Jaime Martín cierra uno de sus proyectos ambiciosos. Una trilogía que completa la historia de su familia desde 1936 hasta la actualidad. En Siempre tendremos 20 años nos acercamos a su propia vida, que nos permite rememorar la historia del país desde la muerte de Franco hasta la actualidad y su propio recorrido como lector y autor. Revisamos con Martín el cómic y su álbum de fotos para conocer mejor la trilogía.

¿Qué es Siempre tendremos 20 años?

Es la historia que cierra una trilogía que no fue concebida como tal.

¿Cómo nace la obra?

Cuando estaba finalizando Jamás tendré 20 años, por las noches le daba vueltas a la cabeza tratando de encontrar tema para el siguiente álbum. Siempre trabajo así: busco ideas en medio de la noche, en ese momento en que el mundo parece que se detiene y uno puede tomarse el tiempo necesario para pensar lo que le apetezca sin ser interrumpido. El problema es que cuando estoy cansado del trabajo de la jornada, quedo KO en pocos minutos.

En el libro conocemos tu vida, en primera persona, desde la muerte de Franco. ¿Cómo ha sido la inmersión en tu propia historia?

Complicada, a veces incómoda. Complicada porque lo que pretendo es retratar, desde mi punto de vista, los años que vivimos aquellos que formamos la llamada generación del Baby Boom y la generación X. No pretendo ser objetivo, por supuesto, de manera que lo cuento según mi experiencia, aún así siempre trato de no ceñirme únicamente a lo personal y tratar de abrir la historia a otros enfoques. Es un equilibrio difícil que me supuso varias reescrituras de buena parte del guión.

También me resultó incómoda porque no me gustaba la idea de figurar como personaje protagonista. Sin embargo debía ser así para que la trilogía funcionase como tal. No hubiera tenido sentido hacerlo de otra manera, pues en los anteriores álbumes fueron mis padres y mis abuelos los conductores de sendas historias y lo lógico era seguir la rama familiar.

A través de tu propia experiencia vemos los cambios del país de los últimos cuarenta años.

Sí, aunque inicialmente no tenía previsto extenderme tanto. Pero ocurre que tengo una parte muy cuadriculada, que suele ser la que organiza y planifica el trabajo de forma metódica, y otra parte bastante visceral, que lo pone todo patas arriba si se topa con algo que le remueve alguna cosa por dentro. Y eso fue lo que pasó, que me reencontré con un viejo amigo al que todos habíamos perdido la pista desde el inicio de la crisis económica, sobre el 2008. Cuando me contó cómo lo había pasado esos años, sus problemas de salud a causa de las malas condiciones laborales y otros asuntos, cambié de planes y decidí prolongar la historia hasta el 2014.

La música tiene un especial protagonismo en aquellos momentos.

Sí, al menos así lo viví yo. Lo que nos movía a mis amigos y a mí era la música. Vivir los 80 en el barrio era un panorama poco inspirador, era un páramo, no había nada que nos motivase. La música era un bálsamo que curaba nuestras heridas, nuestros anhelos. En los conciertos, en los bares musicales donde pinchaban Hard Rock, en las fiestas que organizábamos, en las salidas al campo a probar nuevas drogas… el Rock and Roll siempre estaba allí. Hubo un tiempo en el que grabamos cintas de casete y las vendíamos en mano, por los parques de Hospitalet y Barcelona, para ganarnos algunas monedas, pero también para dar a conocer grupos raros de metal. Incluso cuando empecé a publicar en la revista El Víbora, la música me funcionó como fuente de inspiración. Era algo que tenía que reflejar en esta historia, hubiera sido injusto no hacerlo.

Tus comienzos han estado muy marcados por el reflejo de la vida en la calle. ¿Cómo ha sido el regreso al barrio?

