En el patio central del Parlamento de Cantabria se ha celebrado hoy el 39 aniversario de la Constitución Española Ya nadie habla de su vigencia. Se realizan contínuas alusiones a la necesidad de actualizar aquella ley aprobada hace 39 años bajo la fuerza de los sables del viejo régimen.

La Constitución tiene sus dias contados, tal y como la conocemos, y se realiza un profundo cambio para dar la impresión de una modificación de la norma o se deroga y se realiza una nueva con vocación de futuro.

En un mundo en continuo cambio, no podemos regir el presente con una norma con 40 años.

Cuando se aprueba la Constitución veníamos del discurso de UNA, GRANDE Y LIBRE y en estos años la mediocridad de la clase política ha relajado de tal forma el RELATO de unidad nacional que caminamos, a pasos agigantados hacia un Estado Federal, o una Federación de Estados al que podría invitarse a Portugal, Puerto Rico y Cuba… puestos a soñar en futuros que nuestros ojos no verán. Y no pasa nada, tan solo es una adecuación de la organización administrativa del Estado.

En la celebración de hoy muchos cargos electos faltaron a su cita y las sillas vacías hablan, a las claras, del interés del acto.

La Presidenta del Parlamento fue la única autoridad en intervenir en este acto protocolario.

Me niego a aceptar que consenso y sentido del límite sean dos palabras viejas, no es verdad, tendrán que adaptarse, pero siguen siendo muy necesarias”.

Esta frase, tan de actualidad, se la debemos a Manuel Marín, y la pronunció en el 29 Aniversario de la Constitución Española.

Me ha parecido que én sta era la mejor forma de comenzar mi intervención y homenajear a un político que nos ha dejado ayer y al que todos los españoles y españolas le debemos mucho.

Manuel Marín, fue el hombre clave que impulsó y negoció la entrada de españa en la Unión Europea, poniendo fin a un aislamiento autártico que impedía el crecimiento de nuestro país.

Muchos días escuchamos críticas negativas dedicadas a los políticos, por eso hoy quería recordar con profundo agradecimiento a un gran europeista quien entregó su buen hacer en favor de la sociedad española.

Y también quiero recordarle con afecto, pues su brillante labor profesional estaba a la altura de su carácter siempre generoso y conciliador

Seguro que el expresidente de Cantabria, José Joaquín Martínez Sieso, que le acompañó en la Mesa del Congreso de los Diputados, puede atestiguar que fue un gran hombre, en la política y fuera de ella.

Tanto José Joaquin como yo misma enviamos desde aquí un cariñoso abrazo a la familia de quien fue y seguirá siendo un ejemplo para todos nosotos.

Tras este sentido recuerdo de un hombre que ha dejado huella, quiero agradecerles a todos ustedes su presencia aquí en este acto en el que conmemoramos el 39 (trigésimo noveno) aniversario de nuestra Ley de Leyes, la Constitución Española.

El año próximo nuestro marco legal de convivencia cumplirá 40 años. Un número que, a los que tenemos cierta experiencia, nos trae referencias muy intensas, en algunos casos de frustración y dolor. Y en todo caso, referencias o relatos de ausencia de libertad y hasta de dignidad.

Pero hoy celebramos, y remarco lo de celebrar, los 39 años más prósperos y pacíficos de nuestra agitada historia.

Resulta que repasando otras intervenciones como esta, que tengo el honor y la responsabilidad de protagonizar en el aniversario de la Constitución Española, veo que, todos los años hago referencia a dos o tres ideas básicas en torno a la constitución.

Sin ideas centrales que, quiero creer, comparten la mayor parte de los representantes que acudís a este acto.

Como por ejemplo, que la Carta Magna nos ha dado, en estos 39 años, un nuevo paradigma donde los españoles y españolas hemos vivido y respirado un ambiente de libertad y bienestar que para nuestros abuelos era sólo un sueño inalcanzable.

O que, por primera vez en nuestra historia, la Constitución del 78 fijó los derechos individuales y las vigas maestras del actual sistema democrático.

En los últimos años, una despiadada crisis económica, ha golpeado con dureza a amplias capas sociales, y de forma especial a los jóvenes.

Esta crisis ha sembrado un mar de dudas sobre la eficacia real del actual sistema.

La confianza de los ciudadanos en el entramado institucional se ha resquebrajado aún más con las conductas inmorales, e incluso delictivas de algunos representantes politicos.

Me preocupa observar que algunos hablan con desprecio de aquel logro, por cierto inédito en la historia de España.

Pero se olvidan de la generosidad de muchos españoles y españolas que apostaron, a pesar del sufrimiento, por una sociedad mejor para sus hijos.

Hoy, desde nuestra actualidad democrática e infinitamente más justa con los más desfavorecidos, es fácil opinar sobre aquellos tiempos, e incluso restar valor a los que lo hicieron posible.

Creo que no se debe valorar el texto constitucional y sus intenciones con los criterios del siglo XXI, porque entonces seremos muy injustos con aquellos que se dejaron la piel, de forma literal en algunos casos, para construir un nuevo sistema mucho más justo que el que se había sufrido hasta entonces.

Si negamos todas estas evidencias, no seremos capaces de afrontar con garantías las tareas que nos permitan recuperar la confianza perdida, la conexión real con la ciudadanía.

39 años después, no podemos limitarnos a identificar los desajustes e insuficiencias actuales de esta constitución.

Servirá para tranquilizar temporalmente las conciencias de algunos, pero poco más.

Año tras año, se propone la necesidad de hacer una revisión a fondo de nuestra Carta Magna para reformar aquellos aspectos que ya no cumplen la función para la que fue consensuada.

