
EL VALOR DE LA BAJADA DE BANDERA

Por JACA, Santander, agosto 2026
A sus noventa y tres años, Don Enrique Comendeiro Hernández conservaba una lucidez deslumbrante, de esas que en sus tiempos de ilustre abogado y parlamentario gallego hacían temblar a los ponentes en las comisiones del Congreso. Sin embargo, el tiempo, que no entiende de oratoria ni de antecedentes penales, le había arrebatado la soltura de las piernas. Su compañero más fiel era ahora un andador de aluminio gris, un artefacto al que, a fuerza de resignación y roce diario, había aprendido a profesar un extraño cariño.
Vivía en un piso de Chamberí donde los techos altos aún guardaban el eco de viejas tertulias políticas. Su pensión, aunque digna, se había vuelto menguada frente a una Madrid voraz que encarecía el pan, la luz y los alquileres con una prisa indecente. Aun así, Don Enrique mantenía intacto un presupuesto sagrado, una partida inamovible que no figuraba en ningún presupuesto oficial: la partida del taxi.
La rutina de la soledad en la gran ciudad era inflexible. Cada mañana a las diez, una trabajadora del servicio de asistencia social llamaba a la puerta. Entraba como un torbellino de eficiencia: tomaba la tensión, comprobaba la medicación, pasaba una mopa veloz por el pasillo y dejaba la comida preparada en un tupper. Todo en veintidós minutos cronometrados.
—¿Qué tal se encuentra hoy, Don Enrique? Todo bien, ¿verdad? Venga, que me cierran el turno en el siguiente portal —decía la muchacha mientras firmaba la hoja de ruta sin esperar apenas respuesta.
No había mala intención en ella; era simplemente el engranaje de un sistema asistencial diseñado para fiscalizar minutos, no para sanar desamparos. Don Enrique respondía siempre con un saludo ritual y una sonrisa cortés, guardándose en el pecho las ganas de debatir sobre la última reforma laboral o el estado de la ría de Muros. La soledad no deseada no siempre es estar solo en una habitación vacía; a veces es estar rodeado de gente que no tiene tiempo de escucharte.
Por eso, a las doce en punto, Don Enrique realizaba su gran evasión. Con parsimonia infinita, bajaba en el ascensor apoyado en su andador y alcanzaba la parada de taxis de la esquina. Para él, levantar la mano y ver detenerse el vehículo con la luz verde no era un simple acto de transporte: era la compra de un billete hacia la dignidad y la conversación.
Aquel martes le tocó el turno a un coche híbrido conducido por un hombre de unos cuarenta años, de ceño fruncido y manos firmes al volante. Don Enrique acomodó el andador en el maletero con la ayuda desganada del chófer y se sentó en el asiento trasero.
—Buenos días. Por favor, lleve el taxi hacia la zona de Castellana, subamos hasta plaza de Castilla y luego volvemos por las rondas —pidió Don Enrique, ajustándose la solapa del abrigo.
El taxista lo miró por el retrovisor, extrañado por un trayecto sin destino fijo.
—¿No va a ningún sitio en concreto, caballero?
—Voy a ver Madrid, joven. Y a comprobar si la ciudad sigue cambiando más rápido que mis recuerdos.
El taxista encogió los hombros y metió la primera marcha. Con el taxímetro corriendo, Don Enrique comenzó su observación. Miraba por la ventanilla las nuevas torres de cristal, los carriles bici que no existían en su época de diputado y las terrazas abarrotadas de jóvenes pegados a las pantallas de sus teléfonos.
—Mire ahí —comentó Don Enrique señalando un edificio recién rehabilitado—. Ahí estuvo durante décadas el café donde redactamos parte del borrador de una ley sobre derecho civil gallego. Ahora veo que es un establecimiento de batidos orgánicos. Supongo que eso llaman modernización.
El conductor echó una ojeada al espejo. Algo en la voz pausada y profunda del anciano captó su atención.
—Pues la verdad es que nos cambian la ciudad cada dos por tres, señor. A nosotros nos vuelven locos con los desvíos y las obras. Me llamo Paco, por cierto.
—Enrique, para servirle.
A partir de ese momento, la carrera dejó de ser un simple paseo. Don Enrique desgranó anécdotas de la Transición, pero no desde la vanidad del viejo republicano o conservador, sino con la agudeza del observador que comprende el alma humana. Preguntó por la familia de Paco, por el precio del combustible, por las horas que echaba al volante. Escuchó con genuino interés cuando el taxista le contó, con cierta amargura, lo difícil que era conciliar el trabajo con la crianza de sus dos hijas.
Para Paco, acostumbrado a clientes silenciosos, enfadados con el tráfico o sumergidos en sus auriculares, la charla con aquel anciano lúcido supuso una tregua inesperada en una jornada frenética. Por primera vez en meses, alguien le preguntaba cómo estaba y escuchaba la respuesta sin mirar el reloj.
Para Don Enrique, el pago del trayecto —dieciocho euros con cincuenta céntimos— era la inversión más rentable de su vida. No pagaba por ir de un punto A a un punto B; pagaba por ser mirado a los ojos, por ser considerado un interlocutor válido y no un trasto viejo al que hay que administrarle las pastillas a la hora exacta.
Al regresar a la esquina de su calle, Paco se bajó rápidamente, sacó el andador del maletero y le ofreció el brazo al anciano para ayudarlo a asentarse en la acera.
—Ha sido un verdadero placer hablar con usted, Don Enrique. De verdad. Hacía tiempo que no tenía una conversación tan interesante.
Don Enrique le entregó un billete de veinte euros y le estrechó la mano con una firmeza que sorprendió al conductor.
—El placer ha sido mío, Paco. Mañana, si el cuerpo aguanta y la pensión lo permite, volveré a salir a ver el mundo. Quédese con el cambio.
El taxi se alejó incorporándose al tráfico madrileño. Don Enrique se sujetó con fuerza a los puños de su andador y emprendió el camino hacia el portal, con el paso lento pero la mirada encendida. La casa continuaba vacía y el silencio le esperaba tras la puerta, pero durante casi una hora, en el reducido espacio de un coche en movimiento, el ilustre abogado había vuelto a ser parte viva de la ciudad.
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