Juanjo el Rápido regresa

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Juanjo el Rápido regresa con un nuevo proyecto, La Resistencia, una revista en la que, junto a Lorenzo Gómez y la editorial Dibbuks, apuesta por recoger el testigo y adaptar el formato a los nuevos tiempos. Con Juanjo repasamos su trayectoria. Los años 90 supusieron el fin del formato revista y toda una generación de autores se encontraron sin espacios en los que mostrar sus obras. Antes de la aparición de la novela gráfica la voluntariosa participación de amantes del medio permitió generar los fanzines y prozines necesarios para mantener la ilusión de grandes creadores. Autores que encontraron en estos espacios un lugar en el que poder desarrollar sus proyectos de un modo más o menos disperso. Juanjo el Rápido es uno de los más inquietos dinamizadores de la época, generando diversas cabeceras en las que grandes firmas como Juan Berrio o Javier Olivares encontraron la excusa necesaria para seguir apostando por las viñetas. 

Pregunta: ¿Cuáles fueron las lecturas que te animaron a dedicarte a realizar tebeos?

Imagino que la respuesta es muy común con la gente de mi generación: Bruguera de humor (Mortadelo, Anacleto, Zipi y Zape…), Bruguera de aventuras (El Capitán Trueno, El Jabato, El Corsario de Hierro…), los tebeos de superhéroes de los 70 (Spiderman, Patrulla X, los Vengadores…) y la llegada de las revistas para adultos en los ochenta como culminación de un proceso lógico: Totem, Comix Internacional, Cairo, Rambla, el Víbora y así hasta una treintena de títulos, en la época dorada de las publicaciones adultas en España.

Entre medias, algún tebeo extraño como Trinca (para mí, Calatayud era un marciano total cuando yo era un chavalín), el TBO (Coll, siempre Coll) y por encima de todo el descubrimiento de Will Eisner con el Spirit de Garbo, mal reproducido y con un papel horroroso, pero que me permitió ver la historieta con otros ojos. Fue como una revelación. Años después tuve el honor de conocerle en Barcelona, y hasta cenar sentado a su mesa y con mi ejemplar de Contrato con Dios firmado por la mano de aquel octogenario maravilloso. Jamás, de chaval, se me pasó por la cabeza que aquello pudiera llegar a ocurrir.

Siendo un adolescente, mi interés por las viñetas fue en ascenso hasta que se convirtió en una pequeña obsesión. Mis padres, incluso, me llegaron a prohibir leer cómics porque pensaban que iba a suspender el curso. Recuerdo que un día me puse el chándal un sábado por la mañana y les dije que me iba a jugar al fútbol con los de clase. Mi padre, tan asombrado como si le hubiera dicho que me iba de expedición al Everest, dijo “a ti te pondrán de portero”. Qué optimista mi progenitor. Me subí al bus, pasé la mañana en Madrid Cómics, compré una postal de Javier de Juan y un Tribulete y volví al hogar sin haber sudado una gota y con la ropa deportiva inmaculada. A partir de ese momento, y a la vista de que el engaño había triunfado, repetí la cita cada fin de semana. No sé cómo en casa no se dieron cuenta. Igual pensaban que me pasaba todas esas horas chupando banquillo.

Años después, me presenté por segunda vez a la oposición de profesor. Pasé los dos primeros filtros y en el último, que llamábamos “la encerrona”, tenía 84 temas para exponer frente al tribunal. De un bombo salían cuatro bolas y tú elegías uno de ellos. Mi última bola fue “Los cómics”. Me puse tan nervioso que estuve a punto de optar por “El montaje en el cine”, que controlaba también pero cuya información era más fácil de organizar en una hora. Al final el problema era no aturrullar a los examinadores con datos y más datos, pensando que a lo menos los tebeos se las traían al pairo.

Hablé de cómics, les convencí, aprobé y mis padres no sabían dónde meterse cuándo les conté lo que había pasado. Para que veas las vueltas que da la vida.

P.: Estudiaste Bellas Artes en los años 80. Allí comenzó a gestarse tu primer proyecto autoeditado, La Más Bella. ¿Cómo nació la revista?

Había intentado hacer fanzines de los de toda la vida con compañeros de la facultad. Ya en el primer curso coincidí con Enrique Flores y Manolo Hidalgo, así que mimbres había. Pero resultaba complicado encontrar tiempo y dinero para poner en marcha un proyecto. No obstante, hicimos un amago de publicación con compañeros de Arquitectura que se iba a llamar Toma pan y moja, pero nunca vio la luz. Sí que me involucré en otro fanzine de nombre Elígeme, que al menos tuvo tres números. Yo participé ya en el instituto en la exposición Rock, Cómics y otros Rollos de Radio 3 (el mismo año que seleccionaron a Miguel Ángel Martín) y a través de su catálogo me llamaron para participar en algún proyecto. Hice unas ilustraciones horribles para un cuadernillo con el título de Conan el Sifilítico y hasta publiqué un dibujo en Madriz, pero todo esto todavía fue en mi periodo adolescente. En mi último año de facultad conocí a Pepe, que me presentó a Diego (que era y es fotógrafo) y, por casualidad, entré en el meollo; uno de los que iba a llevar la revista se fue a vivir a Tomelloso y me preguntaron si quería meterme a hacer un fanzine tipo El Canto de la Tripulación, que entonces era nuestro referente de publicación alternativa. Con la carrera recién terminada, buscándonos la vida desde el punto de vista laboral y sin apenas tiempo, dije que sí sin dudarlo. Una locura.

Foto: Julián Rebollo

P.: Junto a Pepe Murciego y Diego Ortiz realizaste los primeros números del fanzine,  dedicado al activismo artístico. ¿Cómo recuerdas esa época?

Pues fue una época fantástica. Acababa de aprobar la oposición, lo cual garantizaba un sueldo (para pagar a la imprenta, entre otras cosas), me compré un piso y hasta tenía una relación sentimental duradera, con lo cual se diría que me había convertido ya en un adulto responsable. Meterme a hacer La Más Bella con Pepe y Diego fue lo mejor que me pudo pasar. De Pepe aprendí a no agobiarme nunca si las cosas no salían como debían y a involucrarme en todo tipo de fregados por muy locos que parecieran. Diego fue un gran maestro, paciente y talentoso, que me enseñó a usar un ordenador (compré un Mac de 500 megas de disco duro en plan “wala, esto es la repera”), a ser responsable y metódico en las planificaciones; y también aguantó todas mis neuras e inseguridades durante aquella época. Cuando un desalmado robó su Renault 4, yo compré mi primer vehículo para, entre otras cosas, hacer la distribución de la revista. Así pues, mi asunción de responsabilidades en la vida coincidió con la puesta de largo de La Más Bella, que no era una publicación de cómic, sino artística, en la que en ocasiones aparecían historietas e ilustraciones cuyos autores eran contactados por mí.

P.: Para muchos, Madriz será una escuela fundamental para entender un modo de hacer cómic unido a lo experimental. La Más Bella parece, sin embargo, más cercana al espíritu de Medios Revueltos, revista dirigida de nuevo por Hernández Cava en la que el cómic se mezcla con diferente corrientes artísticas.

