Tres años después de la primera entrega, y tras varios atrasos derivados de la pandemia de COVID-19, John Krasinski vuelve a hacer del silencio algo más que una virtud: un sonido más potente que cualquier grito.

Los conceptos ya explorados en la primera parte vuelven a funcionar a la perfección. Desde el sigilo a las trampas, distracciones y trucos, pasando por los sacrificios e inquietudes de una historia cargada de empatía y humanidad.

La familia ha perdido a su figura paterna, y ahora todos deben aprender a sobrevivir por si mismos. Emily Blunt lleva con total solemnidad su papel de madre superviviente y llena de temores hacia un mundo hostil del que no sabe si podrá proteger a sus hijos. La joven pareja de actores adolescentes cumple con su papel, y se apoyan en un gran guión en el que la historia quita la razón a su madre, mezclando la tragedia familiar con la rebeldía adolescente y la voluntad de supervivencia. El desarrollo argumental reparte así su peso entre todos los protagonistas para darle alas a una trama que corría el peligro de caer en la autocomplacencia dramática.

Donde la primera entrega buscaba crear atmósfera con el silencio constante y con una familia obligada a recurrir al sigilo, la segunda va un paso más allá y lleva a sus personajes al límite. Lejos de su hogar, y de las zonas que conocían a la perfección, los personajes avanzan ahora a tientas por zonas hostiles en las que todos los objetos y cosas a su alrededor son una potencial amenaza de muerte, pero también un arma de doble filo. Las trampas, señuelos y distracciones con todo tipo de sonidos son el combustible que prende numerosos momentos de máxima tensión, y que lejos de caer en el susto fácil, ponen los pelos de punta por su terrorífica simpleza.

Con momentos que te hacen revolverte en tu asiento, no hay nada en esta entrega que haga echar de menos la anterior. Ni siquiera la necesidad de una más que cuestionable figura paterna que esta vez hereda Cillian Murphy. Posiblemente sea una decisión creativa más próxima a la idea de familia que conforma el matrimonio en la vida real entre Emily Blunt y John Krasinski, pero un enfoque más independiente de los miembros supervivientes de la familia me hubiera resultado personalmente más satisfactorio, sin quitarle en absoluto méritos a un gran Cillian Murphy que está presente en muchas de las escenas más tensas e inquietantes del film.

Con la tercera entrega ya confirmada, tan solo cabe esperar que sepan dar un nuevo giro a los ingredientes, como han hecho con esta secuela. Si lo consiguen, no solo será la consagración de Krasinski como director, si no la ratificación de una de las mejores sagas de terror de la historia del cine.

Tómense un rato. Guarden silencio y escuchen este silencio.

Patxi Ávarez Gonzalo