La mafia organizada en los Estados Unidos había iniciado sus actividades en Cuba a principios de 1920, traficando ron y otras bebidas alcohólicas, pero la creación de un imperio criminal como tal comenzó a finales de 1933, cuando los primeros arreglos fueron hechos entre el recién ascendido coronel Batista y «el financista de la mafia», Meyer Lansky, por orden directa del gran Charles «Lucky»Luciano.

Las operaciones se organizaron de inmediato bajo la supervisión de cuatro familias de la mafia dirigidas por el corso Amleto Battisti y Lora, Amadeo Barletta Barletta, Santo Trafficante (padre) y el mismísimo Meyer Lansky.

La Era de la Cocaína

Lucky Luciano venía utilizando a Cuba como punto intermedio entre las fuentes abastecedoras de la heroína y los mercados consumidores de Norteamérica. Y el representante en La Habana de estos canales era el corso Amleto Battisti y Lora.

En el prólogo al libro La nueva Era, texto donde Battisti teoriza acerca de la estrategia económica de su época, el periodista Fernando de la Milla asegura que don Amleto es un hombre: Alto, delgado, esbelto, de una elegancia elaborada a fuerza de sobriedad, con sólo una desnuda sortija en sus dedos, jamás un alfiler en la corbata, ni siquiera un reloj en la muñeca, Amleto Battisti, pausado en su parla, afiladamente atento siempre a su interlocutor, con su brillante calva en cuarto creciente, parece un joven ministro francés de Negocios Extranjeros o un atildado profesor conferencista a lo Bergson dilecto de auditorios femeninos. La imagen sugerente de su figura podría multiplicarse hacia atmósferas de cortesía, diplomacia, salones selectos, cenáculos artísticos, refinamiento, en fin. Pero donde la imaginación comparativa fracasa es en el intento de asociar de algún modo la figura del hombre a su actividad específica.

Resumiendo, que Amleto Battisti, parece físicamente todo, menos lo que es: un hombre de negocios. Ni por la silueta, de dibujo galo, ni por la atención con que escucha, ni por la imperturbable serenidad, ni por el gesto mínimo, ni por la voz en permanente sordina, puede sugerir a nadie que su mente es mente de números, de posibilidades y riegos, de pérdidas y ganancias.

En los años treinta, Battisti aparecía en ocasiones acompañando al presidente de la República, conocido y aceptado como un prestigioso hombre de negocios, en la industria y las finanzas. Luego, a pesar de ser un extranjero cuando ya eran notorias sus actividades mafiosas alcanzó incluso la inmunidad parlamentaria por el Partido Liberal.

La mafia encontró en La Habana su más seguro eslabón de enlace; si la droga llegaba a la capital cubana, virtualmente se encontraba en los Estados Unidos, a través de un intenso tráfico aéreo y marítimo. Para estos fines no sólo se usaban los aeropuertos militares, sino pistas aéreas particulares, pertenecientes a los jerarcas de las cúpulas político-militares-batistianas-auténticas, en las cada vez más numerosas fincas que estaban siendo adquiridas en las provincias occidentales.

Pero sobre todo, es necesario precisar que la mafia norteamericana fue la que desató sobre Cuba la era de la cocaína, treinta años antes de que esa droga se popularizara en los Estados Unidos. La droga que por entonces se consumía en mayor cuantía en Norteamérica era la heroína, y la entrada de la cocaína suramericana a los mercados estadounidenses hubiera significado un abierto desafío de las familias mafiosas de La Habana a los intereses que respondían en los Estados Unidos a Lucky Luciano.

Los Políticos y el Crimen Organizado

Para fines de 1946, se estaban efectuando también importantes reuniones en la residencia del expresidente Batista. Grau, por su parte, mantenía pretensiones releccionistas; mientras los sectores más pobres tenían que soportar la desocupación, la bolsa negra, y los privilegios y latrocinios de la democracia Auténtica. Es en esta época cuando los grupos gangsteriles de la política cubana inician la represión macartista, en operaciones que alcanzarían una especial dimensión, contra los comunistas, la intelectualidad progresista, y el movimiento obrero -sindical- y campesino, para evitar que se produjera la unidad de todas las fuerzas patrióticas de la nación cubana.

