CARLOS GIMÉNEZ. El autor libro a libro #comic

Carlos Giménez es una de las piedras angulares de nuestro cómic. Un autor que ha marcado el rumbo de nuestra historieta en los últimos 50 años. Cuando se cumplen 40 años de su obra maestra, Paracuellos, uno de los libros fundamentales del tebeo español de todas las épocas, revisamos su trayectoria. Para ello nos hemos puesto en contacto con diferentes autores y críticos. Cada uno de ellos ha escogido un libro de Carlos y la suma de todos los libros elegidos nos puede dar una pequeña perspectiva de la dimensión del personaje. En este recorrido por la obra de Carlos Giménez hemos contado con la generosidad de compañeros de generación y amigos del protagonista como Enrique Ventura, autor de Grouñidos en el desierto, Josep María Beà, el inigualable creador de la Taberna Galáctica y, muy especialmente Adolfo Usero, compañero de Carlos en Paracuellos que rememora en un precioso texto que por si solo justifica todo el trabajo la estancia en el colegio de los dos protagonistas.

Nuestros autores más internacionales, Carlos Pacheco, precursor de los autores españoles en Estados Unidos, Rafa Marín, gran escritor de ciencia ficción y guionista junto a Pacheco en Marvel o José Luis Munuera, autor consagrado en el difícil mercado francobelga y renovador del mítico personaje Spirou han querido sumarse a este pequeño homenaje mostrando la influencia de Carlos Giménez en los futuros creadores.

Para terminar, grandes nombres de la crítica analizan, desde su prisma personal, la trascendencia del personaje. Nombres esenciales de nuestra crítica como Álvaro Pons, Koldo Azpitarte o Manuel Barrero se acercan a la caleidoscópica figura de Carlos Giménez para mostrar lo que ha supuesto Carlos en la ruptura de formatos establecidos y la reivindicación de los derechos de autor.

Agradecer a todos ellos su generosidad y paciencia. Un agradecimiento especial a Carlos Pacheco y Josep María Beà que se han implicado para conseguir que crezca el proyecto con nombres esenciales en la biografía del protagonista. Gracias a Manuel Barrero por la cobertura que desde Tebeosfera nos ha ofrecido para que todas las fichas e imágenes estén del mejor modo documentadas. Cerramos el homenaje con una pequeña entrevista a Carlos Giménez por Crisalida, un trabajo en el que muestra su capacidad de sorprender infinita y su compromiso con el mundo de las viñetas.

Un humilde trabajo que esperamos que sirva para leer o releer a un autor esencial y a conocerlo en conjunto por lo que mejor lo define, sus propios libros.

 DANI FUTURO

Enrique Ventura

Miguel Ángel Nieto y yo éramos unos aficionadillos al cómic cuando, de golpe y porrazo, nos comprometimos con este medio de comunicación en el que no habíamos puesto nunca un interés excesivo. Y decidimos entonces, de común acuerdo, meter baza en él.

¿Por qué?

Porque habíamos visto a Dani Futuro en la revista Gaceta Junior.

Aquello era como de otra dimensión. Los guiones de Víctor Mora no eran el “corre corre que te pillo” entre buenos y malos. Ahí había paz, aventura, acción (y no la palabra acción que se usa para esconder la palabra violencia), romance, ternura y aquella dosis obligada de ecología de la época.

Pero la cosa no paraba ahí. Carlos Giménez dibujaba esos estupendos guiones con una maestría fuera de órbita. Nunca llegué a ver las páginas originales en las que Víctor Mora le explicaba la historia a Carlos, pero sé sin duda lo que añadía éste al guión. Y era mucho, muchísimo.

El cómic era tan bueno que Nieto y yo pensábamos que aquello venía del extranjero. No creíamos que en España se pudiera fabricar un producto de esa calidad. Claro que teníamos historietas bastante buenas en el país, pero no pasaban de ser unos buenos dibujantes contando lo mismo de siempre. O eso es lo que pensábamos entonces.

Como ahora estamos hablando del trabajo de Carlos, tengo que decir (puede que esto le moleste a él, pero a mí qué) que su dibujo me gustaba más que el de los consagrados autores yanquis que podíamos pillar en Editorial Dólar y otras. Se han vertido ríos de tinta (de impresora) poniendo por las nubes a Flash Gordon (si nos sintonizamos en cómic de ciencia ficción), pero entre los cohetes en forma de puro de Alex Raymond y las naves espaciales de Dani Futuro, no hay color. Me da lo mismo que Flash Gordon fuera un siglo y medio más viejo que Dani, el caso es que no hay color.

Por aquel entonces yo empezaba a estudiar arquitectura. Era la primera vez en que aparecían en un cómic ciudades y naves espaciales dibujadas con 3 puntos de fuga y no me lo podía creer. Ojo, lector que te mueves en la era informática, estoy hablando de aquella oscura era de la regla y el compás.

Pero no sólo estaba en el papel el prodigioso dibujo de Carlos. También, y casi más importante, estaba su no menos prodigiosa imaginación.

Entonces ni yo ni mis amigos cercanos teníamos tele (sólo hacía poco más de diez años que había llegado a España), así que Nieto y yo nos preguntábamos maravillados de dónde cuernos podía haber sacado Giménez aquella ciudad de Pansibar o aquel ballenero del espacio de Los Amos De Psicodelia.

Y, sobre todo, ese enfoque tan alejado de los space-thrillers, mostrando esos paisajes, esa fauna y esa flora tan hermosa y tranquilizadora que acababa definitivamente con el concepto del malvado Ming pretendiendo conquistar el universo y ligarse a la novia del prota o de los feroces wiganes gobernados por el déspota Mekong.

Y ya, por último, la espléndida y característica narrativa secuencial de este condenado dibujante, llevada al máximo y sirviendo de modelo para muchos de los autores posteriores a él.

Para Miguel Ángel Nieto y para mí, Dani Futuro nos señaló el principio del nuevo cómic. Se acabaron los tebeos de espadachines y pistoleros.

Se podían hacer cosas.

 

 

EL MISERERE

Carlos Pacheco

En aquel tiempo yo era fan de Carlos Giménez, muy fan de hecho, pero no tenía ni idea de quién puñetas era Carlos Giménez.
Los tebeos estaban por todos lados y llegaban a todos los lados de la manera más sorprendente y desconocida. Como las telarañas o las hormigas, simplemente aparecían por los rincones de todas las casas, máxime si había niños en ellas. Porque los tebeos eran cosas de niños, fuesen hechos para quienes fuesen hechos y con las intenciones que se hiciesen.
Con el permiso de Bruguera, que era la reina del mercado con sus tebeos de producción propia en los que se intercalaban las increíbles series de la revista francesa Pilote, pululaban por los kioskos o las papelerías (dependiendo si eras de ciudad o de pueblo) otras revistas que veíamos con el mismo interés o más , pero que tenían (como suele ocurrir) menos predicamento entre quienes no leían tebeos (que cierto es, eran menos de los que parecían). Los estantes de los puntos de venta estaban llenos de revistas con material a cual más particular, difuso y extraño: material británico, francobelga, español, italiano y norteamericano, este con una muchísima menor presencia de lo que ahora tiene. Al cómic adulto, cómic hecho para adultos con pretensiones de que así fuese recibido, aún le quedaba por llegar, Franco aún mandaba en el papel impreso y teníamos que esperar a que él nos hiciese pasar a mejor vida para que pudiésemos leer todo el material hecho con esa condición y que se iba acumulando en los cajones de los censores.

