Después de haber visto la saga anterior, imaginé que esta pseudo-continuación alcanzaría unos mínimos de calidad: Nada más alejado del resultado final.

Ay, qué simple sería crujir esta película.

No solo por el ridículo de recuperar una saga que nunca fue nada increíble, sino encima llenarla de triunfitas que se deben más a su fama e imagen que otra cosa, en un alarde de corrección política que da auténtica pena (con una sola mano se cuentan las actrices realmente talentosas en esto, y Sandra Bullock no es una de ellas).

Por no hablar, claro de que a la trama le quitas cualquier rastro Ocean’s y te habría funcionado como panda de ladronas elegantes cualquiera… mmm, ¿pero qué jodido apostar al caballo de la originalidad, verdad?

Afortunadamente, ‘Ocean’s 8’ alcanza un nivel de propia intrascendencia que es mano de santo contra cualquier pega que quieras ponerle.

Nada importa demasiado, nada dura demasiado, ningún conflicto es lo suficientemente serio y ninguna de las ocho tiene nada demasiado personal en juego.

El equivalente cinematográfico, vaya, de cagar y no tener que limpiarse.

Así que nada, allá que sale de prisión la hermana menos carismática del dúo Ocean, con un plan infalible y muchas ganas de vengarse de alguien, creo, porque la película nunca deja claro que le importe mucho y poner cara de nalga tras gafas de sol no equivale a ser una tía dura, querida Sandra.

La reunión del grupo solo podría ser más formulaica si cada una tuviera su propia carta con habilidades y puntos de experiencia, puesta directamente en la pantalla en vez del chistecito de rigor y alguna confirmación de que estas mujeres son imparables en lo suyo y pasan total de plegarse a lo que sus padres/hijos/esposos/jefes HOMBRES quieren de ellas.

Es en este punto entonces cuando doy unas grandísimas gracias a Cate Blanchett, Anne Hathaway y Helena Bonham-Carter por saber perfectamente en que clase de cómic chorra están, y pulsar sutilmente la exageración de sus respectivos personajes para pasar el mal trago (Rihanna lo intenta pero no llega…. y Sarah Paulson tiene demasiado poco para lo buenísima que es…).

Total, que la cosa gira alrededor de robar un collar de diamantes exclusivo de la gala del MET, porque para qué irse a un sitio que no hayamos visto mil veces como Nueva York.
Todo ello resuelto con montajes encadenados de música pachanguera, porque centrarse un poco en algo es muy aburrido, y quienes custodian el collar son demasiado imbéciles para darse cuenta de que se la están dando con queso.

El planito de todas ellas en fila, súper maquilladas con vestidazo (¡empoderamiento! erm, okay…), que no falte tampoco: recuerdo cuando, en esta misma saga, la cumbre del estilo era George Clooney no dándose la vuelta con el resto de la muchedumbre, porque sabía lo que iba a pasar.

En fin, ser distraída es una virtud.

Pero una y no más, porque ese brindis final, más que guiño nostálgico, parece una risotada a costa del espectador.

Si Danny Ocean está muerto, si nada se deriva de lo que pasó en su trilogía… ¿¿qué puñetera necesidad había??

Encima un truquito de montaje paralelo para mostrar cómo robaban más que el collar, ocultándolo a sus compañeras por… ¿qué?

Por nada, por soltar el girito y hacerse la inteligente.

Un premio a Anne Hathaway por soportar esta ranciedad y no desentonar un segundo.

Patxi Álvarez