Cuenta la leyenda que Iñigo de la Serna quiere ser ministro. O que quería, allá cuando el PP ganó España y él cabalgaba a lomos de una mayoría de 18 concejales en el ayuntamiento de Santander.

El caso es que la fila de ‘a colocar’ debía ser entonces muy larga, o el chaval cae mal en algún despacho, y lleva ya cuatro años a dos velas, sin ni siquiera una triste subsecretaria por la que pasear la melena. Esa cosa de la Federación de Municipios que le han levantado a la cara los socialistas fue un premio de segunda mano que le ha servido para salir en la tele, pero seguro que ni de lejos para cumplirle el ego, que dicen que lleva tan largo como el cabello.

Ahora que está de capa caída, sin mayoría absoluta y a merced de votos mercenarios, incluso de los subidones de azúcar de la oposición cuando sea capaz de ponerse de acuerdo (demasiada carne de redes sociales apuntándose los tantos), lo de dejar el pueblo (dicho con cariño y respeto) para venirse a Madrid se le pone complicado. Se dice por las esquinas que en el PP de Cantabria no le soportan, y que le cargan la factura de la caída de votos populares. Tanta soberbia en los años felices de la mayoría absoluta  le ha pasado factura al feliz alcalde, que ahora sí o si va a quedarse a verlas venir sin poder marcharse. El negocio de fantasmear tratando de ser la alternativa al líder del partido y presidente regional la anterior legislatura le ha dado chuscos resultados, sin más cosa que hacer que de comparsa de la tristeza pepera en el Parlamento, y de alguacil en los plenos municipales.

Por eso de ser práctico y dar por el saco al mismo tiempo, el gobierno de Revilla (y Lina Morgan) ha convertido a De la Serna en referencia, que haciéndole así también protagonista del sainete político provincial se ahonda en la herida del fracaso del PP (el PSOE también ha fracasado, pero ellos se lo llevan caliente y crudo). Y don Íñigo encantado, aunque desde mayo se le haya quedado cara de triste, como de saber que si estrena traje no será para salir en los papeles tomando posesión de un ministerio. No creo que el alcalde de Santander se vea ya de protagonista nacional, ni siquiera como telonero de las estrellas. Se le ha pasado el arroz tanto como las urnas, y no va a quedarle otra que seguir haciendo inauguraciones de tercera. Lástima de figura…

Víctor Javier.