Cuando comenzó el bloqueo yanqui contra Cuba, yo no había cumplido 17 años de edad. Y recién comenzaba mi vida laboral. Ahora sobrepaso en un trienio la edad para entrar en el derecho a la jubilación y el bloqueo sigue ahí, como musgo prendido a una roca, tratando de coparla y corroerla.

Sacando cuentas, de cada tres años he vivido bloqueado más de dos;  de cada año, más de nueve meses;  de cada mes, más de veinte días; de cada día, más de 16 horas; de cada hora, más de 40 minutos y de cada minuto más de 40 segundos.

 Hace  cimcuenta  años, vivía con mis padres y hermanos. No me había casado. Ahora tengo esposa, hija y dos nietos. El bloqueo trascendió mi generación y ha castigado a dos más. Mis  descendientes no conocen lo que es vivir en un país sin bloqueo.

Lo cierto es que yo mismo no sé trabajar en otras condiciones a no ser éstas, donde cada actividad ha estado marcada por carencias. Es como un castigo cuya extinción parece no tener fin –pero lo trendrà-  y cuyo propósito es hacernos arrepentir y renunciar a la osadía de ser libres. La realidad es que cada día de bloqueo y cada hora de su arreciamiento, sólo consiguen hacernos más especialistas en el arte de resistir, que es igual a vencer.

Volviendo a las cuentas, llego a la conclusión de que toda mi vida ha transcurrido bajo el rigor de un bloqueo. Distinto el primero, pero no menos brutal. Antes del bloqueo yanqui, sufría otro del cual no conocía el nombre, pero sentía su ensañamiento.

Antes de 1959 vivía en un apartado barriecito rural, casi al margen de la civilización. Tenía diez años de edad cuando fue asaltado el Cuartel Moncada, en Santiagpo de Cuba y era uno entre los muchos niños preteridos, cuyos males nutrieron las ideas y los sueños de los jóvenes capitaneados por Fidel. De Revolución no conocía ni siquiera el nombre, pero mi edad coincidía exactamente con el tiempo que llevaba siendo víctima de un inhumano bloqueo.

Cuba no estaba  bloqueada por ningún país extranjero. Por el contrario, los yanquis apoyaban a quienes aquí gobernaban y favorecían a los dueños del poder… siempre que fueran  obedientes con ellos. Eso lo comprendí muchos años después, porque en la época que describo ni razonar sabía.

No he olvidado el día en que en mi humilde escuelita rural, casi arruinada por la acción corrosiva del tiempo y la ausencia de mantenimiento, vencí el tercer grado de escolaridad. No hubo fiesta. Esa vez recibí una decepción que marcó para siempre mis sentimientos de niño. Era mi adiós al aula, donde había alcanzado el nivel máximo que se impartía. Sólo ahora revelo el inconfesado secreto de que esa mañana lloré. Me sentí aplastado por una fuerza invisible e incomprensible. Cerraba los ojos y trataba de imaginar a un culpable, pero no aparecían rostro ni figura y así la impotencia crecía. A partir de entonces, mis ilusiones de ser Ingeniero Agrónomo se incineraban cada noche en la  hoguera de un candil. ¿Quién podría convencerme ahora de que aquél no era un lacerante y criminal bloqueo?.

Una vez mi padre intentó que yo siguiera estudiando y me mandó al pueblo, a casa de un tío, con un maestro particular que cobraba un peso mensual y una profesora de mecanografía por tres pesos. El propósito quedó trunco, porque las necesidades vencieron al deseo. Cuatro pesos mensuales era demasiado capital para el lujo de invertirlo en el estudio. O podría decirse también que era muy poco para poder comprar ese derecho humano un humano que no tenía derechos.

Hasta los Reyes Magos -a quienes idolatraba entonces – se sumaban al injusto bloqueo. No había anochecer de un cinco de enero que no me encontrara ya en la cama. Lo de la cama fue después, primero estuvo la hamaca, siempre bajo la creencia de que si los Reyes llegaban y veían a alguien despierto, no entraban.

Mi carta de solicitud de juguetes la dejaba acomodada dentro de un zapato. Pero Baltazar – mi Rey preferido-  parece que repartía en mi casa y en mi barrio lo que le sobraba después de visitar a los niños ricos, quienes siempre se portaban mejor que los pobres. Una vez me encabroné con él y le escribí a Melchor pero me fue igual. Los mandé a los dos para el c….. y sólo se me escapó Gaspar porque no llegué a pedirle nada.

Por eso el día que antes de tiempo se rompió el encanto y desapareció la ilusión de los Reyes Magos en mi conciencia, no sufrí tanto. Para más exactitud: no sufrí nada, ni culpé a mis padres por el engaño piadoso. Los quise más y me sentí conmovido pensando en la angustia de ellos para arrebatarle a la pobreza unos pocos pesos cada enero y alimentar así mis fantasías de niño.

Sufrí también un terrible bloqueo financiero. En mi barrio nadie conocía el nombre técnico de esa crisis, pero las denominaciones para quienes no tenían un centavo, sobraban: estar bruja, escarchao, en cueros, despalmao, sin una perra, hecho leña o ceniza o polvo. Dicho de una forma más cruda: hecho m…..