Detrás de este proyecto, concebido para enfrentar, dividir y aniquilar la influencia revolucionaria, se encontraba la mafia y el aparato de inteligencia de los Estados Unidos. Los temores imperiales seguían siendo los mismos: temían que en algún momento se fuera a producir una insurrección que arrastrara a los sectores oprimidos mayoritarios en la sociedad cubana.

Los servicios especiales y la mafia coincidían en que el paso de las huestes del grausismo por el poder aparente era más bien temporal. En realidad, en su ascenso, fueron demasiados los compromisos para que el Autenticismo – Grau – pudiera explicar esas alianzas y rejuegos con machadistas y batistianos, como en los casos de Aquilino Lombard y Guillermo Alonso Pujol. Pero de todos los arreglos políticos a los que se vio forzado Grau, ninguno sería tan incomprensible para la opinión pública, como la componenda que realizó con un hombre que ocuparía la vicepresidencia. Traído de afuera – no era Auténtico -, se le conocía como un furibundo Conservador. Había publicado en 1922 un libro en el que negaba la existencia del imperialismo norteamericano, en el cual además justificaba la política de intervención de Estados Unidos en Cuba. Era partidario de la Enmienda Platt, y sus ideas no se correspondían con el programa político que sustentaba la cúpula auténtica, en los momentos en que fue llamado a conformar el Gobierno.

En consecuencia, en 1944, Grau organizó un gabinete bajo los mejores auspicios. Designó como Primer Ministro al doctor Felix Lancís y Sánchez, quien estaba dado a las prebendas y dominado por una absoluta desidia.1 Otro de sus ministros fue el doctor Segundo Curtis – hijo de italianos radicados en La Habana – quien en un gesto de extrema admiración, declaró que Grau San Martín era el presidente más excelso de la historia de Cuba. Al doctor Curtis le correspondió el Ministerio de Gobernación. La cartera de Agricultura recayó en un camagüeyano dueño de droguerías, de haciendas y otros variados negocios: el doctor Álvarez Fuentes, anfitrión en el aeropuerto internacional de Camagüey de los vuelos que realizaban las Aerovías Q. La droguería suya se encontraba en el centro de la capital agramontina, y sus éxitos ya trascendían las fronteras del Caribe.

Escándalos, Robos y Fraudes

Al margen de otras bajas pasiones, intereses personales, ajustes de cuentas, vendettas, ajusticiamientos y un sinnúmero de acciones delictivas, el gangsterismo criollo macartista constituyó en Cuba un eficaz medio de corrupción que sería utilizado su fuerza principal contra el viejo Partido Comunista y el vigoroso movimiento obrero dirigido por Lázaro Peña.

La organización de este gangsterismo le permitió al doctor Carlos Prío Socarrás, primero desde el Ministerio del Trabajo y después como Primer Ministro, deslizarse hacia la presidencia de la República, para un segundo período Auténtico, con un vicepresidente que respondía por entero a la cúpula político-militar del general Batista. En un informe entregado al Tribunal de Cuentas, publicado en la prensa de la época, el joven abogado Fidel Castro acusó al presidente Prío por sus estrechos vínculos con el gangsterismo:

[…] Prío no es ajeno al trato con las pandillas. Lo escoltaron celosamente a través de toda su campaña política. Subió al poder saturado de compromisos.

[…] Así, por ejemplo, aparte de otros más pequeños, al grupo de Guillermo Comellas le dieron 60 puestos; al Tribunal Ejemplar Revolucionario ll0 puestos; a la Unión Insurreccional Revolucionaria, l20; a Acción Guiteras, l50 puestos; al grupo del Colorado, 400 puestos; al grupo de Masferrer, 500 puestos; y al grupo de Policarpo, que era el más temible, 600 puestos, que hacen un total, según datos que obran en mi poder, de 2l20 puestos que se cobran sin prestar servicios en los Ministerio de Salubridad, Trabajo.

