Ausentes del cielo es la nueva apuesta del escritor Álex Oviedo. Después de la gran acogida de su última novela, El hacedor de titulares, Oviedo regresa con su obra más cruda. Una obra negra que regresa a nuestro reciente pasado haciéndose una inquietante pregunta: ¿Qué pasa cuando la víctima se convierte en verdugo?. Una novela de género que permite al autor analizar el mundo en el que vivimos y en el que nadie es inocente.

¿Qué es Ausentes del cielo?

Es la historia de Ándres, un joven que, hastiado de su situación personal y laboral, decide matar a un miembro de la izquierda abertzale. Pero es sobre todo una historia de amor o desamor. Andrés quiere encontrar en Puri la relación que ella no va a ofrecerle, mientras que el inspector Vidal, el encargado de la investigación, siente que ha perdido a la mujer que amaba por su propia incapacidad de anteponer lo importante a lo secundario.

¿Cómo nace  la obra?

Surgió a partir de un interrogante. Tras la muerte de Miguel Ángel Blanco, mi padre, que vive en Galicia, se sorprendió de que ninguno de los familiares de las víctimas de ETA hubiera reaccionado violentamente, se hubiera revuelto y decidido acabar con sus asesinos o con sus familias. «No sé qué haría yo si os pasase algo a vosotros», nos dijo. En Euskadi nadie se había tomado la justicia por su mano, pero no una organización sino una persona anónima, desconocida. La reacción natural de alguien amenazado. Golpear para no seguir siendo golpeado. La lógica de una sociedad avanzada, sin embargo, hacía que nadie se revolviera, se vengara, que nadie quisiera embarcarse en un enfrentamiento que nos hubiera llevado a un escenario impensable. Lo que pretendí fue imaginar ese escenario pero centrándome en las dos parejas protagonistas.

Como dices, en el libro vemos que pasaría si un día una persona se dejase llevar por la furia.

A veces me venían a la cabeza escenas de aquella película de Michael Douglas, Un día de furia, en la que un ciudadano corriente se rebelaba de forma violenta contra todo aquello que le rodeaba. La vida de cualquiera de nosotros puede verse alterada por una decisión incorrecta, por un accidente, incluso por no responsabilizarse de sus actos. La diferencia en Ausentes de cielo es que Andrés decide tomar partido, defenderse, coger un arma y acabar con quienes alteraban hasta ese momento la tranquilidad de su día a día. Pero cada acción tiene una reacción. Y la violencia solo genera más violencia.

Regresas a la novela negra.

Es un género que me gusta, con el que disfruto. Seguramente Ausentes del cielo es la más negra de todas mis novelas. Las anteriores —Las hermanas Alba, El hacedor de titulares…— bordeaban el género, lo que me ha gustado definir como falsas novelas negras en las que el hilo argumental es una investigación de tipo policial pero que se convierte en una excusa para hablar de otras cosas, desde las situación del mundo editorial a la corrupción política. O la crisis de los medios de comunicación.

Desde sus orígenes el género ha sido un espejo ideal para mostrar las dificultades de la época en la que se escribe la historia.

Porque lo importante era mostrar el entorno en el que se desarrollaba la trama, la ciudad en la que vivían los personajes —también los escritores—, la situación sociopolítica a la que se enfrentaban. Muchas veces la investigación era sólo un hilo conductor que llevaba al lector a entender a través de la novela un momento histórico determinado. El género negro es una magnífica herramienta para explicar nuestro pasado o para entender el presente. Para comprender, al fin y al cabo, cómo es una sociedad.

El conflicto vasco es el escenario en el que se desarrolla la historia.

Ausentes del cielo tiene lugar a principios del siglo XXI, sobre el año 2002, cuando ETA estaba en sus últimos momentos pero seguía matando y cuando la kale borroka campaba a sus anchas por muchas de nuestras calles. Circunstancias que formaban parte de nuestra realidad o, casi peor, de nuestra normalidad. Y no fue la peor década: hoy casi nadie se acuerda de los años del plomo y nos costará explicarlo racionalmente a nuestros hijos —o a nuestros sobrinos—. Ni siquiera somos capaces de hallar un argumento común, incluso de condenar a quienes mataron, a quienes les jaleaban o apoyaban. A quienes emplearon la violencia para acabar con aquellos que pensaban de diferente manera. Ese es el escenario. Pero lo importante son los personajes, cuyas vidas se ven alteradas por ese entorno, por esa violencia.

