
“NUEVO DESORDEN GLOBAL”[1]

Durante las primeras décadas del siglo XXI, el sistema internacional ha dejado de responder a las categorías tradicionales heredadas de la posguerra fría. La idea de un orden liberal internacional unipolar —sostenido sobre la hegemonía política, económica y cultural de Occidente— muestra signos evidentes de agotamiento. En su lugar emerge una arquitectura global más fragmentada, flexible y competitiva que puede definirse como un “Nuevo Desorden Global”.
Lejos de representar un caos absoluto, este fenómeno describe un modelo de gobernanza internacional caracterizado por la ausencia de un árbitro normativo universal y por el predominio de un pragmatismo sistémico. En este contexto, las relaciones entre Estados Unidos y la República Popular China ya no pueden interpretarse únicamente mediante la lógica clásica de confrontación ideológica o bajo la narrativa simplificada de una nueva Guerra Fría.
La realidad contemporánea muestra, más bien, una relación de competencia estructural coexistente con una profunda interdependencia económica, tecnológica y financiera. Esta dinámica obliga a revisar tanto los paradigmas del realismo clásico como las expectativas universalistas del liberalismo institucional.
El llamado Nuevo Desorden Global se articula sobre tres pilares fundamentales:
- La consolidación de una interdependencia asimétrica armada entre Estados Unidos y China.
- El progresivo vaciamiento axiológico de la política internacional y,
- El ascenso de nuevas formas de gubernamentalidad algorítmica orientadas al control de la información y del comportamiento social.
Interdependencia armada y realpolitik económica
Diversos análisis contemporáneos han intentado interpretar la rivalidad entre Washington y Pekín bajo la lógica de la “Trampa de Tucídides”, popularizada por Graham Allison, según la cual el ascenso de una potencia emergente conduce inevitablemente al conflicto con la potencia dominante. Sin embargo, esta perspectiva resulta insuficiente para explicar la naturaleza híbrida de la relación sino-estadounidense.
Autores como Henry Farrell[2] y Abraham Newman[3] han desarrollado el concepto de weaponized interdependence (interdependencia armada), señalando cómo las redes globales de comercio, finanzas y tecnología no eliminan la rivalidad geopolítica, sino que se convierten en instrumentos de coerción estratégica.
La relación entre ambas potencias no responde a una separación de bloques rígidos, sino a una competencia inserta dentro de una misma estructura económica global. Estados Unidos y China dependen mutuamente de sus: cadenas de suministro, mercados financieros, semiconductores, infraestructuras logísticas y recursos estratégicos.
La paradoja contemporánea es evidente: ambos actores necesitan contenerse sin destruir el sistema del cual dependen para sostener su propia estabilidad.
En este proceso, las identidades económicas de ambos países han mutado significativamente:
- China ha perfeccionado un modelo de capitalismo de Estado capaz de utilizar los mecanismos del mercado global para fortalecer el control político del Partido Comunista.
- Estados Unidos, por su parte, ha abandonado parcialmente el dogma neoliberal clásico mediante subsidios industriales, proteccionismo selectivo y políticas estratégicas de reindustrialización.
La aprobación de iniciativas como la CHIPS and Science Act[4]o la Inflation Reduction Act[5] evidencia cómo Washington adopta crecientemente herramientas de intervención estatal anteriormente asociadas a modelos económicos que durante décadas criticó.
Desde esta perspectiva, el escenario internacional contemporáneo se aproxima más a una forma de realpolitik económica que a un orden liberal globalizado. Como señalaría John Mearsheimer[6] desde el realismo ofensivo[7], las grandes potencias priorizan inevitablemente la supervivencia estratégica por encima de cualquier universalismo normativo.
El vaciamiento axiológico y la subordinación de los valores
Uno de los rasgos más significativos del Nuevo Desorden Global es el debilitamiento progresivo de los principios éticos universales como fundamento efectivo de la política internacional.
Durante las últimas décadas del siglo XX, la legitimidad del orden occidental descansó parcialmente sobre la defensa discursiva de los derechos humanos, la democracia liberal, el multilateralismo y la soberanía jurídica internacional.
Sin embargo, la creciente competencia geoeconómica ha subordinado estos principios a imperativos de estabilidad financiera, seguridad tecnológica y control de recursos estratégicos.
Este fenómeno puede definirse como un “vaciamiento axiológico”[8], no la desaparición total de los valores, sino su instrumentalización selectiva en función de intereses geopolíticos.
En las democracias occidentales, la defensa de los derechos humanos tiende a aplicarse de manera asimétrica. Las violaciones cometidas por potencias rivales reciben una condena inmediata, mientras que prácticas similares son relativizadas cuando afectan a aliados estratégicos o socios comerciales clave.
La ética internacional se convierte así en una herramienta de presión diplomática más que en un principio universal coherente.