Sólo los niños leíamos tebeos. Era parte de nuestra cultura y por extraño que ahora nos parezca, Giménez era uno de los nombres de los artistas que daban forma a ese universo infantil.

No recuerdo cuando leí Delta 99 por primera vez, pero recuerdo haberlo hecho. En la portada un tipo melenudo sonriente. No sé cómo llegó a casa. Quizás a uno de mis tíos, trasuntos de los Antonio Alcántara Jr. , le dio por leer algo de tebeos en un receso entre leer a Lafuente Estefanía y escuchar a Mariska Veres o a los Payos, el caso es que por allí estaba y cayó en mis infantiles manitas de inadaptado y allí comenzó mi relación de amor absoluto por la obra de Carlos Giménez, sin tener ni idea de quién era aquel tal Carlos Giménez.

Esa absoluta rendición sólo aumento cuando mi madre me compró el número 1 de Gaceta Junior, supongo que se pensaría que el magazine juvenil de la Gaceta Ilustrada me convertiría en alguien con manitas de adaptado, pero, obviamente, se equivocó. Mi inadaptación no hizo más que crecer con las cachas de las chicas de Carrillo (El único Carrillo del que conocía la existencia) y con aquel otro héroe rubio de pelo largo y, también sonriente, acompañado de la chica morena más maravillosa que jamás había visto y con el nombre más bonito que esa chica podía tener. Las aventuras de Dani Futuro e Iris me sorprendieron como nadie había hecho hasta entonces pero no por lo que pasaba, sino también por el CÓMO pasaba. En Dani Futuro las viñetas ya no eran aquel conjunto de rectángulo resultante de dividir la página con una cuadrícula más o menos homogénea con la que se hacían todos los tebeos que yo había leído hasta entonces, en Dani las viñetas tenían vida propia, se alargaban o se estrechaban dependiendo de lo que aquel mago del dibujo estaba contándome y el color era tremendamente extraño, no era un remedo del color “real” sino que aquellos impactos cromáticos te involucraban de manera interesada en lo que el guión y el dibujo te contaban. Por primera vez en mi vida la narración me hipnotizaba: Dani Futuro hizo AMAR el lenguaje de la historieta a un niño de apenas 8 años. Lo juro por los restos de mi colección de Burulán.

Y entonces llegó EL MISERERE.

Los pobres niños, que no los niños pobres, con cinco duros a la semana no podían conseguir todo lo que querían y para eso de luchar por la libertad en Internet aún quedaban unos cuarenta años, había que aprender a seleccionar, a discriminar porque los padres no regalaban tebeos, todo lo más algún Juguete Educa, que mirabas con cara de perrito confuso y apartabas en un rincón para no volver a tocarlo más. Te apañabas en tu mundo con tu escaso peculio (sí, peculio, no compruebes) y allá te las compusiesen.

No podía comprar Trinca, no me llegaba. El número uno con la portada de Hernández Palacios con aquel Español en el Oeste que te hacía sentir tanto calor como el que debía sentir en aquel desierto el pobre Manos Kelly tuvo que ser devuelto después de haber sido manoseado por mi tantas veces que si alguna vez el FBI necesita mis huellas para algo que busque ese número, que allí tienen el mayor de los catálogos. Por entonces tenía una sana y perdida costumbre: ir a la biblioteca del pueblo, cuando me llevaban, claro, no llegaba a los 10. Allí estaba Tintín, y Asterix, y Blueberry, entre otros. Allí estaban los tebeos “caros” (de queridos y de costosos) los que los niños no podíamos comprar pero que allí podíamos leer. Tapas duras y más de 50 pesetas, nada de panfletos apaisados o verticales con grapas, tebeos caros, que dan prestigio. Pero Trinca se coló entre aquellos porque estaba publicada por Editorial Doncel, asociada al Frente de Juventudes, así que este se encargaba de difundirla por todos los estamentos oficiales en los que hubiese niños. Trinca fue una grandiosa revista.

Pues allí estaba yo, lamentando aún la desaparición de Dani e Iris, cuando una tarde, pasando las páginas de aquella revista en mi bajita silla de formica de la biblioteca, me vuelvo a encontrar con los dibujos de aquel tipo llamado Carlos Giménez. ¡Dios! ¡Qué miedo pasé! En aquellas dos primeras páginas, página y media en realidad, llenas de texto Becqueriano ( ni idea en aquel entonces de quién demonios era Bécquer, cuyo nombre acompañaba al título del relato) que servían de presentación del protagonista, aquel peregrino que quería purgar sus pecados dejando en el mundo las más grandiosa composición musical que pudiese escribir para aquellas estrofas encontradas en un salmo de David. Página y media llenas de texto que eran una verdadera trampa para el lector, un simple cebo dibujado con una maestría que anticipaba al genio con el que apenas unos años después nos daría lo mejor de la historieta que este país ha producido. Degradados, difuminados, tinta rascada, montaje analítico, viñetas que pasaban de dividir la página de una manera convencional para ir transformándose en una retícula extraña hacia el final de la segunda página que se alejaba absolutamente de cualquier cosa que mis ojos hubiesen visto hasta la fecha pero que, insisto, era sólo un anticipo para aquella revolución absoluta que venía en la tercera y cuarta página.

Dos conjuntos de más de veinte viñetas por página en un montaje lleno de planos detalle que te llevan al paroxismo cuando encuentras una viñeta vacía, sin bordes y en el interior una nota musical, la primera nota de ese Miserere terrorífico cantado por cadavéricos monjes fantasmales, notas que, junto con las estrofas rotuladas en gótica, acompañan al lector a lo largo de la página haciéndole sentir el mismo terror que el protagonista siente y que le lleva a la locura. Una segunda página cuyas viñetas conforman una estructura de cruz central en la que destaca el órgano, de donde surgen las notas musicales, en la mayor viñeta (junto con la primera de la última página) de todas las que hay en las escuetas cinco páginas que construyen el relato. Los brazos de la cruz los construyen dos viñetas rectangulares de texto y notas que dividen la página en dos mitades: una superior en la que se muestra el escenario del monasterio que nos sitúa en la abandonada caja de resonancia y una mitad inferior que se centra en una infinita repetición del rostro del peregrino envolviéndose de la música que lo lleva a la locura.

En la quinta y última página todo cambia radicalmente, cuatro viñetas que se centran en el peregrino. Aunque su dialogo está hilado de manera continua, en las viñetas lo vemos envejecer, su pelo y barba, ahora de color blanco, crecen como su propia locura y su impotencia para poder transcribir la música que escuchó en aquella abadía.