¿Podía haberse escrito esta historia en otras épocas del pasado?

Empecé a escribir la novela hace muchos años, el germen estaba ahí. Pero no se pudo publicar, porque eso era más difícil, como si ofendiesen los interrogantes que planteaba o no se pudiese hablar de ciertos temas. Una provocación, me dijeron. No es el momento, trata el tema desde un punto de vista distinto pero…

Da la sensación de que Patria ha roto tabúes relacionados con ETA que hasta la fecha eran difíciles de verbalizar.

Hay un antes y un después de la novela de Aramburu. Los editores han encontrado que aquella época y la banda terrorista eran novelables. A eso también ha contribuido el cine, que ha tratado el entorno etarra o la situación en el País Vasco incluso con sentido del humor. Se han publicado ensayos como El eco de los disparos, de Edurne Portela o libros que recuperaban textos escritos en euskera, como es el caso de Como si todo hubiera pasado, de Iban Zaldua. Pero ya antes se había tratado el tema: lo hizo el propio Aramburu en Los peces de la amargura o Luisa Etxenike en El ángulo ciego, por citar dos ejemplos. Patria ha permitido que salgan obras que quizás no hubieran asomado en otras circuntancias. Creo que hace falta retratar lo que vivimos en Euskadi durante muchos años desde la ficción. La unión de todos esos textos conformará una visión bastante completa de nuestra historia.

La obra se centra en el enfrentamiento de dos personajes que, sin conocerse, tienen sus destinos conectados desde el inicio: Andrés y el inspector Vidal.

Lo que me interesaba era mostrar a dos hombres marcados por el entorno en su relación con sus parejas. En el caso de Andrés, la relación con Puri es puramente física, sexual, por mucho que él intente alcanzar otro estatus; el inspector Vidal ha perdido a Nuria por su incapacidad de darse cuenta de lo importante. En ambos casos quería describir a dos hombres solos que desean no serlo, no estarlo. Y por eso en el inicio de muchos de los capítulos buscaba confundir al lector: de quién estoy hablando, del inspector o de Andrés, si en en fondo ambos tienen más cosas en común de lo que imaginan.

Andrés se convierte en asesino cuando se deja llevar por la frustración y descubre lo fácil que resulta matar a un hombre.

Hay un momento en la novela en la que Andrés habla de lo fácil que es hacerse con un arma y disparar. Sólo es necesario dar muy poca importancia a la vida del otro. En Euskadi durante mucho tiempo hubo gente que veía normal identificar como enemigo al que pensara diferente. Y eso te colocaba en una diana. Le daban a un joven una nueve milímetros o un paquete de Goma-2 y se ponía a hacer la guerra por su cuenta contra los enemigos de la Patria. En fin… La de mentiras que siguen marcando nuestra educación. Pero es curioso: al escribir Ausentes del cielo tenía también en mente la escena de Cortina rasgada, de Alfred Hitchcock, cuando el personaje de Paul Newman y la mujer del granjero intentan matar a Gromek, el alemán que ha descubierto que son espías. Hitchcock rodó esa escena para mostrar lo difícil que era matar a alguien cuando no se tiene un arma. Y me pareció que en Ausentes del cielo también debía incidir en ello.

Vidal es un inspector que intenta rehacer su vida mientras los muertos surgen a su alrededor.

Vidal es el personaje que más satisfacciones me ha dado y también el que más me costó escribir. Tenía en mente el arquetipo de un hombre al que han abandonado, que quiere reaccionar pero no puede, que ha de enfrentarse a un ritmo laboral diario estresante y complicado. Y precisamente por pensar en el típico inspector que está de vuelta de todo debía lograr que su historia fuese atractiva, que la relación con Nuria le marcase en ausencia. Podía haberme quedado un pastiche pero creo que es un buen personaje.

La visión sobre la prensa y la política que muestra el libro son poco edificantes.

Los dos poderes con los que soy más crítico. Los medios de comunicación acaban convertidos en voceros de una ideología determinada; no informan, adoctrinan. Y en cuanto a la política, estoy convencido de que muchos de los problemas actuales se deben a la mediocridad de muchos cargos políticos, más interesados en medrar que en buscar verdaderas soluciones o en defender lo particular frente al interés común.

