Carlos Rangel Moya: «Nos jugamos más que un Gobierno»

«El bloque conservador y ultraderechista podría modificar la Constitución, controlar sin contrapesos el Poder Judicial y someter al Tribunal Constitucional»

Las elecciones que tenemos por delante no son unas elecciones generales al uso. Nos encontramos ante una encrucijada civilizatoria donde lo que está en juego trasciende la clásica alternancia entre opciones políticas de derechas y de izquierdas. Por primera vez en nuestra democracia reciente, existe una posibilidad real y tangible de que la ultraderecha acceda directamente al gobierno del Estado.

No estamos hablando de la gestión de una administración autonómica con competencias limitadas. Hablamos de la dirección de la política económica y exterior de España, de la sostenibilidad de nuestras pensiones, de la fortaleza de los servicios públicos y de la protección de los más vulnerables.

El peligro se multiplica si se materializa una mayoría conjunta con el Partido Popular que alcance los 210 diputados. Con esa fuerza, el bloque conservador y ultraderechista podría modificar la Constitución, controlar sin contrapesos el Poder Judicial y someter al Tribunal Constitucional. Una coalición de esta naturaleza —alineada con los tics autoritarios que vemos en otros rincones del planeta— significaría tener el Congreso, el Senado, el Tribunal Supremo y toda la maquinaria del Estado bajo una misma batuta ideológica.

Como persona progresista, siempre he defendido la participación electoral. Incluso cuando el candidato o las siglas de turno no encajaban perfectamente con mis convicciones, he tenido claro que la abstención o el voto en blanco benefician a la alternativa reaccionaria.

Siempre he respetado la existencia de opciones conservadoras legítimas, con las que puedo discrepar profundamente en su forma de entender la sociedad, pero que se mueven dentro de los márgenes democráticos. Sin embargo, lo que representan las derechas actuales es otra cosa muy distinta. Estamos ante admiradores declarados de las políticas racistas de Donald Trump, de los recortes brutales con la motosierra de Javier Milei, de la deriva homófoba de Viktor Orbán, de los atajos carcelarios de Nayib Bukele y de las pulsiones imperiales de Vladímir Putin.

Frente a la demagogia xenófoba y el miedo al diferente que agita la ultraderecha, la realidad demográfica de una Europa envejecida nos exige una mirada abierta, racional y profundamente humana hacia la inmigración. Necesitamos la vitalidad, el trabajo y el talento de las personas migrantes para sostener nuestro modelo de bienestar, nuestras pensiones y el dinamismo de nuestra economía.

Esta apertura no solo es compatible, sino inseparable de la defensa firme de nuestra cultura de valores democráticos, basada en los derechos humanos, la igualdad y la convivencia cívica. Integrar la diversidad desde el respeto a las reglas del juego democrático enriquece a nuestra sociedad, mientras que la cerrazón identitaria y el racismo solo conducen al empobrecimiento social y moral.    Si estas tendencias ultras se consolidan y contagian el rumbo de los países europeos, las consecuencias para nuestro continente pueden ser catastróficas y marcar el inicio de una peligrosa regresión histórica. Los nacionalismos exacerbados y excluyentes que promueve la extrema derecha no buscan fortalecer el proyecto común europeo, sino dinamitarlo desde dentro. Su agenda apunta directamente a un proceso de fragmentación y separación de la Unión Europea, debilitando los lazos de solidaridad y cooperación que han garantizado el período de paz más largo de nuestra historia moderna.

Desintegrada la voz común europea, nos arriesgamos a regresar a los peores fantasmas del pasado: Un continente fracturado en pequeñas esferas de influencia donde las disputas territoriales y comerciales vuelven a resolverse a cañonazos, emulando la lógica expansionista y violenta de líderes como su admirado Putin. La diplomacia cedería su espacio a la ley del más fuerte, y las fronteras interiores y exteriores de Europa se convertirían en polvorines permanentes alimentados por la xenofobia y el miedo al diferente.    Sería un destino trágico para nuestra sociedad ver cómo el sueño europeo de convivencia y diálogo cede ante el liderazgo de devotos del machismo, el racismo, la desinformación y el enfrentamiento constante. El próximo noviembre nos jugamos mucho más que la alternancia en un gobierno: Nos jugamos la supervivencia del proyecto europeo de paz y los derechos democráticos que tanto costó conquistar.

Autor: Carlos Rangel Moya, Presidente de la Unión de Profesionales Progresistas  –  https://dialogosprogresistas.blogspot.com/  –

 

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Author: CD