Hellboy: Presagio de pestilencia. Hellboy (2019) ya arrancaba con un handicap impresionante. Las dos entregas dirigidas por Guillermo del Toro están demasiado frescas (apenas 10 años han transcurrido desde el Ejército Dorado) y habían causado una buena impresión en general.

La capacidad del director mexicano de imprimir su amor por el fantástico a todas sus obras y el trabajo de Perlman, Blair y el resto del reparto dejaron el listón muy alto. Aún así, existía una posibilidad, que fue a la que se agarraron Marshall y los productores: Este Hellboy sería más oscuro, más terrorífico, explotando una vertiente que del Toro había insinuado pero que no aprovechó en su momento.

Sin embargo, este reboot falla a casi todos los niveles. Ya el rodaje fue un pequeño infierno en si mismo, por lo visto. Y el resultado final es una película irregular, sin un ritmo claro y con deficiencias de guión y/o montaje que la condenan al abismo de los filmes fracasados.

Al final el giro hacia la oscuridad y el terror se queda en una violencia un poco exagerada, incluido un montón de evisceraciones y unos personajes que van desde el acierto de Baba Yaga a lo hilarante del jabalí bípedo pasando por una Milla Jovovich o un McShane que están allí para cobrar el cheque y acabar lo antes posible su participación en la peli.

Harbour se esfuerza, y en otras condiciones su trabajo sería magnífico, pero el recuerdo del Rojo de Perlman es una sombra tan pesada que no puede escapar de ella en toda la película.

A Ron Perlman le quedaba mucho mejor el traje que a Harbour, es horrible. Alice, la amiga de Hellboy, era blanca y ahora es negra. Sale Daniel Dae Kim, japonés, que en esta película está más «perdido» que nunca, vaya papel más cutre. ¿Cómo puede ser Ian McShane el padre de Hellboy? Sí es que es un horror.

El malo, la mala, interpretada por Milla Jovovich da verdadera pena. No hace casi nada, sale poquísimo, lo justo para cobrar por el papel y lo único que hace es intentar, sin conseguirlo, que Hellboy use un arma que también la puede matar a ella, para destruir el mundo. Del malo secundario mejor ni hablo.

Todas las películas que veo últimamente están llenas de bromitas tontas para niños, pero para niños de baba. Las de antes, como Los Increíbles, tenían momentos graciosos, sin meter momentos absurdos, como en la 2. Aquí en Hellboy hay momentos en los que parece que Hellboy rompe la cuarta pared y se dedica a soltar gracias tontas sin venir a cuento.

Por si fuera poco el guión va dando bandazos entre el gore y un humor negro mal administrado. Hay flashbacks que no aportan nada, personajes que aparecen y desaparecen sin saberse qué pintan en la historia, un ritmo irregular (ay, esos montajes modernos) y un final un poco en plan «nos quedamos sin presupuesto, hay que ir cerrando» que acaba por rematar el fiasco.

El guión y los montajes actuales se están cargando el cine de entretenimiento. Hellboy y los suyos cruzan Gran Bretaña en unos segundos, de la costa a Londres como el que cruza una calle.

Es una pena, este nuevo Hellboy podía haber explorado las vertientes más oscuras del universo creado por Mignola y ofrecernos algo distinto a lo habitual. Pero el fracaso de crítica y taquilla condena al diablo rojo al olvido, al menos hasta que a este Hollywood sin ideas le dé por volver a intentarlo.

Por cierto, da algo entre pena y risa ver que una película que jamás va a ver una continuación tenga nada menos que tres escenas post-créditos. Se podían haber ahorrado el esfuerzo.

Patxi Álvarez