Todo está a punto para el evento más importante del último milenio. El pueblo llano y los dioses han dejado aparte sus diferencias y han decidido mezclarse (aunque sin revolverse demasiado) para celebrar por todo lo alto la coronación del que será nuevo rey de Egipto durante, por lo menos, los próximos mil años.

El padre, Osiris, que es muy justo, sabio y benevolente, ha decidido abdicar y ceder la responsabilidad del cargo a su hijo, Horus, que es un golferas empedernido, pero que es tan guapo, tan inteligente y tan encantador, que no hay quién no caiga rendido ante su gigantesco carisma. De modo que todo el mundo contento e ilusionado, a más no poder, ante tal relevo generacional.

La euforia se palpa en el ambiente, en las ostentosas y algo lujuriosas galas con las que los devotos han acudido a la cita, en las toneladas de confeti arrojadas, en cómo brillan las hojas de aquellas palmeras colosales que presiden la gran avenida de la capital del reino. Pero espera un segundo, ¿de qué están hechos esos magníficos árboles? De rubíes. ¿De rubíes? De rubíes, sí. Olé. Viva el lujo, viva el derroche, viva el deslumbre, viva la ceguera que me está causando todo esto… ¡Viva el mal gusto!

Así están los ánimos. Así va la juerga. Se impone la algarabía, el furor, la despreocupación… La desproporción. Hasta tal punto que las defensas (ante lo que pueda surgir) bajan por debajo de cero, y claro, así los malos se pasean por el escenario como Seth por el desierto. Hablando de… se hace el silencio cuando el hermanísimo proscrito del magno rey irrumpe en la fiesta.

Las risas, los cánticos y los vítores cesan de repente. En la memoria de los invitados, muy fresco está, todavía, el recuerdo de la última fiesta en la que se invitó a tal energúmeno. El tipo se puso borracho perdido, a base de un peligroso cóctel compuesto por cerveza, hidromiel, amargura y resentimiento.

Antes de que se sirviera el segundo plato, ya estaba manoseando a las pobres camareras, se había meado dos veces en las palmeras de rubí (¡no, en los rubíes no!) y se había encargado de cagarse (no literalmente) en todos los muertos de los invitados. Por supuesto, el muy desgraciado no llegó a los postres.

Para entonces, el bueno de Osiris ya le había arrojado al Nilo, donde el muy trompa se quedó sobando la mona, flotando cuesta abajo cual mesías en un cesto. No se supo nunca más de él… hasta hoy. Silencio en la sala. Pura tensión; puro mal rollo. Y volvemos a empezar, solo que esta vez no va a mediar palabra o insulto alguno. El follonero va al grano, cometiendo el más brutal de los regicidios jamás visto, y abalanzándose, a los pocos segundos, sobre el siguiente eslabón en la línea sucesoria. Cuando nos hemos querido dar cuenta, Osiris yace muerto en el suelo, y Horus agoniza patéticamente.

Dos chorrazos de oro emanan de sus ahora vacías cuencas oculares. El pobre diablo sólo es capaz de gesticular dos palabras: ”¡Mis ojos! ¡¡Mis ojos!! ¡¡¡Mis ojos!!! ¡¡¡MIS OJOS!!!”

A un volumen tan alto, que sus alaridos traspasan la pantalla y su eco resuena, ad eternum, en el patio de butacas. ”¡Mis ojos!”, grita un crítico; ”¡¡Mis ojos!!”, responde otra crítica… A los pocos segundos, el clamor se ha generalizado: ”¡¡¡OH DIOSES, MIS OJOS!!!”, bramamos todos al unísono. una de las experiencias más inmersivas que nos ha dado el cine en muchos años. Ahí está el guaperas de Nikolaj Coster-Waldau, lamentando la pérdida de visión a la que su cruel tío le ha condenado… y ahí estamos nosotros, haciendo lo propio, pero con Alex Proyas como principal (como único, vaya) criminal.

