Con un título como Un amigo extraordinario no se puede describir mejor a Tom Hanks, el arquetipo de vecino americano.

Sólo le quedaba, después de hacerse mayor saltando en un piano gigante en una tienda de juguetes, ponerle su arte a un peli sobre Fred Rogers, el mejor amigo de los niños estadounidenses durante treinta y tres años.

En España, Barrio Sésamo nos educó con lo de “Cerca … Lejos”, aprendimos a contar hasta diez apagando candelabros con el conde Drácula a ritmo de relámpagos y rayos, y le dimos la coña a Blas con lo de “Blas la lleva”, así en bajito, para fastidiar a ese tipo con cara de plátano y jersey de rayas. Nunca tuvimos un Mister Rogers, aunque los Lunnis y Lucrecia se esforzaron, generaciones posteriores, en crearnos una amiga adulta que cantaba y tenía rastas de colorines.

Mister Rogers es la encarnación de la bondad. Explícale a un niño que un hospital es donde vas cuando estás “herido”. En Madrid, al menos, el hospital es la antesala del Palacio de Hielo. O explícale que la muerte es algo humano, y que de todo lo humano se puede hablar. Nosotros seguimos con lo de “ojos que no ven, corazón que no siente”, porque no vimos 40.000 ataúdes, así que la pandemia no existió. Cuando mira a la cámara, Mister Rogers mira al corazón de los niños. No es fácil explicar las cosas a un niño sin echar mano de las mentiras piadosas. Por eso su valor es tan importante.
Es más difícil ver a Mister Rogers que los ataúdes, porque la auto-gestión de la ira nos exige mirarnos hacia dentro.

Eso le pasa a Lloyd Vogel (Matthew Rhys), el periodista de Esquire “castigado” con entrevistarle.

Una persona normal, con las rencillas familiares típicas, que estalla si le tocan las narices. Un día de furia en plan Michael Douglas lo puede tener cualquiera. Todo lo que rodea a Lloyd es fácilmente reconocible para todos: un bebé que requiere toda la atención de la madre, la falta de interés de la esposa por reincorporarse a su vida laboral, un abuelo que sale de la nada para ajustar cuentas antes de morirse,…El mundo de Lloyd Vogel es nuestro mundo. El resto es irreal. Cómo decirlo, el mundo perfecto de un programa infantil.
Ganar la batalla de la paz interior a largo plazo.

Digamos que Mister Rogers es un experto en mindfulness, en el aquí y el ahora. “Lo más importante en mi vida ahora mismo es hablar contigo por teléfono, Lloyd”. Sólo hay que dejar pasar los malos pensamientos, no retener esas ideas tóxicas que nos autodestruyen.

En algunos momentos viendo la película, pensé en “Olvidado Rey Gudú”, en ese corazón de sarmientos que describe Ana María Matute. Poco a poco nuestros sentimientos se secan como sarmientos. Mister Rogers riega los corazones para que no se sequen.

A la larga, alinear las constelaciones para conseguir la paz interior depende de cada uno. Sólo hay que trabajárselo un poco. Y de paso el mundo será un lugar mejor para vivir. Como aconseja Mister Rogers a los niños. Y a los adultos. Date por aludid@.

Patxi Ávarez Gonzalo