
José Mari Campo repasa con EL PORTALUCO una vida ligada a los coros, Los de Puertochico y una forma de aprender a cantar que se transmitía «cantando y escuchando»
A sus 91 años, José Mari Campo, conocido desde su juventud como Mari «Tarzán», conserva recuerdos que permiten recorrer buena parte de la historia reciente de la canción popular de Cantabria. Desde las canciones aprendidas de oído en los bares y romerías hasta los coros a varias voces, las grabaciones para Columbia o su paso por Los de Puertochico, su vida ha estado ligada durante décadas al placer de cantar.
En una entrevista con EL PORTALUCO, Mari «Tarzán» reconstruye una trayectoria que comenzó mucho antes de pensar en dirigir un coro.
Nacido en Langre el 28 de septiembre de 1934, en el seno de una familia ganadera, sus primeros recuerdos están marcados por la Guerra Civil. Todavía era un niño cuando escuchaba las sirenas que advertían de la llegada de la aviación y la familia corría a protegerse en una zanja situada junto a la finca.
Con nueve o diez años se trasladó con su familia a Maliaño, donde comenzó una nueva etapa. Eran tiempos de juegos en la calle, baños, pelotas fabricadas con trapos y una infancia muy diferente de la actual.
De aquellos años procede también el apodo que terminaría acompañándolo durante toda su vida. Mari recuerda cómo, cuando iban a bañarse o a buscar peras y manzanas, trepaba por los árboles, saltaba entre ellos y lanzaba gritos. Sus amigos acabaron encontrando rápidamente el nombre adecuado: Tarzán.
De la calle al coro
Su contacto más serio con la música llegó siendo todavía muy joven. Con unos 15 o 16 años comenzó a cantar en una coral mixta de Camargo en la que participaban decenas de hombres y mujeres.
Allí recibió algunas nociones musicales y comenzó a desarrollar una cualidad que sería fundamental durante toda su trayectoria: el oído.
Pero buena parte de la verdadera escuela estaba fuera de las aulas.
Mari recuerda cómo los amigos se reunían, jugaban una partida y después recorrían los bares del pueblo cantando. Muchos de ellos habían pasado también por la coral.
Era una época en la que cantar formaba parte de la vida cotidiana.
«Cantando y escuchando», resume Mari cuando se le pregunta cómo se aprendían entonces las canciones.
No había teléfonos móviles ni acceso inmediato a miles de grabaciones. Se aprendía escuchando a otros cantadores y, cuando había oportunidad, mediante discos o cintas.
Cuando se podía cantar en cualquier bar
Mari «Tarzán» recuerda también una Cantabria en la que cantar en un establecimiento no constituía una rareza.
Los grupos de amigos podían empezar una canción en un bar o una taberna sin mayores problemas. Incluso en algunas romerías, cuando descansaban los músicos, los cantadores podían pedir permiso para subir y cantar utilizando el micrófono.
Los bailes formaban igualmente parte de aquella vida social. Mari recuerda especialmente las salidas hacia Solares y La Cavada, además de otros locales y lugares de encuentro de aquellos años.
Canciones tradicionales convivían con repertorios llegados de otros lugares. Se cantaban temas montañeses, pero también canciones popularizadas por grupos vocales y músicas procedentes de América.
Coro Ronda Valle de Camargo y Los de Puertochico
Aquella afición acabaría convirtiéndose en algo mucho más serio.
Mari estuvo vinculado a la creación y dirección del Coro Ronda Valle de Camargo, donde comenzó a trabajar canciones a tres y cuatro voces. No se consideraba un músico académico y reconoce que podía comprender una partitura, aunque no era esa su principal herramienta.
Su manera de trabajar era otra: escuchar, encontrar las voces y construir las armonías de oído.
En los años setenta llegó otra de las experiencias fundamentales de su trayectoria: Los de Puertochico.
El grupo necesitaba una voz grave y Mari recibió la propuesta de incorporarse. Los ensayos se realizaban en el Centro Gallego de Santander, donde trabajaron junto a Emilio Otero.
Las canciones estaban construidas a cuatro voces y algunas presentaban una dificultad considerable por los contratiempos y los diferentes movimientos vocales.
