CUENTO CORTO

CUENTO CORTO

JOSÉ “el rastrero

Hacía ya muchos años de mi llegada a Angola [1], pero el olor del polvo ocre de la tierra me sigue envolviendo. Pisé por primera vez esas tierras occidentales de África como ingeniero, en una época penosa para ese noble pueblo que apenas se desprendía de los flagelos del colonialismo. Mi trabajo tenía una oficina en la ciudad de Luanda y una base logística de talleres y almacenes en las afueras, donde pasaba la mayor parte de mi tiempo. En ese lugar fue donde conocí a Máximo, un gigante cubano, exboxeador, con un alma que guardaba la sabiduría de la calle y una fuerza que parecía sostener el mundo. Él era mi conductor, mi sombra y mi traductor en un mundo que mis ojos, entrenados en planos y fórmulas, no podían descifrar.

Una tarde, mientras regresábamos a la ciudad, Máximo aminoró la marcha del jeep. En un quimbo cercano a los talleres, un hombre araba la tierra con la paciencia de un artesano. Máximo le hizo un saludo de complicidad, y yo, sorprendido, le dije: «Máximo, parece que ya conoces a todos los angoleños de aquí». Él me miró con una sonrisa que le partía el rostro y me contestó: “No, ingeniero, ese es José, el rastrero”. La palabra me chocó, la sentí como un insulto. Al ver mi duda, Máximo giró el jeep y se detuvo junto al hombre. “¿José, cuando nos vemos, hermano?”, le gritó, y el gesto, en lugar de ser un simple saludo, se sintió como una afirmación, una prueba de que aquel hombre tenía un nombre y una historia, por más dura que esta fuera.

Esa noche, el silencio de mi habitación se hizo pesado. No podía dejar de pensar en aquel apodo. A la mañana siguiente, encontré a Máximo revisando el motor de un jeep. Me acerqué a él, y le pregunté sin rodeos: “¿Qué significa el rastrero?” Él se enderezó, se limpió las manos con un trapo y me miró con una seriedad que me hizo sentir pequeño. Habló sin prisa, como si estuviera midiendo cada palabra para que yo pudiera entender el verdadero peso de la historia.

—Ingeniero, usted ve la tierra. Arena, polvo. Pero aquí, en el quimbo, la tierra no es solo tierra. Es un libro. Las huellas de José, las marcas de su arado son las letras de un cuento antiguo. Su padre, su abuelo, nunca tuvieron la oportunidad de arar. A ellos se les obligaba a «rastrear«… como el ciempiés, pegados al suelo, buscando una gota de agua o una piedra para que otros construyeran sus casas. No sembraban el futuro, solo barrían el pasado para que otros pudieran caminar sobre él.

Máximo hizo una pausa, mirando hacia el horizonte.

—El “rastreo” era una cadena sin eslabones de metal. Una condena que se llevaba en la sangre, no en las muñecas. Por eso, cuando usted vio a José, vio a un hombre que estaba haciendo algo que su abuelo nunca pudo. Esos surcos que él hace no son para sembrar maíz, ingeniero. Son para sembrar dignidad.

Las semanas siguientes transcurrieron con la pesadez habitual de la estación seca, pero para mí, el aire ya no era el mismo. La tierra, antes un simple problema de cimientos y materiales ahora era un lienzo donde se leía una historia de sufrimiento y resistencia. Una tarde, regresando de una jornada extenuante, vi de nuevo a José arando la tierra. Esta vez, sin embargo, no vi a un simple campesino, ni a un hombre con un apodo despectivo. Vi a un narrador de la historia de su pueblo. Máximo, sin decir nada, se detuvo. Bajé del jeep, sintiendo la arena fina colarse en mis zapatos. Me acerqué a José, que detuvo su arado.

—José —dije, con la voz más suave que recordaba haber usado en años—. Solo quería… darte las gracias.

Él me miró, confundido.

—Máximo me contó tu historia. O parte de ella.

José asintió lentamente, una tenue sonrisa se formó en sus labios. No necesitábamos más palabras. Sentí que había algo que debía hacer. Me agaché, recogí un puñado de tierra y la apreté en mi mano.

—Tu dignidad… —dije, mirando la tierra—. Es más fuerte que el acero. Es la roca de este país.

José no dijo nada, solo me tendió su mano. Yo la estreché, sintiendo la dureza de años de trabajo. No se trataba de un simple apretón, sino de un acto de reconocimiento mutuo. Había entendido que la verdadera ingeniería no era la de los planos y las máquinas, sino la que conecta un corazón con otro, honrando la historia que cada uno lleva dentro. Han pasado muchos años de aquella anécdota, pero aún la recuerdo con pelos y señales, como una lección que no se lee en los libros. Comprendí que es más fácil que regresemos a las posiciones anteriores, pero que esa resistencia no es una señal de retroceso, sino una fortaleza del alma que, al igual que la tierra, nunca se rinde.

JACA, Santander, octubre 2025