En lo personal nunca lo he abandonado, aquí sigo, en las mismas calles que he dibujado en Siempre tendremos 20 años. En lo referente al trabajo, es una vuelta al barrio, como dices, aunque no es un tema que hubiese descartado para futuros trabajos, de hecho tengo proyectos en el cajón que abundan en esa línea de historia de barrio. Sólo espero el momento en que me apetezca entrar ahí. A veces ocurre que uno se puede cansar de dibujar ciudades y ambientes urbanos. Eso me pasó hacia 2005. Cuando hice Lo que el viento trae, con aquellos paisajes que van cambiando de estación a lo largo del relato, fue un gustazo. Me lo pasé francamente bien. Y seguí disfrutando con la ambientación desértica de Todo el polvo del camino, los paisajes marroquíes de Las guerras silenciosas y los escenarios bélicos de Jamás tendré 20 años. Ahora he redescubierto el placer del paisaje urbano, pero no me impongo temas. Hace tiempo que me propuse hacer lo que me venga en gana, siempre que sea posible, claro. Como dice mi compañera: “No hemos venido a este mundo a sufrir”.

Los cómics tienen una gran importancia en tu biografía. Contar tu vida nos permite conocerte como lector y como autor.

El cómic me ha permitido expresarme con cierta facilidad, algo que fuera de este entorno no me resulta fácil. En cierta forma ha sido el pegamento social que me ha mantenido conectado a la gente y ha evitado que el niño introvertido que era se convirtiese en un ser asocial. Definitivamente el cómic es algo importante en mi vida.

Jaime Martín en 1988

El libro nos muestra tus comienzos, las colaboraciones en El Víbora, la inmersión en el mercado francés… hasta llegar a Las guerras silenciosas.

Mi integración en el mercado franco belga creo que pone fin a una serie de miedos o retos personales que hacen referencia a la propia subsistencia. Me refiero a que necesitaba saber si aquello en lo que siempre creí y que se convirtió en mi único trabajo, el cómic, seguiría siendo mi salvavidas y me permitiría saltar a otros mercados donde poder seguir viviendo de ello. En este contexto, es importante ese recorrido comiquero que comentas, porque da una idea del largo viaje que supone una carrera profesional como ésta, que también es un asidero en lo personal y que aporta estabilidad emocional a mi personaje.

En el cómic se habla mucho de cómic pero hay un personaje en la obra, Josep María Beà, que parece conformar parte de tu relato familiar. ¿Cómo es tu relación con el autor?

A Beà y Marian los conocí con 14 años y han formado parte de mi vida desde entonces. La relación se extiende más allá de mi persona y alcanza a mis padres, hermanos y amigos. Lo mismo se venían de concierto con los colegas como que mi madre se escapaba con Marian a Madrid a ver una ópera y a conocer a Carlos Giménez. En lo profesional, Beà siempre ha sido un autor muy generoso y ha prestado ayuda a cualquier novato que se la ha pedido. En mi caso, directamente me animó a seguir visitándole para corregirme trabajos que él mismo me iba planteando. Me escribía un guión improvisado en una hoja y yo debía volver unos días después con la página terminada. Si no hubiera sido tan tímido, me hubiera lanzado a darle un abrazo.

La madre del artista.

Comienzas a colaborar en El Víbora ilustrando a autores como Pons u Onliyu.

Sí, fue un paso necesario y enriquecedor. Era muy joven para empezar a escribir mis propias historias y con ellos aprendí las bases. Recuerdo como Onliyú me explicaba la importancia de anotar todo lo que se me ocurriese para empezar a preparar un guión. “Apúntalo todo, un nombre, una frase, una anécdota… Luego ya lo ordenarás, pero no dejes que se pierda”. Pons era un superdotado narrando historias, conseguía sumergirte en su mundo desde la primera página y sacaba a relucir un fondo muy humano en sus personajes, aunque las historias transcurriesen en escenarios especialmente lúgubres. Fue una suerte poder trabajar con ambos.

Han pasado más de treinta años de tu ópera prima, Sangre de barrio. ¿Cómo recuerdas aquellos momentos?

Me sentía el tipo más feliz del planeta. Trabajaba en la que consideraba la mejor revista de cómic del mundo, me acababan de editar mi primer álbum, una edición de 18000 ejemplares, tuvo críticas excelentes y recibí el premio Autor revelación del Salón del cómic de Barcelona en 1990. Con veintipocos años sólo podía imaginar un futuro en el que el trabajo era pura diversión y estaba bien pagado, era como el gordo de navidad multiplicado por mil. Pero también me salió el alemán cuadriculado que llevo dentro y que trataba de racionalizar todo aquello para organizar una carrera a largo plazo y que me permitiese llegar hasta el final en buena forma, sin quemar todos los cartuchos a la primera de cambio.

