concepto de «monarca» en el Imperio Otomano es complejo y problemático. Las costumbres tribales, nacionales y religiosas de los turcos problematizaban el título de «monarca». «Padisah» era el título de uso más común en el Imperio Otomano.

     Los primeros monarcas otomanos acostumbraban a utilizar el título de «Beg» y «Han». A finales del siglo XIV se empezó a utilizar el título de «sultán». Sultán es una palabra árabe y era un título empleado generalmente por los monarcas musulmanes sunnitas. Hasta la época de Yildisim Beyazit, el cuarto sultán de la dinastía otomana, los monarcas otomanos utilizaban el título de «Beg», una palabra genuinamente turca. Fue tras la batalla de Nigbolu (1396) cuando este título fue cedido a los otomanos por el califa abbasi.

     Uno de los títulos que los monarcas otomanos añadían a los suyos era el de «Hakan», palabra derivada de «Kagan», el título equivalente a «Gran Han» o «El Han de los Hanes», utilizado por los turcos de Asia Central hace 22 siglos. Era equivalente a «Emperador» o «Kaiser» en los idiomas europeos; y a «padisah» o «hükümdar» en la lengua persa, así como a «sultán» y «melik» en idioma árabe. En el rango jerárquico de los estados turcos que tuvieron su comienzo en el siglo III A.C., el hakan era el representante de Dios en la tierra. Es de destacar que la costumbre en el uso de este título continuó hasta el reinado del último sultán otomano, hasta el último monarca de la estirpe de Osman.

     «Han» era el título utilizado por los personajes del segundo escalón o por el monarca de un estado independiente. Los monarcas otomanos utilizaban este título para destacarse de los reyes y príncipes subordinados a ellos.

     Tras la conquista del estado mameluco, Yavuz Sultan Selim tomó el título de «Halife» (Califa). Esto es representante de Dios en la tierra, título equiparable al de Papa en el seno de la cristiandad, pero con la diferencia que el título de califa es hereditario. A partir de esos momentos el monarca otomano no fue sólo la cúspide de la jerarquía laica, sino también el pináculo del poder espiritual. Kamuni Sultan Süleyman, el segundo califa de la dinastía otomana era la cabeza visible de todos los musulmanes del mundo.

     Es cierto que el título más importante era el de «gazi» (guerrero de la guerra santa o luchador de la fe). Debemos recordar que las guerras contra los cristianos suponían, a ojos de los islámicos, una guerra contra los infieles. No es exagerado decir que la defensa de la fe contra los «infieles» siempre ha sido un buen pretexto de los soberanos para engrandecer su poder político. «La carrera expansionista» siempre ha ido de la mano con la «Guerra Santa». En las primeras décadas del imperio otomano, los monarcas se denominaban gazir, es decir los luchadores de la fe y de la guerra santa. Así que el título de «gazi» tenía mucho prestigio y siempre constituyó un motivo de orgullo en el conjunto de los títulos reales.

     Carlos V, por su parte, también se presentó a sí mismo como «defensor de la Fe». En su coronación en Bolonia por el papa Paulo III aprovechó la ocasión para criticar el entendimiento del rey de Francia con el turco. En 1536, cuando se estaba desarrollando la tercera guerra contra Francisco I y cuando ya se había sellado formalmente la alianza entre Solimán y el monarca francés, se quejó ante el Papa de la connivencia de Francia con los «enemigos de Dios»:

     «Así mesmo, a vuestra Santidad y a todos vosotros os será nottorio quánto por parte del rey de Francia, de continuo, los tales effectos se ayan estorcado: digo, de la paz de la Christiandad y de la guerra que con ella a los enemigos de Dios y nuestros se pudiera haver hecho».

     Por otra parte, la rivalidad de títulos y la dedicación a la guerra no impidieron que Solimán manifestara su faceta humana en otras facetas de la vida. Parece como si el maestro de gazel, el amante fiel y el creyente devoto no fuera la misma persona de los horrores de la guerra, así como el monarca soberbio y vanidoso. Su diwán muestra claramente que era una de las personas más humildes del mundo. En ninguno de sus versos se manifiesta su condición de político poderoso. Por el contrario, en los versos que escribía con el seudónimo de Muhibbi (amante) saca a relucir su lado más humilde y se muestra simplemente como un pobre súbdito de Alá:

     «Ol Irem bagi gülinin yine biz bülbülüyüz Zahira padisehüz manide amma kuliyuz»(15).

     A pesar del grado de enfrentamiento vivido, cuando Carlos V se retiró de la escena política, las relaciones turco-alemanas vivieron unos momentos de distensión. Estos soberanos se negaron durante un cuarto de siglo a reconocer mutuamente su respectiva autoridad. Ambos tuvieron éxitos resonantes y se valieron de las «guerras santas» para extender sus dominios.

     Carlos V abdicó en 1555, cuando contaba con 55 años de edad, y lo hizo pocos meses después de reconocer por la Paz Religiosa de Augsburgo el derecho de los príncipes y de las ciudades alemanas a seguir los principios religiosos del luteranismo. Se retiró al monasterio de Yuste y murió en 1558. Durante su estancia en tierras extremeñas vivió como un gran devoto y ayudó a su hijo, Felipe II, en todo lo que pudo, como un consejero experimentado que era.

     Solimán II no cesó de pelear hasta el último momento de su vida. Murió el 5 de septiembre de 1566 y lo hizo en un pabellón real en la campaña Zigetvar. Sus ejércitos no fueron informados de su muerte. Tras la conquista de Zigetvar, un soldado con gran parecido físico a Solimán se sentó en el trono por mandato del Gran Visir Sokullu Mehmet Pasa. El Visir sabía que si se lo hubiera dicho antes a las tropas, esto hubiera afectado la moral de los combatientes y la conquista hubiera sido mucho más difícil.

     Los últimos años de su reinado estuvieron marcados por conflictos familiares de gran trascendencia política. Por influencia de su esposa Roxelana y de su yerno el gran visir Rusten Bajá se enemistó con su hijo primogénito, Mustafá, al cual mandó estrangular en 1533. A esto siguió la cruenta pugna entre sus hijos Selim y Bayaceto. Este último se levantó en armas en 1559 pero fue derrotado en Konia, viéndose obligado a huir a Persia, donde él y sus hijos fueron ejecutados a cambio de un alto precio pagado por Solimán.

     Como se ve, conflictos muy graves, que pese a todo, no impidieron a Solimán dejar a su sucesor el imperio más grande y mejor organizado de Europa. Fue un rival temible para el resto de las potencias europeas desgarradas por antagonismos dinásticos y religiosos. Décadas después de su muerte, la bandera de la media luna sería la enseña dominante en el Mediterráneo y ello fue posible, en buena medida, gracias al potencial acumulado por el Imperio Otomano en tiempos de Solimán el Magnífico.

Tomado de http://www.cervantesvirtual.com/