Carlos Giménez no adapta el relato de Bécquer, lo hace suyo en un ejercicio de estilo historietístico prácticamente inédito hasta el momento, enseñándonos el camino hacia una nueva historieta dirigida a un público que había crecido leyendo historieta, aprendiendo el lenguaje desde sus rudimentos. El Miserere fue el COU de aquella generación, el paso a la universidad después de haber crecido en la tranquilidad y la comodidad de la escuela historietística. La Universidad llegó con la muerte de Franco y con la avalancha de revistas que permitió la entrada en España a la nueva historieta europea liderada por Moebius, Pratt, Crepax, Bilal, etc. Nunca habríamos podido acceder a aquellos contenidos sin el aprendizaje conseguido por quienes transformaron la historieta española luchando contra las circunstancias políticas y sociales que gobernaron nuestro país en aquel tiempo y el Misere de Carlos Giménez fue vital en la comprensión de los tiempos por venir para aquella generación de lectores, entre los que me encontraba yo.

Después llegaron los superhéroes y eso.

Y eso, que aquí estamos hablando aún de Carlos.

Gracias por darnos forma, Carlos.

Tu tocayo.

Carlos Pacheco.

 

 

HOM

Rafael Marín

Érase una vez una profesión que vivía del trabajo por cuenta ajena, haciendo historias a destajo para el extranjero y, en ocasiones, ganando una cantidad de dinero impensable para cualquier otro trabajador de la España del momento. Eran los años de las agencias, historias de romance y guerra, historias de miedo más tarde para el amigo americano. Historias de consumo. Historias sin alma. No existía el concepto autoral. Primaba la supervivencia. Aunque hubiera pasta de por medio.

Carlos Giménez venía de sí mismo y era hijo de su tiempo. Un joven con inquietudes, con una familia a cuestas. Y ganas de comerse el mundo. Y de cambiarlo. Suyas habían sido series que intentaron romper la barrera de la tontuna imperante en este país, dominado por la censura y los condicionamientos de la editorial que se iba haciendo con el monopolio del sistema. A él debemos experimentos narrativos como El miserere, ese divertido Johnny Hazard galáctico que es Delta 99 o la versión pop del tebeo de aventuras de toda la vida que fue Dany Futuro, la serie que podría haberlo lanzado al mundo de no haber mediado las tropelías editoriales y un cierto encasillamiento infantiloide en las historias.

Como el cine, como España misma, Carlos buscaba, necesitaba una nueva vía. Fue, quizás, el primer dibujante que tuvo consciencia de autor. Insatisfecho, comprometido, inquieto, cuenta que decidió liarse la manta a la cabeza y hacer los cómics que necesitaba hacer, que necesitaba leer. Amigo de poetas y escritores Carlos estaba en proceso de descubrir que era también uno de los mejores guionistas que ha dado el medio, y no sólo en España.

El compromiso le exigió hacer concesiones. Cuenta Giménez que, con lágrimas en los ojos, tuvo que hincharse a hacer historias románticas que le garantizaran el sustento para poder tener un mínimo colchón que le permitiera lanzarse a tumba abierta a dibujar, a narrar lo que necesitaba. De ese tira y afloja entre la vida social y la necesidad artística, lo sabemos, surgirían dos obras maestras que definirían para siempre la trayectoria del autor y el futuro de la historieta española. En el recuerdo de todos está la dura, durísima Paracuellos. Pero antes de Paracuellos estuvo Hom.

Inspirada, más que basada, en un pasaje de En el lento morir de la Tierra de Brian Aldiss, Giménez se vale de una historia de ciencia ficción (tal como era la ciencia ficción antes de que Star Wars y el cine la desviaran hacia lo espectacular en sí mismo, obviando la inmensa capacidad de hacer pensar que tiene el género) para realizar una parábola política sin precedentes en los cómics. Una historia que hoy no dudarían los mensos en llamar “novela gráfica”, aunque aventaja aún hoy a la novela gráfica en tanto Hom parte de un autor experto en historieta que exprime y amplía los muchísimos e indispensables recursos narrativos de la historieta. Hom es una reflexión, un aviso, una aventura que sorprende y remueve las entrañas, la historia de un pequeño guerrero exiliado de su tribu que cae en las garras de un hongo telépata que lo manipula y lo convierte en su títere y que, en su camino por un mundo terrible de biologías espantosas, se cruza con otro gran manipulador, el delfín maligno a quien tiene que cargar a cuestas en busca de lugar seguro.

Hom es un esclavo, pero no menos esclavo que los otros seres a quienes el delfín domina o las dos silenciosas mujeres tatuadas que los acompañan. La metáfora, visual y temática, es simple pero efectiva: el pez grande se come al chico, pero los peces chicos unidos pueden y deben comerse al pez grande. Hom es un muñeco tirado por fuerzas que no controla, que se sirven de él y que lo descartarán cuando ya de nada les sirva. La crudeza de las muertes ya preludia otras muertes crudas que Giménez contará en el futuro. El mensaje final, sin embargo, es de optimismo: no podemos dejar de destacar la importancia de las mujeres en la rebelión final, lo que convierte, hoy, a Hom en un tebeo absolutamente vigente: la atemporalidad lo convierte en un aviso contemporáneo.

Hom fue publicado, en su día, por la misma editorial que publicaba El Papus, Amaika, junto con el álbum de Paracuellos, en los mismos días en que se celebraban las primeras elecciones generales en España. Su lectura, entonces, nos aclaró parte de lo que vendría. Su lectura, hoy, sigue haciendo lo mismo, pero la perspectiva nos permite reconocer en Hom, también, a aquellos exiliados de su momento que volvieron a intentar poner un poco de orden en la sociedad de la que habían sido expulsados (los nombres de los miembros de la tribu ejecutados a quienes se menciona en las viñetas finales son, lo contaba Toni Segarra, derivaciones de los últimos ejecutados por el general Franco).

Hom fue el primero de los grandes proyectos personales que definirían para la historia la obra de Carlos Giménez. Precursora de tantas cosas, tan avanzada en su propuesta entonces y ahora, se da la paradoja de que el mismo autor reconoce que es, quizás, su trabajo menos apreciado. Una auténtica obra maestra que queda injustamente eclipsada por las enormes obras maestras que el autor nos regalaría luego, pero que sorprende todavía y siempre a cada nueva lectura, porque las buenas parábolas duran para toda la vida.


PARACUELLOS

Adolfo Usero

ENCUENTRO EN PARACUELLOS

Coincidí con Carlos Giménez en el hogar “Batalla de Jarama”, de Paracuellos del Jarama, adonde mi padre, enfermo, me llevó para evitar contagiarme de la enfermedad que él padecía, y de la que murió.

El hogar pertenecía a la organización falangista de Auxilio Social, como otros hogares distribuidos por todo Madrid y en todo el territorio nacional, tanto de chicas como de chicos y de diferentes edades. En Paracuellos se educaba a los chicos bajo estricto rigor religioso, intenso y constante, y sometidos a las consignas y canciones de exaltación patrióticas programadas por los que ganaron la Guerra Civil.

La alimentación era de guerra; escasa y sin sustancia, siempre andábamos pensando en comer, la ropa que nos daban no nos protegía del frió, que en Paracuellos era terrible, no había más que ver las manos y pies de algunos niños con los sabañones reventados, daban miedo. En fin, sobre la sed, los castigos, el hambre y la desidia, las palizas, o el triste procedimiento de diezmar a los chicos, cuando no aparecía un culpable.

