Recuerdos de una cántabra viviendo el Huracán Irma en Cuba

Recuerdos de una cántabra viviendo el Huracán Irma en Cuba

Me fui a Cuba para pasar unas vacaciones relajadas con mi novio y su familia, pero de relajadas no tuvieron nada. En mi primera semana allí ya se venían oyendo rumores de que un ciclón se acercaba a la isla, aunque al principio a nadie parecía preocuparle demasiado y todos seguían con su ritmo habitual de vida. 

 Cuando el huracán, ya de categoría 5, al fin llegó, yo estaba en un pueblo cercano a la Habana, pero alejado del mar. El jueves 7 de septiembre, el ciclón hizo su entrada por oriente, provocando los primeros daños en la provincia de Guantánamo. En ese momento en la televisión todavía no hablaban tanto del tema, ya que se pensaba que este fenómeno meteorológico no llegaría a La Habana (como había pasado con otros muchos antes que él). No fue hasta el día siguiente, cuando ya se había confirmado la noticia de que el ciclón si afectaría a la capital cubana, que ya no se podía ver nada más en el televisor que no fueran noticias sobre el avance del ciclón, sobre los daños que había causado ya y consejos sobre como enfrentarse a él.

 Ese día salimos al centro de la ciudad para hacernos con provisiones por lo que pudiera pasar. Compramos carne, agua y comida enlatada. Se palpaba en el ambiente que la gente le tenía, si no miedo, al menos respeto a Irma y lo que pudiera ocasionar.

El sábado amaneció el día con vientos moderados. El huracán todavía no había llegado, pero ya se le notaba cerca. A las 12 del mediodía nos cortaron la luz, como prevención en el caso de que algún arbol cayera encima de los cables del alumbrado. Fue en ese momento que nos acordamos de que el día anterior no habíamos comprado velas, así que salimos de casa con ese propósito. Pero al llegar a la zona de mercado ya no había velas en ningún establecimiento. La gente había sido previsora comprándolas en los días anteriores, así que nos volvimos a casa cabizbajos. De camino a casa intentamos comprar alguna cosa más en otra tienda, pero nos cerraron la puerta en la cara diciendo que ya no iban a vender más por hoy (y hasta que se pase el ciclón, parecía añadir con el gesto). Parece increible que habiendo tal cantidad de gente esperando para comprar, cerraran la tienda tan pronto. 

 Así que sin velas, nos preparamos para pasar una noche de oscuridad y fuertes vientos, esperando que la mata de coco (palmera) no se cayera encima de la casa. Debo admitir que en ningún momento pasé miedo, la tranquilidad con que mi novio manejaba todo, y nos explicaba que hacer en caso de que se pudiera caer el techo (algo muy improbable) me calmó.

 Alrededor de las 9 de la noche, ya a oscuras y alumbrándonos con la linterna del móvil, nos juntamos los cuatro (mi novio, su madre, su hermano y yo) en el cuarto de la madre y encima de la cama nos pusimos a jugar a las cartas. Estábamos sólo nosotros ya que el padre de mi novio se había tenido de quedar en el cuartel, porque a la hora a la que intentó volver a casa el viento ya era muy fuerte y no le permitió volver en moto ni en camión.

 Debo de admitir que, quitando los ruidos que se oían fuera (del viento, los cocos cayendo encima de la casa y alguna rama rompiéndose) y el ocasional grito de la madre desde que un móvil se quedaba sin batería hasta que encendíamos otro, fue una velada de lo más divertida. La madre se había tomado una valeriana y le relajó tanto que no hacían más que darle ataques de risa. A las 3 de la madrugada ya nos retiramos a dormir, aunque mi novio se quedó despierto para estar alerta por si pasara cualquier cosa.

 Cuando amaneció el domingo ya lo peor había pasado. Ya sólo quedaba salir a la calle y comprobar los daños causados. Gracias a estar tan alejados del mar, lo único que probocó el viento en nuestra zona fue la caída de alguna rama (alguna tan gorda que parecía un árbol entero) y del techo de un cobertizo que había en el jardín. Desde temprano ya salieron los hombres a la calle, armados con machetes y hachas, para trocear las ramas y sacarlas a la calle (algún día pasarían a recogerlas) o llevarlas a la parte trasera (para quemarlas). El padre ya había llegado y además se sumó algún amigo más de la familia. Lo peor y más peligroso es que una de las ramas (o gajos, como les llaman allí) se había caído encima de unos cables que pasaban por delante de la casa, aunque al menos no los había roto. La prioridad fue liberar los cables de la rama, que no fue fácil. Tuvieron que cortarle todas sus ramitas más pequeñas, hacer que perdiera algunas ramas más gordas que le servían de apoyo y luego tirar de ella. Cuando cayó se sintió como si un árbol entero hubiera caído y por poco no se cae encima de uno de los hombres que estaba ayudando. Yo intenté ayudar en lo que pude, sobretodo moviendo las ramas más pequeñas y llevándolas a donde me dijeran. 

 La luz no volvió hasta el lunes a la tarde y, aún así, cuando lo hizo, todavía estuvo un par de días yéndose y viniendo a cada rato. Nos dijeron que eso era que la cortaban a propósito porque estarían arreglando algún tramo de cableado dañado. Cuando ya por fin pudimos ver las noticias, nos enteramos de las 10 muertes que había ocasionado el ciclón en Cuba. La mayoría por derrumbes. Se comentaba, además, que la mayoría de esas muertes se podrían haber evitado, si la gente hubiera querido abandonar sus casas cuando se les dijo que tenían que evacuar y se hubieran ido a un lugar más seguro.

 Cuando unos días más tarde dimos una vuelta por La Habana, todo estaba manga por hombro: árboles por el suelo, túneles inundados, escombros por doquier… Pero toda la gente estaba en la calle ayudando a recuperar la ciudad lo más rápido que fuera posible. Los vecinos se ayudaban entre sí y compartían lo que tenían en sus casas. Se notaba que Cuba no era la primerz vez que pasaba por una experiencia parecida, y que estaba preparada para afrontar a Irma.

Por Daniela Mora Lorente