En trabajos posteriores como La memoria oscura ya anticipabas algunos temas que han estado muy presentes en tu trayectoria posterior y que culminan con el presente tomo. Da la sensación que te anticipas a la actual corriente de memoria histórica recreando tus propias experiencias.

Es algo que me han comentado en ocasiones. Siempre que puedo trato de trabajar con material cercano, es decir, historias personales o de un entorno próximo. Tener una conexión directa con la historia hace que el trabajo sea algo especial, se funde conmigo y me acompaña durante meses sin apenas darme cuenta, mi vida personal y la vida que estoy trasladando a las páginas se entremezclan de tal forma que lo convierten en una experiencia totalmente distinta a la de dibujar ficción.

Por supuesto, eso no ocurre en todas las ocasiones, pero siempre encuentro la forma de introducir elementos de ese tipo que me van a enganchar al proyecto en el que trabajo. Suelo hacer entrevistas de audio a amigos y familiares, a aquellos que tienen cosas interesantes que contar. Todo el mundo las tiene. La última que he grabado ha sido a mi suegra, que da para hacer un libro. Puede que use esas grabaciones para hacer historias personales o puede que use ciertos pasajes para historias de ficción, pero el elemento personal, el fragmento de memoria recuperada de familia y amigos, siempre está presente.

Comienzas a trabajar en el exigente mercado francés. Casi siempre con historias propias y rehuyendo colaborar en series.

Entrar en el mercado francófono me resultó más fácil de lo que imaginaba, aunque no fue llegar y besar el santo. Desde el principio, a los editores les gustó lo que les mostré y me ofrecieron ilustrar sus propios proyectos, pero mi idea era continuar trabajando con total libertad para escribir mis propios guiones, tal como lo había hecho para la revista El Víbora. Al final fue posible en la colección Aire Libre de Dupuis. De todas formas creo que lo realmente difícil, como en tantas cosas, es mantenerse. Esa es la prueba de fuego.

Trabajo mejor solo porque voy a mi ritmo, hago cambios cuando quiero y como quiero y no tengo que dar explicaciones. Colaborar en series es algo que, a priori, se me antoja cargado de inconvenientes (trabajo en equipo con plazos de entrega ajustados, temas con los que puedo tener escasa empatía, etc). Aún así, reconozco que el trabajo en colaboración es enriquecedor y mis colaboraciones con guionistas siempre han sido positivas. Es algo que no descarto volver a hacer.

El padre de Jaime Martín.

Con Las guerras silenciosas comienzas a trabajar un retrato familiar. En este caso cuentas la mili de tu padre en Marruecos durante la dictadura.

Es una historia que tenía en mente desde hacía muchos años. Sólo estuve esperando el momento en el que pudiese acometerla con la suficiente madurez como autor.

 ¿Cómo fue el proceso de documentación de la obra?

Primero fueron las batallitas de mili de mi padre, que ya conocía porque se pasó media vida contándolas una y otra vez a mis hermanos y a mí; luego leí su cuaderno de memorias, que escribió a posteriori y que resultó muy inspirador; seguí con una serie de entrevistas grabadas a mis padres y a mis tías; algún encuentro con amigos de mis padres, para tener algún otro punto de vista de personas de su misma generación y, por último, acopio de documentación fotográfica personal y obtenida en internet. En ocasiones, la documentación gráfica era inexistente y sólo quedaba sentarme junto a mi padre y que me fuese describiendo cómo era la cantina del cuartel, por ejemplo. Yo lo iba dibujando, le enseñaba el resultado, me lo corregía y así hasta llegar a un consenso.

A la vez que cuentas su historia narras tus propias dudas e inseguridades a la hora de escoger tus proyectos.

