
LA INSACIABILIDAD DEL LEVIATÁN
Ensayo sobre la expansión perpetua del capital estadounidense

Los grandes intereses económicos de Estados Unidos nunca se quedan quietos.
Su voracidad expansionista es insaciable. No hay ideología ni sentimiento que la contenga:
se trata de una enfermedad patológica, casi diabólica, incrustada en la médula del sistema.
Decir que un imperio actúa en función de sus intereses no es novedad. Roma saqueó Cartago, Londres exprimió la India, Tokio masacró Nankín. Pero hay una diferencia cualitativa en el caso estadounidense: su hambre no tiene pausas territoriales, ni fatigas históricas, ni límites morales auténticos. No es imperialismo clásico —aunque también lo practique— sino un mecanismo perpetuo de acumulación que exige abrir nuevos mercados, asegurar recursos, derribar gobiernos incómodos y reconfigurar cualquier rincón del planeta que ofrezca una tasa de ganancia.
Esta enfermedad patológica opera bajo el disfraz de la democracia, la libertad y los derechos humanos. Pero cuando un gobierno popular amenaza con nacionalizar el litio o el petróleo, los marines no llegan con bibliotecas; llegan con drones. Cuando un país se niega a firmar un tratado de libre comercio que favorezca a las corporaciones farmacéuticas o alimentarias, la CIA financia opositores, las sanciones estrangulan la economía y los medios fabrican consenso.
La historia como repetición sin aprendizaje
El patrón se repite desde hace dos siglos. No hubo un momento de “suficiente”. Una vez ocupado el continente hasta el Pacífico, la maquinaria miró al Caribe: Cuba, Puerto Rico, Panamá, Nicaragua, Haití, República Dominicana. La United Fruit Company llamaba y el Departamento de Estado respondía. En los años cincuenta, Jacobo Árbenz quiso reformar la tierra en Guatemala; la CIA lo derrocó en 1954 y el país entró en cuatro décadas de guerra civil. En los setenta, Salvador Allende ganó limpiamente en Chile; la CIA financió el paro de los camioneros, la inflación artificial y finalmente el golpe de Pinochet. ¿La razón? El cobre chileno estaba en manos de la Corporación Nacional del Cobre y la administración Nixon no podía permitir ese precedente.
Cada vez, la excusa era la seguridad nacional o la lucha contra el comunismo. Pero tras la cortina de humo estaban las planillas de cálculo de Anaconda Copper, Kennecott, ITT y Chase Manhattan Bank.
Después de la Guerra Fría, cuando desapareció el enemigo ideológico, muchos ingenuos pensaron que Estados Unidos se convertiría en un “policía benevolente” o al menos se retiraría a sus fronteras. Ocurrió lo contrario: sin la URSS como freno, la voracidad se aceleró. Los años noventa vieron el Consenso de Washington impuesto a cañonazos financieros: privatizaciones, apertura de cuentas de capital, desregulación laboral. Países que se resistieron —Argentina en 2001, Venezuela después de Chávez, Bolivia con Morales— pagaron el precio en forma de golpes de Estado (fallidos o exitosos), guerras de deuda y bloqueos mediáticos.
La ausencia de contrapesos
¿Por qué nunca se detienen? Porque no hay un mecanismo interno o externo capaz de frenarlos. Internamente, el complejo militar-industrial-financiero —esa triada que Eisenhower ya advirtió— es dueño del Congreso mediante el lobby y las puertas giratorias. Los senadores que votan guerras luego son contratados como consultores de Lockheed Martin o Raytheon. Los generales que dirigen invasiones terminan en consejos de administración de petroleras. Es una retroalimentación perfecta: la guerra genera contratos, los contratos generan ganancias, las ganancias financian campañas políticas, y los políticos votan más guerras.
Externamente, desde el colapso soviético, ningún poder ha podido contener militarmente a Estados Unidos. China es un competidor económico, pero aún no tiene la capacidad naval ni de proyección global. Rusia es una potencia regional. La UE es un aliado subordinado. La ONU es un escenario donde las resoluciones contrarias a Washington se vetan o se ignoran. Un mundo unipolar es el mejor caldo de cultivo para una enfermedad que no conoce la palabra “suficiente”.
La objeción necesaria: ¿no hicieron lo mismo todos los imperios?
Cierto. Pero la diferencia está en la naturaleza del agente. El Imperio Británico expandía su dominio mediante compañías privilegiadas como la East India Company, pero al menos existía una lógica geográfica y un límite de recursos. El Imperio Romano se detuvo en el Rhin y el Éufrates porque sus líneas de suministro se rompían y porque otros pueblos (partos, germanos) oponían resistencia efectiva.