La Más Bella fue convirtiéndose más en un concepto artie cuanto más avanzaba el proyecto. Si echáis un ojo a su evolución, los primeros números (yo estuve hasta el quinto) tenían una factura de revista aunque todos sabíamos que era un fanzine. Oí por primera vez la palabra prozine. Sacábamos una al año y visto aquello desde la actualidad se me antoja la prehistoria. Llegamos a la imprenta con 64 disquetes para sacar 64 páginas, para que os hagáis una idea, y como ajustábamos tanto los precios (el número inicial costaba 333 pesetas) tuvimos enseguida que buscar nuevas vías de financiación más allá de las ventas y la publicidad. Creamos a partir del segundo ejemplar La Más Bellísima, una caja de arte con obras nuestras y de nuestros amigos que contribuyó a financiar el viaje. A la vez que se gestionaba el número 4, yo empecé a pergeñar el primero de Idiota y Diminuto, con el Madriz como utópico modelo, porque se me hacía larguísima la espera entre un año y otro y porque quería algo menos híbrido y más centrado en el cómic, y La Más Bella no era un cómic. Cuando estaba gestándose el número 5 y habiendo ya recibido un premio en Barcelona por el Idiota, presenté mi dimisión y la hice efectiva cuando cubrimos gastos del número dedicado

a la pereza. A partir de ahí, me centré en mi publicación, que dirigía, diseñaba, pagaba y distribuía, y Pepe y Diego me cambiaron por una máquina: la Bellamátic. Los bellos han seguido funcionando hasta cumplir las dos décadas, con una salud excelente, pero ahora mismo están en barbecho. Yo creo que tuve una suerte loca de entrar en esta movida; fue mi bautismo de fuego en una revista de verdad, aunque nunca llegó a profesionalizarse como para poder pagar a los colaboradores y vivir de ello. Es lo que tiene no vender más de mil copias.

P.: ¿Cómo era el cómic en los 90?. Da la sensación de que, a pesar de ser considerada por muchos profesionales como una travesía en el desierto, en la época proliferaron formatos y contenidos experimentales que abrieron caminos nuevos.

Los ochenta fueron la década del aluvión: todo lo que no había llegado a España a causa de la dictadura apareció a cholón a fines de los setenta y hasta casi los noventa; material francés, italiano, estadounidense… que había poblado las revistas de Europa llegó a nosotros a través de Tótem, Metal Hurlant, Cimoc y muchas otras publicaciones. Igual hubo hasta una saturación que derivó en hartazgo.

En los noventa cayó el imperio y aparecieron los reinos taifas: mucha gente pequeñita de posibilidades pero grande de miras y talento haciendo maravillas: Malasombra, La Penya, Inrevés, Ponent o Sins Entido pusieron los cimientos a lo largo de esos años para que luego otras personas vieran que todo aquello tenía visos de realidad y montaran proyectos tan ilusionantes y, a la postre, solventes como Astiberri.

Hoy hay editoriales como Fulgencio Pimentel o Diábolo que me recuerdan mucho el espíritu de aquellos años, que estuvieron plagados de publicaciones de estudio y crítica que eran llevadas por capitanes muy alejados de los océanos por los que navegaban las grandes casas de edición.

Entre finales de los ochenta y casi hasta el siglo XXI salen a la luz La Maleta, Complot, Owo, El Ojo Clínico… francotiradores de las más variadas procedencias que se convierten en números únicos o casi y que nunca sabremos si hubieran podido tener continuidad porque su fracaso en las ventas les condenó a un ostracismo prematuro. Otro percal fueron Medios Revueltos o NSLM, que tuvieron un recorrido más largo y que permitieron ver si había un mercado para este tipo de publicaciones tan fascinantes como minoritarias. Obviamente, no existía este público o no se supo conectar con él.

P.: El cómic y la ilustración confundieron sus caminos en esta época surgiendo editoriales que se mueven entre ambos campos diluyendo las fronteras como Media Vaca o De Ponent.

De Ponent sí que me parece una editorial más centrada en el cómic, mientras que el proyecto de Vicente Ferrer aunaba literatura e imagen a partes iguales. Recuerdo que fui la primera persona en comprar el primer álbum de tapa dura de La Media Vaca, que fue una obra fantástica de Arnal Ballester: No tinc paraules. Todavía no había salido a la venta y Begoña lo sacó de una caja aduciendo que al editor no le gustaba mucho cómo había quedado. Yo saqué raudo el parné y me hice con el ejemplar, que me parecía de lo mejor editado que había visto. Por supuesto, el autor dio su visto bueno y yo ocupé mi lugar en la historia haciéndome con el volumen.

Me encantan estos dos proyectos y muchos otros que proceden de Levante, tierra de arroces, naranjas y dibujantes excelsos. Es un lugar donde siempre me he encontrado muy a gusto.

P.: En la época, el formato revista desapareció y fue sustituido por el voluntariado de una nueva generación que veía en las autoediciones la posibilidad de publicar.

Existía entonces una legión de autores a los que se cortó cuando desaparecieron las revistas. El formato de novela gráfica no estaba todavía tan de moda como ahora y alguien que tuviese una cantidad discreta de páginas para mostrar no disponía de un internet como el que existe ahora.

Es lógico que la autoedición se acabara imponiendo como muestrario para dar el salto a otra piscina, quizá olímpica. AEIOU, Como vacas mirando el tren, El Naufraguito, La Comictiva o El Puñalito, amén de muchas otras que ahora no recuerdo, se convirtieron en el único medio de publicar si no tenías un nombre consolidado o un proyecto largo terminado y dispuesto a ser encuadernado y distribuido en las tiendas.

P.: Tras la experiencia con La Más Bella comenzaste a desarrollar una trayectoria como historietista propia solo o en compañía de otros con trabajos como Huérfanos de la tormenta o Todo es más sencillo.

Sí, fueron cosas pequeñitas y chulas en las que no se arriesgaba un potosí de dinero y que si salía bien te daba mucho combustible para el ego y si fracasaba no arruinaba a la editorial. Era algo que se podía hacer aparte de las colaboraciones puntuales para fanzines amigos y páginas sueltas para proyectos colectivos como Plagio de encartes, Comix 2000 y cosas así. Aunque esto ya fue bastante más tarde.

P.: Uno de tus proyectos más recordados será Idiota y Diminuto. Si en La Más Bella el cómic compartía espacio con otras expresiones artísticas, en Idiota y Diminuto el peso de las viñetas ya era total. ¿Cómo nace el fanzine?

Como ya dije, el Idiota nace al abrigo de La Más Bella, usando su nombre y su apartado postal, aunque yo era el único responsable del tebeo. Para el primer número convoqué una reunión en mi casa y solo acudieron dos personas, el novio de una amiga de mi novia de entonces y Juan Berrio, del que solo puedo decir bondades. Jamás me ha dejado tirado en ningún sarao, por arriesgado que fuera.

Tras mucho trabajo, sólo reuní 28 páginas que hubo que completar con un póster central para llegar al pliego entero. Tiré 1000 ejemplares del primer número y si hubiera sido por las ventas ahí habría terminado su historia. Planteé el segundo como un homenaje al Madriz, al que tanto debía, y reduje a la mitad la tirada; se agotaron. A partir de ese momento, fluctuamos entre los quinientos y los mil, con desigual fortuna. Hoy día es imposible encontrar un solo número en ningún sitio.

