Sobre las tres de la madrugada, cuando todo parecía estar en calma, el Diablo, que acechante aguarda siempre en la penumbra para hacer una de las suyas, le tendría reservada una sorpresa. No sería la primera, tampoco la última; pero sí la más impactante de todas las que le depararía la vida. Y la herida que le dejaría en lo más hondo de su alma jamás se cerraría.

Con la cabeza apoyada en el duro respaldo de aquel vehículo, su cuerpo, en permanente estado de tensión, sentía asimismo la tensión que le provocaba el estrés. Éste, acumulado en su cuello, le agarrotaba vilmente los hombros y la espalda.

La emisora de radio vomitó un mensaje. El que lo emitía, vociferando, le sobresaltaría. No sólo a ella, también a su acompañante, que por cierto, era el que conducía.

El mensaje, altamente alarmante, silenció la cristalina y dulce voz del cantante que –melódicamente- acompañaba en la distancia a los que no concilian al sueño.

Y así, aquella voz que había ido saliendo por uno de los canales de música de la convencional emisora de radio fue cruel e injustamente devorada por la otra.

Era demasiado joven, puesto que apenas tenía veinte años. El que iba sentado a su lado le sacaba una treintena.

Curiosa y contradictoriamente, ambos vestían de igual modo; ambos se dedicaban a lo mismo. Para el veterano, la vida laboral no tardaría en llegar a su fin: en un par de semanas llegaría a la meta, se jubilaría; sin embargo, la otra persona acababa de comenzar lo que se suponía sería una larga carrera a nivel profesional.

Nada más terminar el mensaje, el conductor que hasta entonces había ido a baja velocidad, pisando el pedal del acelerador hasta el final, puso el vehículo a cien por hora. Por lo que yéndose hacia atrás, sus cuerpos se quedaron pegados a los asientos.

Los coches con los que se cruzaban, apartándose lateralmente u optando por pararse directamente, les daban paso sin dudar.

El vehículo que jamás pasaba desapercibido para la ciudadanía, producía en aquel instante un estridente ruido, que unido a las luces que irradiaba, provocaba en el resto de conductores y viandantes la misma alarma que ellos tratarían de aplacar.

Se dirigían a un lugar concreto. Y justo antes de llegar al punto exacto apagarían la sirena y quitarían los rotativos de emergencia.

Como si de un coche fantasmal se tratara, avanzarían lentamente hacia el peligro.

Su misión era precisamente enfrentarse a la situación peligrosa y tratar de solucionarla. Pero sobretodo, hacerlo sin poner en riesgo la vida de nadie.

-¿No tendrás miedo verdad?-. Preguntaría el veterano, nada más aparcar el vehículo y cerrarlo.

-No sé si tengo miedo. A decir verdad, estoy algo asustada-. Fue la respuesta que obtuvo.

-Ahora comprendo por qué mi madre no puede dormir bien cuando estás de servicio en turno de noche-. Dijo ella.

La joven policía, tras jurar el cargo, había pedido el mismo destino que su padre. Y aquella noche, juntos patrullaban las calles de la ciudad que la había visto nacer.
Un sonido ensordecedor salió del edificio al que debían entrar. Sin pensarlo dos veces, padre e hija, vestidos con el mismo uniforme policial, pistola en mano accederían a su interior.

A oscuras y pisando cristales rotos, el frío se apoderaba de sus corazones.

-Pégate a la pared y no te separes de mi hija mía.

-Vale-. Respondería escuetamente, con voz trémula.

-¡Bang!-. Fue lo único que oyeron. Y la bala le alcanzaría el pecho.

Tirado en el sucio suelo, completamente a oscuras, la policía palpaba con nerviosismo el cuerpo de aquel policía -que además de ser su compañero de trabajo, era su padre- al tiempo que llamaba por el walkie a la Sala de operaciones del 091, contando lo ocurrido y suplicando al operador, que también era compañero de la pareja policial, que una ambulancia acudiera sin demora a la calle tal en el número tal.

-Hija mía-. Dijo balbuceando:

-Nunca abandones, nunca tires la toalla… A continuación, el policía veterano, expiró.

Al día siguiente, la noticia de la muerte del policía apareció en todos los medios de comunicación. Toda la comisaría de su distrito lloraría la pérdida. Amigos, compañeros, familiares, velarían el cuerpo de aquel policía al que las puertas de la jubilación le estarían esperando… Eternamente.

Han pasado muchos años. Y su hija, tras lograr varios ascensos, acaba de jubilarse hace unos meses.

Se casó tres veces: de su primer marido, policía como ella enviudó al mes de casarse. Su segundo matrimonio duró lo mismo que dura un suspiro: él, un militar de alta graduación la cambió por otra mujer mucho más ardiente y fogosa que ella. Carlos, su actual esposo, le daría todo el amor que ningún hombre le supo dar, a excepción de su padre. Y sí, han pasado el tiempo en soledad puesto que los hijos que siempre buscó, nunca vivieron. Y tras las décadas, en el ocaso de su vida, recuerda el disfraz de policía que su padre y ella se ponían. Ese que ocultó las almas de lo que fue una patrulla policial.