Así es. Supongo que estaba en un momento en que necesitaba abrir la historia e introducir una nueva capa en el relato. Algo que me sirviera de desahogo tras lo mucho que me costó escribir el guión, algo del estilo de “Hey gente, escribir una historia es muy difícil y con ésta las he pasado canutas. Espero que seáis comprensivos”.

También te acompañamos durante el proceso de creación de la obra como hacía Spiegelman en Maus.

Me pareció interesante que las personas que leen una historia puedan entrever aquello que sucede durante el proceso de creación.

La abuela del autor.

Tras el libro, continúas sumergiéndote en la historia familiar en Jamás tendré 20 años contando la experiencia de tus abuelos desde 1936.

Ésta es otra historia que tenía en la cabeza hace tiempo, unos hechos que oí relatar a mis abuelos desde que era adolescente. ¿Cómo desechar  algo así cuando los protagonistas son miembros de tu familia y tienes a tu alcance la información de primera mano? Cualquier director de cine que hubiera visto a mi abuela relatar los hechos que vivió habría pensado en llevar aquella historia a la gran pantalla. En ocasiones, el mero hecho de estar frente al narrador-protagonista de los hechos, escuchando su relato, hace que se desencadenen unos mecanismos difíciles de detener. A mí me pasa mucho, enseguida me imagino la historia, le pongo cara a los personajes, los detalles más nimios cobran una gran importancia cuando los relata aquella persona que los vivió… En ocasiones, así se pone en marcha la génesis de un guión.

El abuelo de Martín.

Las dificultades para salir adelante, la vida cotidiana son los ejes que conforman la obra.

Sí, porque aquella generación se pasó su juventud superando dificultades. Día tras día, año tras año. Mi abuelo, durante la guerra y la posguerra, se libró de una muerte inminente unas cuantas veces, más de las que se ven en el libro. Algunas trágicas, otras casi cómicas, como cuando le cayó un obús muy cerca, mientras tiraba de un burro que cargaba parte del material de su columna de artilleros. El obús explotó justo cuando mi abuelo pasaba junto a una piedra de su misma altura, eso le sirvió de parapeto. Cuando se recuperó del susto aún sujetaba la correa que tiraba del pobre animal. El burro quedó desintegrado. Esa anécdota y otras tantas no están relatadas, parecería una exageración sacada de una película, pero en aquellos años la vida era así. Lo mismo pasa con mi abuela, su vida da para hacer varios álbumes. Siempre superando obstáculos, sin saber leer ni escribir. Aún alucino cuando pienso en cómo sacó adelante a su familia montando el negocio de reciclaje de envases de vidrio, el desahogo con el que llegaron a vivir, y su comportamiento solidario para sus vecinos, algo que apenas traté en el libro por puro pudor.

A pesar de ser el segundo libro que desarrollas, da la sensación de que deberíamos leerlo primero, ya que enlaza con Las guerras silenciosas.

Cronológicamente es el primero de la trilogía, pero no se concibió como una serie, sino como una historia completa. Eso permite leer cualquiera de los tres álbumes en el orden que prefieras, aunque si quieres hacer una maratón de lectura recomiendo empezar por Jamás tendré 20 años y seguir con Las guerras silenciosas hasta Siempre tendremos 20 años.

Con Siempre tendremos 20 años da la sensación de que se cierra un ciclo. ¿Cuáles son los próximos pasos?

Lo siguiente siempre es encontrar una historia con la que conectar, con la que establecer un vínculo que dure lo suficiente como para llegar al final del camino con la misma ilusión que el primer día. Una historia que poder defender sinceramente. Esta es una parte difícil del trabajo.

¿Proyectos?

Estoy barajando distintas posibilidades, pero aún no me he decidido. Cada vez soy más exigente conmigo y eso hace que le dé demasiadas vueltas a todo lo que contemplo como posible candidato al próximo libro. Últimamente me he interesado por temas muy diversos, en algunos la naturaleza es un elemento importante del relato, en otros lo es el medio urbano, pero en todos los casos siempre trato de enfocarme en una historia de personajes. Los personajes siempre han sido el centro de atención de mis historias, por encima de la acción, del entorno, del género. Haga lo que haga será una historia que ponga de relieve a la persona y sus circunstancias.

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