P.: Juanjo en Idiota y Diminuto vimos una serie de nombres propios del cómic, hoy ya consagrados, como Javier Olivares, Juan Berrio o Miguel Ángel Martín que repartieron su tiempo en esta década en numerosas cabeceras.

 

Sí, has citado a tres monstruos a los que tengo que agradecer su calidad, esfuerzo y fidelidad pues siempre han estado cuando les he necesitado. Es una perogrullada decir esto, pero éramos casi veinte años más jovenes y nuestras obligaciones eran mucho menores. No había biberones, ni familia que mantener ni hipotecas que pagar. Todo esto, lógicamente, cambia con el tiempo y llega un momento es que casi te alegras de que los amigos te digan que no, porque eso significa que están hasta arriba de trabajo y se están llevando sus buenos dividendos, nunca lo suficiente habida cuenta la calidad que atesoran.

Hacer el Idiota me permitió conocer una ristra de personas fantásticas que me regalaron en numerosas ocasiones su trabajo sin más contraprestación que un par de ejemplares en el buzón de casa y una caña pagada; y a veces, ni eso. A algunos les vino muy bien para bregarse en el medio, pero la mayoría tenía ya un curriculum que no tenían ninguna necesidad de ampliar metiéndose a colaborar en un fanzine. ¿He dicho ya gracias a todos?

P.: Si en La Más Bella compartías el trabajo de dirección, en Idiota y Diminuto la coordinación recayó en tus manos. ¿Cómo te planteabas la realización de cada número?

Pues no había condicionantes de temática. Cada uno podía hacer lo que quisiera. La cosa era coger el teléfono o el mail y empezar a dar la turra hasta que alguien te dijera que sí. Algunos eran colegas de siempre, como Manolo Hidalgo o Juan Berrio, y otros eran perfectos desconocidos salidos de las convocatorias del Injuve o protagonistas en otros fanzines. La desvergüenza más absoluta era la característica principal de mi carácter y cuando veía algo que me gustaba no tenía problema alguno en intentar captar al interfecto, fuera El Roto o el mismísimo Chris Ware, al que mandé ejemplares a Chicago por si acaso caía la breba. Pocas veces ha hecho tanto daño la frase “el no ya lo tienes”.

A partir de ahí, juntaba una cantidad de páginas que iba creciendo a cada número (llegamos a acumular hasta 128 planchas en el final), las maquetaba, me dirigía a la imprenta (gracias mil, Montse Salazar) y en unos días tenía en mis manos unos paquetes de los que salían cientos de tebeos dispuestos a ser repartidos en librerías especializadas.

P.: ¿Qué es lo mejor y lo peor de la autoedición?

Poder hacer lo que te dé la gana sin que nadie te controle es lo más positivo. Sin embargo, tienes que jugarte tu dinero y requiere mucho esfuerzo no solo de convencimiento. Había que buscar publi (gracias, Madrid Cómics, siempre al quite), atraer autores, ir a muchos encuentros y mesas redondas y pasar horas en un stand sin vender nada. El tema de la distribución es algo que puedes hacer mientras tienes energía y juventud. Recuerdo salir del trabajo, comer un sandwich de camino a Valencia, vender el material en una fiesta organizada por MacDiego y regresar a casa a las dos de la mañan

a en medio de una niebla horrible para estar al día siguiente a las ocho y media en el curro. Hoy día no volvería a hacer esas locuras.

P.: La aventura durará cuatro años en los que sacaste 15 números. ¿Cuál fue el balance final de la revista?

Desde el punto de vista personal, excelso. Cada vez que recibía una página me sentía como un niño el día de reyes. Al fin y al cabo, estaba recibiendo un regalo que probablemente no me merecía. Como luego, además, nos premiaron desde Madrid, Barcelona o Canarias, yo estaba contentísimo con el tema.

El problema es que la viabilidad económica empezó a ser desastrosa, sobre todo desde que dejé la distribución en manos de unos teóricos profesionales en vez de llevarlo yo. Me dí cuenta entonces de que nadie cuida al rebaño como el dueño de las ovejas. Así y todo, ni una distribuidora de enjundia ni yo mismo fuimos capaces de hacer que se agotaran las tiradas, lo cual habría llevado al fanzine a subir la edición, poner un isbn y pagar a los autores por su trabajo. Esto es algo que nunca se pudo hacer y es lo que más me duele, la imposibilidad de profesionalizar ni este proyecto ni los posteriores.

P.: En paralelo al propio fanzine te planteaste hacer recopilatorios de autores que colaboraban en ella. Inauguraste la Fábrica de Idiotas con El Sol no sale para todos y otras historias. ¿Cómo fue la experiencia?

Una cosa era pedir seis páginas a alguien y otra demandar 32 ó 48. Esto ya era excesivo, incluso para mi falta de pudor. Así que cometí el error de sacar el primer número de esta colección, dependiente de Idiota y Diminuto, con trabajos míos. Yo no era ni de lejos el mejor autor que tenía el fanzine, así que las ventas fueron mínimas y la cole acabó en este cuadernillo.

P.: En la época surgieron numerosas cabeceras con inquietudes comunes; por ejemplo, Como vacas mirando el tren de Nacho Casanova. ¿Existía un ambiente de colaboración?

Sí, sí. Al fin y al cabo, todos estábamos metidos en el mismo camarote. Existía una sana camaradería porque éramos gente que trabajábamos por amor al arte. Recuerdo una vez que me invitaron a dar una charla en Leganés y me daba rabia que los asistentes no conocieran los otros proyectos que estaban en el mercado alternativo. Así que partí los emolumentos (tampoco eran los que le pagan a Aznar o Blair por conferencia) en partes iguales y aquello se convirtió en una mesa redonda con gente fantástica como Javier Herráiz y el Paté de Marrano, Mauro Entrialgo hablando del TMEO o el señor Ladousse comentando su Qué Suerte.

Conocí el Círculo Primigenio, el Naufraguito, los tebeos de La Plaga, el Fancómic y muchas otras publicaciones ya mencionadas (e infinidad que me olvido) con toda la gente que estaba detrás. Fue una época muy chula. No éramos un ejército, sino una guerrilla. Queríamos llevar las viñetas a gente que quisiera leerlas y no nos importaba participar en cuanto sarao se organizara para hacerlo. Como además no había mucho pastel que cortar, las puñaladas traperas se reducían a la mínima expresión. O al menos eso me parecía a mí.

P.: Tu siguiente proyecto contaría precisamente con la colaboración de Nacho Casanova. Ambos comenzasteis a codirigir TOS. ¿Qué fue TOS?

Para hablar de esta publicación hay que poner mayúsculas, porque es un acrónimo. El primer número significa Tienes Otra Sonrisa; el quinto, Tócala Otravez Sam, y así todos. La gracieta se puede repasar en la primera página de cada número.