Recomiendo que lean otra vez la obra más emblemática de Giménez.

A los once años y unos meses de edad nos trasladaron al hogar “Joaquín García Morato”, que estaba situado cerca del pueblo de Barajas. En este hogar ocurrieron una parte importante de las vivencias de aquellos desválidos donde se suavizaron ligeramente sus penas. Por lo menos allí corría el agua en las tuberías. Se fueron gastando los calendarios y a Carlos le rescató su madre del hogar, para vivir con ella y sus otros dos hermanos, al fin reunidos. Estaba a punto de cumplir catorce años. Años después, la profesión de dibujar nos reunió de nuevo, y a los veinte y pocos años marchamos a Barcelona para trabajar en el estudio de Toutain, el gran boss de Selecciones Ilustradas, que nos conectó con un grupo de dibujantes catalanes, a los que admirábamos. Fueron unos años muy interesantes por la diversidad del trabajo que realizábamos. Pero Carlos necesitaba otros alicientes, necesitaba salir de aquel mercado de guiones convencionales, contar otras historias con más contenido y más compromiso y abandonó el estudio de Selecciones, el gheto de Toutain.

Carlos realizó entonces primorosas adaptaciones de cuentos y relatos cortos de la calidad literaria de Robert Aldiss, Edgar Alan Poe, Gustavo Adolfo Bécquer y otros, que le animaron a escribir guiones propios. Un día me soltó que quería escribir guiones sobre la vida de los niños de Paracuellos, porque no entendía que nadie hubiera denunciado las tropelías que se habían cometido con ellos, el abuso que se perpetró con aquellas vidas inocentes. Carlos tenia una idea fija. Pasaba por allí aquel inicio del año 1976. El general golpista hacía tres o cuatro meses que descansaba en su cama de mármol y nos permitió a muchos españoles descansar también, y felices.

Vino a cuidar de sus súbditos el inefable Juan Carlos de Borbón, que no hizo daño a nadie, pero casi mata a alguno de risa, por la cantidad de chistes que circularon aquellos días sobre el impuesto Rey. Después se acomodó en el trono y nunca molestó, salvo un día al año; el de Navidad.

La sociedad retomó su rutina, los grises siguieron repartiendo cera, obedeciendo fielmente a sus mandos, y el betadine nos disfrazó un poco de chinos. A cambio, los quioscos de prensa se llenaron de revistas de tetas y culos, con gran regocijo del personal masculino adicto al tema. La represión erótica se relajó.

Por entonces, Giménez andaba poniendo los cimientos a su obra más conocida, preparando los primeros guiones con sus propios datos sin tener segura su publicación, pero entonces le interesó una oferta que le hizo un editor, que le propuso dibujar dos páginas en su revista para que diseñase hermosas damas enseñando teta y culo. Carlos aceptó el encargo y cuando se sentó delante de su tablero, decidió dibujar las dos primeras páginas de Paracuellos, y se las llevó al editor, al que supongo sorprendido por lo que Carlos le presentó, y lo sorprendente es que el susodicho editor le pidió otras dos páginas, Carlos las hizo, se las llevo al editor, creo que se las pagaron, pero ya no hubo más pedidos. Y al poco tiempo, Ivá reclamó a Giménez para incorporarle a la revista El Papus, que era también de tetas y culos, pero que, sin dejar lo erótico, tomó una deriva hacia temas sociales tocados con humor. Así nacieron las Españas de Carlos. Y estaba en embrión otra revista de Amaika, la editora de El Papus, que introdujo algunas páginas de Paracuellos en sus primeros números, mientras Carlos seguía alimentando su álbum, que terminó, felizmente. Amaika, a su vez, lo editó en Barcelona y llegó a manos de un editor francés, et voilá!, que compró los derechos para publicarlo en la France. Los niños de Paracuellos volaron por el territorio galo de quiosco en quiosco, de librería en librería, y aquellos herederos del hambre, de ojos grandes y asustados, con miradas que parecían pedir ayuda a los lectores franceses, estrenaron el primer gran éxito de Paracuellos, que continuó con los siguientes álbumes de la serie durante algunos años.

Paracuellos es un trabajo hecho por Giménez completamente convencido de su intención, rascando donde conseguir información, reuniendo en su casa a cuatro o cinco niños-abuelos que estuvieron en los hogares, sufriendo en ellos exactamente lo que Carlos ha contado en sus álbumes. Yo soy uno de esos niños-abuelos que Carlos reunió en su casa en tres ocasiones. Soy testigo además, de lo que ocurrió en los hogares, y ratifico todo lo que Carlos ha escrito y dibujado.

Carlos consiguió con un estilo personal y sencillo, mover a estos niños patifinos que lloran y leen tebeos en el papel, unos son buenos otros regulares pero tienen su personalidad identificada. Incluso Zampabollos la tiene, pero no me consta que Carlos lo haya dibujado, no recuerdo su imagen en el álbum, aunque sí le recuerdo en el hogar. Además había un niño albino, era casi transparente, parecía espiritual, con la piel suavemente rosada, las cejas, las pestañas y el pelo blancos. Muchos chicos sentían curiosidad por este personaje: Antolín. Antolín García era su nombre, creo. ¿Cómo habrá vivido una rara avis como ésta en una sociedad que siempre ha disparado al diferente? No había mucha cultura entre la clase baja, quizá tampoco entre la clase alta, sólo tenían más dinero. Esto de la cultura era otra historia. En los hogares de Auxilio Social no había bibliotecas y sólo leíamos tres o cuatro libros: Glorias Imperiales, donde se cantaba el éxito de los Reyes Católicos en la Reconquista, pero se produjo una paradoja: que en ese mismo año se echaba a los árabes del país como invasores, y los Reyes Católicos invadían América.

Otra historia de España era una que hablaba del Cid Campeador, que estaba en la portada, y otro que apuntaba hechos de la guerra de la Independencia, y algo sobre las guerras Carlistas, que me trae a la memoria, ya escasa, el conocido abrazo entre el general Vergara y Zumalacárregui. Ah, y la religión, otro tema. Llegué a tener odio a la Semana Santa, y ahora me acuerdo de Vivaldi y sus cuatro estaciones, por las catorce que nos tocaba rezar, siguiendo el proceso de Cristo y su calvario, repitiendo oraciones en todos los pasos, todo el tiempo rezando, incluso en latín, que nadie nos enseñaba y al final el rosario ….. ora pro nobis, un millón de veces repetido, y las canciones a María que madre nuestra es. Y luego las canciones falangistas, que casi prometían dormir con las estrellas o con los luceros …”España es un destino en lo universal”. Sólo nos faltaba una nave en Cabo Cañaveral. El cielo para todos, la tierra para los vencedores. El fútbol empezaba a echar raíces. Los que lo jugaban con el equipo de España saludaban con el brazo en alto. Ya eran héroes, bueno, brazo en alto saludábamos todos, y los niños de Paracuellos, muchas veces al día. Y sobrevivíamos. Eramos como Rodrigo Díaz, el de Vivar. Unos héroes.

