Cerca de mi casa están haciendo un parque. Llevan con la faena más de cuatro meses, y tiene pinta de que aún les queda. Es una cesión, una obra de esas que el constructor de los edificios de al lado está obligado a hacer y entregar al ayuntamiento. Quizá por eso tardan tanto, porque quieren dejar algo de calidad.O directamente porque les importan un pito los plazos, que al fin y al cabo ahí no hay negocio, y que es lo más probable. Si fuera a ser un parque de los de antes, con césped, muchos árboles y un lago en el centro, entendería la tardanza. Pero es uno de los modernos, con una palmera, un olivo y unos cerezos japoneses en las aceras, unos columpios para niños y unas máquinas de ejercicios para mayores. Todo enmarcado en baldosas y cemento, en una esquina sobrante de edificación con las vías del tren a un lado y una calle de vuelta a la manzana en el otro. Si se elimina la dificultad, se pone en cuestión el deseo de celo y se entiende el motivo último de la obra, que se lo estén tomando con cachaza tiene todo el color de ser pura displicencia. Trabajar para el inglés, que dirá el constructor que paga, no corre prisa.

La obra pública es así. Cuando paga la administración, se alarga para ver si hay suerte y se puede facturar más cara, que como el dinero de todos en realidad no es de nadie por qué no atrapar lo más posible. Si se hace para entregar porque se está obligado a cambio de algo, no se apuran los plazos -ni el personal ni la calidad de los materiales y el acabado mismo- porque entonces sale más cara y no compensa. En el país del Lazarillo no se puede esperar otra cosa. Al final, pagamos los ciudadanos, con los impuestos y con nuestra paciencia, muchas veces a cambio de resultados mediocres de calidad cuestionable. Y esto no lleva remedio, porque los vigilantes de que esto no pase tragan con todo y dan por buena cualquier excusa. En el parque este trabajan apenas cinco o seis operarios, que tampoco se vuelven locos con la faena. Cuando han venido de inspección municipal, la comitiva les doblaba en número, pero ni eso -ni la inspección ni el número de inspectores- ha servido para mejorar nada. Ahí sigue el parque sin acabar, con muchos frentes abiertos entre zanjas, aceras, baldosas, vallado, plantaciones… y sin más fecha segura para nada que la de que mañana será otro día.

Víctor Javier.