Yo había conocido a Ceferino Galán, del Naufraguito, en unos encuentros de fanzines en Tarrasa, y este fantástico señor me presentó a Raúl García, diseñador gráfico que entonces trabajaba en Ediciones B y que quería sacar adelante un proyecto impreso entre delicatessen y revolución. Tenía entre manos algo llamado La Nube y colocaba a la entrada de las iglesias de Barcelona un taco de algo llamado La hoja dominical del padre Buñuel, como si fuese propaganda de la parroquia que tocara. Evidentemente, no lo era.

A Nacho le había conocido en un sarao en Valencia, cuando él hacía Como vacas mirando el Tren. Como había tanta gente, yo me olvidé de él y la siguiente vez que nos vimos no me acordaba. Me volvió a ocurrir en un tercer encuentro (no os enfadéis si os pasa, es que tengo el disco duro con muy poca memoria y un sistema operativo de pena) y decidimos que teníamos que hacer algo juntos para que él no se indignara y yo no volviera a pasar vergüenza. Colaboramos ambos en el fanzine del otro y cuando decidimos dejar el Idiota y el Vacas, hubo consenso en generar alguna cosa juntos pero con la seguridad de que no queríamos volver a jugarnos nuestro dinero en ello. Regalábamos nuestro esfuerzo, tiempo y talento y ya nos parecía bastante.

Estaba claro que la maqueta del tebeo la haría un diseñador de verdad. El trabajo de Raúl García nos parecía fantástico. Sólo la manera en que colocaba los lápices en el escritorio ya tenía un sentido estético precioso. Una vez, enseñándole mi casa, vio unas fotos que tenía colgadas en la cabecera de mi cama y se dio cuenta de que estaba colocadas de un modo concreto por razones geométricas. Era algo que yo explicaba a la gente y todos ponían cara entre “qué interesante” y “este tío no está bien”. Raúl se percató sin que le contara nada así que estaba claro que compartíamos criterios icónicos. En la portada del segundo número de TOS aparece en una de nuestras reuniones Madrid-Barcelona-Valencia.

P.: ¿Cómo nació la revista?

Necesitábamos un editor dispuesto y en aquel momento barajamos una terna formada por De Ponent, Inrevés y Sins Entido, triángulo al que nosotros llamábamos “los finos” porque hacían cosas muy chulas y bien editadas. Al final, los de la calle Prim nos dijeron que sí.

Jesús Moreno consiguió la colaboración del Injuve por mediación de Jorge Díez. El compromiso era contar con ayudas a cambio de meter en la revista a gente salida del catálogo de autores que ellos sacaban anualmente con los nuevos valores del cómic. Yo ya usaba esto a modo de páginas amarillas para obtener direcciones y teléfonos de futuros genios, con lo cual estaba encantado de la vida.

P.: Si a lo largo de tu trayectoria las fronteras entre la revista, el prozine y el fanzine se diluyen, en TOS  fue aún más complicado establecer dónde empezaba y acababa el límite entre unos y otros.

Jesús nos ofreció una compensación económica porque Nacho y yo viajábamos cada uno a la ciudad del otro y aquello conllevaba gastos y también porque el tiempo de la gente hay que pagarlo, pero nos negamos porque los autores no cobraban y no queríamos que aquello fuera un chiringuito de jetas, que diría Mauro, en el que unos tenían emulomentos y otros no.

Así que formalmente TOS fue una revista, pero desde el punto de vista estructural funcionaba como un fanzine. Alcanzamos un compromiso de colaboración para cuatro números y luego ya veríamos.

P.: Frente a tus proyectos anteriores, en esta ocasión la revista se vio respaldada por dos editoriales. En un primer momento fue Sins Entido quien albergó la revista.

Estos cuatro números que hicimos juntos fueron desde el punto de vista de las ventas una decepción. Nacho hizo unas cuentas de la lechera en las que unía a la gente que compraba NSLM con aquellos que adquirían el Idiota, las Vacas, el Ojo Clínico, etc… y le salía un hueco de mercado estupendo. Yo pensaba que los compradores que iban a la librería a pillar todo esto eran los mismos, y creo que al final tuve, desgraciadamente, razón. La viabilidad del proyecto, con la ayuda del Injuve y todo, no fue factible y al final nos quedamos con los cuatro números comprometidos y ya.

P.: ¿Existen muchas diferencias a la hora de contar con el apoyo de una editorial?

Te da una tranquilidad económica que te permite centrarte en la parte creativa. Ni imprentas, ni distribución ni mamandurrias de ese tipo. Pierdes mucho menos tiempo, aunque el hecho de ser tres personas implica reuniones y puestas en común, como en la época de La Más Bella. Creo, no obstante, que contar con Raúl y Nacho hizo que aquel tebeo fuera mucho mejor que si lo hubiera llevado yo solo. Sin lugar a dudas.

P.: El papel del Instituto de la Juventud y los Premios Injuve cobró un especial protagonismo.

Sí, nosotros teníamos ya nuestras vacas sagradas en la cabeza. Madrileños y valencianos por una cuestión de proximidad y luego un gran plantel de todo el país. Con el catálogo del Injuve conocimos a un montón de autores que luego me da la impresión de que no han continuado haciendo tebeos; al menos, yo no he vuelto a tener noticia de la mayoría de ellos. También gente como Lorenzo Gómez, Andrés Leiva o Santiago Valenzuela, entre otros, llegaron a cotas de excelencia espléndidas y sacaron a la luz auténticas joyas.

En el primer número de TOS estaban Álex Fito, Andrés Leiva, Calo, Ceferino Galán, Francisco Marchante, Gerardo Sanz, Gerardo Valero, Gustavo Rico, Jorge García, Juan Berrio, Ladislao Kubala, Lorenzo Gómez, Luis Manchado, Miguel B. Núñez, Pablo Auladell, Pedro F. Navarro, Raquel Jiménez, Santiago Valenzuela y nosotros dos. Todo un elenco.

P.: Juanjo hablabas antes de Nosotros Somos Los Muertos, una revista comandada por Pere Joan y Max que hizo ver que las propuestas alternativas tenían su espacio. El formato de TOS recordaba al elegido para la primera etapa de NSLM. ¿Cuál fue la influencia en el proyecto?

El formato físico creo que no, porque Los Muertos era un DINA4 con grapa al inicio y con lomo después. Un tamaño fantástico para lo que hacían los baleares, que era muy gráfico. Nosotros trabajábamos con unas medidas más económicas.

La influencia venía derivada de la admiración que teníamos por los cojones que le echaban estos señores. Había una gran calidad en todos los colaboradores de la revista y el marchamo internacional que proporcionaban los contactos y el prestigio de Pere Joan y Max hacía de aquello un catálogo mundial de talento y riesgo.

Nosotros trabajábamos siempre con gente autóctona (hasta que llegó José Carlos Fernandes, al que considero ibérico, es decir, compañero de península) y todo quedó un poco más autárquico, pero bien bonito, me parece.

P.: Frente a la habitual aperiodicidad del mundo del fanzine os marcasteis un ritmo de publicación trimestral para la publicación.

Para mí la cadencia ideal es estar en la calle cada treinta días, pero como esto ya pasó a la historia y resulta inviable para un proyecto de cómic adulto, qué menos que tres meses. Como las estaciones. Si te vas a más tiempo la gente se olvida de ti así que mi idea era tener un número nuevo para el salón de Barcelona, otro para el de Coruña, el siguiente para Madrid y Getxo y así sucesivamente. Igual es una neura mía y nadie esperaba el TOS sino que los compradores se lo encontraban y ya.

