
LA INFINITUD INABARCABLE DEL UNIVERSO

La expresión “infinitud inabarcable del universo” alude a dos límites simultáneos: por un lado, la posible infinitud real del cosmos; por otro, la imposibilidad humana de abarcarlo por completo, ni empírica ni intelectualmente. Precisamente esta distancia entre lo que existe y lo que podemos conocer hace hoy más necesarias que nunca las ciencias geográficas y astronómicas, como mediadoras entre la experiencia cotidiana del espacio y las estructuras profundas del universo.
La infinitud (posible) del universo
Desde la cosmología contemporánea se distingue entre universo observable y universo total: el primero es la región del cosmos desde la que ha podido llegarnos luz desde el inicio de la expansión; el segundo puede ser mucho mayor, e incluso infinito, sin que exista un acceso observacional directo a su límite. El universo observable se describe como una esfera centrada en el observador, con un radio de unos años luz y un diámetro aproximado de 93.000 millones de años luz, dentro del cual se estima la existencia de cientos de miles de millones de galaxias[1].
Más allá de este horizonte de partículas es físicamente plausible que el universo continúe, bien como un espacio finito pero inmenso, bien como una extensión espacialmente infinita, según la curvatura global del espacio-tiempo. La expansión acelerada del universo implica, además, que hay regiones cuya luz nunca alcanzará nuestros detectores, de modo que la accesibilidad observacional queda estrictamente limitada, aunque el cosmos fuera infinito en extensión y contenido.
Un universo finito para nosotros
La paradoja moderna es que, aun si el universo fuese infinito, nuestra experiencia efectiva de él es necesariamente finita. La existencia de un horizonte cosmológico —ligado a la edad del universo y a la velocidad finita de la luz— hace que sólo podamos acceder a una fracción del todo, incluso con instrumentos teóricamente perfectos.
Esta finitud operativa convierte a todo conocimiento cosmológico en conocimiento situado: lo que se sabe del universo depende de la posición, de la época histórica y de las capacidades técnicas del observador. La “infinitud inabarcable” no es únicamente una categoría filosófica, sino una condición física que obliga a pensar el saber científico como una práctica de aproximación, revisión constante y reconocimiento explícito de los propios límites.
La necesidad de la astronomía y las ciencias geográficas
La astronomía proporciona el lenguaje cuantitativo y los marcos teóricos para describir un cosmos que, aunque quizás infinito, sólo se deja conocer en regiones acotadas por el tiempo y la tecnología. A través de la observación electromagnética en múltiples longitudes de onda, la medición de desplazamientos al rojo y el análisis de la radiación de fondo cósmico, la astronomía reconstruye la historia térmica y dinámica del universo, permitiendo inferir escalas, contenidos de materia y energía, y modelos de evolución cósmica.
En la vida cotidiana, esta disciplina sustenta desarrollos tecnológicos decisivos: los sistemas de posicionamiento global, la observación meteorológica por satélite, las telecomunicaciones y la vigilancia de objetos potencialmente peligrosos como asteroides cercanos a la Tierra. La capacidad de anticipar fenómenos de riesgo —desde tormentas solares hasta impactos meteóricos— convierte a la astronomía en un componente de seguridad planetaria, más allá de su dimensión puramente contemplativa.
Si la astronomía abre el espacio cósmico, la geografía organiza el espacio terrestre: estudia la distribución de fenómenos físicos y humanos sobre la superficie del planeta, sus interacciones y sus transformaciones en el tiempo. Frente a la escala cósmica, la geografía trabaja con escalas regionales y locales, pero siempre en diálogo con procesos globales como el cambio climático, la urbanización acelerada, la degradación de ecosistemas y la reconfiguración de redes de transporte y comercio.
Las herramientas contemporáneas de la geografía —sistemas de información geográfica, teledetección, sensores remotos, big data geoespacial y vehículos aéreos no tripulados— permiten monitorizar en tiempo casi real cambios en el uso del suelo, dinámicas de población y riesgos naturales. Esta capacidad de ver y modelizar el espacio terrestre es imprescindible para diseñar políticas de adaptación al cambio climático, gestionar recursos hídricos, planificar infraestructuras y proteger territorios vulnerables, integrando lo local en el marco planetario.
Puentes entre lo cósmico y lo terrestre
La articulación entre ciencias astronómicas y geográficas se hace evidente en múltiples ámbitos: la determinación precisa de posiciones sobre la Tierra, la definición de marcos de referencia geocéntricos, la navegación global y la sincronización temporal dependen de observaciones astronómicas traducidas en coordenadas geográficas. Del mismo modo, la comprensión de la Tierra como sistema planetario —con una atmósfera, una magnetosfera y un clima influido por la actividad solar y galáctica— exige integrar datos procedentes tanto de observaciones terrestres como de plataformas espaciales.
En un universo potencialmente infinito, hablar de “infinitud inabarcable” significa reconocer que toda experiencia humana del espacio ocurre en una franja muy estrecha de escalas: desde el paisaje cotidiano hasta el horizonte cosmológico observable. Las ciencias geográficas y astronómicas son precisamente las disciplinas que dotan de inteligibilidad a ese intervalo, permitiendo situar la vida humana en un continuo que va del territorio al cosmos y traduciendo lo inabarcable en mapas, modelos y decisiones concretas sobre la habitabilidad del planeta.
JACA, Santander, febrero 2026
Referencias:
[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Universo_observable – Tiene un radio de 4.40 × 1026 m (4.65 × 1010 años luz), un volumen de 1.08 × 1079 m³ y una masa de 9.27 × 1052 kg, por lo que la densidad masa-energía equivalente es de 8.58 × 10-27 kg/m³. La densidad media de sus constituyentes primarios es de un 69.3 % de energía oscura, un 26.8 % de materia oscura fría y un 4.9 % de materia ordinaria, según datos recogidos por la sonda Planck.