Esta era la vida de aquellos potenciales guerreros, a los que quedaba lejos la lucha con los molinos, que ni siquiera supieron que eran gigantes. Cervantes no pasó por los hogares.

 

 

KOOLAU EL LEPROSO

José Luis Munuera

Carlos Giménez es indiscutiblemente el mejor historietista que ha dado este país. Cualquier autor (cualquier historietista, cualquier novelista, cualquier cineasta, cualquier creador, en suma) se daría con diez o doce cantos en los dientes por conseguir, a lo largo de toda su carrera, lo que Giménez consigue con aparente facilidad en sólo uno de sus trabajos. Una perfecta coherencia interna en cada obra. Una potencia expresiva y emocional extrema resuelta exclusivamente con los recursos de los que dispone el medio en el que la expresa. Recursos “de tebeo”, humildes y sin estridencias, diálogos y dibujos, que resultan al verlo a él ponerlos en juego infinitos y versátiles. Y por encima de esa maestría práctica, un fondo, una significación, un sentido, una resonancia que envuelven al lector y pasan a formar parte de él.

Yo a Carlos Giménez no lo conozco personalmente, pero he leído con tanta atención y tantas veces sus tebeos que es como si lo conociera de toda la vida.

Me lo crucé por primera vez en forma de cuadernillo semanal apaisado en aquella reedición de Dani Futuro de los primeros 80’s,  saliendo yo de Don Miky, y el niño que yo era tomó por primera vez conciencia de un detalle que hasta ese momento no había tenido en cuenta, inmerso en el tebeo industrial y anónimo de Disney: que había unos autores detrás de esas páginas. ¿Quizás fuera eso, la personalidad de quien concibe y realiza el relato, lo que lo hacía tan diferente, tan poderoso?

Busqué sin éxito en el kiosko más tebeos firmados por esos Víctor Mora y Carlos Giménez durante algunos meses hasta que por casualidad descubrí en una librería de saldo un volumen Koolau, el leproso. Pero aquello era otra cosa. El libro emanaba una energía extraña, inquietantemente atractiva pese a la fealdad de los personajes, pese al blanco y negro de una perfecta pureza y una rotundidad apabullante, pese a que era evidente que no era un simple “entretenimiento”, pero no era en absoluto como las aventuras espaciales que tanto me habían gustado. La propia portada era una declaración de intenciones: mientras las de Dani Futuro se enfocaban hacia el cliffhanger narrativo, al estilo de los cuadernos de aventuras de siempre, ésta resumía, en un contexto de acción trepidante, su mensaje: “¡Libre he vivido y libre quiero morir!”. Aquello no era sólo una aventura: era una aventura ideológica.

Llegué a casa con ese descubrimiento medio escondido a la espalda: sabía que no era como los tebeos a los que estaba acostumbrado, aunque no sabía por qué. Al verme entrar con esa cautela (y seguramente con esa cara de culpabilidad apenas disimulada), mi padre me preguntó que qué era eso que llevaba ahí.

Nada, nada, un tebeo.

Requisado el objeto en cuestión, mi padre le echa un rápido vistazo y al poco, se lo lleva a su cuarto para leerlo tranquilamente tumbado en la cama.

Al cabo de un rato, inquieto yo por no saber qué clase de bronca me iba a caer por hacerme con ese tebeo tan raro, decido entrar tímidamente en su cuarto.

Tumbado en la cama, mi padre levanta los ojos del libro. Me mira directamente.

Y levanta el pulgar cerrando el puño con fuerza, en un gesto de aprobación sin fisuras.

Desde ese momento, habiendo recibido un plácet tan rotundo, me volqué en conseguir más obras del mismo autor. A ese Koolau siguieron Paracuellos, Barrio, Hom… y en cada una recibía el joven lector que yo era un impacto emocional que iba más allá del deleite por el dibujo. A veces divertidísimo, a veces de una crueldad desoladora, el universo narrativo de este tipo, sus historias y su forma de contarlas, entraron a formar parte de mi vida.

Yo a Carlos Giménez no lo conozco personalmente, pero es una de las personas que más  me ha influido. El adulto que soy debe mucho a ese pulgar levantado en el que se resumía que no hay aventura que no sea ideológica. Que ninguna narración es inocente.

Que un tebeo es mucho más que un tebeo.

 

 

LOS PROFESIONALES

Josep Maria Beà

SENDEROS DE TINTA CHINA

Cada vez que releo Los profesionales, donde Carlos Giménez da fe del puñado de adolescentes abducidos por el deseo de dibujar tebeos que en aquel entonces nos reunimos en el recién creado estudio de Selecciones Ilustradas, recuerdo algo que siempre olvidamos citar, algo que allí aprendimos como primera asignatura y que luego se silenció siempre: las artimañas.

Todos los que llegamos al estudio del joven Josep Toutain creíamos que el oficio sería una fiesta, nos soñábamos en la piel de aquellos maravillosos dibujantes a los que leíamos cada día como posesos, pero la realidad iba a ser otra. Los trabajos que debíamos realizar para el mercado francés eran despreciables al menos en su confección: la ilusión no comparecía al dibujarlos. A los guionistas no los conocíamos, las publicaciones casi nunca llegaban a nuestras manos y, para evitar problemas con los sindicatos galos, se nos impedía firmar nuestros trabajos. Por si fuera poco, nos obligaban a acomodarnos en un estilo comercial de referencia en el que, por deseo expreso de nuestro agente, todos pareciéramos un único dibujante.

Así las cosas, ausente el estímulo del reconocimiento, se fue instaurando entre nosotros la elusión del compromiso, se procuraba evitar cualquier esfuerzo adicional y el objetivo pasaba a ser entregar el día señalado, cobrar el cheque y olvidarse para siempre de aquellas historietas que desaparecían en un magma de mediocridad más allá de nuestras fronteras.

El punto más alto de la picaresca se dio en la inefable editorial londinense Fleetway, tras el desembarco (parecido al de Normandía pero al revés) de las huestes comiqueras de Toutain en la pérfida Albión. En nuestra colaboración para las revistas románticas de aquella editorial se estableció definitivamente y de forma irreversible la desidia creativa más absoluta, a la que yo designé como “la cumbre del escaqueo gráfico”. Trabajar para Fleetway suponía cobrar en libras esterlinas, y esto en la década de los sesenta suponía nadar en oro con muy poco esfuerzo, empleando una lamentable fórmula que consistía básicamente en copiar descaradamente las chicas que dibujaba Pepe González y despachar el resto a base de extraños trazos a pincel que insinuaban paredes, puertas, ventanas, escaleras o cualquier objeto. Se procuraba realizar primeros planos para no complicarse la vida dibujando manos, pies y fondos. Los exteriores diurnos se solucionaban garabateando extrañas arborescencias alrededor de las cabezas de los personajes y para definir un exterior nocturno se recurría a la media luna de siempre. ¿Y la coherencia de continuidad entre escenas? Aquello no existía, el racord era una entelequia. ¿Y las sombras de las cosas? Un lastre del arte antiguo, y nosotros éramos la modernidad. ¿Y las leyes de la perspectiva? Nuestra única ley era la del mínimo esfuerzo. Resumiendo: era mucho más fácil copiar o calcar a mansalva que intentar aportar algo personal que, además de requerir más trabajo, tal vez luego no fuera admitido por desafiar los cánones establecidos.

