Ghostland: Y Laugier toco la flauta. Muchos de los que en 2010 quedamos absolutamente asombrados a la par que horrorizados por la controvertida Martyrs y por su novedosa y cruenta forma de abordar un cine tan manido y estereotipado como el de terror, creímos encontrar en Pascal Laugier nuestro particular enfant terrible.

Pensamos entonces que por fin había aparecido el verdadero genio dentro de esa interesante ola de nuevo cine de terror francés de principios de siglo y esperábamos con auténtica ansia su próximo proyecto.

Y entonces llegó El Hombre de las Sombras y la cosa ya no pintaba tan bien. Producción canadiense, actores americanos y un enfoque hollywoodiense que parecía alejarse del formato que presentaba Martyrs.

Pero era un guión de Laugier, al igual que su anterior obra y ese era suficiente aliciente, ya que uno de los puntos fuertes de la misma era precisamente el tratamiento tan peculiar a la hora de plasmar la historia, como una auténtica caja de sorpresas temática, pasando del terror puro al thriller más visceral y sangriento en un solo corte argumental, drástico e inesperado, para luego desembocar en el más angustioso torture-horror, jamás tan creíble y correctamente filmado.

Pero fue el primer jarro de agua fría. El Hombre de las Sombras no alcanzó las expectativas generadas. Sin ser un film tan mediocre como algunos se empeñaron en acuñar, distaba mucho de las cotas de calidad logradas con Martyrs. Y eso que en las formas de ejecutar la trama y girar el guión poseían unos cuantos puntos en común la una con la otra.

Luego vino esta Ghostland y llegó el siguiente jarro, éste mucho más frío, helado diría yo. Reaparecía esa sensación de no estar ante un trabajo de pésima calidad ni mal realizado, más bien al contrario, pero en el que ya no había nada nuevo. Los giros de guión ya no sorprenden, resultan poco convincentes y reiterativos.

Pero sobre todo es que en esta Ghostland estamos ante otro tipo de cine, uno mucho más habitual dentro del género, cargado de tics usuales en la mayoría de las cintas de terror, del slasher, etc. Tienes la impresión de haberlo visto todo miles de veces y contado de formas muy similares, algo que no ocurría con Martyrs.

Con Ghostland, parece que se desvanece esa última esperanza de haber encontrado al gran regenerador del género que se esperaba del francés. Y todo lo que significó y supuso Martyrs para gran parte de la comunidad cinematográfica no tiene continuidad ni se ve reflejado en el resto de su obra.

Empiezo a cuestionarme la capacidad de innovación de Laugier y su personalísima visión del cine de terror.

Quizás es que una vez Laugier tocó la flauta.

Patxi Álvarez