De nuevo una Bilbao recreada parece ser el escenario de la historia.

Lo curioso es que hayas visto Bilbao en la ciudad de la novela. Un entorno urbano, sí, pero con puerto, bares en los que se juntan pescadores o antiguos marineros, de calles con olor a salitre. En realidad lo que me interesaba es que el recrease en la novela su propio entorno, su propio escenario. Porque quise ambientar Ausentes del cielo en Euskadi y que el lector entendiera que la historia podía transcurrir en cualquier sitio. El nombre que le diese a la ciudad me daba un poco igual.

Frente a tu anterior trabajo, El hacedor de titulares, el humor brilla por su ausencia.

Lo sé. En El hacedor de titulares el humor, la ironía e incluso a veces el sarcasmo eran consustanciales a la crítica que estábamos haciendo Elena Sierra y yo del mundo del periodismo cultural o de la corrupción política. Ya ves, también aquí la crítica iba dirigida a la prensa y a la política. Pero recurrir al humor en Ausentes del cielo le hubiera restado fuerza al tono que quería dar a la novela y a la vida de las dos parejas protagonistas. Es una novela más oscura.

¿Cuánto hay de autobiográfico en la obra?

Es mi novela más personal pero menos autobiográfica, los personajes tienen parte de mí, también de otras personas, hay hechos que sucedieron, otros que me extrañaba que no hubieran pasado. Y tiene mucho de intimidad, de cuestionarme cómo serían las relaciones de dos parejas sometidas a la presión del entorno.

Ausentes del cielo transmite un mensaje de pocas esperanzas.

No es una novela pesimista, si a eso te refieres. He intentado mostrar unos hechos y que sea el lector el que diga si se trata de una novela de desamor y ruptura o de amor y esperanza. Aunque tiene un punto oscuro, desde luego, el de plantear que la venganza esté por encima de todo y de que cualquier persona puede acabar echándose al monte y organizar un conflicto. Y asesinar a una persona que no piensa como tú.

De nuevo colaboras con El Desvelo Ediciones.

A día de hoy es uno de los proyectos editoriales más interesantes que conozco. Su editor, Javier Fernández Rubio, está realizando una gran labor publicando casi dos títulos al mes: narrativa, ensayo, filosofía… Confió en mí cuando publicó El hacedor de titulares y lo ha vuelto a hacer con Ausentes del cielo, dos novelas que tienen registros muy diferentes. Acaba de publicar la antología poética Kepa Murua, El cuaderno blanco, y en breve saldrá en el sello la nueva novela de Seve Calleja, Muerte en el Adur.

¿Cómo está siendo la respuesta al libro?

Hasta ahora sólo he recibido buenas críticas por parte de los lectores. Han escrito, en redes sociales sobre todo, que es una “novela imprescindible”, “una gran novela”, “una obra redonda”…, adjetivos que me emocionan porque refrendan todos estos años de trabajo. Hace poco me dijo una lectora que no paró de leer hasta el final, un magnífico piropo sin duda. Ahora sólo hace falta que corra de boca a boca y tenga muchos lectores.

Da la sensación de que el inspector Vidal reclama más espacio para desarrollarse.

Me gustaría. No sé si lo haré, aunque es verdad que comencé una nueva novela con Vidal como protagonista. Vidal es un personaje que me gusta mucho, con el que estoy muy orgulloso. Lo gracioso es que ha habido lectoras que me han preguntado por él, por su vida, por su pasado…

¿Proyectos?

De momento, escribir. Llevo casi dos meses de promoción, lo que me está restando tiempo para ponerme sobre una página en blanco. Tengo una novela terminada, mucho más ligera, con un punto de humor, pero que revisaré este verano —tengo un punto obsesivo en esto de las revisiones—. Y en julio me publican en Estados Unidos Las hermanas Alba. La editorial Raíces Latinas ha decidido apostar por esta novela que editó Bassarai en 2009 y la va a mover entre nuevos lectores. Estoy emocionado por la posibilidad que supone de llegar a otro tipo de público y quizás, quién sabe, viajar el año que viene a Estados Unidos para presentarla.