FALTA JUICIO…

FALTA JUICIO…

LA CAPACIDAD DE JUZGAR

Las redes sociales, con su juicio instantáneo, en este mundo en el que vivimos, opinan de todo y, sin fundamentos JUZGAN todo, ignorando el trabajo que subyace en cualquier acción o actuación juzgada. La situación actual de las redes sociales puede leerse, filosófica y sociológicamente, como una crisis de la facultad de juzgar: NO FALTA OPINIÓN, FALTA JUICIO.

Juicio, entendimiento y reflexión (Kant)

Para Kant[1], juzgar no es simplemente aplicar una norma a un caso, sino saber cómo una singularidad se inscribe en un marco más amplio de sentido. La facultad de juzgar media entre el entendimiento (las reglas) y la sensibilidad (los casos concretos), y en su versión “reflexionante” no parte de una ley dada, sino que busca la regla apropiada para el caso.

Las redes sociales, sin embargo, operan casi a la inversa: ante cada hecho concreto se activan esquemas previos rígidos —etiquetas morales, identidades políticas, bandos afectivos— que se aplican de forma inmediata, sin verdadera reflexión. No se busca la regla adecuada para el caso, sino el caso adecuado para confirmar la regla que se trae de antemano. En lugar de una facultad de juzgar que piensa la particularidad, aparece una reacción que la disuelve en estereotipos.

Arendt: pensar, juzgar y la banalidad del mal

Hannah Arendt[2] vinculó el juicio con la capacidad de pensar por uno mismo y con la disposición a “ponerse en el lugar de los otros”, es decir, a ampliar el propio horizonte mediante la imaginación representativa. El juicio político, para ella, implica considerar una pluralidad de perspectivas posibles antes de pronunciarse.

En el ecosistema digital, se produce una inversión inquietante: la pluralidad real de voces se reduce a cámaras de eco donde sólo resuenan las posiciones afines, mientras que las voces discrepantes son expulsadas, ridiculizadas o silenciadas.

Esto erosiona lo que Arendt llama “sentido común” en un sentido fuerte: no la opinión promedio, sino la facultad de compartir un mundo, de ver desde puntos de vista distintos. Cuando el juicio se emite sin ese rodeo por la mirada del otro, se vuelve ciego a las consecuencias y a la desproporción del daño simbólico que puede infligir.

La idea arendtiana de la “banalidad del mal” adquiere aquí un matiz nuevo: no se trata de grandes crímenes de Estado, sino de microviolencias cotidianas, linchamientos digitales, campañas de difamación que se alimentan de la obediencia ligera al clima de opinión. El mal, en este registro, se ejerce muchas veces sin odio personal, por mero seguimiento de tendencias, por no quedar fuera de la ola. La falta de juicio —en el sentido de no detenerse a pensar qué se está haciendo con la propia palabra— se convierte así en un factor estructural del daño.

Ricoeur: narración, reconocimiento y hermenéutica del juicio

Paul Ricoeur[3] subraya que comprender a alguien es siempre situarlo en una historia: una biografía, un contexto, una trama de motivos y promesas. Juzgar, desde esta perspectiva hermenéutica, no es congelar a la persona en un acto aislado, sino interpretarla en el tejido narrativo de su vida y de sus instituciones.

Las redes sociales, por el contrario, tienden a des-narrativizar al otro: lo reducen a un fragmento (una frase, un gesto, un vídeo de pocos segundos) y, a partir de ahí, construyen identidades totalizantes: “es un corrupto”, “es una traidora”, “es un monstruo”. Se produce lo que podría llamarse una hermenéutica sin paciencia: se renuncia a la tarea lenta de escuchar relatos, contrastar versiones, comprender conflictos, y se opta por el atajo del juicio definitivo. Desde la óptica ricoeuriana, esto es una forma de violencia simbólica porque niega al otro la posibilidad de ser interpretado, corregido, perdonado o transformado.

