Ad Astra: Tras la huella de 2001

Todo aquel que me conozca estoy seguro que pensará cómo me frotaba las manos antes de ver esta película. Las referencias son más que evidentes: Arthur C. Clarke, Stanley Kubrick y 2001. Y si nos apuramos, toda la ciencia ficción metafísica de autores como Stanislaw Lem.

Buscar la trascendencia humana en las mismísimas estrellas, en el universo. Y todo articulado más allá de una película de acción o aventuras (como lo fuera «Gravity»), sino escarbando un poquito más en la vocación de las grandes preguntas filosóficas que siempre están presentes en la historia de la humanidad: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Estamos solos en el Universo?… y así.

No hace demasiados años el megalómano Christopher Nolan nos regalaba «Interstellar», que en la línea de todo lo anterior iba incluso más allá, entrando en universos paralelos que trascienden a la materia física misma y jugueteando con conceptos como el alma, el tiempo, el espacio y la muerte.

Con menos ínfulas que Nolan, Gray ha apostado por esta estructura, aunque quizás no yendo tan lejos en sus pretensiones: estamos en un futuro cercano, y una serie de pulsos energéticos amenazan con la vida misma en la tierra.

Esas tormentas parecen venir del final de nuestro sistema solar y de un proyecto espacial que fue en busca de inteligencia extraterrestre, y en esta ocasión se mandará al hijo del responsable de aquel proyecto para ver si contactando con su padre, se pueden eliminar estas amenazas, o por lo menos saber a qué se deben…

En este marco argumental de lo más sugerente, Brad Pitt tiene oportunidad de demostrar lo que siempre ha intentado y que su apolínea belleza y musculatura le han impedido: que es un buen actor.

De hecho, toda la película gravita -nunca mejor dicho- sobre su contenida interpretación, que es realmente excelente.

De la misma manera que su personaje, el comandante Roy McBride, tiene unas pulsaciones bajísimas en cualquier crisis o amenaza, Pitt logra contener hasta el máximo su registro, demostrando que con el mínimo repertorio actoral puede transmitir una enorme galería de emociones.

Un trabajo impecable, al modo del mismísimo Keir Dullea en 2001 -si no, superándolo- en el vacío del espacio, a la búsqueda de una respuesta de su propia existencia.

Porque «Ad Astra» (dos palabras en latín que significan «A las estrellas») además de narrar un viaje exterior intergaláctico de lo más esplendoroso, también realiza un viaje interior hacia los propios demonios del personaje, que ha crecido a la sombra de la leyenda de su padre, y que con esa referencia, intenta no perder su propia identidad (si es que alguna vez ha llegado a tenerla, con esa losa).

En este momento me acuerdo de Freud por dos motivos: el primero es por su teoría de que para poder crecer y convertirse en un adulto, el sujeto tiene que «matar» la figura del padre protector y castrante, desligándose de él y cortando el cordón umbilical; y el segundo es por su divertida reflexión sobre la vida extraterrestre, ya que el padre del psicoanálisis apuntó que «la prueba evidente de que existe vida inteligente fuera de la tierra, es que aún no han contactado con nosotros».

Las hipnóticas imágenes del espacio están brillantemente plasmadas, pero demuestran una vez más la enorme grandeza de 2001, ya que a día de hoy, ninguna película -ésta incluida- puede superar la narrativa visual de ese espacio infinito que nos rodea y que nos sitúa (y dimensiona) en la pequeñez que los seres humanos tenemos en el universo: todos nuestros problemas y disquisiciones, guerras, intrigas, ambiciones y deseos son millonésima parte de la millonésima parte de una roca que está dentro de la millonésima parte de una galaxia que su vez está en la millonésima parte del universo infinito, así como suena.

No puede uno por menos que sentir un respeto casi ceremonial ante esta reflexión, que está presente en una película que por lo demás está muy bien aliñada (aunque dos del equipo «Dédalus» de «Space Cowboys» de Eastwood como son Tommy Lee Jones y Donald Sutherland estén presentes en la película, así como algún que otro actor secundario de esta divertida y cómplice peli de abueletes en el espacio) y que tiene una muy buena y espectacular factura visual y sonora, con una excelente banda sonora de Max Richter y Lorne Balfe, capaz de transmitir la inquietante soledad del espacio y a la vez su majestuosa grandeza.

Parece que James Gray ha dejado de hacer mediocridades y se ha licenciado como un director de empaque con esta película, con la que sale airoso de un envite tan complicado, después de hacer medianías como «Z, la ciudad perdida» o «La noche es nuestra» -por bien que estuviera Joaquin Phoenix en ella. O wait, es que Phoenix está bien donde se le ponga, aunque»Joker» es donde se licencio.

Con esta película, Pitt intenta acercarse más al reconocimiento definitivo con el Oscar, no ya como productor -que ya consiguió en 2013 con «12 años de esclavitud», siendo además productor de «Ad Astra»- sino como actor, ya que aunque consiguió la nominación al secundario por «12 monos» de Terry Gilliam (que le dio el Globo de Oro), aún no tiene una estatuilla por una interpretación principal.

La madurez le está sentando fenomenal a Pitt, que a sus 55 años no puede estar más de moda tras la última película de Quentin Tarantino «Érase una vez en Hollywood», y ahora con «Ad Astra», consigue un acercamiento mayor al reconocimiento absoluto en su faceta de actor.

Creo que en la historia del cine podríamos comparar bien a Brad Pitt con Robert Redford, que consiguió un Oscar como director de «Gente Corriente» en 1980, pero que nunca lo hizo como actor -aunque tuvo otro honorífico a su carrera artística-.

Ambos son guapísimos, tanto y tan perfectamente… que parece que su credibilidad como actor se pone en entredicho. Y no es justo. Recuerdo una entrevista con Pitt cuando estrenó «Kalifornia», en la que explicaba que ya no sabía qué hacer para conseguir que le tomaran en serio: si se arreglaba, parecía demasiado guapo.

Pero no se arreglaba, se dejaba la barba y el pelo largo… todavía parecía más guapo. Aunque pueda parecer un estigma positivo para un actor, en muchos casos, resulta una losa demasiado grande para sobrellevarse.

A ver si Pitt consigue quitársela de una vez y el público lo ve como lo que en realidad es: un excelente actor. Si te queda alguna duda, te recomiendo que veas las citadas «Kalifornia», «12 monos», así como «Entrevista con el vampiro» o «Snatch, cerdos y diamantes», su más bizarra y divertida interpretación. Y con «Ad Astra», se lo merece.

Patxi Álvarez