Muy felices nos las prometíamos antes de ver esta peli…. Las charlas previas venían presididas por un inequívoco sentimiento de mofa en desternillante mayoría absoluta. Por lo menos los dos tercios de la cámara admitieron acudir a la cita con la curiosidad de ver en qué resultaba uno de los peores tráilers de la temporada, y obviamente, una de las cintas que con peor feedback llegaban a nuestro territorio.

En efecto, y como casi siempre, los dioses desembarcaron en otros terrenos, antes que tener que profetizar en el desierto que es el mercado doméstico, y allí, al otro lado del charco, ya empezaron a ser dilapidados. Masacrados. Sin piedad.

El elemento morboso, principal aliciente apriorístico, nos explotó en toda la cara, en cruel cumshot facial de más de dos horas de duración. La cosa, por así llamarla, era realmente tan mala como parecía… incluso más, brindándonos así la Divina Providencia una ocasión de oro para poner a prueba la ancestral regla de la valoración circular de los chistes.

¿Sabes aquellas bromas que son tan-tan terribles que no te queda otra que partirte de la risa? Pues más o menos así. ‘Dioses de Egipto’ es un desastre de tales magnitudes que sería injusto no reconocer al genio que está moviendo sus hilos.

Es parte de la gracia, y al final, de la tragedia. De proporciones griegas, quién sabe si egipcias. Es tan ruidosa, es tan absurda, está tan acelerada (aburrirse, también hay que admitirlo, es imposible)… es tan excesiva, que hasta podría ser una obra maestra. Solo que no. Todo lo contrario. Lo fascinante (y triste) del asunto es que Alex Proyas sigue mostrándose como un cineasta único en su especie, atrapado en una suerte de limbo pesadillesco ente las alas liberadoras de la autoría y el frío y calculador cerebro de la comercialidad.

El monstruo resultante es, efectivamente, una aberración… de la que no obstante cuesta dioses y ayuda despegar la vista.

El problema, el más importante, está en la abismal descompensación entre las ideas del director y lo que la pantalla acaba plasmando. Como aquel presidente nuestro en funciones, cuyas ocurrencias sin lugar a dudas deben ser brillantes, pero que cuando toca expresarlas en mundanas palabras, quedan reducidas a la más inmunda de las idioteces.

Como si nada ni nadie supiera darle forma a la -desbordante- personalidad del producto (estamos pues, muy por encima de las infumables ”Ira/Furia de titanes” modernas… y no demasiado lejos de la fallida ‘Immortals’, de Tarsem Singh). Para muestra, uno de los muchos desvaríos sobre los que se construye la cinta: la misión que cada noche tiene que a llevar a cabo Amón-Ra para que el caos y la oscuridad no se apoderen de su amada creación.

Un momento conceptualmente poderoso; imponente… pero visualmente horrible. Esto, y todo lo demás, es tan feo, que hasta podría ser visionario.

A lo mejor, en un futuro lejano, los arqueólogos rescatarán este material, y cuando hayan hecho todos los pertinentes tests del carbono 14, tendrán que admitir que fue en este momento cuando se inició esa ”nueva” forma de arte imperante en el siglo XXV. Al fin y al cabo, no olvidemos que de Alex Proyas es la imprescindible ‘Dark City’, a la que el tiempo le ha otorgado el status que se merecía: Primera piedra de ese cine espectáculo al que l@s Wachowski acabaron de dar forma.

En el caso que ahora nos ocupa (suerte de orgía kitsch híper-digitalizada entre ‘Stargate’, ‘Power Rangers’ y ‘Los caballeros del Zodiaco’), es muy improbable que se repita esta evolución histórica. La técnica, sobre la que se ha volcado demasiada (¿poca?) fe, se ha encargado de ello. De convertir la inspiración en ridiculez; al demiurgo en dios caído; de torpedearlo todo… de arrancarnos los ojos.

Patxi Álvares

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