Al mismo tiempo, Ricoeur insiste en la categoría del reconocimiento: ser reconocido no sólo como portador de derechos, sino como sujeto de palabra y de acción que puede responder por sí mismo. El juicio instantáneo en redes suele negar ese reconocimiento al convertir a la persona juzgada en objeto de comentario y consumo, sin un verdadero espacio para su respuesta o explicación. Se juzga sobre ella, no con ella.

Una sociología del “juicio sin mundo”

Desde una perspectiva sociológica, las dinámicas algorítmicas y económicas de las plataformas configuran un tipo de espacio público profundamente distinto al imaginado por la teoría clásica (Habermas, por ejemplo). No se trata de un foro orientado al intercambio de argumentos, sino de un mercado de atención donde las emociones fuertes funcionan como moneda.

En ese marco, el juicio se convierte en recurso para ganar visibilidad: indignarse, acusar o ridiculizar genera interacción; matizar o dudar, en cambio, apenas circula. La visibilidad se asocia a la dureza del veredicto, no a la calidad del razonamiento. Se produce así una “economía moral” específica, en la que se premia socialmente la contundencia antes que la justicia. El resultado es una inflación de juicios que ya no se anclan en un mundo compartido —hechos, contextos, instituciones— sino en burbujas semiautónomas de sentido.

Este fenómeno podría describirse como “juicio sin mundo”: se emiten veredictos desvinculados de la materialidad del trabajo, de la complejidad institucional, de los procesos reales. Lo que importa no es tanto qué ha ocurrido efectivamente, sino cómo encaja en el relato identitario del grupo al que se pertenece. Esa desconexión entre juicio y mundo es precisamente lo que Arendt temía cuando hablaba de la ruptura entre pensamiento y realidad; y es también lo que Kant pretendía evitar al vincular el juicio a una sensibilidad y a un entendimiento que comparten el mismo mundo.

Hacia una ética y una política del juicio

Un enfoque inspirado en Kant, Arendt y Ricoeur permite ver que la tarea no consiste en suprimir el juicio, sino en transformarlo. Algunas líneas posibles:

  • Recuperar el momento reflexionante del juicio (Kant): educar en la capacidad de suspender la aplicación automática de esquemas previos, de buscar la regla adecuada al caso en lugar de forzar el caso a las etiquetas disponibles.
  • Reinstalar el juicio en el espacio de la pluralidad (Arendt): fomentar prácticas digitales que incluyan la mirada del otro, el contraste de perspectivas, la escucha activa, en lugar de la mera agregación de juicios unilaterales.
  • Reinscribir el juicio en narrativas y procesos (Ricoeur): recordar que toda acción juzgada forma parte de historias más amplias; exigir tiempo y relato antes del veredicto; sostener la posibilidad de rectificación y perdón frente a la lógica del etiquetado irreversible.

Filosófica y sociológicamente, la crítica a los juicios instantáneos de las redes no es una nostalgia por un pasado sin conflicto, sino una defensa de la facultad de juzgar como núcleo de la vida política y ética. Allí donde todo se decide en segundos, sin memoria ni contexto, lo que se pierde no es sólo la justicia hacia las personas concretas, sino la posibilidad misma de un mundo compartido en el que nuestros juicios puedan aspirar a algo más que a ser reacciones efímeras en un flujo interminable de opiniones.

JACA, Santander, febrero 2026

 

Referencias:

[1] Immanuel Kant (Königsberg, 22 de abril de 1724-ibidem, 12 de febrero de 1804) fue un filósofo prusiano de la Ilustración.

[2] Hannah Arendt, nacida Johanna Arendt (Linden-Limmer, 14 de octubre de 1906 – Nueva York, 4 de diciembre de 1975) fue una filósofa, historiadora, politóloga, socióloga, profesora de universidad, escritora​ y teórica política​ alemana, posteriormente nacionalizada

[3] Jean Paul Gustave Ricœur (Valence, 27 de febrero de 1913 – Châtenay-Malabry, 20 de mayo de 2005) fue un filósofo y antropólogo francés conocido por su intento de combinar la descripción fenomenológica con la interpretación hermenéutica.