Aladdin: No hacia falta

Desde hace 10 años la factoría Disney ha encontrado un grandísimo filón comercial en adaptar sus mejores largometrajes animados con personajes de carne y hueso. Adaptaciones con más o menos fortuna en su resultado artístico («Alicia en el país de las maravillas» (2010), «Maléfica» (2014), «La Bella y la Bestia» (2017) y «Dumbo» (2019) son sin duda adaptaciones interesantes y disfrutables, mientras que «Cenicienta» (2015) y «El libro de la selva» (2016) no fueron capaces de aportar algo de ingenio y novedad respecto a los films originales)… pero nunca superando a las cintas originales en las que se basa y siempre llenando la caja del ratón Mickey de billetes verdes.

En esta ocasión nos encontramos con la adaptación con actores de carne y hueso del «Aladdin» de 1992 (uno de los mejores largometrajes de la Disney jamás logrado (en mi opinión «Aladdin» (1992) forma un cuarteto de obras maestras animadas imperecederas junto a «El Rey León» (1994), «Blancanieves y los siete enanitos» (1937) y «La bella y la bestia» (1991)… siendo «El Rey León» la obra más redonda de todas ellas entre tanta perfección), admito que el «Aladdín» de 1992 fue parte de mi infancia pero, independientemente de ello, es una cinta con un desarrollo argumental tan perspicaz y descarado, con una puesta en escena tan lustrosa (esos movimientos de los personajes dentro y fuera de la cueva de las maravillas son aún hoy día memorables y extraordinarios)) y con un sentido del humor en sus personajes tan taimado (ojo al sarcasmo de Jafar en aquel film o la irreverencia del Genio) que resulta un clásico instantáneo disfrutable para todas las edades (de las pocas cintas animadas que ocupan un lugar preferente en mi videoteca)).

Y este «Aladdín» de 2019 (sabedor de basarse en una cinta sobresaliente, además de ser la mejor adaptación de este cuento del ladronzuelo necesitado, pillo pero de buen corazón, que encuentra en un mágico genio de lámpara la ayuda necesaria para conquistar a su amada) copia prácticamente plano a plano, diálogo a diálogo, el desarrollo del «Aladdín» del 92.

El copiar a una obra maestra a cada minuto es algo deleitoso para todo aquel público (infantil o adulto) que no haya tenido la suerte de saborear «Aladdín» (1992), pero resulta una sensación de deja vú innecesario para todos aquellos que hemos disfrutado del original animado (pues lo que nos expone «Aladdín» (2019) ya lo hemos visto y mejor expuesto).

Y es que el film presume de ritmo, agilidad y pericia cuando toma material de la cinta original… mientras que pierde todas estas virtudes cuando trata de aportar algo de novedad u originalidad, ya que todos los añadidos que aporta esta adaptación son situaciones y momentos tan tópicos, simplones, resobados y perezosos que parece salidos de los telefilms más mediocres de Disney Channel (en estos momentos incluyo a los números musicales: olvidables y grises los nuevos, chispeantes los que se basan en la cinta de los 90).

El resultado final del libreto es pues un equilibro entre el divertimento elegante y la desidia gris, una trama que no llega al desastre vergonzoso de cintas del mismo corte como «Blancanieves, Mirror Mirror» (2012) o «Los descendientes 2» (2017), pero que no pasa del pasatiempo superficial y que no llega a lo destacado y notable.

La puesta en escena por su parte es atildada pero en ningún caso asombrosa u original como la del film en el que se basa (un claro ejemplo de ello, insisto, es la secuencia de Aladdín entrando o huyendo de la cueva de las maravillas). Destaca su elegante y lucido vestuario que resulta un placer para la vista de todo buen cinéfilo, la fotografía es refinada y deslumbrante durante su visionado, la realización de Guy Ritche es tan usual y aceptable en sus planos y edición como olvidable.

Los intérpretes en líneas generales, desde su protagonista hasta los secundarios más puntuales, logran adecuarse a sus papeles con naturalidad (exceptuando a una sobreactuada y artificial Naomi Scott como Jazmine) pero (con permiso de Will Smith que hace una interpretación tan honesta que nos levanta sonrisas (que no risas) con sus desenfadados e irreverentes ademanes, y aporta una sutileza dramática especial en su subtrama sobre la búsqueda de la libertad) no logran aportar un carisma especial que eleve la calidad y el disfrute del metraje. El intérprete egipcio Mena Massoud como Aladdín realiza una actuación simpática y desenvuelta que lo convierte en un actor prometedor cuya trayectoria será interesante seguir, pero mas allá de eso… está aun muy verde para resultar un aliciente en el metraje.

En fin, un calco casi plano por plano de la mejor adaptación al cine del clásico cuento de Aladino… que baja enteros cuando no bebe del original. Afortunadamente estos aportes extras no son excesivos y «Aladdín» (2019) permite pasar un rato ameno con el desarrollo argumental con tirón del original del 92 y su buen ritmo del original. Aun así, la versión animada tiene muchas más aristas en su humor (la deliciosa ironía de Jafar por aquí no hace acto de presencia), más tino en su animación (evidentemente este nuevo Aladdín cuenta con unos efectos especiales más que dignos y deleitosos… pero ni siquiera eso logra que esta alfombra mágica, este Yago o este Abu sean tan expresivos y elaborados como los de 1992).

Cinta distraída y agradable como pasatiempo palomitero en tiempo de Coronavirus, no cae en la vergüenza artística pero… si se quiere algo más que gastar minutos en una leve distracción… es mejor ponerse la original u optar por otras formas de entretenimiento más potentes y notables. Este nuevo «Aladdín» está más cerca de «Cenicienta» (2015) que de llegar al nivel de «La Bella y la Bestia» (2017). El resultado en una cinta entretenida pero no memorable.

Lo mejor: La interpretación de Will Smith que aporta su personalidad a esta versión del Genio de la lámpara…

… (no, no es el Genio de Robbin Williams/Josema Yuste, eso es insuperable por derecho propio) dándole una celeridad y una desenvoltura tan agradecidas como su sutileza dramática. La puesta en escena de sus números musicales (cuyas fantásticas canciones se deben a la cinta de 1992) con un vestuario muy lucido y unos bailes ocurrentes.

Lo peor: El haber suprimido el sarcasmo de Jafar, cualquier situación que se salga del film en el que se basa, la inexpresividad a la par que sobreactuación de Naomi Scott (la forma de describir su interpretación es la de «ir de intensa»).

Patxi Álvarez