Durante aquellos años todos fuimos tramperos. Nadie, que yo recuerde, pudo sustraerse en algún momento al ejercicio de la truhanería dibujística para sortear cualquier esquema complicado que el guionista de turno requiriese. Creo que todos los dibujantes de mi generación, en mayor o menor medida, realizamos historietas que preferimos que hoy permanezcan en el olvido. ¿Todos? No, todos no.

A lo largo de su carrera, Carlos Giménez ha sido incapaz de emplear estrategias técnicas para eludir el trabajo. Nunca ha plagiado una viñeta a otro dibujante y toda su ingente obra es un ejemplo de honestidad y sacrificio ilimitados. Desde sus primeras páginas se aprecia un rigor profesional y una actitud frontal que no sólo le impide soslayar cualquier esfuerzo, si no que le obliga a añadir elementos gráficos como plus de calidad. A día de hoy todavía no he descubierto un trabajo suyo ejecutado con desgana, apatía, pereza o falta de ilusión. Sus trazos y composiciones siempre dimanan de una exaltación sincera del ánimo, son fruto de una tenacidad fuera de lo común. Carlos fue la excepción a todos nosotros.

Desde aquí le transmito mi más sentida felicitación por haberse mantenido al margen de aquel nefasto didactismo iniciático, imponiendo con firmeza su irreductible compromiso como autor. A Carlos tal vez no llegamos a copiarle, pero de él aprendimos más que de nosotros mismos.

 

 

ESPAÑA UNA, GRANDE Y LIBRE

Koldo Azpitarte

NI UNA, NI GRANDE, NI LIBRE.

Tras cuarenta años de dictadura, el anticuado aparato franquista se descomponía y la muerte del anciano dictador precipitaba los acontecimientos. En los convulsos años de la transición, muchos españoles lucharon por una España democrática desde la trinchera.

Eran tiempos de radicalidad política. Los antiguos franquistas aún dominaban buena parte del aparato del Estado y no estaban dispuestos a dejar que España acabara en manos de los «rojos». Por otro lado, el comunismo y los movimientos revolucionarios formaban aún parte del ideal romántico de muchos españoles antifranquistas.

Las manifestaciones acababan con muertos y heridos. Diversos movimientos terroristas (comunistas, anarquistas, independentistas… y fascistas) sembraban las calles de muerte y destrucción pero eso no impedía que la gente siguiera mirando hacia el futuro con esperanza e ilusión. Todos querían un futuro mejor en libertad.

En este contexto la obra de Carlos Giménez estaba claramente posicionada desde un punto de vista político. Si Paracuellos es un descarnado retrato de la España de la postguerra, las historias de España Una, Grande y Libre son inmejorables muestras de historieta y activismo político.

Es probable que el ideario personal de Carlos Giménez fuera más moderado incluso en aquellos momentos. Los guiones de Ivá y Font se refugian en el esperpento para retratar una sociedad española llena de injusticias, de represión y de violencia pero también hablan de la manipulación de los medios de comunicación, de la pobreza. Curiosamente, una relectura actual evidencia que si bien el modus operandi ha cambiado, el conflicto socio político se mantiene invariable. No hubo revolución, sino asimilación y adocenamiento y seguimos igual.

Leí España una, grande y libre con trece años. El impacto sobre un adolescente bilbaíno de principios de los ochenta fue demoledor. Me sentí defendido y representado por un dibujante madrileño que arriesgaba su vida (directamente, la Triple A atentó contra El Papus y mató a una persona) por denunciar las injusticias del sistema.

Yo era lector de cómics de superhéroes, personajes que a su manera también luchaban contra las injusticias. Gracias a Carlos Giménez descubrí que el cómic podía ser algo emocionante y heroico pero también algo adulto, políticamente comprometido y hasta revolucionario.

Más de treinta años después sigo considerando esta obra como un referente inexcusable del compromiso del autor con la obra y con su sociedad.

Hay quien la califica de coyuntural o maniquea. Sin duda es fruto de su tiempo, de un tiempo en el que la gente luchaba por la libertad, exigía las cosas en la calle y quería cambiar el mundo y tal vez en su afán de separar buenos y malos caiga en el esperpento más que en el maniqueísmo pero sinceramente me gustaría que nuestra sociedad actual conservará algo del impulso de aquellos tiempos.

Ahora nos recortan derechos, nos limitan la expresión, nos quitan dinero y agachamos la cabeza. Esta España que ni es una, ni es grande y cada vez tiene menos de libre necesita a un nuevo Carlos Giménez que hable alto y claro. Mientras tanto, releeré otra vez esta antología de historietas que siguen emocionándome, cabreándome e inspirándome a partes iguales.

 

 

36-39 MALOS TIEMPOS

Álvaro Pons

LA PUTA GUERRA

Hace cuarenta años, Carlos Giménez comenzó a construir la memoria de la posguerra de este país. Apenas un par de años tras la muerte del dictador, cuando el concepto de memoria histórica era todavía una utopía perseguida por los que todavía velaban por el mantenimiento de los principios del franquismo, Giménez comenzó a narrar sus vivencias en el hogar del Auxilio Social de Paracuellos. Vivencias crueles, que desenterraban unos recuerdos escondidos por la represión. Dando voz a unos niños que hablaban de un pasado atroz que no salía en ningún libro de texto, en ningún libro de historia. Las historias que Carlos dibujaba eran las de aquellos que estaban condenados a no salir en los libros de historia. Tras contar su infancia, se detuvo en su juventud en Barrio para terminar lógicamente con su llegada a Barcelona en Rambla arriba, rambla abajo y sus inicios en la profesión de dibujante en esa joya coral del gremio comiquero que es Los profesionales. Un relato de la historia de este país durante 50 años que terminaba con esa memoria de la Transición exenta de los triunfalismos y maquillaje que llegó después que es España Una, Grande y Libre. Carlos contaba su vida y, con ella, la de todo el país.

Y claro, los lectores, siempre ávidos de más, le pedíamos que diera el paso y contara el periodo que le faltaba. El más crítico. El más odiado. El que rompió un país. Nuestra Guerra Civil. Durante décadas, Carlos se negó a entrar en esos tres años de horror con un argumento inapelable: él contaba lo que había vivido. Y él nació cuando la guerra ya había terminado y lo que quedaba de ella era el hambre omnipresente, el miedo y el dolor. Su memoria de la guerra era la de los retortijones al pensar en comida y la de los sabañones por el frío pegado a los huesos de los que vivían en esa España derruida por los bombardeos.