 P.: En TOS pasaste de la grapa al lomo.

Odio la grapa. Ya en La Más Bella tuvimos lomo en el segundo número.

En el centro donde trabajo, me encargo de llevar –como puedo- la biblioteca y no hay nada que se vea menos en una estantería que un cuadernillo grapado. Si no hice lomo antes fue porque no había parné para financiarlo, pero me encanta poner un rectángulo detrás de otro y ver una colección completa. Soy bastante ordenado. En la residencia donde estaba la abuela de mi mujer, mientras todos hablaban con doña Teresa, yo coloqué los números de la enciclopedia de la sala de visitas de menor a mayor. Así, con disimulo. Algunos estaban incluso boca abajo. ¿Pero en qué está pensando la gente? Recuerdo que, una vez, en casa de Fernando Tarancón, le coloqué los Toses en línea porque los tenía cada uno a su bola y cuando contó esta anécdota en una comida, Carlos Portela pidió si podía utilizarlo en un guión. No entiendo el porqué.

En fin, que grapa no.

P.: En TOS se mezclaban dos generaciones de autores. Muchos de los sospechosos habituales de Idiota y Diminuto se entrelazaban con una nueva generación de autores y autoras dispuesta a abrirse camino en el mundo de las viñetas.

Efectivamente. Igual que los proyectos institucionales como Madriz, la Granada de Papel o Rumbo Sur favorecieron la aparición, consolidación o recuperación de autores de una valía tremenda, la cosa se había quedado un poco huérfana hasta que el Instituto de la Juventud comenzó a promocionar nuevos valores con sus catálogos y sus exposiciones. Se nota cuando hay alguien que sabe detrás de un estamento. Si ahora un ayuntamiento quisiera pagar una revista de cómics, ¿quién la llevaría? Lo suyo sería llamar a alguien que sepa, como hicieron en la capital en los ochenta con Felipe Hernández Cava. Y el resultado está ahí, 33 números de los de guardar con paño de oro.

P.: ¿Cómo era la elección de los autores?

Agenda de Nacho, agenda de Jesús y la mía propia. Y el catálogo del Injuve. A partir de estar en la calle, empezaron a llegar propuestas de otros sitios. Antes, incluso. Recuerdo a Andrés Leiva llegar con un carpetón tremendo a una terraza en el Paseo de Recoletos en la que estábamos los interfectos y sacar de ahí unos originales que nos dejaron encantados de la vida.

No olvidemos que Sins Entido era ya una editorial consolidada y la gente mandaba 4 páginas, u 8 o 13 con las que no se podían hacer un álbum. Las cosas pequeñas en extensión acababan formando parte del equipo TOS. No recuerdo especiales disensiones en plan “esto es un truño” o “¿pero cómo te puede gustar este tío?” entre nosotros. En general, estábamos bastante de acuerdo en todo.

P.: Pronto fue una incipiente editorial, Astiberri, la que recogió el testigo de Sins Entido. ¿Cómo se produjo el relevo?

Las ventas no habían sido como para tirar cohetes y Nacho quería que aquello dejara de ser un fanzine y la gente cobrara por su trabajo. Con esos ejemplares vendidos era imposible así que el acuerdo de cuatro números expiró y nos reunimos para ver qué pasaba. Yo creía que hacer sólo eso era un fracaso y no entendía cómo podíamos abandonar tan pronto, así que pedí permiso a Jesús y a Nacho para seguir adelante y ninguno puso ningún impedimento. Me vi entonces solo ante el peligro, con el único auxilio de mi diseñador favorito, que accedió a seguir maquetando el proyecto no sé si por convicción, pena o afecto. La cosa es que Raúl me dijo que él esperaba frente al Mac a ver si la cosa continuaba y que seguía al pie del cañón.

Yo en aquel momento no conocía a nadie en Astiberri, así que conseguí un teléfono y llamé a ciegas a Fernando Tarancón. Resulta que él sabía quién era yo, lo cual representó una sorpresa para mí. Conocía el TOS y el Idiota. Pensé que si tenía conocimiento de mi persona, debía atesorar todos los datos del tebeo español. Quedamos para ese mismo fin de semana en plan peliculero: “Llevaré un coche dorado. Te esperaré en la estación de Abando” Aparecí un viernes por la noche en Bilbao y pasé el fin de semana en su casa. Recuerdo alguna anécdota curiosa como que me olvidé de meter en la maleta la ropa interior y tuvimos que ir al Corte Inglés el sábado por la mañana a comprar calzoncillos. Eso une mucho a dos hombres no gays, así que el hielo estaba roto. Tras una reunión a tres con su otro socio, todo fue como la seda. Más páginas, mayor gramaje, aumento de tirada, mismo precio… Cuando la cosa no podía ir mejor, Fernando me llevó a celebrarlo a un restaurante típico euskaldún: ¡un chino! Decididamente, la gente que se dedicaba a los cómics en las Vascongadas era peculiar. Tras conocer a gente estupenda como Raquel Alzate y pasar un finde fenomenal, empezaba la etapa Astiberri de TOS.

P.: Astiberri se convertirá con el tiempo en una de las grandes impulsoras del formato novela gráfica pero ¿cómo era el trato con la editorial en esos comienzos?

Estupendo. En esos momentos, la editorial era pequeñita. Estaban Jesús y Fernando y la tienda de este último era un cuchitril pequeño y oscuro, como la mayor parte de las librerías especializadas que yo había conocido. Nada que ver con el emporio que dirige ahora. Conocí, ya dije, a su mujer y también a sus hermanos, Begoña y Raúl, fenomenales personas, y hasta a sus padres. Luego apareció Javitxu, al que recogimos en Amorebieta de camino al Viñetas de 2003, creo. Recuerdo que a mí me tocaba dormir con él y cuando estuve a solas con Fer le dije “Oye, dime la verdad. Este tío se droga. Es que no quiero compartir habitación con un zumbado”. Él se rió y me contó que Javier era así de nacimiento. O eso o se había caído en la marmita cuando pequeño. Nunca había conocido a nadie con tanta energía vital. Fue un salón magnífico, paseando por la calle Fernando, Javier, Raquel y yo, en plan Dalton, con nuestras camisetas “Todos somos idiotas”, tan uniformados como un equipo de fútbol.

Más tarde llegaría Laureano y luego Heloïse. Astiberri es un ejemplo de coherencia: haces las cosas bien, pues te va bien. Es una pena que todo en la vida no funcione de la misma manera.

 P.: Decidiste poner fin a TOS con un número 13 especial. ¿Qué te llevó a concluir la experiencia?

La certeza de que la fórmula de Idiota y Diminuto, corregida y aumentada, no funcionaba como para hacer rentable el proyecto. No es que no hubiera para pagar a los autores, es que ni siquiera cubríamos gastos. Así y todo, vendíamos más que con Sins Entido. Algo es algo, pero el concepto revista de cómics había muerto y sólo quedaban algunos muertos vivientes en la superficie del planeta tebeo después de la explosión de la novela gráfica. Eso sí, el último número fue tan espectacular como aquel que cerraba el periplo de Idiota y Diminuto. Intentamos reunir al máximo de autores que habían participado y organizamos fiestas de despedida en Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia.

