
Bajo el cielo de la dehesa

El cuento de esta semana de otoño, hoy día de San Pedro de Alcántara, empiezan apetecerse castañas asadas y bellotas dulces, pan de pobres, en tiempos pasados .
Bajo el cielo de la dehesa
Después de días sin formar parte del paisaje y del paisanaje, lejos de este espacio, que me acoge, me aconseja y me llena de paz, volver y notar los cambios que los días, las lluvias y las temperaturas han producido en mi refugio.
Cuando llegué, el viento soplaba suave entre las encinas y alcornoques centenarios, los robles y los rebollos muestran ya, sus frutos de buenas dimensiones, su verde destaca entre las hojas que cubrieron su desnudez.
La luz del atardecer teñía de oro las vastas llanuras de la dehesa y sus múltiples lagunas y arroyos, las tierras ya están totalmente verdes cubiertas de hierbas y flores de otoño, huele a tierra mojada y húmeda, dicen los del lugar que se huelen las setas que han florecido, especialmente los boletus.
En la distancia, el graznido de las grullas se mezcla con el murmullo de las hojas, el mugido de los toros y las vacas, tan próximos, las esquilas de las cabras que van de paso, comiendo su hierba y llenando sus ubres de leche, para los cabritos que van naciendo antes que lleguen los hielos, esta sinfonía solo puede escucharse en aquel rincón de mi tierra, donde la naturaleza y el tiempo se movían a un ritmo distinto.
Junto a un viejo chozo, con las paredes de piedra desgastadas por los años, llenas ya de musgo fresco y verde, orientado al norte, su techo cubierto de retamas, que secas se vuelven grisáceas casi pardas, un viejo, se detuvo a observar.
Había pasado su vida en aquel paisaje, pero cada otoño, cuando las grullas regresaban, algo en su pecho latía con una emoción inexplicable. Eran como mensajeras del cielo, trayendo consigo historias de tierras lejanas, de horizontes, que de niño pensó, que él nunca vería.
El hombre había nacido en las tierras de un pequeño pueblo, del que la dehesa del Rebollar se encontraba a unos tres kilómetros, desde niño, acompañó a su padre cuando iba con las cabras, o cuando llegada la época de la poda le correspondían del comunal encinas o alcornoques de los que conseguir la leña para la chimenea del invierno, que acostumbraba a ser frío y húmedo , en aquella zona, tanto para la casa, como para el chozo, junto al aprisco, donde se refugiaban las cabras para pasar las noches preservadas de los lobos, las zorras y meloncillos que buscaban alimento fácil para pasar el invierno.
Él, después de los días de lluvias fuertes, se acercaba hasta los múltiples arroyos que llenaban las lagunas, para buscar brillos, unas veces con otra chiquillada de su edad , otras solo, con un plato descuidado de casa , de la vajilla de la madre, se dedicaba a batear las arenas arrancadas de las piedras blancas de cuarzo, que se desprendían de las pizarras a las que se encontraban unidas, buscaba, como llamaban, el brillo, ese que producían algunas escamas de oro, micro pepitas, que tenían esos arroyos auríferos.
Miraba una vez y otra a las grullas que salían al amanecer y que formaban como soldados de un ejército aéreo, luego, después de llenar sus buches de bellotas, volvían a los dormideros en las lagunas y pantanos, allí, dentro del agua pasaban la noche dormidas y solo sustentadas con una pata, un equilibrio propio de los mejores artistas circenses.
Soñó en subir sobre sus alas y ver el paisaje desde el cielo, otras veces extendía el sueño, en volar con ellas hasta las tierras del norte y del centro Europa.
No podía imaginar que pasado el tiempo, viajaría hasta la tierra de las grises para buscar una forma de vida, lejos de su lugar de juegos, pero unido a ella, por las grullas que cada año, hasta que el tiempo y su edad lo hicieron volver al pueblo, le llevaban los recuerdos de las dehesas, de su norte de Extremadura.
Cada año por estas fechas próximas a los difuntos y los santos, las grullas le traían los recuerdos y la esperanza de que venían acompañadas por el espíritu de los suyos ausentes.
José María R. Santa
Otoño 2024

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Author: Redacción

