Nación salvaje: La purga de los millennials

Nación salvaje es una de esas películas que se cree transgresora, ácida, cargada de crítica social y en cierto modo revolucionaria. Por desgracia, no solo no es una película original, sino que es otra muestra más del adoctrinamiento ideológico que ciertos movimientos feministas se están encargando de propagar en películas y series en los últimos años.

Y es que Nación salvaje es hija de su tiempo y va a lo fácil, a demonizar al hombre, mostrándolo como un ser violento, cafre, violador y estúpido. No faltan los policías mentecatos, a lo votante de Trump, ni los típicos chulitos deportistas de instituto americano. En un atisbo de indulgencia, los guionistas salvan de la quema a un personaje masculino, seguramente por ser latino y no ser responsable de que los pueblerinos votantes de Trump quieran quemar brujas.

Pero resumir Nación salvaje como otra muestra de los estereotipos más flagrantes del hembrismo sería simplificar demasiado. Lo cierto es que la película, pese a que retrate a las mujeres como víctimas reconvertidas en heroinas y guerreras, también actúa como un retrato de una sociedad enferma, mostrándonos como las redes sociales y la falta de anonimato en internet, han echado a perder la ética, la privacidad y las relaciones. El problema, de nuevo, es que el retrato de la sociedad que realiza Nación salvaje es demasiado superficial y está demasiado sesgado como para tomárselo en serio. No es nada que no hayamos visto ya antes, y retratado de una forma más certera y culpabilizando a quien toca, la humanidad en su conjunto (véase Black Mirror, por ejemplo).

Nación salvaje es una especie de monstruo de Frankenstein sin identidad propia. La parte inicial es un videoclip barato que parece sacado de Gandia Shore y la parte final es una copia barata de La Purga. No es una película fácil de ver, uno siente asco viéndola, porque es un retrato bastante nauseabundo de la sociedad en que vivimos. Esa estética videoclipera con toda esa jerga de generación Z, asqueará a cualquiera que no soporte la superficialidad y la estupidez de estos tiempos, especialmente porque la película carece de personajes bien construidos, de diálogos con fuerza o de un guión lo suficientemente sólido como para disfrutar de casi una hora inicial de fiestas y referencias a instagram y twitter.

En vez de eso tenemos a cuatro divas de instituto, a las que podremos ver emborracharse, enviarse mensajes guarros con cuarentones y hacer alarde de que son chicas idealistas y con principios, verdaderas feministas, con menciones variadas que se resumen en «si no me come el conejo es un sociópata machista».

Lo cierto es que Nación salvaje es una película mala, sin gracia y sin profundidad, pero que sin duda será enarbolada por ciertos sectores de la prensa afines a determinadas corrientes ideológicas. Es una pena, porque la caza de brujas que denuncia el director, es la misma caza de brujas que proponen aquellos que, en pleno siglo XXI, siguen asociando los males del mundo a algo tan arcaico y obsoleto como debería ser la guerra de sexos.