Esta reforma, coherente, razonada, que no socave ninguno de los pilares de la Ley de leyes, se viene reclamando desde muchos sectores de la sociedad.

A mi juicio, no hemos querido ver las señales que en apuntaban, en los últimos años, a un progresivo descrédito de la Constitución y las instituciones que manan de ella.

Un efecto de esta actitud colectiva ha sido la crisis territorial más grave que hemos sufrido desde aquellos años.

No es mi papel juzgar las actitudes de unos u otros, pero no cabe duda de que los represenantes políticos tenemos una responsabilidad mayor en este asunto. 

Cuando la crisis territorial ha estallado, con su intento de  privilegiar a una parte de los ciudadanos frente a otra, se ha puesto de manifiesto la carencia de estrategias previas para encauzar las tensiones.

 Finalmente, ante el empecinamiento de los que proponen romper la igualdad de derechos del territorio español, el Estado, a estas alturas sin mucho margen de maniobra, ha puesto en marcha las salvaguardas que contempla la propia Constitución.

Para eso están esas salvaguardas. Pero seguramente todos hubiéramos preferido un camino menos traumático.

Dicho esto, creo que si sustentamos la necesaria restauración de la Constitución en revisar el modelo territorial de forma exclusiva, corremos el peligro de poner una simple tirita a lo ya se muestra como una gran herida.

Tras los cambios vertiginosos que estamos viviendo, incluso los más inmovilistas reconocen hoy que nuestra Carta Magna necesita una amplia actualización.

No digo nada nuevo cuando reitero que hay asuntos que, necesariamente, deberían incorporarse a ese futuro texto constitucional.

Se trata de que la ciudadanía vea, si no una garantía, si al menos una esperanza de que el camino tiene las lindes claramente marcadas y que hemos consensuado el destino final al que aspiramos.

Por ejemplo, debemos reflejar  en la Carta Magna los derechos sociales que hemos conquistado en estos años.

Me refiero, por ejemplo, a blindar derechos como la atención a las personas dependientes o la sanidad pública y universal. 

Así evitaremos las tentaciones cortoplacistas de vaciar de contenido estas conquistas sociales.

Aspectos que en 1978 eran ciencia ficción, como el derecho a la intimidad, el honor y la propia imagen, o el derecho al olvido en el contexto de internet, nuevas tecnologías y redes sociales, hoy ya son necesarios.

La igualdad real de oportunidades entre hombres y mujeres, o el compromiso de lucha contra la violencia de género, merecen estar en nuestra Ley de Leyes, al igual que el respeto a los derechos de los colectivos LGTBI.

A mi juicio, debemos aprovechar para reforzar en el texto Constitucional el derecho al trabajo y la negociación colectiva, porque se aproximan profundos cambios vinculados a la robotización y la nueva economía.

Y cómo no vamos a manifestar nuestro compromiso con el medio ambiente, cuando los expertos nos advierten de graves consecuencias si no adoptamos medidas contra el cambio climático.

Claro que habrá que revisar la actual estructura  territorial, pero no con el objetivo de colmar las aspiraciones de algunos, sino para reforzar el sistema descentralizado que, con todos sus defectos, nos ha traido el mejor periodo de nuestra historia.

Y debemos reforzar los mecanismos de solidaridad entre los pueblos, al igual que actuamos en nuestras familias, donde se le presta ayuda al miembro con más dificultades para que supere sus dificultades.

Esta es la idea que me parece más natural y eficaz en estos casos, porque si abandonamos el principio de solidaridad, estamos hiriendo de muerte nuestra convivencia.

Ya sé que algunos opinan que la Constitución ya no tiene ningún valor y hay que liquidarla. Y que otros, no quieren modificar el estatus quo porque les asusta lo desconocido.

A todos ellos les recuerdo que los padres de la Constitución hicieron un trabajo excelente si tenemos en cuenta aquellos momentos de inseguridad e incertidumbre.

Desde la perspectiva de hoy, aquel ambiente político y social nos parecería insoportable.

Sin embargo, un grupo de hombres y mujeres decidieron no pensar en sus interes a corto plazo o en sus expectativas electorales, y construyeron, no sin trabajo, sacrificio y generosidad, una Constitución que apostaba por la libertad y la concordia.

Por cierto, ese texto, ha sido y sigue siendo un ejemplo de consenso para muchos otros pueblos.

En mi opinión, ha llegado el momento de dejar las declaraciones bienintencionadas, pero poco útiles, y remangarse para iniciar un proceso, que no será breve ni fácil, pero que parece totalmente imprescindible.

Y ese camino, tenemos que reconsiderar algunos de los principios de nuestra Constitución para ajustarlos a las aspiraciones de la España del siglo XXI.

Aquel grupo de españoles y españolas, de distintas, hasta antagónicas ideologías,  fueron capaces de sacar adelante una propuesta que nos ha dado 39 años de inédito bienestar.

Veremos si, ahora, estamos a la altura de las circunstancias y damos respuesta a las nuevas exigencias sin renunciar a los avances logrados en estos años.

Debemos poner cabeza y corazón en esta tarea, porque las próximas generaciones nos juzgarán muy duramente si no somos capaces de encontrar el necesario consenso.

Tras estas reflexiones, que espero nos animen a la acción y a la búsqueda de puntos en común sin esperar más tiempo, hemos querido mantener el carácter festivo que se merece el aniversario de la Constitución.

Queremos también aprovechar que en este acto nos reunimos representantes de toda las sensibilidades y sectores de Cantabria para reivindicar a aquellos cántabros que destacan, en la ciencia o en las bellas artes.

Esos hombres y mujeres que contribuyen a la marca Cantabria.

En esta ocasión fue Nacho Mastretta el encargado de poner la música, con activa participación de los asistentes

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