
«El Chaval de Cobejo» reflexiona sobre las diferencias entre folclore y folk, reivindica la cultura como una necesidad humana que va más allá de la supervivencia y repasa la evolución de la música popular de Cantabria
Santander, 7 de septiembre de 2026.- ¿Dónde termina la supervivencia y comienza la cultura? ¿Es lo mismo folclore que folk? ¿Tiene necesariamente que evolucionar aquello que pertenece a la tradición?
César Higuera Amor, «El Chaval de Cobejo», aborda estas cuestiones en una entrevista con EL PORTALUCO en la que, partiendo del rabel y de la música tradicional, termina construyendo una reflexión mucho más amplia sobre la cultura popular y la evolución de la música de Cantabria.
Para Higuera existe una diferencia fundamental entre folclore y folk, dos conceptos que considera relacionados pero que no deben utilizarse como sinónimos.
El folclore pertenece, en su visión, a aquello que surge de la propia comunidad y se transmite entre generaciones. El folk, por el contrario, es ya música popular creada e interpretada para un público.
Durante la conversación recuerda nombres como Bob Dylan, Joan Baez o Pete Seeger para explicar que el folk no tiene necesariamente que proceder del folclore y que utilizar una melodía tradicional tampoco convierte automáticamente una propuesta musical en mejor folk.
Cuando hacer algo «que no sirve para nada» se convierte en cultura
Una de las reflexiones más singulares de la entrevista surge cuando César Higuera recuerda una visita a las excavaciones del Monte Bernorio, donde contempló una fusayola, una pequeña pieza utilizada como contrapeso del huso.
La pieza presentaba cinco pequeños círculos incisos.
Lo verdaderamente importante, recuerda Higuera de aquella explicación arqueológica, era precisamente que esos adornos no tenían ninguna utilidad práctica.
Estaban allí simplemente para decorar.
Para Higuera, ese gesto aparentemente insignificante contiene una de las claves para comprender el nacimiento de la cultura: cuando el ser humano tiene resueltas sus necesidades básicas dispone también del tiempo y la voluntad necesarios para crear, adornar y hacer cosas que no responden exclusivamente a la supervivencia.
Y traslada inmediatamente esa idea a una imagen mucho más cercana.
Recuerda cómo su madre preparaba la manteca y, una vez terminada, utilizaba la punta de una cuchara para hacer dibujos sobre ella.
La manteca era supervivencia. Los dibujos eran cultura.
Una sencilla diferencia que, para El Chaval de Cobejo, ayuda a explicar buena parte de lo que el ser humano lleva haciendo desde hace miles de años.
«El folclore es la diversión del pueblo»
Desde esa concepción de la cultura, Higuera llega a su propia definición del folclore.
«El folclore es la diversión del pueblo», sostiene.
Habla de personas que se reúnen para cantar, tocar y bailar sin esperar cobrar por ello; alguien lleva vino, otro aporta pan y queso y todos participan de una celebración que tiene como finalidad fundamental divertirse juntos.
Ese sería, en su opinión, el espacio natural del folclore.
El folk pertenece ya a otro ámbito.
Higuera sitúa incluso al antiguo juglar en esa frontera: probablemente, sostiene, el juglar no estaba haciendo folclore cuando recorría lugares interpretando sus canciones para ganarse la vida. Sin embargo, aquellas mismas coplas podían terminar siendo aprendidas por la gente, transmitidas de unos a otros e incorporándose finalmente al propio folclore.
¿Tiene que cambiar el folk de Cantabria?
La conversación aborda también la evolución de la música folk cántabra durante las últimas décadas.
Antonio Mora recuerda su llegada a Cantabria en 1997 y aquel periodo de especial efervescencia protagonizado por diferentes formaciones. Ante la pregunta de por qué determinadas propuestas parecen mantenerse décadas después, Higuera responde con una comparación deliberadamente sencilla: ¿qué aportaciones nuevas tenía el último cocido que comimos?
La tradición, viene a plantear, no tiene necesariamente que transformarse simplemente por el paso del tiempo.
Sin embargo, cuando la conversación se centra específicamente en el folk, reconoce que la cuestión es diferente.
Higuera recuerda el papel desempeñado por La Humera, formación de la que él mismo fue integrante, y considera que aquel grupo produjo «una cierta explosión» porque supo catalizar ideas que ya estaban presentes en el ambiente.
Ahí estaría precisamente una de las claves para que aparezcan nuevas propuestas: alguien debe ser capaz de detectar lo que existe en cada momento y transformarlo en una expresión musical propia.
También muestra su satisfacción por la reaparición de Saltabardales, cuya trayectoria e ideas considera merecedoras de atención y seguimiento.
Luétiga y una generación que dejó huella
La conversación recorre igualmente algunos de los grupos que marcaron la evolución de la música cántabra.
Higuera recuerda especialmente a Luétiga y la importancia que alcanzaron sus primeros trabajos, discos que asegura continuar escuchando décadas después.
La dificultad, reconoce, aparece precisamente cuando se intenta clasificar algunas de aquellas propuestas.
Hay composiciones propias junto a piezas tomadas directamente de la tradición; sonidos tradicionales que conviven con planteamientos contemporáneos y grupos que se sitúan en una frontera difícil de delimitar entre folclore, folk y otras músicas populares.
Pero quizá esa dificultad para colocar etiquetas sea también parte de su riqueza.
Música para divertirse
Por encima de clasificaciones, instrumentos o estilos, César Higuera mantiene durante toda la conversación una idea central:
«La música se hizo para divertirse. Ese es su origen».
Desde el rabel del pastor hasta el folk contemporáneo, desde una copla transmitida oralmente hasta una formación que sube a un escenario, la música conserva para El Chaval de Cobejo una función profundamente humana: compartir, comunicar y disfrutar.
Del mismo modo que aquellos cinco pequeños círculos realizados hace siglos sobre una pieza de barro no servían aparentemente para nada y, precisamente por ello, nos hablan hoy de quienes los hicieron.
Contexto
La reflexión de César Higuera forma parte de una entrevista realizada por Antonio Mora en la que «El Chaval de Cobejo» aborda su relación con el rabel, la interpretación de la jota, la tradición oral y diferentes etapas de la música popular y el folk de Cantabria.
La conversación forma parte del trabajo de recuperación y conservación de testimonios audiovisuales relacionados con la cultura y el folclore de Cantabria.
Las claves
- César Higuera diferencia claramente entre folclore y folk y rechaza utilizarlos como conceptos equivalentes.
- Define el folclore como «la diversión del pueblo», nacida de la participación colectiva y no de una relación entre artista y público.
- Utiliza una imagen familiar para explicar la diferencia entre necesidad y creación: la manteca es supervivencia; los dibujos realizados sobre ella son cultura.
- Considera que el folk no tiene necesariamente que proceder del folclore.
- Recuerda el papel de La Humera como catalizador de ideas que estaban presentes en la música cántabra de su tiempo.
- Destaca la importancia de Luétiga y muestra especial interés por la reaparición de Saltabardales.
- Resume su concepción de la música en una afirmación: «La música se hizo para divertirse».
