La carta de la señora González. Entrevista a Ana G. Lartitegui y Sergio Lairla

El álbum ilustrado vive un momento de una creatividad desbordante. A la explosión de nuevas autoras hay que añadir la recuperación de nuestro pasado reciente, como el caso de La carta de la señora González, que marca un punto de inflexión en la carrera de una de las parejas creativas más sólida de nuestro panorama: la formada por el escritor Sergio Lairla y la ilustradora Ana G. Lartieguí. Sendos creadores llevan años intentando desentrañar el misterio del libro ilustrado, tanto en la práctica como en lo teórico. Con ellos hablamos de uno de sus proyectos más queridos que vuelve a nuestras librerías.

¿Qué es La carta de la señora González?

Ana- Es un libro álbum que se salta los cánones de estilo y edad lectora previstos para el género.

Sergio- Sí. Creo que fue el primer libro en el que tomé consciencia clara de lo que es un álbum; no hay un destinatario específico, sino una obra que crea los espacios para niveles de lectura múltiples y diferentes gracias al juego que permite esa distancia entre lo que vemos y lo que leemos.

¿Cómo nace la obra?

A.- Fue hace mucho tiempo, más de veinte años. Surgió para dar forma a una fantasía que me vino a la cabeza como un encadenamiento en el que una señora salía a echar una carta al buzón, pero se caía dentro un agujero en la calle, el cual resultaba ser la boca abierta de un pez, quien a su vez se precipitó en una cascada que resultó ser la garganta de un gigante, etc.

S.- Cuando Ana me presentó su idea, me pareció muy interesante esa cascada de mundos que van entrando unos dentro de otros y me centré en el movimiento que esto provoca: cómo unos se ven afectados por otros . Me sugirió la relación de planos que a menudo se nos escapa y que es ese lugar misterioso donde se fraguan nuestras sensaciones, nuestros deseos y, en último termino, nuestros actos.

¿Es ésta vuestra primera colaboración?

A.- No, nuestra primera colaboración fue El botón Antón y la botona Ramona (Edelvives, 1991) y entre medias hubo cinco títulos más antes de La carta.

En el texto vemos el épico viaje de una carta desde el buzón hasta la casa del Sr. Lairla. El surrealismo del texto te permite, Ana, desarrollar un universo fantástico.

A.- Sí, recuerdo que antes de ponerme con los primeros bocetos tardé muchas semanas en captar la onda para las imágenes. Sin embargo, es curioso que el texto te parezca « surrealista ». ¿No te parece que ese toque «surrealista » es más atribuible a las ilustraciones? Esto es interesante. El texto es tremendamente lírico, alegórico, simbolista, pero muy medido y estudiado, precisamente. En cuanto a mí, en un momento dado me vino a la cabeza la iconografía de Dalí y en ese instante comprendí que había que jugar con lo onírico y con el sueño profundo de la Sra. González. De modo que, con la fe de un minero, fui sacando las imágenes de mis profundidades más recónditas.

Los espacios prevalecen sobre los personajes en el libro.

A.- Naturalmente, en cuanto a las imágenes es así porque el escenario juega un papel importantísimo. Es donde se encuentran agazapadas todas las pistas que iremos rastreando para validar la tesis de que cada una de las escenas pertenece a varias dimensiones simultáneamente. Por cierto, si te das cuenta, cada paisaje al volver la página muta y se convierte en personaje.

Os convertís en personajes de la obra.

A.- Bueno, esto fue una broma sin pretensiones. Digamos que al principio pusimos nuestros apellidos a los personajes porque no teníamos decidido cómo llamarlos. Era algo provisional que en todo momento pensábamos que habría que cambiar. Cuando llegó la hora de enviar el texto al concurso « A la orilla del viento », con las prisas no se nos ocurrían nombres. Así que pensamos: « Cuando llegue su momento le diremos al editor que queremos cambiar los nombres ». Pero cuando la hora llegó, al editor le gustó este toque de autoficción y se quedó con él.

