Buceando en mis archívos he encontrado este artículo que no tengo referenciado, de finales del siglo XX. Pienso que su relectura puede hacer reflexionar a muchos 20 años después.

«Como si tratara de imitar una truculenta película americana, un menor, N.A.M., armado con un cuchillo irrumpió hace unas semanas en el que había sido su colegio y secuestró a una veintena de niños.

El hecho ocurrió en Hospitalet de Llobregat, Barcelona, y mantuvo en vilo durante cuatro horas a toda España, donde jamás había ocurrido algo parecido. El adolescente pidió de rescate un millón y medio de euros para paliar la crisis económica de su familia. Finalmente fue reducido por un policía disfrazado de repartidor de pizzas.

«No era malo, no quería hacernos ningún daño… Estaba muy nervioso», declararon a los psicólogos los pequeños rehenes tras su liberación. Y es muy probable que sea así, que se trate de un chico desorientado que sólo quisiera vengarse por su fracaso escolar y salir en la televisión.

Mucho más macabro fue el móvil de Iría y Raquel para degollar a su compañera de clase Clara García. Las asesinas, de 17 y 18 años cuando ocurrió el terrible suceso, conocido como el crimen de San Fernando (Cádiz), declararon que tan sólo querían «experimentar qué se sentía al matar a una persona» y el deseo de hacerse famosas.

Confesiones y delitos espeluznantes en los que, como en el secuestro de Hospitalet, se adivina la influencia perniciosa de un consumo excesivo de televisión ¿Cuántos asesinatos, captura de rehenes, tiroteos, robos y peleas sangrientas habían visto Iría, Raquel o N.A.M. antes de maquinar y llevar a cabo sus delitos?

Los datos son estremecedores. Según un estudio realizado a mediados de los años 90 por la Asociación de Telespectadores y Radioyentes (ATR), antes de finalizar la escuela primaria los niños españoles han asistido a un promedio de 8.000 asesinatos.

Al alcanzar la mayoría de edad han visto 200.000 episodios de violencia extrema en la televisión. Y al hablar de violencia televisiva no nos referimos a la violencia real que refleja la actualidad social y se recoge en forma de noticias o reportajes, sino a la “violencia ficticia”, paradójicamente la más profusa en la programación.

Según el mismo informe de ATR, en el corto plazo de una semana, los niños españoles contemplan 670 homicidios, 420 tiroteos, 48 secuestros, 30 actos de tortura, 19 suicidios, 18 imágenes relacionadas con el consumo y tráfico de drogas y 11 robos de variada tipología.

Según la Asociación Española de Pediatría, los niños de entre dos y cinco años ven televisión 25 horas a la semana, con una media de 32 escenas de violencia por día, lo que supone al año 12.000 referencias violentas, 14.000  sexuales y 2.000 de incitación al consumo de bebidas alcohólicas.

La brutal competencia por incrementar los índices de audiencia es el motor de esta escalada sin precedentes. Curiosamente, según el Instituto de Medios y Audiencias la franja horaria más violenta de nuestra televisión es la comprendida entre las 18.00 y las 20.30 horas, justo cuando el público infantil es mayoritario. Y para colmo, según un informe elaborado en 1996 por el Instituto Andaluz Interuniversitario de Criminología, los programas infantiles son más violentos que los de adultos, pues emiten una escena violenta cada 3 minutos y 33 segundos, proporción que aumenta en dibujos animados como La Bola del dragón o La patrulla X, mientras que en la programación adulta están más espaciadas: una cada 14 minutos.

Desafortunadamente, los niños manifiestan claras preferencias hacia los programas más violentos, como ha puesto de manifiesto un estudio realizado en el año 2000, sobre 452 niños españoles de ocho a 12 años, por la catedrática de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid Carmen García Calera. Así que la pregunta es la siguiente: ¿Qué podemos esperar de una generación que está formándose frente a televisiones que ofrecen secuestros, peleas, tiroteos, robos, suicidios, drogas y escenas sexuales de desnudos?

El consumo de violencia en la pantalla vuelve a los niños inmunes al horror y es nefasto para ellos, pues acaban aceptándola como mecanismo válido para la resolución de problemas. Ésta es la conclusión de una comisión francesa que, a principios del pasado noviembre, recomendaba a su Gobierno prohibir la difusión de programas violentos o pornográficos de 7 a 22.30 horas, franja horaria susceptible de ser vista por los niños.

La restricción incluía los anuncios con imágenes de este tipo o títulos pornográficos. Y asimismo subrayaba que«las películas violentas tienen efectos nefastos cuando inducen a creencias erróneas relacionadas con la violación», como ocurre cuando una mujer violada acaba cediendo ante el agresor.