El número de puestos por personas en algunos casos es alarmante: por ejemplo Manuel Villa tiene treinta puestos; Guillermo El Flaco 28 puestos, Pepe «El Primo» 26 puestos, el «Boxer» (ignoro su nombre) 26 puestos, distribuidos por nóminas o por caché en jornaleros bajo distintos nombres.

[…] Las pistolas con que se mata, las paga Prío.

Las máquinas en que se mata, las paga Prío.

Los hombres que matan, los sostiene Prío.

[…] para concluir estas líneas en las que he puesto la mayor suma de honradez y sinceridad, sólo me resta repetir aquellas palabras de Martí cuando exhortaba a los cubanos a la lucha: «Para ti, Patria, la sangre de las heridas de este mundo, y la sonrisa de los mártires al caer. !Para ti, Patria, el entusiasmo sensato de tus hijos, el dolor grato de servirte, y la resolución de ir hasta el fin del camino!

Al Servicio de la Mafia

En 1951 – en un esquema muy general – las fuerzas políticas que estaban presentes en Cuba muestran el siguiente cuadro:

”[…] Una fuerza instalada como gobierno – poder aparente -, en un desenfrenado proceso de corrupción, con los tres hermanos Prío Socarrás tratando de darle continuidad al Autenticismo – en alianzas con los partidos Liberal, Demócrata y Republicano, rodeados de numerosos personajes que aspiraban a heredar posiciones o estaban realizando operaciones encubiertas, entre los que se encontraban Manuel Antonio Tony de Varona, Miguel Suárez Fernández, Hevia o los hermanos José y Eduardo Suárez Rivas […]”

”[…] Una segunda agrupación – desprendimiento también del Autenticismo – encabezada por el doctor Grau San Martín, que desde la oposición aspiraba otra vez a alcanzar posiciones de poder, utilizando aquella falsa imagen de la jornada de 1944 […]”

Grau había sido alentado a formar este nuevo partido, que debilitaba aún más al bloque Auténtico. En julio de 1951, el senador Santiaguito Rey Pernas se había situado como hombre de confianza de Grau, para estimular contradicciones y ambiciones entre grausistas y priítas.

El Lavado de Dinero

El 22 de diciembre de 1950, el doctor Felipe Pazos – presidente del Banco Nacional de Cuba – le otorgó a don Amadeo Barletta Barletta la licencia No. 62, para convertir al Banco Internacional de La Habana en el Banco Atlántico S. A.

En adelante, el Banco Atlántico S. A. montaría sus oficinas en el noveno piso del edificio marcado con el No. l6 de la avenida Menocal, antes Infanta, y después se radicaría en la planta baja de las calles 23 esquina a P, en plena Rampa del Vedado, en el edificio que ocupaba la General Motors, de la cual era también gerente general don Barletta.

El Banco Atlántico abrió sus operaciones con los siguientes ejecutivos: presidente (don Amadeo Barletta Barletta), vicepresidente (Amadeo H. Barletta Jr. [Barlettica]), secretario (doctor Luis J. Botifoll), y el gerente general (doctor Leonardo Masoni). Desde sus inicios, las operaciones del Atlántico fueron requeridas por los funcionarios del Banco Nacional de Cuba; pero las manipulaciones en aquel Estado delincuencial estaban arregladas de tal modo que, en realidad, el Banco Atlántico nunca tuvo problema alguno, ni durante el mandato del doctor Carlos Prío Socarrás, ni después, cuando se instaló en el poder la tiranía batistiana.