Destaca el meticuloso trabajo de color. ¿Cómo recuerdas el proceso de creación de la obra?

A.- Lo recuerdo con una buena dosis de sufrimiento. Rompí infinidad de acuarelas, algunas después de semanas de trabajo. Era desesperante. Cada escena es verdaderamente un cuadro surgido de mis entrañas. No hubo proceso de documentación, no hubo modelos porque todo salió de adentro. Trabajé encerrada conmigo misma. El color no tuvo especial protagonismo, pero sí la iluminación y la atmósfera. Todo debía ser impecablemente limpio y la más mínima turbiedad daba al traste con todo el trabajo. Perseguía las imágenes como a fantasmas. Todo era extrañamente luminoso y escurridizo a un tiempo. Lo más parecido a una catarsis que he vivido nunca. Cuando terminé, al contemplar el conjunto, sentí miedo porque aquello no se parecía a nada de lo que se editaba entonces, ni tampoco a lo que yo había venido haciendo. Estaba aterrada. No quería entregarlo, pero el editor me apremiaba. Finalmente vino el transporte a buscar los originales. Era un hombre montado en una scooter y llovía a cántaros. Tomó la carpeta y la colocó sobre su asiento y se sentó encima y así comenzó este otro viaje de La carta. « ¡Dios mío! » -pensé. « ¿Llegarán después de todo estas benditas ilustraciones a su destino? » ¡Y sí llegaron!

El libro nos habla de una incipiente historia de amor. A lo largo de los años habéis colaborado en numerosos proyectos. ¿Cómo es el trabajo en común?

A.- Fundamentalmente es un diálogo. Generalmente Sergio propone el texto. El caso de La carta fue una excepción, como comenté más arriba. Pero una vez que la propuesta está sobre la mesa, cada uno asume su tarea por su cuenta, hasta que considera que necesita la opinión del otro.

Sergio.- Creo que lo más importante para el escritor es tener en cuenta que, además del texto, va a haber unas ilustraciones que van a aportar, de una forma prominente, otro lenguaje que entra por una puerta distinta; hay que tener muy claro lo que debe decir el texto y dejar espacio para que la imagen también diga. Después, una vez que las primeras imágenes -la primera lectura del ilustrador- se ponen en relación con el texto, hay que retomar el texto: confrontarlo, ajustarlo… casi te diría que volver a plantearse la historia. A partir de allí se inicia un camino de ida y vuelta entre escritor e ilustrador que nunca se sabe cuando va a finalizar; a veces el proceso se hace interminable y hay que aceptarlo: no hay libro o, al menos, no está maduro. Pienso que lo más difícil para un autor es saber cuando un proyecto debe terminar en la papelera… o en el cajón.

Vuestro trabajo más reciente, El libro de la suerte, va encontrando su espacio en diferentes países. ¿Cómo ha cambiado vuestra forma de trabajar desde La carta de la señora González hasta este último trabajo?

A.- Sí, estamos muy contentos del éxito de El libro de la suerte en Chile, China, Corea, incluso se está vendiendo en español ¡en Alemania! Sin embargo, los catorce años que separan ambos títulos son, en realidad, el tiempo que nos tomó encontrar un editor ya que este segundo proyecto estuvo rodando por las mesas de los editores durante doce años. Un par de años después de que Fondo de Cultura Económica editase La carta ya teníamos listo el primer borrador de El libro de la suerte. Con La carta habíamos descubierto nuestro propio lugar en el mundo LIJ y estábamos energetizados.

Este trabajo marca tus comienzos dentro del álbum ilustrado. ¿Ha sido muy diferente el recorrido del libro en su primera época y el actual? ¿Cómo ha cambiado la percepción del álbum ilustrado desde que creasteis La carta de la señora González?

A.- En estos veinte años se han diversificado y mejorado mucho los recursos de formación LIJ para mediadores y eso se nota en que ahora tenemos un público mejor preparado y más receptivo ante propuestas experimentales. Es pronto aún para adivinar cómo será el recorrido de La carta en esta segunda vida. Pero, ¡atención!, en la primera vendió 135.000 copias, lo cual es difícil de superar.

