El día seis de diciembre me desplazo a Madrid, como cada año, para participar en el acto de homenaje que Diputados y Senadores rinden a la Constitución de 1978 ¿Cómo podría faltar sin que ello no supusiera un desprecio, o una minusvaloración hacia una obra tan querida por mí y a la que considero ꟷcon todas limitaciones que se quiera― como a mi propia hija? No en vano he dicho “Sí, sí juro” muchas veces a lo largo de los 23 años que he tenido el inmenso honor de representar a los españoles.

Este año había mucha gente, aunque menos parlamentarios constituyentes

El tiempo no perdona. El año pasado, cuando se celebró con la presencia de S.M. el Rey el 40 aniversario del referéndum constitucional, los parlamentarios que participamos en su redacción por haber sido elegidos en las elecciones de junio de 1977, esperamos la llegada del Rey en las escalinatas del Palacio flanqueadas por los dos leones. Desde el lugar que yo ocupaba podía ver con suficiente claridad al conjunto de los presentes, llamándome la atención que quedaba mucha escalinata vacía. Impresión que me hizo decirle al compañero que estaba junto a mí si no le parecía que faltaba mucha gente. La respuesta fue contundente y demoledora: “Más de la mitad ya se han muerto”. Por esa razón este año aún quedábamos menos. En efecto, de los siete Diputados que integraban la ponencia cinco ya han emprendido el viaje eterno. Sólo quedan entre nosotros Miguel Herrero y Rodriguez de Miñón, al que saludé el otro día y Miquel Roca i Junyent, a quien no logré ver entre los asistentes. Ambos tienen tres años más que yo.

Como es natural en una aglomeración así a unos se les saluda cordialmente y con otros se habla con mayor interés no solo interesándonos por la salud corporal que a ambos pudiera preocuparnos sino, por la salud política del pueblo español y por más seña por la salud de la Constitución cuyo cumpleaños estábamos celebrando. Y fue en una de esas conversaciones cuando mi interlocutor, me sorprendió con la expresión que da título a este comentario: “Querido Juan de Dios, la Constitución Española, esa Constitución a la que tú y yo queremos tanto, está llorando”.

¿Por qué llora la Constitución?

Me sorprendió su respuesta que yo no esperaba. No me dijo que la Constitución estaba resentida con los españoles que no sabían defenderla valientemente. Como tampoco hizo referencia a los líderes políticos que teníamos a nuestro alcance acusándoles de ingratos por no ser consecuentes con la responsabilidad que les concierne, siquiera sea porque el cargo que ostentan se lo deben a la previsión que en el texto constitucional se hace de ellos. Sí manifestó su alta preocupación por los políticos que la utilizan para atacarla despiadadamente y que como caballos de Troya se han introducido dentro de los vetustos muros del Congreso, tal como en los poemas de Homero se describe la victoria de los griegos sobre los desprevenidos troyanos.

No, mi viejo amigo no dijo ni una palabra contra los dirigentes del PSOE, del PP, y de los que quedan de Ciudadanos porque los considera constitucionalistas, y sabe que si las cosas van mal dadas al final saldrán en su defensa. Tampoco achacó el llanto de la Constitución a quienes abiertamente quieren destruirla. Separatistas, nacionalistas más o menos independentistas, y otros diputados de difícil clasificación le causan dolor, pero no la sobresaltan hasta el grado de pensar que puedan terminar por destruirla dando al traste con el proyecto de mayor éxito de bienestar y convivencia habido en España a lo largo de toda su existencia.

Entonces ¿Quiénes son los que verdaderamente te preocupan? ¿Acaso los diputados y diputadas de VOX convertidos en tercera fuerza parlamentaria en el Congreso? No, me dijo, estos no son peligrosos. Al menos mientras que, como hasta ahora, defiendan sus ideas sin hacer llamamientos, como otros, a la lucha callejera y a los desórdenes de orden público.

Estas reflexiones me llevaron a lo que para mí es la mejor definición de comportamiento democrático y que desde mi juventud he tratado de practicar. No tendría yo más de 15 años cuando todavía estaban prohibidos en España, entre muchos otros, los escritos de Voltaire, cuando alguien ―siempre he pensado que fue el director de la escuela de los salesianos donde yo estudiaba― puso en mi camino un libro de escritos sobre política donde encontré la famosa frase del filósofo francés: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”.