La Gran Tragedia

Para una total comprensión del esquema de dominio impuesto en Cuba a partir de 1934, es de singular importancia el estudio de la situación de la economía cubana. En este sentido, los trabajos del doctor Julio Le Riverend demuestran que ya para 1932 se había cerrado un ciclo económico, pero se mantenía el gran peligro que representaba una economía basada

”[…] en la producción de azúcar para su exportación en grandes cantidades a un solo país […]». Por entonces la nación cubana sólo tenía por delante dos alternativas: o se exportaba más azúcar a Estados Unidos o el país se dedicaba a producir «[…] la mayor parte de lo que se estaba importando […]”

La gran tragedia que enfrentaban los cubanos estaba dada por la misma dominación que ejercía Estados Unidos sobre la economía de Cuba. No podía insertarse en el mercado internacional por las condiciones de monoproductor y monoexportador; poseía níquel, que se explotaba de manera ocasional; poseía cierta producción de tabaco; un poco de café; pero para enfrentar las necesidades básicas dependía por entero de su producción azucarera, teniendo en cuenta que hasta el cincuenta por ciento o algo más de los alimentos que consumían los cubanos eran importados de Estados Unidos. Se importaban incluso helados, caramelos y hasta flores.

La vieja estructura económica monoproductora – la azucarera del mundo-, herencia del colonialismo, se reforzó extraordinariamente con los grupos financieros norteamericanos, desde el mismo proceso inicial del – Protectorado -; continuaríamos siendo monoproductores y monoexportadores más allá de las crisis de 1920 y 1929; y con mucho más dependencia a partir del proceso de conformación de un Estado de corte delictivo.

Es necesario subrayar que este proceso monoproductor-monoexportador constituía para los inicios de la década del cincuenta una verdadera camisa de fuerza, que estrangulaba los más vitales intereses de Cuba.

Las Empresas de Fachada

El Imperio de La Habana funcionaba como si se tratara de una gigantesca corporación, con sus múltiples departamentos especializados; esto difería mucho de los tradicionales métodos con que la mafia siciliana había iniciado sus actividades en América. En las operaciones ilícitas empezaron utilizando de forma acelerada los medios legales que brinda el capitalismo contemporáneo para organizar intereses, a través de leyes, convenios, coberturas, etc., todo respetable. Pero en los últimos años, la mafia en La Habana no sólo dependía del poder inicial desplegado por las familias que se habían instalado en Cuba desde 1934, sino que, con la extensión de los negocios y las propias contradicciones con otros grupos delictivos norteamericanos, habían propiciado la entrada de nuevas fuerzas aliadas.

A semejanza del propio esquema de dominio imperialista, estas familias mantenían en la práctica múltiples entrelazamientos para la organización, explotación y control de los negocios en Cuba.

Los Nuevos Inversionistas

El 11 de julio de 1952, el doctor Joaquín Martínez Sáenz – presidente del Banco Nacional de Cuba -, recibió una comunicación donde se solicitaba autorización para la apertura del Banco de La Habana. Este banco tendría su primera sucursal en el poblado de Niquero, término municipal de la provincia de Oriente, donde se encontraban los ingenios Niquero, Media Luna, y Cabo Cruz; y en la zona – en el término municipal cercano – radicaban también los centrales Campechuela, San Ramón y Santa Rita, y otras empresas agrícolas y comerciales, sin que existiera en aquel lugar una entidad bancaria.

Según lo propuesto al Banco Nacional de Cuba, este banco tendría un carácter nacional, y su oficina central radicaría en San Ignacio l04-l08, en La Habana. Las personas interesadas en la apertura del banco eran: El señor Julio Lobo Olavarría, accionista y director de las empresas dueñas de los ingenios Tinguaro, Escambray, Niquero, Cape Cruz, Caracas y otros; así como la entidad comercializadora de carácter internacional Galbán Traiding Company S. A., y un número de empresas afines. El señor Germán S. López Sánchez, accionista y/o director de las compañías dueñas de los centrales Santa María, El Pilar, Caracas, Najasa y Siboney; miembro del Banco Cacicedo, de Cienfuegos, y de empresas comerciales y portuarias en aquella ciudad. El señor Gregorio Escogedo Salmón, accionista y/o director de los centrales Fidencia, Perseverancia, El Pilar, Caracas, Najasa y Siboney; y otras empresas ganaderas y arroceras.