Sergio.- El libro tuvo una gran repercusión y una acogida estupenda en los círculos especializados; pero, aunque se vendió muy bien fuera de España, apenas tuvo presencia en el mercado español. Esta nueva edición nos ha permitido estar más cerca del proceso de edición y participar de forma más directa: añadir alguna cosa que antes se quedado por el camino, cuidar algunos encuadres, matizar algunas frases del texto… Arianna ha mimado este libro en todos sus detalles; eso es lo mejor que podemos decir los autores de un editor y algo que los lectores notarán de inmediato.

En nuestro país los libros, especialmente los álbumes ilustrados, parecen tener una fecha de caducidad muy corta. En otros países las obras de referencia se reeditan cada cierto tiempo, algo a lo que no estamos tan habituados.

A.- Efectivamente, ante la crisis algunas editoriales se han lanzado a editar clásicos contemporáneos que permanecían inéditos en español, lo cual está muy bien, así como a rescatar viejas ediciones descatalogadas. En esto último, se da el curioso fenómeno de que los rescates son en su gran mayoría obras extranjeras. Es como si aquí hubiésemos asumido que la historia del álbum es algo ajeno. Sin duda, es necesario y urgente que nos demos cuenta de que estas cosas ocurren porque no hay un seguimiento teórico ni un estudio histórico sobre nuestra propia producción, algo que dignificaría sobremanera a nuestros editores y autores. ¿Quién creerá en nosotros si para nosotros mismos somos invisibles?

Edita de nuevo A buen paso. Con su editora, Arianna Squilloni, realizáis En la oficina del editor, un manual y una muestra de amor grande al libro impreso.

S.- Al final, autores y editores se encuentran; la forma de hacer y de entender el libro crea un vínculo que, en este caso, ha sido de ida y vuelta: la editora como autora para unos editores que a la recíproca son autores para ella. Nada fácil, algo así como el cazador cazado. Lo cierto es que este juego de espejos ha resultado una experiencia muy interesante y enriquecedora.

Continuáis vuestro trabajo en Fuera de margen que alcanza ya su número 25. ¿Qué balance sacáis de la revista?

A.- Sí, llevamos ocho años ininterrumpidos y dieciséis monográficos, ya que como recordarás, la revista Hors Cadre[s] empezó a traducirse desde el nº 10. El balance es interesante, aunque un poco agotador por la desproporción entre el volumen de trabajo y las ventas. Hemos aprendido un montón y pensamos también que se ha generado una familia importante entorno a este proyecto de revista-observatorio. Son un grupo de lectores fieles que saben sacarle mucho partido. Esto sumado al hecho de que estas personas en su mayoría son especialistas y profesionales del ámbito de las literaturas gráficas, hace suponer que alguna huella indeleble habrá dejado Fuera de margen en la forma de ver los libros gráficos. Esto nos hace sentir moderadamente satisfechos.

En paralelo continuáis investigando el medio con la colección « Cuadernos de hexágono ».

S.- Poco a poco. De hecho, siempre hemos entendido esta faceta editorial en el ensayo como un goteo destilado más que como una « empresa editorial ». Aun así, el proyecto ensayístico termina creciendo por su cuenta. Acabamos de estrenar una nueva colección « Biblioteca LIJera », para abrir campo en las lecturas reflexivas sobre LIJ, precisamente con el libro de Arianna En la oficina del editor. Pensamos que en este terreno hay mucho por hacer.

¿Proyectos?

S.- Como editores tenemos en el alambique los dos próximos títulos para « Biblioteca LIJera », de los cuales podremos dar noticia dentro de unos meses. También otros dos Cuadernos Hexágono en preparación. Como autores, siempre tenemos proyectos, juntos y por separado, que andan por la cabeza y los cajones como en letargo; esperando a que el tráfago de lo urgente dé una tregua . Nunca son proyectos lo que falta.

Infame&Co