 

P.: Juanjo después de TOS y de nuevo con Astiberri alumbraste un nuevo proyecto: Humo. ¿Cómo nació esta publicación?

Queríamos seguir trabajando juntos y teníamos claro que había que cambiar cosas, porque aquello no funcionaba económicamente. Organizamos las cosas con tiempo y repartimos las tareas: yo llevaba el diseño y la dirección de imágenes, Javier coordinaba los textos y Manuel Bartual se encargaba del ciberespacio. El nombre se le ocurrió a Juan Berrio. Es curioso que fuera primero la TOS y luego el Humo y no al revés.

En esta ocasión, buscamos la continuidad de autores de modo que realizasen cuatro, o seis o las páginas que fuesen pero siempre repitiendo, de manera que al cabo de varios números hubiese material suficiente para sacar un monográfico y a los creadores les compensara el esfuerzo.

El formato también debía cambiar. A mí siempre me gustó el cuadrado. La Más Bella, El Canto de la Tripulación o Muy Frágil tuvieron números con igual tamaño de alto que de ancho y a mí me encantaron. No era la mejor manera de aprovechar el papel, pero Astiberri estuvo de acuerdo y creo que el resultado fue muy bonito.

El compromiso de recopilación de las historietas garantizaba a los autores que unas páginas tan raras iban a tener cabida a la postre en un recopilatorio.

P.: En la plantilla de autores destacaron valores emergentes como David Rubín, realizando un boceto de lo que sería posteriormente El Héroe junto a clásicos de tu trayectoria como Juan Berrio o un Paco Roca a punto de pegar el gran salto de Arrugas.

En el primer número estaban Juan Berrio, Santiago Valenzuela, Toño Benavides, Pepo Pérez, Lola Lorente, Jali, Paco Roca, Elena Cabrera, Koldo Azpitarte, Eduardo García, Quim Pérez, Miguel Ángel Martín, Raquel Alzate, Lorenzo Gómez y yo mismo. Quitando a este último, una plantilla excelente.

David se unió más adelante y yo creo que ya era un valor consolidado. Paco ya había hecho varias monografías espléndidas. La verdad es que teníamos un plantel fenomenal, que fue variando y manteniendo, si no mejorando, la calidad a lo largo del proyecto. No recuerdo que hubiera una sola historieta que me disgustara. Los he vuelto a sacar de la estantería y hasta me encanta el tacto rugoso de las cubiertas.

 P.: El proyecto tuvo una duración de 8 números. ¿Qué causó el cierre de la revista?

Pues la falta de ventas, como siempre. Simple y llanamente. Como con el Idiota o el TOS. Si algún día consigo tener en mis manos algo que funcione económicamente, será cuestión de plantearme convertir eso en algo profesional. No hay que olvidar que esto de los tebeos, para mí, es un divertimento. Tengo mi trabajo y esta afición es como ir a pescar o coleccionar sellos para otros. No es algo con lo que me voy a ganar la vida.

Pero no olvido que trabajo con auténticos profesionales de la historieta y la ilustración y me encantaría que me entregaran sus trabajos y recibieran una compensación como cuando cumplen los plazos de otros empleadores. De momento, si tengo colaboradores para mi nueva publicación es porque creo que comparten la sensación de formar parte de algo bonito y loco, me imagino. Pero la gente sabe cómo está el mercado y el dinero no está precisamente en los cómics. Al menos, no en las revistas de cómics.

 P.: El compromiso de la editorial supuso la publicación de álbumes asociados al proyecto.

Sí. Ya he dicho que el formato cierra muchas puertas para sacar un recopilatorio así que Astiberri se comprometió a estudiar la viabilidad de la edición de álbumes en la colección Humo, donde vieron la luz obras tan chulas como la tuya. Creo que todo el que propuso un proyecto lo vio realizado al final. Es una colección bonita y, sin querer ofender a nadie, tengo especial cariño por el álbum de Toño Benavides, que es una pena que no haga tebeos. Aunque siempre podremos disfrutar de sus ilustraciones.

 P.: ¿Cuál es el balance de esta etapa?

Positivo, aunque decepcionante porque pones toda la carne en el asador y ves que los lectores no aumentan. Del Idiota salieron 15 números, 13 con el TOS y 8 con Humo. Suena un poco a cuenta atrás y resulta un poco triste con el talento e ilusión que destila cada página de la revista. De todos modos, siempre nos quedará el recuerdo de las cenas trimestrales en El Pimiento Verde, que con tanto cariño nos cocinó Raúl Tarancón. Esas flores de alcachofa o aquellos chipirones encebollados se quedarán para siempre en mi memoria olfativa-gustativa.

 P.: ¿Cómo ha ido cambiando el mercado editorial mientras vas desarrollando estos proyectos?

 Pues la verdad es que no lo tengo muy claro, porque yo no he formado parte de la plantilla de ninguna editorial, al menos oficialmente, pero por lo que cuentan parece ser que las revistas han muerto, los fanzines (salvo honrosos resistentes como Qué Suerte o similares) han sido sustituidos por blogs y el mercado está siendo sostenido por pijameros, otakus y lectores hípters de novela gráfica. Aunque creo que esta pregunta habría que hacérsela a algún listo como Álvaro Pons o Koldo Azpitarte, que pilotan más que yo, que no tengo ni papa.

He visto caer editoriales y crecer otras y no creo que dependa tanto del mercado como de hacer buenas elecciones poniendo en una balanza lo que quieres sacar y también lo que el lector desea. Si consigues conectar los dos polos has dado en la diana.

 

P.: Regresaste al campo de la edición independiente en el marco del Salón del Cómic de A Coruña, dónde realizaste el fanzine “Puñetas desde O Atlántico”. ¿Cómo nació el proyecto?

Por razones de nostalgia y amistad, tengo mucho cariño al Salón de Barcelona, pero sin duda, a día de hoy, mi favorito es el de Coruña. No se paga por entrar, montan unas exposiciones fantásticas, me permite huir de la canícula madrileña, se come de fábula, un hotel no te cuesta un riñón y siempre me encuentro con un montón de gente encantadora. Yo voy allí desde hace 15 años como tendero, al principio vendiendo mis productos, luego parte de mi biblioteca y en los últimos años el catálogo de amigos diversos.

