
Me quedo absorto

Me quedo absorto contemplando como una libélula «caballito del diablo» se mantiene en un vuelo posicional, girando a alta velocidad sus élitros.
Su color azul con irisaciones verdes emite reflejos conforme el sol va dando en su cuerpo.
Un charco de agua que van formando las gotas que se deslizan por el envés de las hojas que cubren la pared del caserón.
La hiedra de hojas perennes ha formado un muro verde que llega hasta las mohosas tejas, en una esquina de este húmedo huerto una buganvilla roja, como la que cuelga de las paredes en la calle Oscura de mi vieja dama.
Entre la niebla y el agua fina se distingue la silueta de una iglesia románica a la que me voy acercando, despacio, como si tuviera miedo de molestar a los ausentes.
Porque las sombras se mueven y el aire les lleva las palabras.
Dicen los cientos de leyendas que se cuentan por estas sierras, que alguna de estas iglesias, si no vas en vida irás de muerto, también que haberlas haylas.
Estas y otras leyendas de curanderos, hechiceros, brujas y aparecidos se parecen a las que se cuentan en la Hurdes y en las Sierras de Portugal.
Va avanzando la mañana y van cambiando los colores, incluso del caballito del diablo, que cansado de contemplar un humano sentado en una piedra, decide reanudar su vuelo, buscando otras gotas de agua.

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Author: Redacción

