Cuentos cortos…

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Las Campesinas de las Montañas de Cantabria

“En honor a la profunda madurez, sensibilidad y humanidad,
hacia los más débiles, del escritor cántabro Manuel Llano.”

En las verdes montañas de Cantabria (https://es.wikipedia.org/wiki/Cantabria), donde la niebla se entrelazaba con los árboles y los ríos susurraban canciones ancestrales entre las piedras, vivían las campesinas más sabias y valientes de toda la región. Sus manos, curtidas por el trabajo, eran fuertes como las raíces de los robles que dominaban el paisaje, pero en sus corazones latía la ternura de una madre que cuida de su tierra como si fuera su propio hijo.

Eran madrugadoras, levantándose con el primer rayo de sol que rompía la noche. Con sus cestas de mimbre y sus pañuelos coloridos, recorrían los senderos empedrados que llevaban a los prados, donde cuidaban del ganado y cultivaban la tierra. Entre risas y cánticos, compartían historias de sus abuelas y bisabuelas: cómo ellas también habían recorrido esos mismos caminos, enfrentado los mismos desafíos y amado la misma tierra

Una de ellas, la joven Alba, tenía un don especial. Sus abuelas decían que había nacido con el “saber de la luna”, una sabiduría ancestral que le permitía entender el lenguaje de la naturaleza. Otras le consideraban con las “mieles y blanduras de un espíritu de Anjana[1]. Cuando las nubes amenazaban con tormentas, Alba sabía cuándo era el momento preciso para resguardar a los animales. Si una planta enfermaba, sus manos sanaban la tierra con un toque gentil y sabio.

Un día, un extraño viento sopló desde el norte, trayendo consigo un frío inusual para esa época del año. Las montañas, siempre generosas en sus recursos, comenzaron a mostrar signos de escasez. Los ríos se enfriaron y el ganado, inquieto, dejó de dar leche. Las campesinas se reunieron en la ladera más alta, preocupadas, buscando una solución. Nadie sabía qué hacer.

Alba, sintiendo el llamado de la tierra, se adentró en el bosque, sus pasos ligeros como una gacela. Las hojas crujían bajo sus pies, liberando un aroma a tierra húmeda y musgo que la envolvía en un abrazo reconfortante. Al llegar al viejo roble, se sentó a su sombra y cerró los ojos. El viento susurraba entre las ramas, llevando consigo el lamento de la montaña. Con voz suave, Alba habló al árbol: “Dime, viejo roble, ¿Qué necesita esta tierra para sanar?” El árbol, con su tronco grueso y hojas plateadas por la escarcha, como si la entendiera, inclinó una de sus ramas, rozando suavemente su mejilla. En ese instante. Alba sintió una corriente de energía fluir a través de ella, revelándole el secreto de la montaña: “Cuando la montaña llora, el bosque debe cantar.”

Alba comprendió. Esa noche, convocó a todas las campesinas al claro del bosque. Bajo la luna llena, comenzaron a cantar. Sus voces, unidas, resonaron como un himno de amor y gratitud hacia la tierra. Cantaron hasta que el frío viento se calmó y las estrellas brillaron más fuerte que nunca[2].

Al amanecer, las montañas de Cantabria despertaron renovadas. El viento frío se había disipado, y el sol brillaba cálido sobre los prados. Los ríos recuperaron su caudal y el ganado volvió a pastar tranquilo. Las campesinas, con Alba al frente, supieron que habían restaurado el equilibrio.

Desde entonces, en Cantabria, se dice que las campesinas no solo cuidan la tierra; también son las guardianas de su espíritu. Y cada vez que el viento del norte sopla, se reúnen bajo la luna para cantar, recordándole a la montaña que no está sola.

Manos endurecidas por el frio rastrillo,[3]
alma noble, forjada en el esfuerzo,
sueños rotos, sembrados en la tierra fría,
hoy florecen en recuerdos, un tesoro.

Entre maíz y brezo, tejiendo sueños de lana
por tus manos esculpidas por el viento
en cada surco abierto, una esperanza florece
bajo el cielo gris, tu sonrisa nunca anochece

Como raíces que se aferran a la piedra,
tu alma, campesina, siempre fue fuerte.
El tiempo pasa, y las nieves cubrieron
tus recuerdos, que perduran como lumbre,
de aquellos duros días de infancia,
donde la sonrisa desafiaba la lluvia.

Ilusiones de un mañana, que el trabajo forjó,
hoy son frutos maduros, que tu alma acogió,
en cada amanecer. Un nuevo comienzo,
donde la esperanza siempre encuentra su sitio.

JACA, octubre de 2024

Referencias:

[1] La Anjana es el ser bondadoso por excelencia de Cantabria; protege a las gentes honradas, a los enamorados y a quienes se extravían en el bosque o en los caminos. Las anjanas son mujeres de hermoso rostro y atractiva figura. Sus cabellos son largos y finos, adornados con flores y lazos de seda. La Anjana (de jana, antiguo nombre con que se designaba a las hechiceras durante la Edad Media) es un personaje fantástico, referido por el costumbrista Manuel Llano en el primer tercio del s XX como parte de la mitología cántabra.

[2] “El cantar alegre paez un lamento de una madre desconsolá. Cantan muy pocas veces y na mas que cuando sale el sol y las estrellas. Si el día esta turbiu, cuando las Anjanas cantan la seguidilla alegre se pone clarú; y si está clarú, cuando cantan el cantar triste se pone oscuro” – de “Mitos y Leyendas de Cantabria” de Manuel Llano – Ediciones de Librería Estudio. ISBN: 84-95742-01-2

[3] De mi poema a las Campesinas de las Montañas de Cantabria.

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Author: jaca