Con Los de Puertochico llegó también al estudio de grabación. En 1975 grabaron para Columbia, algo que en aquellos años estaba muy lejos de ser habitual para una formación de estas características.
Mari terminaría grabando dos discos para la compañía: uno con Los de Puertochico y otro con el Coro Ronda Valle de Camargo.
Un disco prácticamente de un tirón
Entre los recuerdos que conserva destaca precisamente la grabación realizada con el coro de Camargo.
Según relata, el grupo fue encadenando las canciones prácticamente como si estuviera realizando un ensayo o una actuación. No hubo necesidad de detener continuamente la sesión para repetir y corregir.
«Nosotros grabamos en una hora», recuerda al comparar aquella experiencia con otras formaciones que necesitaban varios días de estudio.
En ese entorno conoció también a Pepín del Río, otra figura imprescindible para entender la conservación y evolución del repertorio tradicional cántabro.
El nacimiento del Coro Ronda Altamira
Después de abandonar el Coro Ronda Valle de Camargo, Mari pensó que su etapa en los coros había terminado.
No fue así.
Varios compañeros querían continuar cantando con él y acabaron convenciéndolo para iniciar una nueva aventura en Santander. De aquel grupo nació el Coro Ronda Altamira.
Mari recuerda que desde el comienzo quiso establecer una condición muy clara: el coro no debía convertirse en una forma de ganar dinero.
«Un coro requiere mucho sacrificio y ahí no se gana dinero; el dinero se gana trabajando», explica al recordar aquella filosofía inicial.
Los primeros ensayos se realizaron en condiciones muy modestas, hasta que el grupo comenzó a consolidarse, consiguió actuaciones y llegó a reunir una intensa actividad.
El hombre que construía las voces de oído
La entrevista permite también escuchar a Mari explicando algo que normalmente permanece oculto para el público: cómo se construye una canción coral.
Durante décadas tuvo que encontrar primeras, segundas, terceras y bajos y conseguir que cada integrante mantuviera su línea aunque tuviera junto a él a otro hombre cantando una voz diferente.
Para Mari, una de las condiciones fundamentales siempre ha sido tener buen oído.
Porque cantar fuerte no basta.
Hay que escuchar a los demás y, al mismo tiempo, ser capaz de mantener la propia voz.
A los 91 años todavía canta
Mari «Tarzán» dejó hace años la dirección coral, pero no ha abandonado aquello que dio origen a toda esta historia.
Sigue prefiriendo cantar con amigos, alrededor de una mesa o tomando unos vinos, antes que subirse a un escenario.
Y durante la entrevista lo demuestra.
A punto de cumplir 92 años, Mari recupera la melodía y comienza a cantar:
«Por el puente de Carriedo,
por debajo pasa el agua…»
Durante unos segundos desaparecen las fechas, los nombres de los coros, los discos y las actuaciones.
Queda solamente la voz.
La misma herramienta con la que una generación aprendió canciones escuchando a quienes estaban antes y después las transmitió a quienes llegaron detrás.
Contexto
La trayectoria de Mari «Tarzán» atraviesa diferentes etapas de la música popular cántabra: desde las corales y las reuniones espontáneas en bares y romerías hasta formaciones como Los de Puertochico, el Coro Ronda Valle de Camargo y el Coro Ronda Altamira.
Su testimonio permite recuperar además una época en la que buena parte del repertorio se transmitía oralmente y los arreglos a varias voces podían construirse gracias al oído y a la experiencia de los propios cantadores.
Las claves
- Nació en Langre en 1934 y se trasladó siendo niño a Maliaño.
- El apodo «Tarzán» nació de sus aventuras juveniles trepando y saltando por los árboles.
- Aprendió buena parte de su repertorio «cantando y escuchando».
- Fue director y figura fundamental del Coro Ronda Valle de Camargo.
- Formó parte de Los de Puertochico, que ensayaban en el Centro Gallego de Santander.
- Grabó dos discos para Columbia, uno con Los de Puertochico y otro con el Coro Ronda Valle de Camargo.
- Participó posteriormente en la creación del Coro Ronda Altamira en Santander.
- Su principal herramienta para construir canciones a tres y cuatro voces fue siempre el oído.
- A sus 91 años continúa disfrutando de la canción montañesa y cantando con sus amigos.
