Cuento corto…

Cuento corto…

Cuento corto…


MI VIAJE AL PAÍS DE LOS SUEÑOS REALIZADOS

Hoy hace más calor que de costumbre; la brillantez del sol hace insoportable caminar. Afortunadamente, estos soportales me brindan refugio. Entré en la oficina de Correos para saber si había llegado el mensaje que esperaba. Busqué ansiosamente en el cajón postal de la familia cuando el joven empleado me dijo:

—Señorita, hay un mensaje para usted. —¡Ah!, ¡sí, gracias!

Mis manos sudaban, mis piernas temblaban y mis ojos buscaban ansiosamente el texto del mensaje:

Tiene usted reserva para mañana en el Barco-Alado [(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Vladimir_Kush].

—¡Qué suerte, Dios mío! —me dije en susurros.

Me despedí cortésmente, metí el mensaje en el bolso y caminé bajo los soportales hasta la Agencia de Viajes. Confirmé que era cierto, que mi nombre aparecía en la lista de pasajeros que emprenderían el viaje al día siguiente. Salí sin sentir la prisa, sin darme cuenta de las cientos de personas que a esa hora llenaban la Plaza Central. Regresé a casa sin percatarme de lo que sucedía a mi alrededor. Traté de no exteriorizar el nerviosismo que me ahogaba, subí a mis habitaciones y busqué unos símbolos, los recorrí con los ojos y los besé con el corazón. Toda la tarde acondicioné mi ropa y preparé mi equipaje.

Llegó la tarde del viaje y más temblorosa de lo que suponía, haciendo esfuerzos por no mostrar mi estado, saludaba a todos con la mayor naturalidad y desenvoltura.

Miles de viajeros se agolpaban a la puerta de salida en medio del bullicio de la estación. En las aguas, el imponente Barco-Alado se erguía majestuoso. Ya me habían hablado de él; desde niña escuchaba cuentos y anécdotas. Eran los sueños de todos poderlo montar y surcar las aguas del tiempo y las distancias con su velamen desplegado. Apenas me despedí de mis amistades y familiares. Estaba muy nerviosa, y aunque había viajado antes, nunca en el Barco-Alado. ¿Qué extrañas sensaciones estaba sintiendo? ¿Por qué ahora, necesariamente ahora?

Esta vez era especial. Me sentía distinta. Algo era especial, no sé qué, pero era distinto.

Anunciaron la partida y se formó la fila de los pasajeros. Llevaba poco equipaje, solo lo imprescindible, quizás no el más apropiado. Subí la escalerilla, un mozo chequeó el comprobante de viaje y entré en la nave.

¡Qué espaciosa! ¡Qué grande! Nunca había visto nada tan grande. Busqué mi posición y tomé asiento. No recuerdo cuándo comenzó el viaje, solo que fue algo extraordinario. Empecé a sentirme transportada. Una mezcla de sensaciones: el mar por debajo, las nubes por encima, voces, sonrisas, conversaciones, no todas comprendidas, ni conocidas.

Como una nave encantada, había bares, espaciosos salones, cines, restaurantes donde se comía distinto, no como siempre se come. Se pedía distinto, no como siempre se pide. Los productos no eran iguales, sus formas no eran habituales, comunes. Una señorita se dirigía a una anciana de una forma que para mí no era común. ¿Por qué lo hacía así, tan agradablemente, tan sencillo?

—¿Diga? ¿Perdón?…

Traté de buscar el sueño, pero no pude. El velamen apenas se movía, aunque había aire. El mar estaba ahí, yo lo veía. Parecía que no nos movíamos, pero nos movíamos. Transcurrieron así horas, pasaron la noche y el día, la luz y la sombra. De pronto anunciaron la llegada. Mis manos sudorosas no atinaban a arreglar mis cosas. Cuando suponía que el atraque se iba a efectuar, ya daban la orden de abandonar la nave. No se sentía, no se ascendía ni se descendía. Se transportaba uno sin darse cuenta. Todo el mundo se hablaba, se reía, unos recogían equipajes, otros salían sin él.

Pocos momentos demoré en estar fuera de la terminal. Allí me esperaba, pero no era solo él, era mucha, mucha gente. Las luces, los ruidos, el viento, las flores, los olores eran distintos, sí distintos, solo iguales a los que había soñado.