Estalla la Guerra

Lansky estaba persuadido de que la guerra con los grupos de New York era inevitable y comenzó a tomar un conjunto de medidas. La primera de estas previsiones – a finales de 1956 -, fue simular que se retiraba de los negocios; en su lugar, creó un típico sindicato mafioso que pasó a ser dirigido por Santo Trafficante Jr. Para esto, desde principios de 1956, Lansky inició una serie de alianzas con elementos afines, de Las Vegas, Chicago y California; realizó arreglos con importantes personajes, políticos y financieros, además de fortalecer los viejos vínculos con los servicios de la inteligencia, para hacer de los negocios en Cuba algo cada vez más sólido. De Chicago entraron a operar los intereses representados por Sam Giancana.

En La Habana también se radicaron los hermanos Josef (Joe) y Charlie Sileci, y un destacamento numeroso de gángsters italo-norteamericanos, así como estelares figuras del mundo cinematográfico – Hollywood – vinculadas a estas familias: Tony Martín, Donald O’Connor, Frank Sinatra y George Raft; también un selecto grupo de hombres de negocios, norteamericanos, en operaciones de entrelazamiento, poseedores de muchas relaciones y grandes influencias políticas que incluían a la propia Casa Blanca. De igual manera, se instaló en la capital cubana Nick di Constance – en realidad Nicholas di Constanzo -; hombre extraordinariamente temido, conocido como Fat Butcher (El Carnicero), quien muy pronto asumió el control de todos los casinos de La Habana.

Es interesante observar cómo en las fichas enviadas al Gabinete Nacional de Identificación, para el otorgamiento del carnet de extranjería, Fat Butcher aparece con el número 396315; y Joe Sileci con el 396316. Esto revela que ambas gestiones se realizaron de conjunto, con el fin de legalizar sus permanencias en la capital cubana. Personas que lo conocieron, aseguran que Nicholas di Constanzo medía casi dos metros de alto; y en algunas circunstancias, lo vieron en el Hotel Capri o en el Riviera, suspender a un hombre por la solapa del saco, con una sola mano, para estrellarlo contra la pared.

Era Demasiado Tarde

El presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, en sus memorias, asegura que:

”[…] durante l958 y de acuerdo con la carta de la OAS, Estados Unidos siguieron cuidadosamente una política de no intervención en Cuba, aunque era muy amplio el apoyo sentimental hacia Castro. Repetidamente embargamos cargamentos de armas destinadas a Castro, y en el mes de marzo suspendimos la entrega de armas a Batista […]”

Tal afirmación no resiste la más leve confrontación con los acontecimientos históricos. Después de marzo de 1958, y hasta los días finales de la guerra, por diversos conductos, Batista siguió recibiendo armas, pertrechos, recursos materiales; y apoyo de políticos y agencias especiales estadounidenses; continuaron los entrenamientos de sus tropas, asesoradas por la misión militar de Estados Unidos que radicaba en La Habana; y sobre todo, se hicieron más intensas y audaces las operaciones de sus servicios de Inteligencia.

Incluso, en los días en que la aviación de Batista bombardeaba de manera sistemática a vastas zonas campesinas de la antigua provincia de Oriente, la fuerza aérea del dictador se abastecía en los propios arsenales que poseía Estados Unidos en la Base Naval de Guantánamo.

En septiembre de 1958 se produjo el último viaje a La Habana del inspector general de la CIA (Lyman Kirkpatrick), quien sostuvo reuniones con el jefe de la estación CIA en La Habana, asesores y agregados militares, representantes del Buró Federal de Investigaciones (FBI), funcionarios, agentes secretos, financieros, ejecutivos de empresas norteamericanas, la dirección política de la Embajada estadounidense, otros agentes y personalidades privadas y oficiales. Se llegó a la conclusión – según afirmó diez años más tarde Kikpatrick en el libro The Real CIA -, que Batista había perdido el control del país, y que toda esperanza sólo pendía de un milagro.

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