El Consulado de Santander fue la puerta de Castilla hacia Cuba. A mediados del siglo XVIII comenzaron en Santander una serie de procesos que marcarán el desarrollo futuro de Santander y su bahía.

En diciembre de 1754, mediante bula del Papa Benedicto XIV, se creaba el Obispado de Santander. Al mes siguiente Fernando VI firmó el otorgamiento del título de Ciudad a la hasta entonces villa, pues era requisito necesario para ser sede de un Obispado.

Santander había jugado durante la primera mitad del siglo XVIII un relevante papel pues junto con el astillero de La Habana, el de Guarnizo fue pieza clave para la recuperación de la Armada borbónica. En 1765 comenzó la ruptura del monopolio andaluz para el comercio transatlántico y el puerto de la recién estrenada ciudad fue uno de los pocos habilitados ese año para fletar barcos con rumbo directo hacia las Antillas.

Las fuerzas vivas de la emergente ciudad cántabra se apresuraron a solicitar la creación de consulado propio con la oposición total de Burgos pero  Carlos III en 1785 emitió la real cédula de creación del Real Consulado de Mar y Tierra de Santander, con jurisdicción sobre todo el territorio del Obispado del mismo nombre.

La proyección ultramarina del comercio santanderino se manifiesta en un lienzo de la época, que muestra el escudo del Consulado. En él se recogen todos los elementos del escudo de Santander a excepción de la Torre del Oro que fue sustituida por el Castillo del Morro de La Habana.

El Consulado de Santander se convirtió inmediatamente en el más dinámico instrumento para la animación de la actividad económica. El incesante crecimiento que experimentó el comercio marítimo con América atrajo a un número considerable de empresarios navieros vascos, franceses, castellanos y asturianos, además de propiciar el establecimiento de fábricas e industrias de nueva planta en el entorno de la ciudad y a lo largo del camino hacia Castilla, como fue el caso de molturadoras de harina, curtidos, fabricas de cerveza, hilados, jabones, etc. La especialización del puerto de Santander como emporio harinero en el siglo XIX dio lugar a un desarrollo mercantil sin precedente. El abastecimiento privilegiado a Cuba y Puerto Rico, la progresiva demanda de trigos castellanos y la importancia creciente del azúcar cubano, entre otros coloniales, fueron el motor de la favorable coyuntura santanderina.