Un día, cuando ya había contado todo lo que tenía que decir sobre su vida, Giménez comenzó a investigar sobre lo que ocurrió en aquella guerra. Se dedicó a grabar conversaciones con los que la vivieron, recogiendo decenas de casettes que gritaban el dolor de los muertos, el horror de los asesinos, el hambre de los supervivientes. Y, así, fue construyendo un relato que se convirtió en su propia historia.
Y empezó a dibujar. 36-39 Malos tiempos sería el nombre de una saga que contaría episodios de la guerra. Sin ninguna ambición de hacer un reflejo riguroso e historicista de lo acontecido en esa terrible guerra. Ni un ajuste de cuentas. Ni tan siquiera un ensayo sobre lo que Giménez pensaba de la guerra. No necesitaba hacer eso. Giménez es una persona que nunca ha escondido su compromiso político y siempre, siempre, tuvo claro quiénes fueron los que iniciaron la guerra, quienes fueron los culpables. No se trataba de volver a escribir la historia que está en los libros, sino de dar voz a los que no salen en los libros. Como él mismo decía, dar espacio a esas historias pequeñas que nunca tienen derecho a sobrevivir al olvido. Y, así, comenzó a contar una historia de dolor, de hambre y de muerte. De los que corren bajo las bombas, de los que veían morir a sus amigos, a sus vecinos y a sus hermanos. De esas muertes que no sabían de ideologías, componiendo una visión inmisericorde de la guerra, que sólo admite una lectura: el horror de la puta guerra.
36-39 no intenta hacer un relato ecuánime, de esos tan propios de la transición de “en todos los bandos hubo muertes” ni una reescritura de la historia. Habla de miedo y hambre, de hambre que se empapa en los huesos hasta hacer olvidar cualquier ideología, hasta olvidar la propia humanidad. Omnipresente en todas las páginas, dolorosa. Siempre ha sido difícil mantener la mirada a los niños que dibujaba Carlos, pero en 36-39 es directamente imposible. Sus ojos ya no esconden sufrimiento, son un espejo de desesperación y de dolor sin esperanza. Niños raquíticos que cogen hierbas del campo para poder llevarse algo a la boca. Madres que ya no saben con qué alimentar a sus hijos, como Lucía, que aunque apenas sabe escribir su nombre, tiene claro que el discurso político que lanza su marido no le sirve para que sus niños no tengan hambre. Que por mucho que las ideas sean importantes, ella sabe que valen más hijos sin honra que honra sin hijos.
Carlos dibuja con rabia, con indignación hacia la guerra y sus secuelas, trasladando al lector esa rabia en forma de puñetazos en el estómago. Directos, sin concesiones. No deja espacio a la respuesta, como esa magistral página donde muestra el efecto de un bombardeo, donde es capaz de trasladar al lector el dolor, el miedo, la desesperación con un realismo tan terrible que nos quita la respiración. Su argumentación es tan contundente que nos quita las palabras de la boca. Tenemos que bajar la cabeza y asentir. Con él que no hay historia que valga. Que la guerra, la puta guerra, es siempre una mierda.

Algunos dirán que las páginas de Carlos son una exageración melodramática y sensiblera.
Mentira.
Lo que ha ocurrido es que Carlos nos ha dado una bofetada y nos ha dolido, nos ha dolido mucho, lo suficiente como para llorar de rabia e impotencia.
Y nos da miedo reconocer nuestra debilidad. La escondemos echándole la culpa al autor, poniéndonos altivos e inventando mil teorías: que este hombre ya está mayor, que si es muy lacrimógeno…
Pero es mentira.
Carlos nos ha hecho daño porque nos ha descarnado la guerra. Nos ha hecho sentir por un momento lo mismo que sintieron aquellos que pasaban hambre y miserias.
Y eso jode. Mucho.

 

 

PEPE

Manuel Barrero

EL NARRADOR DEL DESALIENTO

El uso del cómic como instrumento para la memoria se hace desde mucho tiempo atrás. Los primeros esbozos de historieta, allá por el siglo XIX, contaban retazos de vidas burguesas, proezas picarescas o asuntos del folclor. La industria del nuevo siglo fue la que sometió el medio a la ficción y pasamos casi todo el siglo XX de salto en salto, pensado que la travesura y la hazaña eran el epítome argumental de cualquier relato contado mediante viñetas.

En esto que llegaron los narradores del suceso histórico digerido, de la reflexión dibujada, que abundaron poco en los cuarenta (al menos recordemos La bête est morte!, de Edmond-François Calvo, Victor Dancette y Jacques Zimmermann, publicada en 1947, primera representación del holocausto nazi en cómic), más en los cincuenta (el exponente es Oesterheld, aunque también Krigstein y otros), y que florecerían definitivamente en los sesenta, incluso con los primeros intentos de autobiografía (la inaudita Mangaka Zankoku Monogatari de Shinji Nagashima hay que citarla). Carlos Giménez fue uno de nuestros primeros vates de la viñeta. Él creció deseando dibujar piratas y pistoleros, y bien que lo hizo, pero pronto le pudo la izquierda y arriesgó como nadie se había arriesgado a relatar el franquismo, cuando eso de la posguerra era algo que todos querían olvidar. Lo interesante es que narró “su” franquismo, visto desde sus propios y hondos sentimientos (ayudado por los sentimientos de otros, claro está, que uno no acumula tanta anécdota), y eso reconfiguró el modo de entender el cómic que se tenía en España. Paracuellos no solo era un barajado de recuerdos tristes sobre niños con las rodillas desolladas; era un retrato crudo de la España derruida en la que el concepto de caridad cristiana se equiparó al de ferocidad falangista. Barrio podría pasar por retrato amable de la reconstrucción de la esperanza, pero hay demasiadas viñetas en esa obra magistral que invitan a la tristeza, sobre todo tras comprobar que el desarrollismo era supervivencia. Posiblemente algunas de las mejores obras de Giménez de los setenta y entrando en los ochenta sean sus epopeyas de ciencia ficción, brillantes interpretaciones de Aldiss, Lem y London, pero que apenas llegan a describir un universo rutilante lleno de esperanzador futuro; al contrario, muestran el ocaso y la agonía de la humanidad. Por lo tanto, Giménez ya se había convertido en un narrador de la desesperanza cuando decidió iniciar su saga de Los profesionales, la cual ha tenido su coda en la serie de álbumes Pepe.

Con las vivencias en cómic de los dibujantes que trabajaron en los años sesenta y setenta ligados a Selecciones Ilustradas y otras agencias, Giménez nos dibuja un aparente pasado gozoso, luminoso, lleno de risas y bromas, también de desvelos, y siempre con un cubata o una ginebra cerquita. Se bebía y se dibujaba. Y se fumaba. Para entonces, los que hacían tebeos eran artistas del cómic. Autores. Y en esta línea de muy acertado tono festivo fue narrando Giménez otro desaliento, que se intuía entre viñetas: el de los 25 años de paz en silencio, el del acomodo haciendo historietas ridículas para un mercado absurdo en las que ocurrían cosas intrascendentes que seguían casi siempre un mismo patrón. Pero se ganaba dinero. Mucho. Y se invertía en más cubatas, en más risas, todo ello con Franco al fondo hasta que se murió.  La saga de Los profesionales continuaba en Rambla arriba, rambla abajo y se engarzaba con otros trabajos del autor madrileño, como algunas Historias de sexo y chapuza, en las que hallamos al Giménez más elevado, al creador más sólido y emocionante (a juicio de quien esto escribe) porque logra un tono narrativo preciso para mostrar la consternación humana. Ese pulso es difícil de mantener, porque se puede pecar tanto de sobrio como de lacio, algo que le ha ocurrido a Giménez en alguno de los episodios en los que ha dividido su excesivamente larga obra Pepe, publicada por Panini entre 2012 y 2014.

