The Informer: Mediocridad imperante. Es difícil hacer una crítica de una película simple. Seguramente porque estamos muy acostumbrados a buscar obras que nos deslumbren de una u otra forma y nos hemos olvidado del cine aquel que simplemente entretiene, que capta nuestra atención lo necesario para sacarnos de la rutina y no nos ofrece ni grandes efectos, ni dramas lacrimógenos, ni acciones explosivas con coreografías imposibles. Este es un thriller de espionaje corporativo simple. Se deja ver, convence mientras está en pantalla y luego desaparece y se olvida.

El ilaliano Andrea Di Stefano siente cierta inclinación por ese tipo de personajes torturados, sometidos por el estrés y la angustia, zarandeados por el imperativo de la supervivencia. En su primer trabajo tras las cámaras, ‘Escobar: Paraíso perdido’, el juguete roto era un joven (Josh Hutcherson), lidiando con un tal Pablo Escobar. ‘The informer’ cuenta para ese rol con Joel Kinnaman, atrapado en una espiral laberíntica.

En la primera sólo la actuación del gran Benicio del Toro ponía algo de pimienta a una cinta insípida, intrancesdente, perdida en esa enorme nebulosa de títulos que dibujan al que fuera enemigo público numero uno de Colombia. La que nos ocupa, vierte los elementos de interés con cuentagotas.

Di Stefano no consigue en ‘The informer’ desembarazarse de los tópicos. Creo que tampoco le importa. Un antiguo convicto es reclutado por el FBI como topo. Infiltrado en la mafia de origen polaco, cuando una operación sale mal, será obligado a continuar su trabajo encubierto dentro de la cárcel. Policías enfrentados, promesas incumplidas, presencia intimidante del hampa, presidio amenazante, mujer e hija usados como fianza…

No se deja ni un sólo cliché en el camino. Es más, la trama transcurre sin sobresalto alguno. Se intuye el progreso de la misma desde lejos. Conscientes de lo liviano del planteamiento, ‘The informer’ constituye un pasatiempo aceptable. Un thriller huraño, desabrido, rodado con oficio. En el que las escenas de acción sirven de contrapunto a la previsibilidad argumental. Mantiene la tirantez.

La presencia de actores mediáticos no sirve de revulsivo ante la mediocridad general. Testimonial la de Clive Owen en su papel de sujeto sin escrúpulos, y lamentable la de Ana de Armas como subordinada. Agentes federales ambos, la disputa que sostienen causa una mueca instintiva. El retrato de los personajes es de manual de instrucciones, con lo que los secundarios andan tan erráticos como el guión, incapaz de finiquitar la función. Y agradeces que la hispano-cubana desfile en un papel subalterno.

Patxi Álvarez