Me llevó a su carruaje de cientos de caballos. ¡Qué bello! Era un coche plateado. ¡Qué formas! Nunca lo había visto así. Tenía miles de botones, no sé cuántas correas, lleno de rosas, versos, música. Empezó a andar sin darme cuenta, recorriendo caminos ya trazados y dejando que el aire llenara con sus olores de ternura y amor aquel espacio. Eran calles, avenidas que cruzaban por encima y por debajo de nosotros, como si nos abrazaran. Veloces naves, cientos de carruajes, dinámicos trenes, encantadoras luces de colores que se confundían con el movimiento y lo hacían con ellas. Era una ciudad distinta. Era un mundo policromado, sin horizonte y con él. El sol era brillante, pero no calentaba, no quemaba como en mi pueblo; acariciaba como las manos que me tocaban.

Llegué a un castillo grande, muy grande; no recuerdo cuán grande era. Caballos, coches, caballerizas, pajes y mi equipaje. En ascensores, ¡sí!, en ascensores y en besos empecé a ascender. Caricias y miradas me transportaban sin darme cuenta. Llegué a una puerta y aquel señor me dijo:

—Esta va a ser su casa, señorita.

¡Qué raro! Seguro que antes había estado en este lugar y lo reconocía. La sala, la alcoba… todo me era familiar. Yo debía haber recorrido estos rincones. Me sentía presente, estaba presente… sin dudas, estaba presente. Me asomé a la terraza y el paisaje me era conocido. Aquellos edificios, aquellas naves, aquellos coches, aquellas gentes, aquellos lugares… todo me era familiar.

Decidieron que esa tarde era necesario que adquiriese algunas ropas a la usanza del País de los Sueños Realizados, que me permitiera moverme y actuar como ellos, según sus usanzas y costumbres. Subí, bajé, hablé, miré. Toqué con mis manos cosas que otras veces había tocado. Pero era maravilloso, todo era maravilloso. Entré a una cafetería. Sí, era una cafetería, un lugar con muchas mesas, una barra, algunas señoras merendaban. Los productos se exhibían en vidrieras refrigeradas. Pedí… no, no pedí, ya sabían mis preferencias, mis gustos, mis deseos. ¡Chocolate, dos, tres, muchas formas de chocolate! Pero era igual, igual a como a mí me gustaba.

Esa noche, me quisieron enseñar las principales calles y avenidas de la ciudad. Norte, Sur, Este, Oeste, Arriba, Abajo, allá, acá… no había direcciones, todo era confuso. Las luces, las fuentes, las estatuas, las esculturas, los arcos, las plazas. ¡Aquella, qué bella, qué iluminada! Eran leones y caballos, ruedas y alas, aguas y flores, amantes y amores.

—¡Nunca la había visto así! Nunca. ¡Qué modernas, qué antiguas! Aquella otra, qué esbelta, qué antigua, según me dicen, de antes de Cristo; aquella otra, de hace seis siglos; y aquella otra, del siglo XXII.

—¡Cómo se mezclan las épocas!

Quise bajarme del coche, caminé, caminé y miré. Quise sentir el aire fresco, la brisa y la noche. Un coro y danza de olores, un recorrer de tormentoso placer, que no se detuvo en barrera alguna, que giró y me hizo girar, un baño de amor entre almohadas, que no quiso detenerse con la llegada del alba.

¡Así fue mi primer día en el País de los Sueños Realizados! (https://www.jorgeacapote.com/un-cuento-corto-2/)

Un programa especialmente confeccionado para mí me indicaba que por la mañana un carruaje me llevaría a la ciudad de los romanos, a la capital de los musulmanes, al mundo de la Judea, al reino de los cristianos.

—¿Cómo? ¿Cómo es posible, todas esas cosas a la vez?

—¡Todas, sí, todas juntas para ti! —me dijeron.

Qué encantador. Muros, fuentes, murallas, labrados por manos y hombres de corazas y lanzas. Puertas, portones, capiteles y techos, grabados con el arte y delicadeza de milenarias manos de cultura musulmana. Sinagogas, palacios y calles trazadas, dibujadas por orfebres y manos judías, con el arte hebreo, con sus olores y sus ritos.

JACA, Santander, Agosto 2024

Referencias:

[1] Referencia alusiva a Vladimir Kush, un artista ruso contemporáneo nacido en 1965. Algunos lo han llamado «el Dalí ruso». Incluso su obra «La partida del barco alado«, es a menudo atribuida erróneamente al artista nacido en Figueras.

Powered by WPeMatico

Ir a la fuente
Author: jaca