Al mismo tiempo llamaba la atención acerca de que la pornografía es otra forma particular de violencia. En realidad, según esa comisión, debería entenderse por violencia cualquier «fuerza desordenada que atenta contra la integridad física o psíquica», con la «finalidad de dominar o destruir la humanidad del individuo».

En 1995, Eurodata arrojaba un consumo promedio de dos horas y 40 minutos de televisión diaria por parte de los niños europeos de entre cuatro y 12 años. Los efectos de esta sobreexposición no han pasado desapercibidos a psicólogos y educadores. En Suecia, el psicólogo infantil Linne probó hace ya tres décadas qué los niños suecos que contemplan habitualmente dibujos animados de carácter violento consideran que el recurso de la fuerza es la alternativa más válida para solucionar sus problemas.

Por otra parte, un estudio elaborado por la Unesco a mediados de la década de los 90 afirmaba que el 96 por ciento de los niños españoles ven la televisión una media de 25 horas semanales, esto es, el mismo tiempo que pasan en el colegio.

Los españoles comienzan a convertirse en adictos a la pantalla a partir de los dos años y medio, una edad en la que la imitación del estímulo percibido es inmediata o se produce en 24 horas.

Los estímulos audiovisuales son para numerosos pediatras más intensos que los visuales y auditivos por separado, algo que convierte a la televisión en un instrumento esencial para la formación de actitudes en la edad infantil. Según el sociólogo español Andrés González, experto en estudios sobre el impacto de los medios audiovisuales en el comportamiento juvenil, «los contenidos actuales ensalzan la competitividad y agresividad en detrimento de los valores familiares, pero no por ello tienen que llevar a los niños a imitar las conductas vio lentas, algo que sólo se da en caracteres psicopáticos y en momentos de crisis sociales agudas.

El verdadero problema es que los niños ven la televisión solos y cuentan cada vez menos con el filtro de la opinión adulta para distinguir la ficción de la realidad. Estamos ante jóvenes que se autoeducan entre ellos mediante la televisión y los videojuegos. Es una forma de socialización que les hace ser subjetivos e impulsivos en extremo, no aceptar la frustración y dejarse vencer muy pronto.

Resultado: los jóvenes de edades comprendidas entre los 17 y 24 años son más manipulables por los líderes, piensan menos, se convierten en máquinas de repetición de la publicidad, son consumistas y cómodos. ¿Cómo paliar estos efectos en su formación? Sería necesario realizar más estudios sociológicos, pues los que se hacen actualmente son promovidos por empresas particulares para investigación de mercado y no desde el Gobierno».

Inmunes ante el horror. Por su parte, para Lolo Rico, ex directora de Programación Infantil y Juvenil en TVE, «lo peor de la violencia televisiva es que trivializa la violencia real y que los niños acaban volviéndose inmunes a su horror.

Además, no deja de ser contradictorio que cuando existe a nivel internacional una campaña contra la violencia y el terrorismo, se promocione en televisión la violencia gratuita acompañada de sexismo, racismo, etcétera. Especialmente impactantes son los avances de las películas nocturnas que se hacen en franja horaria infantil, de 7 a 10 de la mañana.

No se puede pedir a los padres que ejerzan una censura continua. Habría que pedir más responsabilidad a los directivos de programación».

La realidad, sin embargo, nos dice que es muy difícil que cambie esta situación: «Llevamos años pidiendo sin éxito que se cumpla la normativa europea de TV Sin cumpla la normativa europea de TV Sin Fronteras, según la cual, los programas susceptibles de perjudicar el desarrollo físico, mental o moral de los menores sólo podrán ofrecerse entre las 22.00 horas y las 6.00 horas y su contenido deberá ser objeto de advertencia por medios acústicos y ópticos», explica Vicente Sánchez, presidente de la Asociación de Telespectadores. «Los niños ven tres horas y media de televisión. Y no sólo dibujos japoneses, con una gran violencia. También programas ‘de corazón’, que deberían llamarse ‘de vísceras’.»

Toque de atención. El IV Fórum Mundial de la Televisión Infantil, celebrado en Barcelona el pasado noviembre, emitió un comunicado en el que pidió que «se denuncie públicamente el exceso de imágenes violentas que las televisiones emiten sin ningún control a lo largo del día, sin respetar el horario infantil, y una franja horaria para niños».

La situación pone de actualidad el escepticismo de la gran pedagoga francesa Francoise Dolto (1908-1988), que tres años antes de su muerte escribía: «Estamos preparando para una vida que no sabemos cómo va a ser a unos niños que tienen que ser diferentes a nosotros, puesto que han tenido experiencias que a nosotros nos eran desconocidas a su edad». Sus críticas a nuestro sistema educativo por no desarrollar en el niño los medios de realizar sus deseos nos recuerdan el vacío pedagógico que vive un siglo con padres demasiado ocupados y niños cuya niñera es la ‘tele’.