Estados Unidos ha superado esas barreras. Tiene bases en 80 países. Once portaaviones que pueden bombardear cualquier objetivo en 24 horas. Una red de espionaje global (NSA, CIA) que no respeta soberanía alguna. Y sobre todo, una capacidad de cambio de forma: si no puede invadir, sanciona; si no puede sancionar, financia ONG y golpes blandos; si eso falla, recurre a la guerra cibernética o al asesinato selectivo con drones. No hay retroceso táctico que no sea una maniobra para avanzar en otro flanco.
Además, los imperios del pasado eran francos acerca de sus intenciones. Roma decía “imperio sin fin” sin vergüenza. Estados Unidos inventó la retórica de la “excepción americana” y la “ciudad brillante sobre la colina”, lo que hace que su expansionismo sea más peligroso porque está legitimado por una ideología que la mayoría de sus propios ciudadanos creen. No se ven a sí mismos como depredadores, sino como salvadores. Esa hipocresía sistémica es parte de la enfermedad: el enfermo no sabe que está enfermo.
La dimensión diabólica
Llamar “diabólica” a esta pulsión no es un exceso literario. Lo diabólico —en la tradición teológica— no es meramente malo: es el mal que se sabe mal y aún así se justifica con razones aparentemente nobles. Cuando Madeleine Albright, secretaria de Estado de Clinton, fue entrevistada sobre las sanciones a Irak en los años noventa —que según la UNICEF causaron medio millón de muertes infantiles— y le preguntaron si valía la pena, respondió: “Creemos que el precio valió la pena”. Ese cálculo frío de vidas humanas frente a los intereses estratégicos del petróleo y la geopolítica tiene un regusto inequívocamente diabólico.
No es un momento aislado. La escuela de las Américas entrenó a decenas de dictadores latinoamericanos en tortura sistemática. La CIA organizó Operación Cóndor. El Pentágono bombardeó hospitales en Afganistán y bodas en Irak. Y cada vez, la respuesta oficial es “daños colaterales”, “errores de inteligencia”, “excepciones en una guerra justa”.
La enfermedad patológica se manifiesta así: un sistema que produce sistemáticamente resultados moralmente atroces, pero que se percibe a sí mismo como benevolente. Eso es mucho más aterrador que un villano de cine.
¿Alguna esperanza de cura?
El pesimismo de este diagnóstico no implica necesariamente que no pueda haber cambios. Las enfermedades pueden entrar en remisión. El colapso de la hegemonía estadounidense es posible por fatiga interna (déficit fiscal insostenible, polarización social, agotamiento militar) o por el ascenso de un contrapeso efectivo (China, o una alianza multipolar). También podría ser que los propios ciudadanos estadounidenses, hartos de guerras eternas y de ver sus hospitales quebrados mientras el Pentágono quema billones, exijan un repliegue.
Pero la historia muestra que el repliegue nunca es voluntario. Estados Unidos salió de Vietnam porque perdió, no porque recapacitara. Salió de Afganistán porque ya no podía sostener la ocupación, no porque reconociera el derecho del pueblo afgano a decidir. La única verdadera contención vendrá de fuerzas externas que eleven tanto el costo de la expansión que el sistema la considere inconveniente.
Mientras tanto, el resto del mundo debe entender la naturaleza de este Leviatán. No es un amigo torpe que a veces se equivoca. No es una democracia ejemplar con excesos puntuales. Es una máquina de expansión perpetua disfrazada de idealismo. Y las máquinas no se detienen con súplicas; se detienen cuando algo más fuerte les pone el pie, o cuando se rompen por dentro.
Conclusión: mirar sin ingenuidad
La frase que abre este ensayo —»los grandes intereses económicos de USA no se estarán quietos nunca, su voracidad expansionista es insaciable»— no es una exageración conspirativa. Es una descripción ajustada a los hechos, siempre que se entienda que no es una voluntad consciente y unificada (no hay una «sala de juntas del imperio» con un villano con bigote), sino una lógica estructural que actúa a través de miles de decisiones fragmentadas que, en su conjunto, producen el mismo resultado: más control, más mercados, más recursos.
La ideología y los sentimientos no importan porque, aunque algunos políticos o funcionarios tengan buenas intenciones, el sistema los expulsa o los neutraliza. Los que se resisten a la lógica expansionista terminan marginados, o asesinados (como JFK y tantos otros). La enfermedad es más fuerte que cualquier individuo.
Frente a este diagnóstico, lo mínimo que se puede hacer es no colaborar con la ficción. Reconocer que el gigante no tiene alma, no porque sus ciudadanos carezcan de ella, sino porque su estructura de poder la ha extraído. Y desde ese reconocimiento, construir resistencias locales, regionales y globales que no esperan a que el imperio se cure, sino que aprenden a sobrevivir y a plantar cara mientras dure la fiebre.
“La bestia no descansa. No porque odie, sino porque tiene hambre. Y el hambre del capital no conoce dioses ni fronteras.”
JACA, Santander, julio 2026

