Un plan irresistible: Trump vs Biden. La política estadounidense es un escaparate excéntrico, acrecentado desde que Donald Trump llegase al poder. Desde ese punto de vista, se aborda Un plan irresistible, se hace una crítica mordaz al sistema político del país norteamericano. Por un lado, Jon Stewart va tejiendo un relato donde se va deshumanizando una estrategia, aparentemente, sencilla, mostrando las verdaderas caretas que predominan en este tipo de estructura social. Sin embargo, no pierde la socarronería absurda, que ejemplifica perfectamente el espectáculo y el mal uso de la comunicación.

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Únicamente, en ciertos momentos, hay una exageración que podría haberse limitado, para no causar un histrionismo exacerbado. Por suerte, la forma de controlarlo desde el aspecto interpretativo, suple dichos conflictos narrativos. Aun así, esta versión extrema de lo que podría ser la política, podría no gustar a todos los sectores, al sentirse ridiculizados en pantalla. Pese a ello, su giro final impacta.

Una de las razones que hace del film una idea interesante es evitar posicionarse ante un bando y otro. Por lo cual, se puede ver que hay una necesidad de reformular el concepto y no hablar de extremos. No obstante, en algunos casos, se cae en el estereotipo y lo que se espera que se retrate sobre dicho estilo de vida. Pero, se equilibra con momentos de humor muy bien hilvanados.

Por otra parte, no hay una profundización acerca del pueblo donde se produce la acción y principal protagonista del largometraje. En consecuencia, para varios espectadores, puede significar una falta de sustancia en torno a su justificación, mientras que para otros es una perfecta metáfora narrativa sobre la invisibilidad de las zonas rurales, frente al egocentrismo de lo cosmopolita. Por este motivo, es fascinante que se materialice y el propio espectador se encuentre de forma activa en esa tesitura.

Dos grandes titanes de la comedia se enfrentan, literalmente, en Un plan irresistible. En un extremo del ring está Steve Carell y en el otro Rose Byrne. Para comenzar, Carrell está pletórico, lleno de energía y movimiento. De esta forma, lleva al extremo a su personaje, provocando que sea el perfecto protagonista de amor-odio que necesita el público. Por tanto, el actor sabe manejar la naturaleza de su papel, lo que hace que se pueda disfrutar de su carisma. Es cierto que hay varios momentos en los que podría haberse metido en la escena desde un punto más comedido, pero no hubiera dado el mismo efecto en pantalla. No se puede negar que se convierte en una representación llena de comedia, donde la verdad luce en su forma de expresarse, tan forzada que acaba siendo verosímil.

Sin embargo, la mejor actuación de la película es, seguramente, Rose Byrne. La actriz vuelve a demostrar su versatilidad al dar un espectáculo de risas sin perder en ningún momento un ápice de realismo. Además, desarrolla esa excentricidad dentro de una coherencia interpretativa y sin utilizar el recurso histriónico-humorístico para relucir. Junto a ello, tiene un magnetismo y una potencia escénica, que triunfa en la pantalla. Es espléndida.

Luego, Mackenzie Davis es la contraparte lumínica, al igual que Chris Cooper. No obstante, Cooper sabe equilibrar su posición para sacarle mayor partido, algo que no aprovecha Davis y acaba cayendo en el maniqueísmo puro de luces y sombras, que no termina de fluir como debiera. Por otra parte, el resto del reparto cumplen a la perfección su función, incluso destacando varios de ellos, como Blair Sans, aunque, por lo general, juegan más en pos de la acción.

Desde el principio de Un plan irresistible se puede ver que se apuesta por una visión rápida, eficaz y directa. En consecuencia, hay una consecución de planos rápidos, donde proliferan los planos medios, para dar mayor importancia a los personajes y a su propia acción. Por suerte, la cámara también se posa en varios momentos en los lugares más emblemáticos del pueblo, aunque se podría sacar mayor partido. Aun así, no se puede negar que la dirección artística ha sabido captar la idiosincrasia de los partidos políticos estadounidenses y la parafernalia que se crea en torno a ellos. No se dejan absolutamente ningún detalle, lo que hace que esa estética tan superficial, y a la par frenética, sea un éxito entre los espectadores. Solo mencionar que hay algunas jergas y simbolismos que se hacen complicados de entender para la población externa a Estados Unidos.

Pese a utilizar el imaginario estadounidense antes mencionado, no dificulta su comprensión en el resto del film. Por otra parte, el uso del audiovisual y de las piezas de la cultura popular permiten que la audiencia entre fácilmente en esa vorágine de dinamismo que se va planteando durante todo el film. Al igual que ocurre con una carrera, no siempre es apto para todos los públicos. Hay quiénes pueden sentirse ahogados ante tanto flujo de información, mientras que para otros, es una delicia poder estar en constante actividad.

Por ende, hay que destacar que el montaje es estupendo, cohesionando a la perfección el film y controlando que el ritmo no se desboque. Gracias a ello, para quiénes entran en la historia será un disfrute humorístico extraordinario, con una gran crítica mordaz y para quiénes no empatizan, será un divertimento entretenido y en continuo movimiento.