Esa fue la ocurrencia que tuvo Rajoy para agasajar al expresidente de Francia hace unos días. Tomar unos menuses en una mesa en la esquina del comedor de un bar de los de toda la vida, de aquellos de carretera nacional de los años 70.

De la cara de Sarkozy no puede sacarse ninguna conclusión sobre si el entorno del almuerzo fue de su agrado, porque el líder francés siempre tiene la misma, entre la réplica en cera de si mismo y un muñeco de ventriloquia. Pero las fotos trasmiten desolación y tristeza. Dos señores solos, con trajes oscuros de funcionario, sonrisa forzada, sentados a una mesa con mantel liso de tela blanca, paredes crema con retratos costumbristas de vete a saber qué pueblo o ciudad.

Aquí somos así de espléndidos en vulgaridades, no reparamos en gastos a la hora de parecer unos cutres. Al presidente Rajoy seguro que le pareció una idea cojonuda enseñar a Sarkozy dónde comía él en su austeridad cuando aún no lo hacia en la Moncloa.

Y al francés puede que le pareciera pintoresca la elección, y que hasta agradeciera la lección de sobriedad, siendo como son ellos tan engalanados para casi todo, pero sin más. Comer de menú del día en una taberna de barato tan sólo pone de manifiesto, en el peor de los casos, que quien te invita es un agarrado sin gusto por quedar bien ni imaginación para resultar sofisticado.

Estos gestos de marketing político para la galería no convencen porque se notan forzados y están fuera de tiempo, de lugar y de espacio. Ni usar vajillas de loza con dorados en el canto hace a nadie un snob cultivado y derrochón (a lo más un poco hortera) ni almorzar en un bar de barrio con carta de raciones le convierten a uno en un tío sencillo despreocupado por el lujo. Siempre hay un término medio para todo, especialmente cuando se cumplen funciones de alta representación. No todo vale para parecer normal, so riesgo de hacer el ridículo.

Víctor Javier

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