Pepe ha sido vista por algunos como un calco de Los profesionales por su estructura, no en vano ocurre en los mismos escenarios y coinciden algunos personajes. Pero es una obra distinta, alejada de la autobiografía y también más pragmática, que se ciñe a la vida de un autor (José González) para desmenuzar sus grandes cualidades y sus aún más grandes debilidades. El problema de Pepe es precisamente su extensión. Hay anécdotas desarrolladas en un capítulo que eran innecesarias para construir esta historia sobre un talento innato que eligió caminar por el lado salvaje cuando en España no era posible tener eso que llaman “opción sexual”. Y ya lo dijo Berdiáyev: cuando más ansías la libertad más te acecha la autodestrucción. Pepe vivió libre, vivió al día, pero sobre todo de noche, y acabó derrochando su vida y dilapidando su arte. Nadie como Giménez habría podido narrar eso mejor, y en el álbum tercero de esta serie de cinco (que podría haber resumido en dos o tres, o bien en un solo libro con la mitad de paginación) se muestra a las claras el tuétano de un artista encantador que al mismo tiempo fue un hombre muy vulnerable. Pepe perdía los dientes al mismo ritmo que perdía las opciones de ser feliz. Y su madre ya no estaba a su lado…

Pero lo mejor de Pepe no es este relato sobre lo que pasaba tras las noches de alcohol y juergas gays del dilapidador José González. El aliciente del libro no es saber cómo era posible que ese hombre pudiera plasmar con un lapicero la belleza femenina tan fácilmente. En realidad, el aspecto más interesante de esta biografía en viñetas es el relato del derrumbamiento de toda una industria. La de los tebeos españoles había caído ya al final de los años sesenta; aquí se cuenta el fin de los cómics servidos por agencia, que tantos bolsillos españoles llenó en la segunda mitad del siglo XX. En ellas se practicaba un modelo de explotación no muy alejado del propio de las grandes editoriales productoras de tebeos, pero aquellos autores admitían alegremente el yugo porque les pagaban puntualmente. Las reclamaciones autoriales llegarían después de las vacas gordas. José González fue siempre un tipo práctico: dibujaba por dinero. Tanto produces, tanto cobras. Si produces mejor, más encargos recibes. Pero cuando los editores de historieta británicos y del centro de Europa comenzaron a ver menguar sus negocios los encargos se fueron espaciando, y ahí comenzó el declinar de todo un modelo de vida ligado a la explotación, y del que quedaron un conjunto de ruinas hechas de papel (muchas de ellas, arrojadas a la basura, acabaron en traperías y luego en los mercadillos).

Giménez construye un relato con dos o tres niveles de lectura en Pepe. El aparentemente simple, el reiterado, esconde una crónica sentimental de un carácter indomable y hermoso, sobre un hombre al que solo se le podía amar y que Giménez ha dibujado con gran ternura. Pero también hay otro relato de fondo, el de un edificio que tiembla y va cayendo, con todos sus dibujantes dentro, que ya no pueden seguir creando pistoleros o militares ardorosos ni chicas bonitas sonriendo a sus ideales parejas. El mercado, el mismo mercado que les había dado de comer mientras les explotaba, se revolvía salvaje y miraba hacia otros horizontes mientras un modelo de hacer cómics languidecía y moría. Pepe es una crónica de un tiempo, pero no lo es tanto del final del franquismo o de la transición taimada, lo es sobre todo de un tiempo en el que el cómic se entendía como medio de vida antes que como medio para el arte.


CRISALIDA

Entrevista a Carlos Giménez por Kike Infame

Pregunta: En Crisálida hablas sin tapujos de la muerte y la soledad. Del tiempo que pasa hasta llegar a esa muerte y la edad que no perdona. ¿Cómo nace la obra?. ¿Qué te lleva a escribirla?

Respuesta: Yo siempre escribo y dibujo -procuro hacerlo- sobre lo que conozco, sobre lo que he visto y sobre lo que he vivido. Sobre lo que he sentido a lo largo de una vida que ahora, a toro pasado, se me antoja larga y llena de experiencias de todo tipo. Todas las historias que yo cuento, igual que las que cuentan la mayor parte de los escritores realistas, tienen un pie en la vida real. Yo aprovecho mi realidad, tanto la que viví de niño en épocas ya pasadas, como la más actual, para hablar de las cosas que conozco. Yo he conocido la soledad, ni más ni menos que como mucha gente, y como mucha gente de mi edad me he hecho preguntas sobre esa muerte inminente que se acerca irremisible. Pero en Crisálida lo importante, a mi juicio, no son las preguntas que los personajes se hacen ante la muerte sino las respuestas que se dan. Las preguntas que todos los seres humanos se hacen a este respecto son siempre las mismas, lo diferente y lo interesante son las respuestas.

P.: A través de los alteregos de Pablo y Raúl vemos como tratas algunos de los temas que más te preocupan, desde la realidad social que nos atenaza hasta el acercamiento a tu obra de otros medios como el cine. ¿Cuánto hay de autobiografía en el relato? ¿Te quedan aún cuentas por saldar?.

R.: No se trata se saldar cuentas. Se trata, simplemente, algunas veces, de contar cosas que quiero contar sobre mi profesión -si no las cuento yo ¿quién las va a contar?-, por eso en mis historietas, con bastante frecuencia, uno de los personajes es dibujante de tebeos; otras veces se trata de opinar y protestar, con el derecho que nos da nuestra libertad, sobre el mundo cruel e injusto en que nos ha tocado vivir y otras, aunque aparentemente no sirva para nada, de denunciar, situaciones que, los que escribimos y publicamos nuestros textos, tenemos la obligación moral de denunciar si no queremos que se nos caiga la cara de vergüenza.

P.: Tu obra se ha caracterizado siempre por la descarnada sinceridad con la que afrontas tu vida y tu obra. A pesar de las difíciles situaciones que narras el humor siempre está presente. Crisálida es uno de tus mejores trabajos pero a la vez nos deja un regusto amargo. ¿Ha sido especialmente complicado afrontar un trabajo así?

R.: No. No puedo decir que Crisálida sea un trabajo en el que yo me haya implicado emocionalmente más que en otros. Todos mis trabajos pecan de cierta impudicia y en casi todos muestro parte de mi desnudo y cuento cosas de mí mismo, unas veces de lo que he visto o de lo que he vivido y otras de lo que he pensado. Es mi forma de comprometerme con este mundo del que formo parte y al mismo tiempo utilizar mis experiencias personales para contar mis historias. Lo que pasa es que hablar de la muerte nos da repelús. Nadie, y menos aún los viejos, habla de ello, es una cosa en la que ni siquiera hay que pensar y mucho menos nombrar. Pero, aunque no queramos, la muerte está ahí, nos está esperando y es inevitable. La única pregunta que merece la pena hacerse es cómo la vamos a afrontar.