David Harvey[9] ya había advertido cómo el neoliberalismo transformó progresivamente la lógica política en una racionalidad fundamentalmente económica, subordinando incluso las instituciones democráticas a la estabilidad de los mercados.
China, por su parte, ha desarrollado una narrativa alternativa basada en el principio de “desarrollo sin interferencias”. Bajo esta lógica, la soberanía estatal absoluta prevalece sobre cualquier estándar universal de derechos humanos.
Pekín sostiene que cada sociedad posee sus propias particularidades históricas, que la estabilidad colectiva tiene prioridad sobre el individualismo político y la legitimidad del Estado depende principalmente de su capacidad para garantizar prosperidad material.
Este enfoque ha encontrado receptividad en numerosos países del Sur Global, especialmente aquellos críticos del intervencionismo occidental.
La consecuencia más visible de esta convergencia pragmática es el debilitamiento estructural de los Estados periféricos. En ausencia de instituciones internacionales fuertes y de consensos normativos sólidos, las potencias medias y pequeñas se ven obligadas a alinearse económicamente con alguno de los polos dominantes.
La soberanía efectiva ya no depende únicamente de la independencia política formal, sino de la capacidad de inserción dentro de las cadenas globales de valor controladas por Washington o Pekín.
Como anticipó Giovanni Arrighi[10] en sus estudios sobre los ciclos sistémicos de acumulación, los períodos de transición hegemónica suelen producir una creciente fragmentación normativa y una intensificación de las luchas por el control de la economía mundial.
Uno de los elementos más innovadores del Nuevo Desorden Global es la transformación de los mecanismos de control social mediante infraestructuras digitales y sistemas algorítmicos.
Michel Foucault[11] introdujo el concepto de “gubernamentalidad” para describir las formas modernas de administración del comportamiento humano más allá de la coerción física directa. En el siglo XXI, esta lógica evoluciona hacia lo que diversos autores denominan gubernamentalidad algorítmica.
La cuestión central ya no consiste únicamente en controlar territorios o recursos, sino en gestionar los flujos de información, la atención pública, la percepción de la realidad y producción de verdad social.
En las democracias liberales, el control informacional opera principalmente a través de plataformas tecnológicas privadas.
Shoshana Zuboff[12], en su teoría del “capitalismo de vigilancia”, explica cómo “las Big Tech han construido modelos económicos basados en la extracción masiva de datos conductuales y la modificación predictiva del comportamiento humano”.
En este contexto los algoritmos determinan visibilidad, jerarquizan contenidos, penalizan determinadas narrativas y condicionan la formación de opinión pública.
La censura ya no requiere necesariamente prohibiciones explícitas. El silenciamiento puede producirse mediante la desmonetización, la reducción algorítmica de alcance, la saturación informativa o etiquetado automatizado de “desinformación”.
Byung-Chul Han[13]describe este fenómeno como “una transición desde la disciplina coercitiva hacia formas de psicopolítica basadas en la autoexplotación y la administración emocional de las sociedades digitales”.
En China, el control tecnopolítico adopta una forma más explícita y centralizada. El Estado integra vigilancia masiva, reconocimiento facial, censura digital y sistemas de evaluación conductual. El denominado “Gran Cortafuegos” y las plataformas nacionales permiten al Partido Comunista controlar el ecosistema informativo interno con una eficacia sin precedentes históricos.
Aquí, la disidencia no sólo implica exclusión simbólica, sino también consecuencias materiales: restricciones financieras, limitaciones de movilidad, pérdida de acceso a servicios o marginación laboral.
La lógica recuerda parcialmente al panoptismo analizado por Foucault, aunque actualizado mediante inteligencia artificial y análisis masivo de datos.
A pesar de sus diferencias institucionales, ambos modelos convergen en un elemento central: la gestión tecnocrática de la verdad.
La verdad pública deja progresivamente de emerger del debate racional abierto para convertirse en un producto mediado por infraestructuras algorítmicas capaces de priorizar, invisibilizar o amplificar narrativas según criterios políticos, económicos o de estabilidad sistémica.
La disputa geopolítica contemporánea no se limita al control de territorios físicos; se extiende al control de la percepción colectiva y de la arquitectura cognitiva de las sociedades.
En resumen, el llamado Nuevo Desorden Global no representa una transición temporal hacia un nuevo equilibrio internacional, sino la consolidación de una estructura de gobernanza basada en la coexistencia pragmática entre potencias interdependientes.
Estados Unidos y China no operan exclusivamente como enemigos ideológicos irreconciliables, sino como actores simultáneamente competitivos y complementarios dentro de un mismo sistema económico global.
Esta coexistencia produce tres consecuencias fundamentales:
- La sustitución del universalismo liberal por una realpolitik económica centrada en la seguridad estratégica.
- El debilitamiento progresivo de los principios éticos universales frente a los imperativos de estabilidad sistémica.
