Alguien señala con su índice una preciosa luna llena. El inteligente admirará de inmediato su belleza. El estúpido mirará ingenuamente el dedo sin entender la sugerencia. La imagen fue impecablemente traducida a  votos por un asesor llamado James Carville para darle la presidencia norteamericana  a  Bill Clinton en 1992: “es la economía, estúpido”. Los estadounidenses meditaron sobre aquella sugerencia, no repararon en el dedo, sino en la luna y tomaron la decisión de prescindir de Bush padre.

2015 es año muy fértil y dará cuatro cosechas electorales en España: marzo, mayo, septiembre y diciembre. El ejército de asesores se mueve siguiendo una consigna única: “es la comunicación, estúpido”. Lo dejó escrito Clemenceau: “la guerra es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los militares”.

Pues eso. Los políticos saben que la guerra mediática es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de su ejército de asesores de comunicación. Hasta hace unos pocos años, el periodismo era un riguroso espejo puesto al borde del camino que delataba andares, confirmaba el recto caminar y alertaba sobre encrucijadas.

Ahora,  el periodismo se apellida ciudadano y convierte a cada mortal con un “smartphone” en un medio de comunicación inmortal. Eso piensan ellos. La urgencia se ha impuesto definitivamente a la importancia. La asfixiante necesidad de comunicar ha orillado la sagrada tarea previa de crear.

Y eso se llama microcomunicación de alta toxicidad. En los cinco continentes y sin importar los contenidos resuena el grito de guerra: “¡ Ardan las redes sociales !. Los obsesos del Facebook, el Twitter y el Instagram destrozan cada día el récord mundial de la retransmisión de la fruslería.

Por no hablar del “streaming”, consistente en ofrecer en tiempo real un audiovisual de dudosa calidad sobre todo tipo de dudosos eventos. La democracia es tan importante que merecen perdonarse por igual sus defectos y sus excesos. Y en el exceso de la microcomunicación reside su mayor defecto.

La neurología actual tiene una inmensa tarea por delante. La cadena del trabajo se rompe cada 30 segundos por un whatsapp intrascendente que nos distrae. Nuevas y viejas generaciones dependen del equívoco brillo de  una pantalla que produce infinitas ausencias y complicados retornos. El cerebro acabará creando un tercer hemisferio desde el que regular en defensa propia  la nueva situación de acoso comunicativo.

El poderío de las Redes Sociales es innegable en los primeros momentos. Y se desvanece sin remedio después en los insondables caminos de nuestra flaca memoria. Comunicar es una necesidad primaria, aunque esté al cargo de tipos que no tienen ni la Secundaria.

Necesitamos crear para creer. Y generar para comunicar. El resto es un submundo con aspecto de Imperio invencible que se cuela en nuestras vidas aprovechando que abrimos las ventanas para ventilar y dejamos abierta la puerta porque hay confianza.

Lo dijo Chesterton con inmensa retranca: “El que sabe hacer algo lo hace y el que no sabe hacerlo lo enseña”. El ejército de los comunicadores, que no ha leído nada de Clemenceau porque está en otras batallas, ha pasado a la acción. Y se empeña en crear escuela mostrándonos con su dedo índice que estamos todos en la luna si no les hacemos caso. Distingamos los cuartos menguantes de los crecientes y las nuevas de las llenas. Los lunáticos son ellos. Pongámonos en lo peor.