Una vez, en un relato, dije que el primer billete de un peso que tuve en mis manos –enteramente mío-  me encontró ya con más de quince años de edad. Me sentí como un magnate. Y la primera reacción fue conservarlo una semana en el bolsillo, para mostrarlo a los demás muchachos. Lo segundo, planificar con exquisitez de economista en qué iba a invertirlo y lo último fue gastarlo, sin la certeza vislumbrada de un relevo.

Ese era también un abusivo bloqueo. Mi capital para las fiestas no sobrepasaba los veinticinco centavos y con ellos ni siquiera podía bailar. De eso sufro todavía las secuelas. Nunca aprendí a bailar y ahora, cuando obligado enfrento el desafío, la música anda por un lado y mis movimientos por otro, sin nexo alguno ni dios que los compagine.

La primera vez que ví en vivo una orquesta tocando, creo había sobrepasado ya los diecisiete años de edad. Antes sólo conocía los órganos orientales y los pequeños grupos campesinos dotados de guitarras, maracas, bongoes, claves y guayos. El bloqueo cultural es uno de los más monstruosos que existe, porque atrofia la inteligencia. Y ese mal lo padecimos muchos, puede decirse que todos, en mi pequeño barrio rural. Ni siquiera algunas personas con menos penurias económicas que los demás, escapaban a ese flagelo.

Lo de la salud no tenía nombre. O sí lo tenía: abandono y el más cruel de los desamparos. De niño padecí cuanta enfermedad rondaba la zona. Pasé por el sarampión, la rubéola, la tos ferina, varicela, papera, parásitos… y siempre sin asistencia médica. ¿Vacunas? Alcanzo a recordar a un hombre bondadoso que visitaba el barrio alguna vez, poniendo una sola, creo que contra el tétano. Pero recibían esa dosis sólo quienes ese día no eran ágiles y se dejaban atrapar. Eso explica que para esa fecha- lo supe muchos años después- entre sesenta y setenta niños de cada mil nacidos vivos no llegaban siquiera al primer año de vida. Era una de las consecuencias más trágicas de aquel bárbaro bloqueo.

Víctima de ese bloqueo murió Bancay, con igual edad que la mía, por un tétano que penetró hasta donde las vacunas no alcanzaron. Mi primo Roberto, a los veinte años de edad, no resistió una enfermedad de la cual ni el nombre llegó a saberse y simplemente se diagnosticó “anemia”. Mi prima Nidia perdió la vida en uno de los momentos de más felicidad para una mujer, el parto, mientras que su hijo no llegó a estrenar el nombre. También el diagnóstico fue “anemia”. Morejón, un vecino, murió con los pulmones destrozados y mirando, como todos los pobres, las estrujadas recetas médicas viajando de las manos a los bolsillos vacíos, sin convertirse nunca en medicinas. Estos casos, ocurridos en menos de cinco hogares, dan una idea de la tragedia si el análisis se llevara a mayores escalas. Antes de 1959, en Cuba era, para los pobres, un error muy costoso el enfermarse.

Miguel Angel, mi tío, murió de una enfermedad que sólo desapareció con la Revolución. El 14 de febrero de 1958 fue asesinado por esbirros de la tiranía. Le destrozaron la cara a balazos. Mi padre preguntó al presunto asesino si había sido él, pero le dijo con cinismo que no, que esa noche lo que había hecho era capar a tres.

A mediados del último año de la existencia de la tiranía batistiana, ésta se empeñó en bloquear todo el territorio de la Sierra Maestra, con el fin de impedir la entrada de sumunistros a los rebeldes comandados por Fidel, cercarlos y aniquilarlos.

Todo lo que la gente del campo iba a comprar al pueblo, tenía que ser autorizado en un punto de control operado por soldados de la tiranía. Había que presentar una lista, la cual ellos tachaban a su antojo, sólo por placer y creo que también por demostrar poder. Así, los campesinos teníamos derecho a comprar no lo poco que podíamos, sino lo menos que se autorizaba.

El control se realizaba a la entrada del pueblo. Cuando la gente regresaba era registrada, se comprobaba la mercancía con la nota y quienes incumplían lo normado eran conducidos al cuartel. Y no pocos pagaron su audacia siendo obligados a comerse el jabón, la sal y otros productos llevados al margen de lo autorizado. Si eso no era bloqueo, que venga el diablo y me lo discuta.

Trabajar tres meses al año y estar sin empleo los nueve restantes, sin garantía para el sustento familiar era una cosa terrible. Y eso también reinaba a mis alrededores. Fogones apagados, alacenas vacías, frente a estómagos sin llenar;  brazos sobrantes o más bien empleo faltante; enfermedades sin médicos ni medicinas, escuelas sin maestros y niños sin ambas cosas. Bajo ese horrendo bloqueo viví mi niñez y parte de la adolescencia.

Para esa fecha, todavía los cubanos no éramos “terroristas”, ni “amenazábamos” la seguridad de Estados Unidos, ni constituíamos “peligro” de guerra cibernética, ni se habían realizado aquí los “cambios” que hoy nos exigen. Eramos un país “democrático”, colmado de “derechos humanos”.

Hasta que llegó el Primero de Enero de 1959. “Muerto el perro se acabó la rabia”, pensamos entonces sin poder vislumbrar que esa rabia se multiplicaría contra nosotros, inoculada y multiplicada en cada arteria del gobierno imperialista de los Estados Unidos. Entonces comenzó el otro bloqueo, el actual.

Orlando Guevara Nuñez