La cuestión es que el horario de venta de los stands es tan corto que dispones de un montón de horas libres a lo largo de la jornada. Yo había estado en La Semana Negra de Gijón y vi A quemarropa, el diario que editaban informando del día a día. En el Viñetas del 2005 se me ocurrió que daba tiempo a estar a los puestos y a los fanzines. Alguien dijo que era imposible, que no se podía hacer, así que me puse manos a la obra. En el 2006 llegamos el sábado noche anterior al lunes que se inauguraba y vi que todo lo que traía preparado desde casa (el primer número estaba ya hecho) no se podía leer con el portátil que me habían prestado. Llamé a mi amiga Marian y le dije que pillara mi ordenador y me lo acercara. Quedamos en una gasolinera entre Coruña y Madrid, en plan espías, tomamos un café y vuelta al Atlántico para encontrar una fotocopiadora en condiciones que pudiera imprimir una cantidad respetable de copias. A partir de ahí, con la ayuda impagable de todos los colaboradores, en especial de David y Sara, asistía a fiestas, mesas redondas, exposiciones y maquetaba toda esta información para llenar la mitad de las páginas del fanzine por la noche. Me levantaba a las 8, recogía el colchón del salón de la casa de la amiga que nos tenía asilados, llevaba el material a la tienda, volvía, me duchaba, desayunaba y recogía las copias para llevarlas al stand de Astiberri, donde se ponía a la venta. Todo fue bien hasta el último día, con la copistería cerrada en domingo, y el locutorio que teníamos como plan B fallándonos miserablemente. El último número se imprimió en Madrid, en agosto (misión imposible) y se mandó a los “suscriptores” para que cerrasen el septeto de boletines que hacía el completo. Al año siguiente nos nominaron en Barcelona a la mejor revista por Humo y al mejor fanzine por Puñetas desde o Atlántico. Curiosamente, es la única vez que he agotado la tirada de algo a las pocas horas de haberlo sacado a la luz.

P.: Juanjo los autores locales se vuelcan en realizarte grandes colaboraciones. ¿Cómo fue la coordinación con los autores? 

 Muy fácil. El Viñetas es algo a la vez internacional y local. Los autores de allí están metidos en todos los aspectos del salón: talleres, charlas, exposiciones, conciertos… Era lógico recurrir a ellos para sacar el boletín cada día. La mitad del contenido estaba ya hecho desde Madrid. Las portadas eran todas de autores gallegos y también teníamos dos páginas con bocetos de grandes obras comiqueras. Por ejemplo, recuerdo que Fontdevila me dejó los croquis del capítulo de La Parejita en el que nacía el primogénito. El Jueves correspondiente salió a la vez que el Puñetas, me parece rememorar.

Algunas tiras de grandes historietistas se hicieron ex profeso para la publicación, en cada número había un concurso con premio que se entregaba al primero que solucionara la pregunta (casi siempre ganaba José Vicente Galadí) y luego un montón de gente se brindó a participar una vez el proyecto estuvo en marcha. Fue agotador porque cada día dormía menos que el anterior pero muy gratificante porque lo que hacías un martes lo vendías un miércoles y veías la reacción de la gente, que fue muy positiva.

 

P.: ¿En algún momento te planteaste oficializar la publicación a través de la organización del evento?

 Lo dejé caer, sé que Rubín también habló con ellos; no conozco si fue por falta de presupuesto, ganas o confianza pero la cosa no prosperó y en cierto modo me alegro porque de haber seguido con ello no habría podido ejercer de tendero durante la feria. Me encanta vender cómics en una caseta y el hecho de hacerlo durante una semana al año hace que espere el mes de agosto como agua de mayo. En cuanto termina el curso yo ya empiezo a oler a salitre.

 P.: Tras la experiencia con Puñetas decides cortarte la coleta y abandonar la edición. ¿Costó mucho tomar esta decisión?

 La verdad es que lo último que hice fue Humo, si mal no recuerdo. Como faneditor, fue el Puñetas pero como director de una publicación, mi último trabajo fue el tebeo cuadrado de Astiberri. No fue una decisión que yo tomara; fueron las ventas las que nos obligaron a no continuar con un proyecto bonito pero muy poco solvente desde el punto de vista económico.

 P.: Vemos a través de tu trayectoria cómo tu labor como coordinador de proyectos ha ido solapando tu trabajo como autor. ¿En algún momento te has planteado retomar esta labor?

 Yo estoy encantado de hacer cómics si me los piden para cualquier proyecto. He participado en antologías colectivas a petición de Max, Vicente Ferrer, Jesús Cuadrado, Guibo… Lo que no me sale es ponerme a hacer algo sin saber si va a ver la luz o no. Quizá cuando me jubile me ponga a hacer viñetas a tutiplén pero ahora mismo mi trabajo me quita cada vez más tiempo. Esto, unido a la Escuela de Idiomas y la cantidad de series, películas y cómics de calidad que tengo por ver hace que no me ponga delante del tablero por falta de tiempo.

 P.: Compañeros de andanzas como Nacho Casanova han encontrado en la novela gráfica el espacio en el que volcar sus inquietudes. ¿Te ha llamado en algún momento este tipo de formato?

 Sí, claro. Pero me ocurre lo mismo que con el ejercicio físico. Si quedo con alguien para ir a la piscina o echar unas canastas aparezco y lo doy todo, que tampoco es mucho. Pero si dependo de mí seguramente encuentre algo mejor que hacer que sudar mientras fallo tiros. Hay por ahí un guion a medias con Lorenzo Gómez que está esperando una oferta de la Marvel pero si yo tengo poco tiempo, lo del señor Pi es demencial. Habrá que esperar al retiro para ponernos a maquinar en vez de ver obras y dar de comer a las cotorras.

 P.: Tu tipo de dibujo, geométrico y muy preocupado por la forma, parece encajar mejor en un momento como el actual, en el que existe un mercado abierto a diferentes estilos y sensibilidades.

Pues a lo mejor sí, pero tampoco es que yo haya destacado mucho como autor. Creo que si me echaran del trabajo (lo cual me quitaría estabilidad, pero también mucha mala leche) me buscaría la vida como editor, rotulista o ilustrador. Siendo este último un trabajo complicado por la calidad de los dibujantes españoles, me parece más fácil que el de historietista. Hacer la portada de un libro o el cartel de una película está mucho mejor pagado que una página de cómic. Y es mucho más rápido y sencillo. Pero con gente como Ana Juan, Amargo, Ferrer, Mora, Pulido (así hasta 200, pon tú los nombres) creo que la competencia sería feroz y probablemente no me comería un sugus.

 P.: Juanjo en tu trabajo ha destacado el uso de la tipografía, entendido como un elemento visual más dentro de la historia. ¿Cómo ves el uso de la tipografía en el panorama actual?

 Pues no soy un gran conocedor del panorama historietístico, pero por lo que veo se ha abandonado la tipografía artística a cambio de la creación de fuentes generadas a partir de la letra del dibujante en cuestión. A mí me gusta más la rotulación manual, como aquellas fantásticas de Sento, Torres, Calatayud o Prado. Es un elemento añadido a la historia, como la forma de la viñeta (me fascina Federico del Barrio en esto, como en tantas otras cosas) o la repartición de espacios en la plancha.

 P.: Has colaborado con diferentes álbums como Cruz del Sur en la elección tipográfica. ¿Crees que se valora suficientemente este trabajo?

 Lo de Cruz del Sur fue una casualidad y mi primera incursión en una historieta ajena completa. Estaba invitado en casa de Fernando y Raquel, que me enseñó las páginas que había guionizado Luis Durán. Cuando ví que iban a usar tipografía mecánica me espanté, con todo el trabajo que habían dedicado a ese tebeo. Les convencí para que me dejaran intentarlo y me quedé toda una tarde calcando sobre los cristales de la ventana. Había poco texto y lo dejé terminado enseguida. Creo que quedaron contentos, porque luego me pidieron Totentanz, Tug & Buster, Life in Hell… Sé que el equipo de Matt Groening quedó muy contento con el resultado, al igual que Dupuy y Berberian con Bienvenido a Bobolandia. También hice la rotulación del primer tomo de La Ascensión del Gran Mal, pero al final no salió.