El Pleno de constitución del nuevo Congreso de los Diputados más bien pareció un circo

Entonces supe que lo que le apenaba a mi amigo, como a todos los constituyentes con los que abordé el tema, fue el insólito espectáculo que supuso las fórmulas de que se valieron algunos diputados y diputadas para manifestar su no acatamiento a la Constitución. No, no fue un pleno edificante ni digno de la insuperable grandeza democrática que supone adquirir la representación legítima de todos los ciudadanos españoles. Que nadie venga con el socorrido argumento de que quienes se someten al artículo 20 del Reglamento del Congreso que establece que el diputado electo adquirirá su condición plena de parlamentario cuando “preste en la primera sesión del Pleno a que asista la promesa o juramento de acatar la Constitución» lo hace por imperativo de la ley, lo que no le impide hacer uso de su legítimo derecho a la libertad de expresión.

La libertad de expresión no avala que cada uno pueda decir lo que le dé la gana, cuando le dé la gana, y donde le dé la gana. Lo cual no quiere decir, entiéndaseme bien, que los Diputados y Diputadas no puedan expresar en Congreso y en el Senado su voluntad política de conseguir el cambio o la eliminación de la Constitución si eso es lo que él o ella entiende que es lo mejor para sus electores. Pero a mi juicio el momento escogido por alguna de Sus Señorías no era el más adecuado. Y no lo era, entre otras, por las siguientes razones:

Primera y fundamental: porque algunas de las fórmulas escogidas no expresaban el acatamiento a lo establecido por la Constitución sino todo lo contrario. Me parece una desconsideración a todos los ciudadanos que alguien diga: “prometo acatar lo que dice la Constitución, pero es mentira. Lo digo aquí y ahora porque me obliga el artículo 20 del Reglamento, pero en realidad lo que quiero es destruir este texto que me impide conseguir lo que me propongo”. Esta es la interpretación popular de lo que algunos, con estas o parecidas palabras, dijeron.

Segunda y me reitero: Porque siendo legítimo aspirar a cambiar la Constitución, hay que hacerlo de acuerdo con el procedimiento establecido en el propio texto constitucional. Y si no, hay otro camino: la revolución para imponer por la fuerza el cambio deseado. Cosa que no creo que sea la voluntad de la mayoría de los ciudadanos.

Tercera: Cuando los Diputados electos de Herri Batasuna acataron la Constitución en 1990 anteponiendo a la fórmula la frase “por imperativo legal” el Tribunal Constitucional les dio la razón y sentenciaron que esa manifestación no les impedía haber alcanzado la plenitud de su condición de diputados. Interpretación que yo suscribo. Al fin y al cabo, gran parte de nuestros actos, en el ámbito de las relaciones sociales, lo son “por imperativo de la Ley”. La misma Sentencia del Tribunal Constitucional lo manifiesta cuando dice “Tan evidente es que, en el lenguaje común, la expresión añadida no tiene valor condicionante ni limitativo de la promesa, como que su sentido desborda con mucho del carácter meramente explicativo de lo obvio”

      Cuarta: Y esta es la más determinante, la forma ritual mediante la cual el diputado responde a la pregunta que le formula la presidenta de si jura o promete acatar la Constitución debe ser contestada lacónicamente mediante un “Sí, juro” o “Sí acato”. Y para despejar cualquier duda es el propio Tribunal quien sentencia textualmente: “…sin acompañarla de cláusulas o expresiones que de una u otra forma, varíen, limiten o condicionen su sentido propio, sea cual fuese la justificación invocada para ello”.

      Quinta: La Constitución Española puede ser considerada una obra literaria que ha conseguido la categoría de obra de arte. Por eso no parece adecuado que algunos la utilicen, menospreciándola, como instrumento de sus fantasías o ensoñaciones. En el Pleno del otro día escuchamos verdaderas “ingenuidades” impropias de gente seria y responsable como se supone que son nuestros representantes.

Por todo esto y por mucho más que se me queda en el tintero, no es extraño que mi viejo, como yo, amigo y compañero constituyente dijera que la Constitución está llorando.

 

Juan de Dios Ramírez-Heredia
Abogado y periodista