El programa que Trump ha llevado a Londres, dejando de lado sus maneras y sus provocaciones, es ni más ni menos que el modelo de la “nueva relación” que EEUU pretende establecer con sus viejos aliados europeos.

Un modelo que no quiere “negociar”, sino que lo quiere imponer. Para ello, Gran Bretaña es la jugada inicial y el camino a imitar. Primero, romper con la UE y recuperar “la independencia”, es decir, romper el bloque y quedarse aislado. Para ello se esgrimen todos los agravios, fundados o infundados, que le ha infligido la UE y, de fondo, el temor a la hegemonía alemana, cuya política en la década de la crisis ha dejado heridas por doquier.

Una vez rota la relación con la UE, no quedará otro remedio que echarse en los brazos de EEUU, por la vía de un tratado comercial bilateral, que acabará dejando en manos de EEUU todos los resortes de la economía británica, permitiendo un saqueo generalizado de sus riquezas: es decir, lo que EEUU necesita para poder seguir manteniendo su poder hegemónico global, ya seriamente cuestionado por la irrupción de China y el resto de países emergentes.

Este modelo ya lo ha aplicado en el continente americano, donde paso a paso está sustituyendo los acuerdos con bloques de países por los tratados de país a país, mucho más beneficiosos para sus intereses, ya que se enfrenta a resistencias menores y puede imponer mejor sus condiciones.

En el norte de América ya lo ha hecho, era lo más fácil, ya que allí el comercio con EEUU es más del 70% de las economías de Canadá o México: no tienen otra opción. Pero la reciente actuación de Trump con México pone en evidencia los peligros de ese tipo de relación: ha bastado la amenaza de Trump de poner unos aranceles del 5% a todas las importaciones mexicanas, para que México se vea obligado a cambiar su política migratoria. Los nuevos tratados comerciales se convierten en armas en manos de EEUU para imponer su voluntad en cualquier campo.

Y ese es el modelo que quiere importar a Europa. Y para el que el Brexit sin acuerdo es un paso crucial. De ahí que Trump se haya lanzado a tumba abierta a conseguirlo. A sabiendas de que si tiene éxito con este “paso inicial”, el ejemplo podría cundir. De hecho, paso a paso, la Italia de Salvini se va poniendo en el disparadero de salida. Su enorme éxito en las elecciones europeas (casi el 35% de voto) y el conflicto creciente de Italia con la UE (Bruselas acaba de abrir otro procedimiento disciplinario contra Italia por la cuestión de la deuda), podrían acabar poniendo el Italexit en la agenda europea a corto plazo.

Pero para dar este primer paso, y lograr un Brexit sin acuerdo, Trump tiene aún que vencer no pocas dificultades, empezando por la oposición de un poderoso sector de la economía británica y la resistencia de la mitad de la población de Reino Unido. El empresariado británico, y a su cabeza la City, ya han dicho por activa y por pasiva que solo aceptarían un Brexit acordado con la UE, y que salvaguarde  buena parte de lo conseguido en el pasado. Y las recientes elecciones europeas, a pesar del éxito del Partido del Brexit, han vuelto a poner en evidencia que al menos un 50% de la población respalda la permanencia en Europa. En estas circunstancias, imponer un Brexit salvaje tampoco va a resultar muy sencillo.

En todo caso, la visita  de Trump a Londres ha dejado muy clara cuál es su línea. Y qué nos espera si esa línea consigue triunfar.

Por otro lado, y coincidiendo con dicha visita a Londres, el Pentágono ha alzado su voz contra el proyecto de defensa europea que tímidamente se va abriendo paso en los pasillos de Bruselas, bajo los auspicios de Macron y Merkel. EEUU, han dicho, no permitirá que Europa cree su propia defensa ni que fabrique su propio armamento, sin intervención de las empresas norteamericanas y, por tanto, sin el control estadounidense. El tono del Pentágono no ha sido de advertencia, sino claramente de amenaza. Los portavoces del Imperio han dejado caer las apocalípticas consecuencias que se desatarían si Europa sigue por ese camino. Para EEUU, lo que Europa debe hacer es simplemente pagar más y gastar más, para mantener y reforzar el poderío global militar de la superpotencia estadounidense.

Eduardo Madroñal