- La expansión de mecanismos tecnopolíticos orientados al control de la información, la conducta y la percepción social.
Sin embargo, el escenario contemporáneo no debe interpretarse desde un determinismo absoluto. Aún persisten espacios de pluralismo político, resistencias sociales, fragmentaciones internas y conflictos entre Estados, corporaciones y ciudadanos.
Precisamente por ello, el principal desafío del siglo XXI probablemente no sea únicamente evitar una guerra entre grandes potencias, sino preservar la autonomía crítica del individuo frente a sistemas cada vez más sofisticados de administración algorítmica de la realidad.
La disputa decisiva de nuestro tiempo no se libra exclusivamente en los mercados, los océanos o los corredores comerciales, sino en la capacidad de las sociedades para conservar espacios auténticos de pensamiento libre en medio de una arquitectura global crecientemente tecnificada, interdependiente y orientada a la gestión predictiva del comportamiento humano.
JACA, Santander, julio 2026
Referencias:
[1] La primera vez que leí esta expresión fue en el libro “El nuevo desorden mundial: Reflexiones de un europeo” (2003) del ensayista y filósofo franco-búlgaro Tzvetan Todorov. En la obra, analiza el impacto de la política internacional tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. El concepto también es recurrentemente atribuido al analista y experto en política internacional Richard N. Haas, quien ha utilizado el término para describir el colapso de la estabilidad tradicional y el multilateralismo. En el marco de la globalización, el politólogo español Carlos Taibo abordó ampliamente esta temática en su libro “Cien preguntas sobre el nuevo desorden”.
[2] Henry Farrell es un politólogo irlandés que trabaja en la Universidad Johns Hopkins. Anteriormente impartió clases en la Universidad de Toronto y obtuvo su doctorado en la Universidad de Georgetown. Sus áreas de investigación incluyen la confianza y la cooperación, el comercio electrónico, la Unión Europea y la teoría institucional. Es miembro electo del Consejo de Relaciones Exteriores
[3] Abraham L. Newman (nacido en 1973) es un politólogo estadounidense y profesor de la Escuela de Servicio Exterior Edmund A. Walsh y del Departamento de Gobierno de la Universidad de Georgetown. Su investigación se centra en las formas en que la interdependencia económica y la globalización han transformado la política internacional. Su trabajo ha aparecido en publicaciones como el Financial Times, Foreign Affairs y The New York Times.
[4] La Ley CHIPS y Ciencia de 2022 es una ley federal estadounidense que autorizó aproximadamente 280.000 millones de dólares para impulsar la fabricación nacional de semiconductores, reducir la dependencia de cadenas de suministro extranjeras (específicamente para contrarrestar a China) y revitalizar la investigación e innovación tecnológica nacional.
[5] La Ley de Reducción de la Inflación (IRA) de 2022 es una ley federal histórica de EE. UU. que autorizó más de 400 millones de dólares en gasto e incentivos fiscales. Sus objetivos principales son combatir el cambio climático, reducir el coste de los medicamentos con receta, disminuir el déficit presupuestario federal y promover la fabricación nacional de energía limpia.
[6] John J. Mearsheimer (14 de diciembre de 1947) es profesor de ciencia política en la Universidad de Chicago, y un conocido teórico de relaciones internacionales. En cierto sentido, es considerado como miembro de la escuela neorrealista en relaciones internacionales.
[7] El realismo ofensivo es una teoría de las relaciones internacionales desarrollada por el politólogo John Mearsheimer. Sostiene que el sistema internacional es anárquico (sin un gobierno global) y que, por supervivencia, las grandes potencias buscan maximizar su poder relativo para convertirse en el hegemón de su región.
[8] El vaciamiento axiológico es la pérdida, reducción o anulación de valores, significados y principios morales (axiología) en un individuo, institución o sociedad.
[9] David Harvey (31 de octubre de 1935 en Gillingham, Kent, Inglaterra) es un geógrafo y teórico social marxista británico.
[10] Giovanni Arrighi (Milán, 7 de julio de 1937 – Baltimore, 18 de junio de 2009), fue un economista y sociólogo italiano especializado en economía política. Se considera uno de los máximos representantes de las teorías de los ciclos económicos. Sus trabajos han sido traducidos a más de quince lenguas. Para profundizar en cómo estas transiciones conducen a la reestructuración del capitalismo global, revisa su obra clásica El largo siglo XX o explorar los análisis de Viento Sur sobre las crisis globales.
[11] Paul-Michel Foucault (Poitiers, 15 de octubre de 1926-París, 25 de junio de 1984), conocido como Michel Foucault, fue un filósofo, historiador, sociólogo y psicólogo francés.
[12] Shoshana Zuboff (18 de noviembre de 1951) es una socióloga, profesora emérita en la Harvard Business School y escritora estadounidense.
[13] Byung-Chul Han,(Seúl, 1959) es un filósofo católico y ensayista surcoreano experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín.