La verdad es que es un trabajo que me encanta hacer pero no creo que me pudiese ganar la vida con ello, porque es una de las tareas más oscuras de este oficio. ¡Pero si hay gente que piensa que los tebeos salen así, sin pensar! Una vez hasta me dijeron que las historietas mudas eran más fáciles de hacer, porque no tenían guion. Cuánto daño ha hecho el calimocho y la telebasura…

 P.: Han pasado unos años desde tu último trabajo de coordinación y estás preparando un nuevo proyecto: La Resistencia. ¿Cómo surge la iniciativa?

 Si la gente ha vuelto a llevar pantalones de campana y hasta hombreras, ¿por qué no pensar que también hay ciclos en el cómic? A lo mejor es el momento de intentarlo porque hasta un reloj parado tiene razón dos veces al día. Yo no me canso de insistir y tengo muchos compañeros de trinchera que tienen material y quieren mostrarlo. Probablemente nos estrellemos otra vez, pero a mí me apetece.

 P.: ¿Qué es La Resistencia?

 Es el Idiota, el TOS, el Humo, el Usted Está Aquí y también El Manglar. Es el final de un árbol genealógico que tiene muchos padres e infinidad de antepasados, desde Trinca o Zero hasta el Víbora y Qué Suerte. Tiene una factura absolutamente profesional, un diseño precioso y cuenta con el paraguas de una editorial, lo que nos da tiempo para ver si la tirada puede crecer y convertimos la buena voluntad en emolumentos. O eso, o tendremos que chapar como tantas otras veces.

Estamos abiertos a cualquier autor de calidad, aunque hemos tirado de amigos por aquello de lo irrisorio de los pagos. Tras un primer cálculo, y pensando en que se venda toda la edición, nos salía a 21 euros la página. ¡En el mejor de los casos! Así que cuando echemos cuentas hablaremos con los autores y veremos qué se hace. Mandamos Ricardo Esteban, Lorenzo Gómez y yo; y de momento, estamos regalando nuestro trabajo pensando en el futuro y que las cosas puedan cambiar. A mejor, claro. Era esto o la cooperativa (o croufandin, que dicen ahora).

También podíamos no haber hecho nada, pero la vida necesita un poco de sal. ¿O no?

 

P.: En esta ocasión cuentas con el apoyo de Dibbuks para llevarlo a cabo. ¿Cómo está siendo la experiencia?

 Bastante chula. Trabajé con Ricardo Esteban en El Manglar y con alguna cosa de rotulación, que dije antes. También distribuyo su material durante el Viñetas desde hace varios años, así que nos vemos a menudo. De ahí al sablazo sólo había unos milímetros. La editorial ha crecido, está sacando cosas muy majas y la decisión de lanzarse a La Resistencia me parece muy valiente, teniendo en cuenta que va a ser la cuarta revista en el haber de la casa y que nunca ha sido un formado de éxito ni en Dibbuks ni en otros sitios desde hace años.

Creo que se ha aprendido de los errores. Sabemos que no se puede hacer una tirada como la de El Manglar, un producto muy bueno y muy barato, pero que no se vendió. Sabemos que no se pueden hacer formatos que encarezcan el precio, como Usted Está Aquí, que era espléndido pero tampoco tuvo ventas acordes a su calidad.

La Resistencia es más minoritaria que El Manglar pero más mayoritaria que el tebeo de Juan Berrio. Partiremos de 1500 copias y lo ideal sería agotar e ir subiendo para pagar a la gente lo que se merece. Ahora bien, tenemos los pies en el suelo y todos nos hemos hostiado pensando que teníamos bien doblado el paracaídas. Prefiero pensar que va a ser un desastre y al final ganar de un punto en la tercera prórroga. Después de todo, soy del Estudiantes y estoy acostumbrado a saborear el aroma de la derrota. Eso sí, luchando hasta el último minuto.

 P.: ¿Qué periodicidad tendrá la revista?

 Saldremos, si todo va bien, a principios de febrero, mayo, agosto y noviembre. Es decir, coincidiendo con salones importantes o en sus cercanías. Algo recurrente en mis productos. Ahora mismo solo se puede plantear la periodicidad trimestral aunque lo que a mí me gustaría es tener uno por mes. Para hacer eso tendríamos que pagar en condiciones, incluso a nosotros mismos, y hoy por hoy es inviable con las tiradas que pensamos que se pueden vender. Me encantaría equivocarme y ver dentro de un año que estamos sacando diez mil copias, pero ni en el mejor de los escenarios me imagino esta situación.

 P.: ¿Cómo están valorando los autores el nacimiento de la nueva revista?

 Pues básicamente hay tres reacciones.

La primera es de entusiasmo y colaboración sin condiciones. Son compañeros de viaje que casi siempre han cogido la mochila para seguir el camino aunque no supiésemos a donde íbamos. Esto es tan sorprendente como gratificante y a mí me encanta, claro.

La segunda es la de los excépticos que piensan ¿pero qué necesidad hay? Son personas con la piel tan curtida de meterse en todos los fregados posibles que no creen que esto vaya a funcionar y consideran que ya han pisado suficiente barro como para seguir manchándose uno y otra vez. A este grupo es al que más entiendo y creo que son los que más cerca están de la realidad. Dentro de un tiempo me dirán “te lo dije, que no me metieras en otra tontá”. Mi madre encabeza esta horda, mientras repite mantras como “ponte recto” o “come mejor”.

La tercera de las reacciones es la más combativa, en contra. Son aquellos que piensan que este tipo de proyectos perjudican a la profesión porque al no firmar un contrato y no pagar un fijo, acostumbran a los creadores a la precariedad. Da igual que les digas que tú no te enriqueces con esto y que la idea es empezar de a poquitos para ir creciendo. Entiendo perfectamente su posición pero me parece que debería ser un poco menos inamovible porque si queremos hacer una revista de calidad para adultos, en este país, no hay otra manera de editarla. Al menos, yo no la conozco. Y si viene alguien con la fórmula aúrea que combine calidad y ventas yo le cedo la batuta, aplaudo y me rasco la cartera cada vez que vea la publicación en Madrid Cómics.

 P.: ¿Para cuando podrá estar en la calle?

 La intención es presentarla en Madrid, Valencia y Barcelona a finales de enero. A ver si todos cumplen (tú has sido muy puntual, gracias) y podemos llevar a buen puerto este debut.

 P.: ¿Sorpresas?

 Ninguna, salvo el encontrarse una nueva revista de cómics, que ya es bastante. De hecho, el primer número que se me ocurrió para la revista fue MDLM (Más de lo mismo). Habrá autores muy variados, una sección de homenaje (empezamos con el inmenso Raúl) y todo lo demás será historieta. La portada corre a cargo de José Luis Ágreda y la contra será de Santiago Valenzuela. Estamos tremendamente ilusionados pero también algo asustados, al menos yo. En el último número de Humo, en la última página, un personaje decía “¿Hay algo peor que las despedidas?”. En la última viñeta se podía leer “Volver y que no haya nadie esperándote”.

Pues eso.